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La lengua degenerada | El Gato y La Caja

Fuente original: La lengua degenerada | El Gato y La Caja

¿Tiene sentido hablar con lenguaje inclusivo? ¿Afecta nuestra percepción de la realidad?

Van dos peces jóvenes nadando juntos y sucede que se encuentran con un pez más viejo que viene en sentido contrario. El pez viejo los saluda con la cabeza y dice: “Buenos días, chicos, ¿cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes nadan un poco más y entonces uno mira al otro y dice: “¿Qué demonios es el agua?”

David Foster Wallace – This is Water

Cuando el escritor David Foster Wallace dio un discurso frente a los egresados de la Kenyon College comenzó contando esta historia de los peces. Su intención era simplemente recordarle al auditorio que todos vivimos en una realidad que, a fuerza de rodearnos, a la larga termina volviéndose invisible. Y que sólo la percibimos cuando se convierte en algo disruptivo, en un estorbo en nuestro camino: el conductor que nos cruza el auto en la esquina, el empleado que exige otro trámite para completar una solicitud, la palabra mal escrita: sapatilla, uevo, todxs. Mientras tanto, las cosas de las que más seguros solemos estar terminan demostrando ser aquellas sobre las que más nos equivocamos. Por ejemplo, el castellano:

Todos los que nacimos y fuimos criados en el mundo hispanohablante tenemos, rápido y pronto, certezas sobre cómo funciona el castellano porque es la lengua que aprendimos intensamente durante nuestros primeros años de vida. Y en algún punto no nos equivocamos. Incluso si nos preguntasen qué es el castellano podríamos responder en un parpadeo: “es nuestra lengua materna”. Pero esa respuesta no estaría dando cuenta de la verdadera naturaleza del asunto, porque en definitiva: ¿Qué demonios es la lengua?

Eso, ¿qué demonios es la lengua?

Tal como el agua de los peces, la lengua es un poco todo. Mejor dicho, en todo está la lengua, dado que, una vez que la adquirimos, nunca más dejamos de usarla para pensar el mundo que nos rodea. Sin embargo, si tenemos que elegir una entre muchas definiciones, diremos que la lengua es un fenómeno social. Ocurre siempre con relación a un ‘otro’, a una comunidad con la que establecemos convenciones respecto a qué significan las palabras y cómo significan esas palabras. En este sentido, vale decir que nos pertenece a todos los que la hablamos. Y, en el caso de la lengua castellana, a la Real Academia Española (RAE).

¡Momento! ¿Por qué a la Real Academia Española? No parece muy lógico que la segunda lengua más hablada del globo (después del chino y antes del inglés) sea tan celosamente protegida por unos pocos señores enfurruñados. Pero menos sentido tiene cuando uno piensa que estos señores a veces se paran como caballeros templarios protegiendo algo que nadie, absolutamente nadie, está atacando.

Ah, ¿cómo? ¿Nuestros jóvenes no son como los peces descuidados y rebeldes? ¿No van por la vida con una promiscuidad lingüística escandalosa, escribiendo ke, komo, xq o todes? Sí, muchos sí. Los lectores se preguntarán cómo puede ser que permitamos semejante atropello.

Resulta que la lengua no es una foto, es una película en movimiento. Y la Real Academia Española no dirige la película, sólo la filma. A eso llamamos ‘gramática descriptiva’, que es el trabajo de delimitar un objeto de estudio (en este caso lingüístico) y dar cuenta de cómo ocurre más allá de las normas. Por eso, cuando un uso se aleja de lo que indican los manuales de la escuela, si es llevado a cabo por suficiente cantidad de personas y se hace lugar en determinados espacios, la RAE acaba incorporándolo al diccionario. Ese es su trabajo descriptivo. Luego informa al público y ahí todos horrorizados ponemos el grito en el cielo porque cómo van a admitir ‘la calor’ si es obvio, requete obvio, que el calor es masculino. Es EL calor.

¿Esto significa que podamos hacer lo que se nos antoja con la lengua? No. Hay cambios que el sistema simplemente no tolera. Uno puede comprarse todas las témperas del mundo y mezclarlas a su placer, pero no puede imaginar un nuevo color. Algunas partes de la lengua funcionan de la misma manera: por ejemplo, no es posible pensar el castellano sin categoría de sujeto (ese que en la escuela había que marcar separado del predicado y cuando no estaba se le ponía ‘tácito’ al costado de la oración). ¿Es culpa de la Real Academia que no nos deja? No, esta vez la pobre no hizo nada, es el sistema mismo del castellano el que no nos deja. Es simplemente imposible.

Pero entonces, si podemos usar la lengua como queramos e igual no se va a romper, ¿por qué hace falta tomarse el trabajo de formular normas y leyes? La gramática que no es descriptiva, la que se encarga de definir qué está bien y qué está mal, se llama gramática normativa y existe por una razón: las normas son necesarias para poder analizar una lengua, sistematizarla y enseñarla mejor a las siguientes generaciones.

Lo importante en este punto es comprender que el castellano no puede ser atacado, o que en todo caso sabe defenderse solo (se dobla y se adapta como el junco, pequeño saltamontes) porque está en permanente movimiento. Cada generación cree que la lengua de sus padres es pura y prístina mientras que la de sus hijos es una versión degenerada de aquella. Pero antes de hablar castellano rioplatense hablábamos otra variante del castellano moderno. Y antes de eso, hablábamos el castellano de Cervantes, y antes de eso las lenguas romances que fermentaron con la disolución del Imperio Romano, y antes de eso latín vulgar y antes del latín vulgar pululaban las lenguas indoeuropeas y antes de eso vaya uno a saber qué. Lo único que podemos saber a ciencia cierta es que la versión más pura, prístina y primigenia de cualquier lengua son unos gruñidos apenas articulados en el fondo de una caverna.

Las Glosas Emilianenses son uno de los registros más antiguos que tenemos del castellano. Se trata de anotaciones al margen en un códice escrito en latín, hechas por monjes del Siglo X u XI, para clarificar algún pasaje. Como se ve al costado, gracias a la glosa ahora el pasaje quedó clarito clarito.

