Rebeldía, coño | El escritor español Manuel Rivas publicó Contra todo esto: Un manifiesto rebelde | Página12

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Hace un mes y medio, el escritor español Manuel Rivas publicó Contra todo esto: Un manifiesto rebelde, un libro que reúne una serie de notas periodísticas y textos recientes. Pero, sobre todo, la figura de Rivas y su punto de vista actual funcionan como una toma de posición y una proclama de principios ante la situación de España, que se enmarca en un sistema global. En esta entrevista, Rivas habla sobre la censura y la persecución desatadas por la Ley Mordaza, que encarcela a raperos y persigue por posts de Facebook contra la monarquía o el catolicismo; sobre el problema de la representación política o la debilidad de las opciones; sobre la represión en Cataluña y la complicidad de los medios ante una desigualdad que se profundiza y oculta.

Contra todo esto: el fomento de la desigualdad, la domesticación intelectual, el rearme militarista y la guerra contra la naturaleza, el desmantelamiento de los espacios comunes, la producción de odio al diferente, la producción de miedo para poner en cuarentena derechos y libertades. Y esto: los paraísos fiscales y la corrupción sistémica, la indiferencia y el cinismo, la mercantilización y burocratización de la enseñanza, la desmemoria y la contramemoria, el machismo como sistema. En Contra todo esto / Un manifiesto rebelde, el libro que publicó en España hace un mes y medio, Manuel Rivas es directo en su posición de arranque, desde el título, ante el estado de situación. El volumen es un híbrido que en su centro reúne una serie de notas publicadas en los últimos años en diversos medios y participaciones en ámbitos varios, textos que pueden hablar del despido de una cajera de supermercado al llegar al tope de contratos-basura temporarios, de un encuentro con Saramago en el Parque de la Memoria en la Costanera, de Quevedo y la Ley Mordaza, de los periodistas asesinados en México y la amabilidad de muchos medios con el presidente Mariano Rajoy, de Moby Dick como emblema de resistencia indómita, de las corridas de toros como fiestas de la muerte, de las persecuciones varias que en la España de hoy evocan a la Inquisición. Rivas ha venido escribiendo del estado de las cosas y tirando líneas al pasado y al futuro, convocando a lo que él llama luciérnagas, libros y autores y periodistas y películas y dirigentes que alumbran en la noche, dice, historias del cotidiano cargadas de significados, de opresión y resistencia, de concentración de la riqueza y despojo. “Quise escribir un libro lleno de luciérnagas”, dice.

El manifiesto en sí, la treintena de páginas que abren el libro, parecen una síntesis, un destilado, una explicitación de las vigas centrales de estos textos: una proclama de principios. Que exceden a España; léase la nómina de su todo esto, aplíquese a estas tierras, y ahí está: la fortuna de medio gabinete macrista se traficó en cuevas fiscales, la intención de reemplazar los profesorados secundarios por un engendro, o ¡que acaban de enrejar Plaza de Mayo! Cuenta Rivas, desde el departamento en A Coruña en donde vive, que estaba escribiendo una novela cuando surgió la idea de armar el libro. “Arranqué con una especie de movimiento al que aludía Ítalo Calvino, que decía que para quien escribiera era muy recomendable levantar la nariz del papel”, dice, al otro lado de línea telefónica. “Y lo que ves delante te causa tanta vergüenza que… El embrión es ese sentimiento de vergüenza ante lo que pasa”. Breve estado de situación, esta semana: el rapero Valtonyc, condenado a tres años y medio de prisión por putear a los reyes, se fugó a Bélgica para evitar que lo engayolen; el actor Willy Toledo, que salió en defensa hace cuatro años de tres mujeres juzgadas por salir de procesión con una gran vagina y anotó en su Facebook que se cagaba en Dios, se negó a comparecer ante un juez que también lo imputó; en el marco de la megacausa Gürtel, fueron condenadas 29 personas, entre ellas el ex tesorero del Partido Popular, y varios funcionarios y empresarios. Apenas tres muestras frescas.

Rivas es escritor, poeta, ensayista, periodista: tiene sesenta años y ha escrito más de treinta libros, algunos de los cuales inspiraron películas como Todo es silencio o La lengua de las mariposas. Es también activista, Rivas: integró la plataforma ciudadana contra el desastre producido por el naufragio del petrolero Prestige ante la costa gallega, hizo un libro de conversaciones con el juez Baltasar Garzón y dirige junto a Xosé Manuel Pereiro, desde hace ya cuatro años y medio, la extraordinaria revista mensual Luzes. “Es un libro que se presta mucho para charlar, la gente viene con ganas de hablar de lo que está pasando”, dice Rivas. “Y las presentaciones no son del tipo compre usted mi libro, aquí vengo con mi libro; porque va más allá de las librerías: en Ferrol se presentó en el Ateneo, y allí había mucha gente procedente de asociaciones, sindicatos”. El miércoles pasado, en Vigo, lo presentó en la calle, ante un centenar de personas que se sentaron en las escaleras del emblemático teatro Tamberlick: en algunas fotos se lo ve ante un atril, megáfono en mano.