Sirva como ejemplo la siguiente curiosidad: los españoles que llegaron a América durante la Conquista todavía utilizaban el voseo en sus dos vertientes: como forma reverencial y de confianza. Decían “Vuestra Majestad” o decían, por ejemplo, “¿Desto vos mesmo quiero que seáis el testigo, pues mi pura verdad os hace a vos ser falso y mentiroso?” (porque aguante citar el Quijote). Ese ‘vos’ arraigó en América, en parte a través de la literatura y en parte porque los españoles lo usaban reverencialmente entre ellos como modo de diferenciarse de los nativos. El tiempo pasó y hoy millones de personas lo usamos sin ningún tipo de reverencia ni distinción de clase, sin embargo, el voseo comenzó a desprestigiarse en el siglo XVI en la mismísma España, donde el castellano se decantó por el ‘tú’ sin que a nadie se espantara por eso. Lo cual demuestra que la lengua está en permanente cambio, pero ocurre tan lentamente que nos genera la sensación de permanecer detenida. Indignarse por ello sería como si los pececitos de la historia de Foster Wallace se indignasen porque el agua, que hasta recién ni sabían que existía, los está mojando.

Ahora bien, si llegado este punto los lectores de esta nota han aceptado las nociones básicas sobre el funcionamiento de la mismísima lengua que están leyendo, es momento de confesar que ha sido todo parte de una estratagema introductoria. Es hora de cruzar al otro lado del espejo y hablar de un tema un poco más controversial: el lenguaje inclusivo.

Bienvenides a la verdadera nota, estimades lecteres.

Las formas del agua

Una de las capacidades más poderosas de cualquier lengua es la capacidad de nombrar. Poner nombres, categorizar, implica ordenar y dividir. Y desde que nacemos (incluso antes), las personas somos divididas en varones y mujeres. Nos nombran en femenino o masculino, se refieren a nosotres utilizando todos los adjetivos en un determinado género. Muchísimo antes de que nuestro cuerpo tenga cualquier tipo de posibilidad de asumir un rol reproductivo, aprendemos que es diferente ser varón o mujer, y nos identificamos con los unos o las otras. Los nenes no lloran, las nenas no juegan a lo bestia ensuciándose todas. Para cuando podemos responder ‘qué queremos ser cuando seamos grandes’, nuestras preferencias, auto proyecciones y deseos ya tienen una enorme carga de los esquemas simbólicos que nos rodean.

A esa inmensa construcción social, que se erige sobre la manera en que la sociedad da importancia a ciertos rasgos biológicos (en este caso relacionados con los órganos sexuales y reproductivos), es a lo que refiere el concepto de ‘género’. Lo que los estudios sobre el tema han teorizado y documentado es que la división de géneros no es una división neutral, sin jerarquías: por el contrario, las diferentes características y los diferentes mandatos que se atribuyen a una persona según su género devienen, a su vez, en desigualdades que giran, spoiler alert, en torno a una predominancia de los individuos masculinos.

Haber identificado que esas desigualdades tienen su correlato en el modo en el que hablamos es lo que motivó, unas cuantas décadas atrás, que se plantee desde el feminismo y desde algunos ámbitos académicos y oficiales la importancia de revisar el uso del lenguaje sexista. ¿Qué es el lenguaje sexista? Es nombrar ciertos roles y trabajos sólo en masculino; referirse a la persona genérica como ‘el hombre’ o identificar lo ‘masculino’ con la humanidad; usar las formas masculinas para referirse a ellos pero también para referirse a todes, dejando las formas femeninas sólo para ellas; nombrar a las mujeres (cuando se las nombra) siempre en segundo lugar.

Las indeseables consecuencias de esta desigualdad lingüística se traducen en lo que el sociólogo Pierre Bourdieu define como ‘violencia simbólica’, y esto nos sirve para comprender uno de los mecanismos que perpetúan la relación de dominación masculina.

La violencia simbólica tiene que ver con que nos pensemos a nosotres mismes, al mundo y nuestra relación con él, con categorías de pensamiento que, de algún modo, nos son impuestas, y que coinciden con las categorías desde las que le dominader define y enuncia la realidad. Se produce a través de los caminos simbólicos de la comunicación y del conocimiento, y consigue que la dominación sea naturalizada. Su poder reside precisamente en que es ‘invisible’. De nuevo, como el agua, se vuelve parte de la realidad y ni nos damos cuenta que está ahí.

Pero la violencia simbólica de la que habla Bourdieu no constituye, como a veces se malinterpreta, una dimensión opuesta a la violencia física, ‘real’ y efectiva. Es, en realidad, un componente fundamental para la reproducción de un sistema de dominio donde les dominades no disponen de otro instrumento de conocimiento que aquel que comparten con les dominaderes, tanto para percibir la dominación como para imaginarse a sí mismes. O, mejor dicho, para imaginar la relación que tienen con les dominaderes.

Revertir esto requiere algo así como una ‘subversión simbólica’, que invierta las categorías de percepción y de apreciación de modo tal que les dominades, en lugar de seguir empleando las categorías de les dominaderes, propongan nuevas categorías de percepción y de apreciación para nombrar y clasificar la realidad. Es decir, proponer una nueva representación de la realidad en la cual existir.

Existir a través del lenguaje

Pero la sociología no está sola en esto: desde el palo de la lingüística, en los años ‘50 vio la luz una teoría que proponía que la lengua ‘determinaba’ nuestra manera de entender y construir el mundo o, por lo menor, modelaba nuestros pensamientos y acciones. Era la famosa teoría Sapir-Whorf.

Durante mucho tiempo, la idea de que la lengua que hablamos podía moldear el pensamiento fue considerada en el mejor de los casos incomprobable y, con más frecuencia, sencillamente incorrecta. Pero lo cierto es que la discusión se mantenía principalmente en el plano de la reflexión abstracta y teórica. Con la llegada de nuestro siglo resurgieron las investigaciones acerca de la relatividad lingüística y, de la mano, comenzamos a disponer de evidencias acerca de los efectos de la lengua en el pensamiento. Diferentes investigaciones recolectaron datos alrededor del mundo y encontraron que las personas que hablan diferentes lenguas también piensan de diferente manera, y que incluso las cuestiones gramaticales pueden afectar profundamente cómo vemos el mundo.

Todo muy lindo ¿Y la evidencia?

Para empezar, Daniel Cassasanto y su equipo encontraron evidencia, como resultado de 3 experimentos, de que las metáforas espaciales (las del tipo ‘la espera se hizo muy larga’) en nuestra lengua nativa pueden influenciar profundamente el modo en que representamos mentalmente el tiempo. Y que la lengua puede moldear incluso procesos mentales ‘primitivos’ como la estimación de duraciones breves.

Y no fueron les úniques, otros equipos, como este, este, este, este y este, encontraron que la lengua con la que hablamos tiene mucho que ver con la forma en que pensamos en el espacio, el tiempo y el movimiento. Por otro lado, un estudio de Jonathan Winawer y su equipo aporta que las diferencias lingüísticas también provocan diferencias al momento de distinguir colores: es más fácil para une hablante distinguir un color (de otro) cuando existe una palabra en su idioma para nombrar ese color que cuando no existe esa palabra. Quien quiera celeste, que lo pronuncie.

Arriba se ven los 20 tonos de azul utilizados en el estudio sobre la capacidad de distinguir colores según la lengua hablada por los participantes. Abajo de la paleta completa vemos un ejemplo de la imagen del ejercicio: los sujetos debían distinguir cuál de los dos cuadrados de abajo era idéntico al de arriba. A partir de Winawer.

Pero ¿no estábamos hablando de género? Sí, sí, a eso vamos:

Se supone que el género de una palabra (masculino/femenino) no siempre diferencia sexo. Lo hace en algunos sustantivos como señor y señora, perro y perra, carpintero y carpintera, que remiten siempre a seres animados y sexuados. Pero, en general, el género en la mayoría de las palabras no es algo que se agrega al significado, es inherente a la palabra misma y sirve para diferenciar otras cosas: diferencia tamaño en cuchillo y cuchilla, diferencia la planta del fruto en manzano y manzana, diferencia al individual del plural en leño y leña. En ese caso, se las considera palabras diferentes y no variaciones de una misma palabra. Otras veces, ni siquiera sirve para diferenciar nada porque muchas palabras tienen su forma en femenino y no existen en masculino, y viceversa. En esos casos, el género sólo sirve para saber cómo usar las otras palabras que rodean y complementan a esa palabra. Por ejemplo ‘teléfono’ existe sólo en masculino. No es posible decir ‘teléfona’, y sin embargo necesitamos ese masculino para saber decir que el teléfono es ‘rojo’ y no ‘roja’.

O sea que el género funciona de muchas formas en castellano y no solamente como un binomio para decidir si las cosas son de nene o de nena. Pero lo que vuelve verdaderamente interesante el asunto, por muy gramátiques que queramos ponernos en el análisis, es que el género del castellano tiene siempre una carga sexuada, aunque remita a simples objetos. ¡No puede ser! ¿Puede ser?

Sí, puede ser

Webb Phillips y Lera Boroditsky se preguntaban si la existencia de género gramatical para los objetos, presente en idiomas como el nuestro pero no en el inglés, tenía algún efecto en la percepción de esos objetos, como si realmente tuviesen un género sexuado. Para resolverlo, diseñaron algunos experimentos con hablantes de castellano y alemán, dos lenguas que atribuyen género gramatical a los objetos, pero no siempre el mismo (o sea que el nombre de algunos objetos que son femeninos en un idioma, son masculinos en el otro). Los resultados de 5 experimentos distintos mostraron que las diferencias gramaticales pueden producir diferencias en el pensamiento.

En uno de esos experimentos buscaron poner a prueba en qué medida el hecho de que el nombre de un objeto tuviese género femenino o masculino llevaba a les hablantes a pensar en el objeto mismo como más ‘femenino’ o ‘masculino’. Para ello les pidieron a les participantes que calificaran la similitud de ciertos objetos y animales con humanes varones y mujeres. Se eligieron siempre objetos y animales que tuvieran géneros opuestos en ambos idiomas y las pruebas fueron realizadas en inglés (un idioma con género neutro para designar objetos y animales) a fin de no sesgar el resultado. Les participantes encontraron más similitudes entre personas y objetos/animales del mismo género que entre personas y objetos/animales de género distinto en su idioma nativo.

En otro estudio de Lera Boroditsky se hizo una lista de 24 sustantivos con género inverso en castellano y alemán, que en cada idioma eran la mitad femeninos y la mitad masculinos. Se les mostraron los sustantivos, escritos en inglés, a hablantes natives de castellano y alemán, y se les preguntó sobre los primeros tres adjetivos que se les venían a la mente. Las descripciones resultaron estar bastante vinculadas con ideas asociadas al género. Por ejemplo, la palabra llave es masculina en alemán. Les hablantes de ese idioma describieron en promedio las llaves como duras, pesadas, metalizadas, útiles. En cambio, les hablantes de castellano las describieron como doradas, pequeñas, adorables, brillantes y diminutas. A la inversa, la palabra puente es femenina en alemán y les hablantes de ese idioma describieron los puentes como hermosos, elegantes, frágiles, bonitos, tranquilos, esbeltos. Les hablantes de castellano dijeron que eran grandes, peligrosos, fuertes, resistentes, imponentes y largos.

También los resultados de María Sera y su equipo encontraron que el género gramatical de los objetos inanimados afecta las propiedades que les hablantes asocian con esos objetos. Experimentaron con hablantes de castellano y francés, dos lenguas que, aunque usualmente coinciden en el género asignado a los sustantivos, en algunos casos no lo hacen. Por ejemplo, en las palabras tenedor, auto, cama, nube o mariposa. Se les mostró a les participantes imágenes de estos objetos y se les pidió que escogieran la voz apropiada para que cobrara vida en una película, dándoles a elegir voces masculinas y femeninas para cada uno. Los experimentos mostraban que la voz elegida coincidía con el género gramatical de la palabra con la que se designa a ese objeto en el idioma hablado por le participante.

Como si todo esto fuera poco, Edward Segel y Lera Boroditsky también señalan que puede verificarse la influencia del género gramatical en la representación de ideas abstractas analizando ejemplos de personificación en el arte, en la que se da forma humana a entidades abstractas como la Muerte, la Victoria, el Pecado o el Tiempo. Analizando cientos de obras de arte de Italia, Francia, Alemania y España, encontraron que en casi el 80% de esas personificaciones, la elección de una figura masculina o femenina puede predecirse por el género gramatical de la palabra en la lengua nativa de le artista.

Cuando la idea abstracta personificada tenía género gramatical femenino en la lengua de le artista, fue personificado como mujer en 454 casos de un total de 528. Es decir, se produjo congruencia del género gramatical con el de la personificación en el 85% de las obras. Cuando tenía género gramatical masculino, fue personificado como varón en 143 casos de 237 (60%).

Blancanieves y los siete mineros estereotípicamente masculinos

Hasta acá todo bien: hay una relación entre pensamiento y lengua, hay una vinculación entre género y sexo en la mente de les hablantes y hay evidencia al respecto. Pero puntualmente, ¿puede la lengua tener un efecto sobre la reproducción de estereotipos sexistas y relaciones de género androcéntricas (es decir, centradas en lo masculino)?