UNA LOCOMOTORA  DESTRUCTIVA

“Pasolini hablaba de que una revolución equivale a una provocación benéfica, y para mí el libro es un poco eso”, dice Rivas. “Cito en el libro a una mujer real, Katy, que fue rescatada del mundo de la trata, que decía: ‘El oficio más antiguo del mundo no es la prostitución, sino mirar para otro lado’. Bueno, aquí consigo eso, que coincide con ese sentimiento de vergüenza. Cuando estás con una novela o en poesía la relación con las palabras es distinta, es un trabajo a escondidas en un mundo que luego emerge con más o menos contundencia. Y la relación es más íntima. Pero esto fue escrito con bastante excitación y tuve la sensación de que las palabras buscaban sus conceptos, su sentido para querer decir, en un tiempo en el que más bien las palabras no quieren decir, o están cansadas de decir, o tienen miedo de decir. Digamos que fue una operación de limpieza del miedo, para mí”.

¿Miedo a qué?

–Cuando hay un vacío en la sociedad, un vacío de lo común, de la solidaridad, de esos depósitos de esperanza, la especie invasiva es el miedo. En lo personal necesitaba un límite del miedo, porque te das cuenta de que uno es víctima de un proceso de autocensura, de intimidación, de cautela con el lenguaje. Escribo desde un lugar y una situación, pero también buscando lo que está pasando en común en el mundo, porque esta sensación de retroceso o distopía es compartida con lo que pasa en España, en Europa, en Latinoamérica. Creo que están funcionando a tope las fábricas de producción de miedo, que normalmente operan con dos chimeneas: una emite miedo y la otra emite odio. Y claro, esa mezcla en la atmósfera es explosiva.

 Aludís a la vergüenza: con el cinismo que campea en quienes ejercen el poder, ¿te parece que sea un término que pueda llegarles?

–Sí, parece un poco inocente, ¿no? Por eso aludo a un estado mental, propio, de vergüenza ante lo que ocurre. Es que las palabras del poder no tienen una correspondencia con la realidad, porque utilizan el lenguaje para ocultar, no para iluminar. Hoy más que nunca es un instrumento de control, de ficción social, de hibernación. Te hablan mucho de futuro y mientras tanto te están robando la línea del horizonte. Apelar a la vergüenza podría ser visto como una inocencia por aquellos que flotan en la inmoralidad, esos a los que llamo en el libro con un término de Rubén Darío, la canallocracia: la precisión genial de los poetas. Es una especie de poder que linda con el hampa en sus objetivos y sus prácticas. Desde la política no se habla del adversario: se produce el enemigo. Que si no está, se lo crea. A la vez, más que convencer a las personas, gran parte de la política se preocupa en crear hooligans que hinchan por su partido y tratan de borrar todo lo que suene a interés público.

Rivas observa que además de corroer ligazones tradicionales como la familia o el barrio, el sistema ha ido acabando con espacios comunes de emancipación, asociaciones, ateneos libertarios, sindicatos. “Inspirándonos en Walter Benjamin, la revolución sería frenar esta locomotora destructiva del capitalismo impaciente, a la que se le han soltado todos los estribos. La mano invisible es totalmente depredadora: el propio Adam Smith quedaría horrorizado ante lo que han convertido en una especie de zarpa de terror”.

INQUISIDORES Y GANGSTERS

Para Rivas las búsquedas independentistas de Escocia y Cataluña exceden el carácter nacionalista, le resulta pobre o limitado reducirlo a eso. “Yo veo ahí un hambre comunitaria”, dice. “Ante un malestar en el estado de cosas, se encuentra o se busca ahí la utopía en medio de la distopía. Y a este problema cultural se lo ha embestido desde la acción política. Es una crisis que excede a Cataluña, que es donde se presenta la confrontación: es una crisis democrática para España. Creo que en una democracia las crisis se resuelven con más democracia. Y aquí se ha dado lo contrario, un empobrecimiento que afrenta sobre todo a Cataluña, con sus dirigentes encarcelados: se utiliza el eufemismo del artículo 155 para sustraerles sus instituciones e implantar un estado de excepción. Y da la impresión de que la maquinaria pesada del Estado, que como sabemos no es fácil de desatornillar, va en este sentido distópico, incluso en esta disputa por quién toma el puente de mando entre las dos derechas, el PP y Ciudadanos: seguirá esa dinámica de embestir. El rearme centralista frente a la biodiversidad”.