Bueno, sí. Por ejemplo, Danielle Gaucher y Justin Friesen se preguntaron si la lengua cumple algún rol en la perpetuación de estereotipos que reproducen la división sexual del trabajo. Para responderse, analizaron el efecto del vocabulario ‘generizado’ empleado en materiales de reclutamiento laboral. Encontraron que los avisos utilizaban una fraseología masculina (incluyendo palabras asociadas con estereotipos masculinos, tales como líder, competitivo y dominante) en mayor medida cuando referían a ocupaciones tradicionalmente dominadas por hombres antes que en áreas dominadas por mujeres. A la vez, el vocabulario asociado al estereotipo de lo ‘femenino’ (como apoyo y comprensión) surgía en medidas similares de la redacción tanto de anuncios para ocupaciones dominadas por mujeres como para las dominadas por varones.

Los anuncios laborales para ocupaciones dominadas por varones contenían más palabras estereotipadamente masculinas que los anuncios para ocupaciones dominadas por mujeres. En cambio, no había diferencia en la presencia de palabras estereotipadamente femeninas en ambos tipos de ocupaciones.

Por otro lado encontraron que, cuando los anuncios incluían más términos masculinos que femeninos, les participantes tendían a percibir más hombres dentro de esas ocupaciones que si se usaba un vocabulario menos sesgado, independientemente del género de le participante o de si esa ocupación era tradicionalmente dominada por varones o por mujeres. Además, cuando esto ocurría, las mujeres encontraban esos trabajos menos atractivos y se interesaban menos en postularse para ellos.

El equipo de Dies Verveken realizó tres experimentos con 809 estudiantes de escuela primaria (de entre 6 y 12 años) en entornos de habla de alemán y holandés. Indagaban si las percepciones de les niñes, sobre trabajos estereotípicamente masculinos, pueden verse influidas por la forma lingüística utilizada para nombrar la ocupación. En algunas aulas presentaban las profesiones en forma de pareja (es decir, con nombre femenino y masculino: ingenieros/ingenieras, biólogos/biólogas, abogados/abogadas, etc.), en otras en forma genérica masculina (ingenieros, biólogos, abogados, etc.). Las ocupaciones presentadas eran en algunos casos estereotipadamente ‘masculinas’ o ‘femeninas’ y en otros casos neutrales. Los resultados sugirieron que las ocupaciones presentadas en forma de pareja (es decir, con título femenino y masculino) incrementaban el acceso mental a la imagen de mujeres trabajadoras en esas profesiones y fortalecían el interés de las niñas en ocupaciones estereotipadamente masculinas.

Estos son sólo algunos de los muchos estudios realizados. Si algune se quedara con ganas de más, otros estudios (como este, este, este o este) añaden evidencia sobre cómo les niñes interpretan como excluyentes los títulos de oficios o profesiones marcados por género y cómo, en general, el uso de un pronombre masculino para referirse a todes favorece la evocación de imágenes mentales desproporcionadamente masculinas. O incluso, cómo esos genéricos no tan genéricos pueden tener efectos sobre el interés y las preferencias por ciertas profesiones y puestos de trabajo entre las personas del grupo que ‘no es nombrado’, llevando a que puedan autoexcluirse de entornos profesionales importantes.

¿Y entonces qué hacemos?

Es en esta línea que puede comprenderse mejor la relevancia de los esfuerzos del feminismo por introducir usos más inclusivos de la lengua. Muchos se han ensayado, empezando por la barrita para hablar de los/as afectados/as, los/as profesores/as, los/as lectores/as. Pero esta solución tiene algunos problemas. Primero, la lectura se tropieza con esas barritas que saltan a los ojos como alfileres. Por otro lado, supone que la multiplicidad de géneros del ser humano puede reducirse a un sistema binario: o sos varón, o sos mujer.

Otras soluciones fueron incluir la x (todxs) o la arroba (tod@s) en lugar de la vocal que demarca género, pero la arroba era demasiado disruptiva ya que no pertenece al abecedario y además rompe el renglón de una manera distinta al resto de los signos. La x, por otro lado, sigue utilizándose, pero al igual que la arroba, plantea un problema fonético importante ya que nadie sabe muy bien cómo debe pronunciarla. Hay quienes (por ejemplo, la escritora Gabriela Cabezón Cámara) ven en ello una ventaja: lo disruptivo, lo que incomoda, es justamente lo que atrae las miradas sobre el problema de género que ese uso de la lengua busca denunciar, es la huella de una pelea, la marca de una puesta en cuestión.

Hasta ahora, la propuesta que parece tener mejor proyección a futuro para ser incorporada sin pelearse demasiado con el sistema lingüístico es el uso de la e como vocal para señalar género neutro. Como el objetivo es dejar de referirnos a todes con palabras que sólo nombran a algunes, no necesitamos usarla para referirnos a absolutamente todo, es decir: no vamos a empezar a sentarnos en silles ni a tomarnos le colective cada mañane. Pero si estamos hablando de personas (u otres seres animades a les que les percibimos una identidad de género), nos habilita una posibilidad para hablar de manera verdaderamente inclusiva. De todos modos, esta tampoco es una solución libre de problemas: implica entre otras cosas la creación de un pronombre neutro (‘elle’) y de un determinante (‘une’). Pero excepciones más raras se han hecho y aquí estamos todavía, comiendo almóndigas entre los murciégalos.

Algunas voces que patalean indignadas contra estas iniciativas señalan que esas propuestas ‘destruyen el lenguaje’. Y no falta la apelación a la autoridad: es incorrecto porque lo dice la Real Academia Española. Pero, como le lecter ya sabe, lo que diga la Real Academia Española sobre este tema nos tiene sin cuidado. Con todo respeto. Muy lindo el diccionario.

Otra de las fuertísimas resistencias a este tipo de propuestas es la de quienes sencillamente niegan que exista algún tipo de relación entre la lengua y los mayores o menores niveles de equidad de género. Aunque recién comentamos evidencias empíricas que sugieren que esa relación sí existe, se suele hacer referencia a la cuestión, también empírica, de que en aquellas regiones en las que se hablan lenguas menos sexuadas, por ejemplo con un genérico verdaderamente neutral, a menudo se verifica mayor inequidad de género que en otros países.

Un aporte interesante en esa línea es el trabajo de Mo’ámmer Al-Muhayir, que compara el árabe clásico, islandés y japonés, y muestra que el sexismo de la lengua no parece correlacionar con la inequidad de género. El árabe clásico utiliza el género femenino para los sustantivos en plural, sin importar el género de ese mismo sustantivo en singular. Y sin embargo, se trata de una de las lenguas más conservadoras del planeta, y en más de una de las sociedades en las que se habla (como Arabia Saudí o Marruecos), difícilmente podamos decir que hay igualdad de derechos entre hombres y mujeres. El islandés, por otra parte, es uno de los idiomas que menos cambios han sufrido a lo largo de los siglos, manteniéndose casi intacto debido a políticas de lenguaje sumamente conservadoras (no adquieren términos extranjeros sin antes traducirlos de alguna manera con raíces de palabras islandesas), y corresponde a una de las sociedades más avanzadas en cuanto al lugar que ocupa la mujer. Y el japonés directamente no tiene género gramatical, pero esta maravilla de la gramática inclusiva tiene lugar en el seno de una de las sociedades más estereotípicamente machistas que conocemos.

A partir de imagen de The economist, the glass ceiling index (o sea, el índice de techo de cristal, que mide equidad de género en el mercado de trabajo).

Sin embargo, la investigación empírica aporta indicios de que los sustantivos ‘neutrales’ y los pronombres de lenguas sin división gramatical genérica pueden tener de todas formas un sesgo masculino encubierto. Así, aunque eviten el problema de una terminología masculina genérica, incluso los términos neutrales pueden transmitir un sesgo masculino. Esto supone, además, la desventaja de que ese sesgo no podría ser contrarrestado añadiendo deliberadamente pronombres femeninos o terminaciones femeninas, porque en esas lenguas esa forma simplemente no existe. Se dificultan entonces las iniciativas de ‘subversión simbólica’ de las que habla Bourdieu. Eso concluye, por ejemplo, el trabajo de Mila Engelberg a partir del análisis del finlandés, una lengua que incluye términos aparentemente neutros en cuanto al género pero que, en los hechos, connotan un sesgo masculino. Y al no poseer género gramatical, no existe la posibilidad de emplear pronombres o sustantivos femeninos para enfatizar la presencia de mujeres. La autora señala que esto podría implicar que el androcentrismo en lenguas sin género puede incluso aumentar la invisibilidad léxica, semántica y conceptual de las mujeres. Algo muy similar encuentra Friederike Braun en su estudio con la lengua turca, cuya falta de género gramatical no evita que les hablantes de turco comuniquen mensajes con sesgos de género.

Un hit argentino

Por muchas guías que se hayan publicado para el uso no sexista del lenguaje, al menos cuando se trata de la lengua castellana, la cuestión no está en absoluto resuelta. Desde lingüistas hasta ciudadanes de a pie, las resistencias son diversas. Que si duele en los ojos, si entorpece el habla, si es ‘correcto’, si conduce a abandonar la lectura del texto y el infaltable ‘es irrelevante’. Que la verdadera lucha debería centrarse en transformar ‘el mundo real’. Que la lengua sólo refleja relaciones que son ‘extralingüísticas’. Que modificar la lengua ‘por la fuerza’ sólo es una cuestión de ‘corrección política’ que desvía la atención del problema central y hasta lo enmascara. Pero les lecteres que hayan llegado a este punto habrán atravesado media nota escrita de forma tradicional y media nota escrita con lenguaje inclusivo, de modo que además de toda la evidencia expuesta sobre la relación entre lengua y pensamiento, podrán evaluar también cuán traumática ha sido (o no) la experiencia, y preguntarse dónde ancla verdaderamente el origen de esa resistencia, de esa desesperación por preservar intacta la lengua.

Mientras tanto, la disputa por el lenguaje continúa. Y de todas las formas que puede tomar este problema, acaso la más emblemática sea el uso de falsos genéricos, es decir, términos exclusivamente masculinos o femeninos, utilizados genéricamente para representar tanto a hombres como a mujeres, como cuando decimos ‘los científicos’: técnicamente podríamos estar refiriéndonos a científiques (varones, mujeres, etc.), aunque también diríamos ‘los científicos’ si quisiéramos referirnos sólo a los que son varones. En cambio, sólo usaríamos ‘las científicas’ para hablar de las que son mujeres.

Marlis Hellinger y Hadumod Bußmann explican que la mayoría de los falsos genéricos son masculinos y que los únicos idiomas conocidos en los que el genérico es femenino están en algunas lenguas iroquesas (Seneca y Oneida), así como algunas lenguas aborígenes australianas. En castellano, incluso los sustantivos comunes en cuanto al género, como ‘artista’ o ‘turista’, que se mantienen invariables sin importar si se refieren a un varón o una mujer, acaban señalando el género de lo que nombran a partir de las otras palabras que los complementan (adjetivos, artículos, etc.). Entonces, de nuevo, para referirnos a grupos mixtos, recurrimos al género que los nombra sólo a ellos. Tal vez los únicos genéricos genuinos que tenemos sean los llamados sustantivos epicenos como, por ejemplo, ‘persona’ o ‘individuo’, que no sólo van a mantenerse invariables (no hay ni persono ni individua) sino que ni siquiera tienen la posibilidad de marcar el género en el adjetivo (porque aunque una persona sea varón, nunca será ‘persona cuidadoso’, ni la mujer será ‘individuo cuidadosa’).

Pero un poco como lo que comentábamos arriba, un genérico con sesgo machista puede suponer un problema incluso más difícil de visibilizar y ‘subvertir’. Un hit argentino en este sentido es el debate por la palabra presidente:

Una nota de Patricia Kolesnikov recupera un breve diálogo en una mesa, en la cual un señor explicaba por qué está mal decir presidenta. Las razones gramaticales del señor eran inapelables: Presidente es como cantante. Aunque parece un sustantivo es otro tipo de palabra, un participio presente, o lo que quedó de los participios presentes del latín. Una palabra que señala a quien hace la acción: quien preside, quien canta. Justamente, no tiene género. ¿Vas a decir la cantanta?” Kolesnikov cuenta que hubo un momento de duda en la mesa, hasta que la escritora Claudia Piñeiro, con sabiduría de pez que conoce el agua, respondió: “¿Y sirvienta tampoco decís? ¿O presidenta no pero sirvienta sí?”

Anécdotas como esta nos recuerdan que la lengua es maleable y que apoyar o rechazar un uso disruptivo, que tiene por objeto reclamar derechos larga e injustamente negados, es una decisión política, no lingüística. Que si se busca un mundo más igualitario, la lengua no es una clave mágica para conseguirlo, pero tampoco se lo puede negar como espacio de disputa. Y que mientras las estadísticas de femicidios crecen y el sueldo promedio de las trabajadoras permanece por debajo del de ellos, conviene no indignarse si alguien mancilla un poquitito las blancas paredes del lenguaje.

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La lengua rapa nui en peligro de extinción

Fuente original: La lengua rapa nui en peligro de extinción

Hoy solo el 16% de los menores de 12 años de la isla hablan el idioma, un fenómeno que incluso tiene a las autoridades locales copiando el modelo neozelandés que está recuperando el maorí.