Ese empobrecimiento democrático proyecta también sus sombras sobre libertades elementales, de expresión, artísticas. “Andan las jaulas detrás de las palabras libres: es una sensación que está en el ambiente, ya”, dice Rivas. “Me recuerda a un capítulo de El ruedo ibérico, de Valle Inclán: lo lees en voz alta y es una crónica actual. Esto de que un guardia golpea a una persona porque va cantando una copla -y donde decimos copla ahora podemos decir un rap, o un hip-hop-, y entonces se oye una voz que dice: ‘Las coplas no son delitos mayores’. Está esta situación con Valtonyc, el rapero al que han condenado. Y hay gente con procesos abiertos, y sindicalistas que están en la cárcel en la aplicación de la misma ley, la Ley Mordaza. La ley inicialmente se llamaba ‘de protección ciudadana’, esos eufemismos tremendos, pero ya ni el ministro del Interior le dice así: ya él también le llama Ley Mordaza. Y sí, están arriba de la gente que escribe, que canta, que hace teatro, de un grupo de titiriteros. Aquí mismo, en Galicia, hay un grupo muy joven que se llama A Insurgencia y hace hip-hop, al que se les ha abierto un proceso. No te puedes meter con el rey, por ejemplo. Todavía aquí es delito lo que se llama blasfemia: alguien te puede denunciar porque considera que te has metido con sus creencias. Hay grupos muy organizados de extrema derecha que utilizan temas religiosos para andar ahí, a la caza de brujas. Hay un ambiente inquisitorial. Fijate que se condenó a una tuitera por hacer un chiste sobre Carrero Blanco, que era la mano derecha de Franco. Son situaciones absurdas, sobre todo porque hemos vivido períodos como la Transición de los ‘80, en los que nadie le prestaba atención a estas cosas”.

 ¿Es el momento de mayor caza de brujas desde la muerte de Franco?

–Sí, sí. Tiene que ver con esa operación de producción de miedo. Y para desactivar, también, a una sociedad que, como vimos, no hace mucho fue capaz de moverse y ocupar las plazas: el 15M. Lo que demuestra, por parte del poder, una gran desconfianza en el pueblo. Y esto se está dando en general en el mundo. Si visualizáramos ahora mismo una gran mesa a la que se sienten mandatarios mundiales, sería lo más parecido a una reunión de gángsters de los años ‘20.

Desde acá también aportamos.

–Claro: es un vendaval reaccionario que se da en el mundo. Yo digo que es un modernismo reaccionario, porque el caso de Ciudadanos aquí es paradójico: los golpes los dan ahora utilizando la guerra jurídica, lo que se llama lawfare. Y ahí también tienen el mejor armamento y el más potente ejército. Con el uso de la comunicación, también. Es un momento de inflexión: lo que nos presentaron como la globalización feliz, ese eufemismo, resultó que en gran parte era una pesadilla, un proceso de abaratamiento humano. Un crecimiento de las desigualdades, un incremento exponencial de beneficios para este capitalismo impaciente, que se ha acompañado de una derecha rabiosa.

SERÍAN LAS LUCIÉRNAGAS

Contra todo esto no es un libro derrotista: al contrario. Alumbra muy diversos escenarios, historias y personajes que reivindican la rebeldía y la construcción de alternativas: el movimiento feminista, el periodismo alternativo, la lucidez de los artistas y pensadores, la resistencia de mujeres y hombres de a pie. A Rivas le interesa en particular enfocar en la fuerza, en el estallido que significó el 15M: “Creo que hay una pérdida de la memoria del nivel de rebeldía que produjo, porque fue realmente un gran susto para el poder”, dice. “De ahí la reacción tan brutal, tan despectiva. Por entonces se hablaba de una generación perdida, de jóvenes ni-ni, que no trabajaban ni estudiaban, una serie de reproches. Pero el diagnóstico no era muy bueno, no se veían las corrientes de fondo. Y creo que ahora también está pasando algo parecido, que se está dando un diagnóstico equivocado. Por muchos instrumentos que tenga, al Estado también le fallan las antenas; cuando la información se convierte en propaganda los poderosos están muy contentos, pero sus perros de guardia, como decía Paul Nizan, no les están haciendo bien el trabajo”.