En la cocina de Vicky Haoa hay un letrero que advierte “Aquí se habla rapa nui”. Es una forma clara y explícita de recordar a quién visite su casa que ellas es una isleña preocupada y ocupada de revitalizar la lengua de sus ancestros.

Esta mujer, tecnóloga médica de profesión, miembro de la Academia de la Lengua de Isla de Pascua y declarada por la Unesco como Tesoro Humano Vivo, explica que lamentablemente la mayoría de los adolescentes, jóvenes y adultos jóvenes de la isla no hablan la lengua rapa nui. Se estima que solo unas dos mil, de las seis mil personas que habitan en ella, hablan.

El problema viene desde hace mucho años pero ahora se ha hecho más latente. Cuando se nos prohibió hablar el idioma, se comenzó a hablar menos. Hoy, los abuelos son los que manejan la lengua. Pero los padres no le enseñaron a los hijos, entonces tenemos una generación de menores de 30 años que no la habla o que no le habla a sus hijos porque no saben. Con mi nieto tengo una batalla diaria”, dice Haoa.

A comienzos de este año, se dio a conocer una encuesta realizada por Unesco y el Ministerio de Educación. Este trabajo es parte de los esfuerzos que se están haciendo por revitalizar la cultura y la lengua de este pueblo. La encuesta sociolingüística, en la que participaron más 500 y que se hizo en rapa nui, mostró que más del 70% de las personas rapa nui de mayor edad (65 años o más) tiene un nivel alto de competencia lingüística, pero este nivel baja mientras más jóvenes son. Así, en los niños de 8 a 12 años, solo el 16,7% alcanzó un nivel alto.

Orgullosos de sus tradiciones,varias iniciativas se están tomando la isla para evitar que su lengua muera. A fines del año pasado, el Concejo Municipal de Isla de Pascua aprobó, por unanimidad, una nueva ordenanza en la que se declara la lengua rapa nui como idioma oficial con el fin de protegerla y garantizar su uso público y al mismo tiempo, proteger los derechos lingüísticos de los hablantes y garantizar la no discriminación por hablar una lengua originaria. Así, en todos las oficinas y actos públicos deben ser en esta lengua.

Para el alcalde de la Isla Pedro Edumunds la ordenanza es un reflejo de lo que quieren sus habitantes: valorar la cultura, la lengua. “De a poco lo estamos consiguiendo”, dice. Prueba de ello es Hoŋa’a Re’o Rapa Nui , un jardín infantil que significa “nido” y que comenzó a funcionar en mayo del año pasado. En el nido, los niños más chicos tienen dos años, lo más grandes, cuatro. “La idea es que el jardín vaya creciendo con ellos y seamos un colegio que solo hable rapa nui. El próximos años, si nos aprueban los dineros, vamos a tener 10 cupos más”, dice Haoa.

En el colegio intentan que los más chico y también con los papás hablen la lengua, para que no sientan que es algo que solo se hace en el colegio, como aprendizaje tienen que saber que es su lengua materna y eso se habla también en la casa. Las reuniones de apoderado son en rapa nui y envían tareas a la casa para que puedan ser realizadas con los papas e incluyen grabaciones para que puedan también oír ¿Evaluación? Según Haoa funciona de a poco. “Algunos papás se justifican diciendo que hay mucho trabajo en casa”.

Lo que pasa con la lengua rapa nui puede ser parecido a lo que ocurre con el resto de la población indígena pero no hay forma de saberlo. Elisa Loncon, académica de la U. de Santiago y experta en Cultura e Idiomas Originarios, dice que es imposible saber el problema que existe en Chile con las otras lenguas originarias porque nunca se ha hecho un “censo lingüístico como el que se hizo en Rapa Nui. Según un estudio del Centro de Estudios Públicos (CEP) del año 2016 la población mapuche que habla mapuzungún está disminuyendo: si en 2006 un 56% de los mapuches dijo no hablar ni entender su lengua, hace dos años era el 67%.

“El problema es que este tipo de datos o los que entrega la Casen son preguntas en castellano y en el que pides que la persona te diga si habla o no, pero no es en la lengua para saber su nivel de comprensión y uso. No sabemos con certeza quiénes hablan una lengua indígena y quiénes no. Las personas tienen cierta resistencia a decir soy hablante. La tendencia normal después de tanta discriminación es dejar de hablar o decir que no lo hace”, dice Loncon.

Hay personas que enseñan mapuzungún y con la llegada de migrantes bolivianos, también se están haciendo cursos de aymara y quechua, pero enseñarlas es difícil, cuenta la académica. “Enseñar una lengua no es lo mismo que hablarla. Esa persona debe tener una especialidad académica, requiere preparación en el método de enseñanza de una segunda lengua, saber de fonética, dialéctica, pragmática. Se debe investigar y capacitar a quién enseña”, señala.

Un buen ejemplo

En este momento, una comitiva de profesionales está en Nueva Zelanda. Según explica Haoa, “son coordinadores que trabajan en la municipalidad, profesores y educadores tradicionales que están observando cómo lo han hecho los maoríes para retomar su lengua, queremos aprender de ellos. Los maoríes tenían dos generación que no hablaban la lengua y lo están logrando”.

“Las estaciones de radio y el canal que funciona en la isla, tocan música rapa nui pero todos los programas son en español. En las calles no se habla mucho. Tenemos que ser creativos, a lo mejor dar becas a los jóvenes que hablen el idioma. Faltan personas que se capaciten y nos ayuden a enseñar”, insiste Haoa.

“La metáfora es un invento tan importante como la rueda”

Fuente original: “La metáfora es un invento tan importante como la rueda”

Daniel Dennet, neurocientífico; publica ‘De las bacterias a Bach: la evolución de la mente’.
Tengo una edad que aún me permite investigar, pero gracias a mi secretaria y a mi esposa, que son también mi cerebro. Nací en Boston, pero vivo en los aeropuertos, pese a mi médico. Al contrario que Chomsky, yo creo que desentrañaremos nuestra conciencia. Colaboro con Palau Macaya-La Caixa.

“La metáfora es un invento tan importante como la rueda”

Como el primero

Los humanos empatizamos con el protagonista de toda narración: el primer luchador. Y es que no seríamos humanos si nos hubiéramos resignado a ser comidos por el león en vez de organizarnos, como explica Dennet, para avisarnos de que llegaba y turnarnos, con un lenguaje cada vez más sofisticado que introducía categorías de tiempo, para vigilarlo. Por eso, es inevitable empatizar con Dennet frente a Noam Chomsky y su capitulación ante el misterio de la conciencia en nombre del principio de Turing, por el que ningún sistema de información es capaz de explicarse a sí mismo. Daniel Dennet, como el primer mono que quiso hablar, no se resigna a la ignorancia. Y quien sea humano de verdad, tampoco.

¿Qué ve aquí?

¿No es la Sagrada Família?

Es el nido de una colonia de termitas australianas. Y, sí, su parecido con la Sagrada Família de Gaudí es impresionante.

¿Por qué me enseña esa foto?

Porque tanto el nido como la catedral son obra de animales.

No sé si la comparación es afortunada.

La diferencia está en que el nido está hecho por hormigas sin propósito o intención: es mero resultado de la evolución genética y sirve a las hormigas para sobrevivir. La catedral, en cambio, es fruto de la cultura de siglos y es una metáfora sobre otra metáfora y otra y otra…

¿Qué nos enseña esa comparación?

Que las termitas son estúpidas, pero no menos que las neuronas de Gaudí. En cambio, la cultura de Gaudí le hacía un genio.

¿Qué nos hace inteligentes entonces?

No nuestro cerebro y sus neuronas, sino las herramientas de pensar que hemos ido perfeccionando y transmitiendo con la cultura. Lo que nos hace inteligentes no son los genes, las unidades de transmisión evolutiva, sino los memes, las unidades de transmisión cultural. Son ellas las que nos hacen lo que somos.

¿Sin memes seríamos inteligentes?

Sin herramientas, sólo con nuestras manos desnudas, no podríamos ser carpinteros. Y, del mismo modo, sin memes, sólo con el cerebro desnudo, no podríamos pensar.

¿Qué herramienta mental prefiere?

La metáfora nos hizo avanzar tanto como la rueda. Y sobre la metáfora construimos otras herramientas complejas, evolucionamos para crear otros memes: la lógica, el silogismo, la computación, el algoritmo…

…Que no sabemos usar sin aprenderlos.

Algunos memes se aprenden, pero la mayoría contaminan tu cerebro, lo infectan. No hay que esforzarse para captarlos. Te contagias de ellos y ya son parte de ti y los transmites.

¿Como la canción del verano?

Pero si no aprendes la canción del verano, no te come el león. En cambio, si no usabas los primeros memes, perecías. La competencia llegó antes que la comprensión. Empezamos a hablar para sobrevivir.

¿Por qué transmitimos unos memes y otros no?

Por selección natural, que es la misma razón por la que transmitimos unos genes, los que perviven, y otros no. Los memes que nos sirven para adaptarnos, por ejemplo, usar el fuego, los transmitimos y los que no, por ejemplo, la canción del verano, los olvidamos.

¿Por qué los otros primates no hablan?

Bickerton dice que los humanos fuimos más curiosos y más gregarios. Desafiábamos los límites de lo conocido y lo explicábamos a los demás, cada vez con más precisión: “He visto un elefante muerto en la colina: vayamos a comerlo”. Quien hablaba mejor, se reproducía mejor.

¿Eso no lo podían hacer otros primates?

Yo los he estudiado y los bebés chimpancé cuando oyen palabras no se giran a mirar de dónde vienen. No son curiosos. Los bebés humanos no dejan de curiosear. Se aventuran.

¿Por qué los demás primates no transmiten sus memes?

Transmiten muy poquitas cosas a sus crías y no han desarrollado lenguaje simbólico. Cuando ven una imagen de mujer son incapaces de pensar en todas las mujeres como nosotros.

¿Son conscientes los monos de serlo?

No, y por eso la gran pregunta es qué es la conciencia humana. Y eso me hace enfadarme con Chomsky y su tribu.

¿Chomsky no cree en memes?

Chomsky ha escrito un ridículo manifiesto en el que sostiene que la conciencia humana nunca será capaz de entenderse a sí misma y que, por tanto, lo más honesto es aceptarlo y dejar de darle vueltas al problema.

¿Resignarse a la propia ignorancia es honestidad o cobardía?

Es una rendición inspirada en el principio de Alan Turing de que ningún sistema de información es capaz de concebir un modelo completo de sí mismo. Es decir, que la mente humana no podría entenderse a sí misma.

¿Somos un sistema?

Somos un sistema, pero en evolución cultural. Y cuando hablo de entender el mecanismo de la consciencia, no hablo de entenderla yo solito sino con la comunidad científica. Chomsky parece incapaz de pensar el pensamiento en equipo.

Usted, además, sostiene que tenemos la conciencia diseminada en aparatos.

Nuestra mente ya está en muchos más sitios que dentro de nuestros cráneos. Está diseminada en cada pantalla que consulta. Y los algoritmos nos están descifrando cada día nuevos misterios. Yo no me rindo. Tal vez yo no, pero creo que los humanos, grandes equipos, desentrañaremos la consciencia.

¿Por qué lo cree?

Porque los humanos somos capaces de construir una catedral sobre metáforas. Cada herramienta mental es más sofisticada porque se erige sobre las anteriores. Y sobre esa cadena colectiva de evolución intelectual llegaremos a descifrar la mente humana.

¿Qué podría impedirlo?

Temo más a la falta de valor de algunos que a la de creatividad de todos. El gran peligro es que cuando estemos a punto de saber, nos dé miedo saberlo. Ya hay demasiados científicos que temen saber demasiado.

Efecto del falso consenso – Wikipedia, la enciclopedia libre

Fuente original: Efecto del falso consenso – Wikipedia, la enciclopedia libre

Efecto del falso consenso

Los fundamentalistas, los ultraconservadores y extremistas de signo variado, juzgan que sus reivindicaciones, valores, y creencias, son compartidos por mucha más gente de la que realmente las comparte, debido al efecto de falso consenso.

En psicología, el efecto del falso consenso es un sesgo cognitivo por el que muchas personas tienden a sobreestimar el grado de acuerdo que los demás tienen con ellos. Las personas tienden a presuponer que sus propias opiniones, creencias, predilecciones, valores y hábitos están entre las más elegidas, apoyadas ampliamente por la mayoría. Esta creencia es un sesgo que exagera la confianza de los individuos en sus propias creencias, aún cuando éstas sean erróneas o minoritarias.

Frecuentemente este sesgo aparece en grupos de opinión en los que la opinión colectiva es la misma que la de los individuos del grupo. Como los miembros del grupo han alcanzado un consenso interno y raramente encuentran a alguien que dispute ese consenso, tienden a creer que todo el mundo, incluyendo las personas que están fuera del grupo, es de la misma opinión que el grupo.