El 15M, rebobina Rivas, hizo emerger a la superficie la conciencia del estado de putrefacción y su repudio masivo, una podredumbre signada entre tantas cosas en el caso elefante, el rey Juan Carlos de joda en Botswana, la cadera quebrada, las disculpas, el retiro dorado. “Esta movilización después se transforma por una gran parte de la gente que participa, y hay momentos en que se objetiviza ese gran susto del poder, porque Podemos llegó a estar en las encuestas como primera fuerza”, dice Rivas. “Había una expectativa. Y desde allí pasó a gobernar espacios importantes, municipales”. Rivas destaca esas experiencias, que abarcan ciudades como Madrid, Barcelona y varias de Galicia, A Coruña misma. Pero, a la vez, enfoca en la falta de eficacia a la hora de concretar una opción potente para llegar a la presidencia de gobierno: exceso de caciquismo, sintetiza. “Es una tara que arrastra parte de la izquierda, algo tan elemental. Me recuerda a un personaje de Onetti, que en un cuento alude a los quince grupos troskistas de Santa Fe. Siempre se habló de histerismo para aplicárselo a las mujeres, pero yo creo que lo que hay dentro de la izquierda es un problema de histerismo masculino”, dice Rivas, que reivindica con fuerza el feminismo. “No sé si es una especulación un poco aventurada. La relación con el poder es una relación no resuelta; es decir, por un lado la gente es consciente de que no hay que dominar, que el poder no es para dominar, que gobernar no es dominar: es cooperar. La gente puede traer programas progresistas, pero me parece que todos llevan un pequeño cacique dentro. Y hay que matar al cacique que llevamos dentro. Y ya. Pero quisiera subrayar esto: hay municipios en los que se nota que realmente están cambiando para bien las cosas. Lo que pasa es que es algo que no te cuenta la Televisión Española, que está en el nodo Franco, anclada ahí”.

Rivas critica la maquinaria mediática al servicio del poder, su manipulación, sus falsas argumentaciones, su indiferenciación. “Por ejemplo: el índice de pobreza de España aumentó mucho en los últimos años, es el mayor de Europa, y a ese dato te lo sueltan junto al último campeonato en Le Mans y a Operación Triunfo”. “Va todo en el mismo plato, combinado”. A la vez, Rivas dice que este libro lo reconcilió con el periodismo, en el reconocimiento de otra corriente subterránea que recorre/compone un archipiélago de publicaciones alternativas, medios de muy diverso talante que nacen del impulso autónomo del mismo periodismo. “Y esas son las mejores historias, medios que no surgen por el interés de un magnate o un capital, para quienes la información es una mercancía, o un instrumento de poder”, diferencia Rivas. “Muy laboriosamente, entonces, el periodismo se está liberando de sí mismo, de ese espacio acrítico y conformista en el que se había estacionado. Medios digitales pero también en papel, de diversa circulación en distintas regiones, que han agitado las aguas”.

Hablás de domesticación intelectual: ¿a qué te referís?

–Me parece que el silencio más terrible es el de quienes saben, ¿no? No va con mi forma acusar puntualmente a alguien, pero sí quise romper un poco el mito que da por sentado que el intelectual es un pensador crítico, porque creo que parte de este estado de cosas se mantiene por la cobertura que procede de la cultura conformista, conservadora. Los poderes siempre fueron muy conscientes de la importancia de esto: ahí está la iglesia y el papel histórico que representó a lo largo de la historia. Hoy en día esos poderes también son muy conscientes, y por eso les interesa privatizar la enseñanza, las universidades, lo que Gramsci llamaba la hegemonía cultural. ¿Cómo se ejerce hoy? Lógicamente son los mass media los encargados del control de las mentes, los que priorizan noticias, crean agenda, el espejismo de la realidad.

Y en España se ve seguido el espejismo del pensamiento, a través de las tertulias.

–Efectivamente. Entonces, ¿qué ha pasado con los intelectuales?, nos podríamos preguntar. Por supuesto que hay pensadores que están trabajando y profundizando en distintos campos, creando pensamiento. Pero el papel del intelectual público hoy día lo encarnan estas personas, los que llamamos tertulianos, portavoces potentes que llegan a la población y forman opinión. Hoy estos acomodaticios son una mayoría: los intelectuales críticos están claramente en minoría, y a veces incluso acosados y arrinconados. El poder sabe muy bien que la hegemonía cultural es fundamental para ejercer el dominio social y económico. Creo incluso que es una de sus prioridades. Por eso se trata de promover una cultura estupefaciente. Por aquí se libran varias batallas: una es la de la memoria histórica. Es increíble el despliegue y la cantidad de gente que moviliza el poder para intentar tapar esta cuestión moral, que nos remite a Antígona. Y entonces te encuentras con miles de personas que niegan, que tratan de zanjar el asunto. Y es curioso, porque dicen no a la memoria histórica, pero a la vez continuamente se hacen exposiciones y homenajes al cardenal Cisneros, a los reyes católicos. En todo caso, los Émile Zola son por desgracia más escasos de lo que parece. Ojalá con este renacimiento del periodismo se multipliquen los Yo acuso. Esas serían las luciérnagas.

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