No existe una causa simple para este sesgo cognitivo; se ha sugerido que al menos parcialmente los factores pueden ser la heurística de disponibilidad y el sesgo de autoservicio.1

Introducción

Desde los tiempos de Freud se han publicado un gran número de trabajos sobre las tendencias de las personas a atribuir a otras características que se encuentran en sí mismos.2​ De acuerdo con esto puede afirmarse que, por ejemplo:3

Museo de la creación en Kentucky, un ejemplo de actitud fundamentalista que lleva a creer erróneamente a muchos que la evolución es sólo una hipótesis, en lugar de una teoría bien establecida.

  • La gente a la que le gusta trasnochar, la música alta y los coches veloces y que pueden y quieren decirlo también tienden a proyectar esos gustos sobre otros.
  • Los francófilos piensan que hay más aficionados a la comida y cultura francesas que lo que calculan los francófobos.
  • Los bebedores creen que el alcohol le gusta más a la gente que lo que creen los abstemios.

Es importante señalar que la gente no siempre cree que sus creencias son compartidas por la mayoría. El efecto de falso consenso se refiere sólo a una tendencia de la gente a sobreestimar la extensión de una creencia determinada que está correlacionada con la creencia propia. Así, los fundamentalistas religiosos no creen necesariamente que la mayoría de la gente comparte su religiosidad, pero sus cálculos del número de fundamentalistas o personas que comparten con él determinados puntos de vista seguramente excede el número realmente existente.

Desde el ámbito de la psicología de masas, Freud criticó el concepto de Gustave Le Bon de un “alma colectiva”, mostrando que realmente el sujeto en masa cede el lugar de su ideal del yo para que sea ocupado por el líder. En la masa, el yo individual se esfuma, se volatiliza, siendo reemplazado el ideal del yo por el ideal de la masa, encarnado por el líder, a través de un proceso de identificación. El “líder” es un concepto, por lo que puede tratarse tanto de una persona como de un ideal. En la obra de Freud se ven unificados por tanto diversos conceptos claves tales como la identificación, el narcisismo o la propia proyección ya mencionada, entre otros.4

Otra referencia temprana interesante son las repercusiones extraídas de los estudios del desarrollo cognoscitivo de Jean Piaget en la posterior vida adulta. En ellos resalta la etapa comprendida alrededor de los 6-7 años, en la que el niño entra en el denominado periodo de las operaciones concretas. El esquema intelectual que más cuesta adquirir al adulto y que proviene de dicha etapa es el de la capacidad de reversibilidad, es decir, ser capaz de invertir las operaciones lógicas. Por ejemplo, si a un niño de cuatro años, llamado Javier y que tiene una hermana llamada María, le preguntan si su hermana María tiene un hermano, probablemente contestará: «Somos dos hermanos y María no tiene ningún hermano». Aún faltaría salir de su punto de vista y ver las cosas desde el otro, es decir, aún no dispone de capacidad de reversibilidad, fundamental por otra parte en las operaciones matemáticas. Curiosamente la reversibilidad se construye al mismo tiempo que la socialización, es decir, admitir los otros puntos de vista, o en otros términos, adquirir la capacidad de empatía.56

También resulta interesante relacionar la tipología del individuo y su propensión al efecto del falso consenso a efectos de su posible variación. Así por ejemplo, Carl Gustav Jung plantea el hecho de que diferentes individuos quedarían enmarcados en una actitud concreta: introversión o extraversión, y en una configuración de funciones diferenciada: pensamiento, sentimiento, sensación o intuición. Al hablar del tipo intelectual extravertido dice lo siguiente:

Así como el tipo intelectual extravertido se subordina a su fórmula, así tiene que subordinarse a ella también su entorno, por su propio bien, pues quien no hace eso actúa de modo incorrecto, se opone a la ley universal y es, por ello, irracional, inmoral y carente de conciencia. Al tipo intelectual extravertido su moral le prohíbe tolerar excepciones. Su ideal tiene que hacerse realidad en todas las circunstancias, pues es, eso le parece a él, la formulación más pura de la facticidad objetiva, y tiene por ello que ser también una verdad universalmente válida, indispensable para la salvación de la humanidad, y ello nó por amor al prójimo, sino desde el superior punto de vista de la justicia y de la verdad. Todo aquello de que se tiene la sensación de que por su propia naturaleza contradice a esa fórmula es mera imperfección, un fallo casual, que será extirpado en la primera ocasión; y si no se logra eso, entonces es una enfermedad.7

Evidencia empírica

El porcentaje de población fumadora que alguien estima en la población, está correlacionado (sesgado) con cuántos de sus conocidos fuman.

El porcentaje de población fumadora que alguien estima en la población, está correlacionado (sesgado) con cuántos de sus conocidos fuman.

El experimento de falso consenso más citado en la literatura se realizó con estudiantes universitarios a los que se les preguntó si estarían dispuestos a hacer de hombre-anuncio por el campus, llevando un letrero delante y otro detrás con la palabra «arrepentíos». En total varios centenares de estudiantes, participaron en el experimento. Un cierto número aceptó y otros rechazaron el trabajo. Luego se pidió a ambos grupos (los “aceptantes” y los “rechazadores”) que calcularan los porcentajes de quienes aceptaban y de los que rechazaban. Resultó que los cálculos de los estudiantes estaban inclinados hacia lo que ellos mismos pensaban: quienes estaban dispuestos a aceptar el letrero pensaban que el 60% también lo estaría, quienes lo rechazaban estimaban que solo el 27% estaría dispuesto a llevarlo.8

El sesgo informativo es una de las causas que está detrás del efecto de falso consenso. Esto se ha probado considerando las estimaciones del porcentaje de fumadores que hace una determinada persona está positivamente correlacionado con el número de fumadores que conoce esa persona.9

¿Cuánta gente de tu edad suele beber alcohol?10
No-consumidores Consumidores
Ninguno 1,1% 0,2%
Muy pocos 11,4% 1,0%
Pocos 11,8% 1,7%
Bastantes 31,8% 16,9%
Muchos 25,3% 29,1%
Casi todos 18,7% 51,2%

Las respuestas suministradas por dos grupos de jóvenes que difieren en el consumo de alcohol ante la pregunta “¿Cuánta gente de tu edad suele beber alcohol?” es un claro ejemplo de efecto del falso consenso. En un estudio sobre la percepción del grado de consumo de alcohol por los jóvenes reveló que los no consumidores (1276 encuestados) diferían notablemente de los consumidores (1789 encuestados). Así, ante la pregunta “¿Cuánta gente de tu edad suele beber alcohol?”, más del 50% de los jóvenes que usualmente consume alcohol respondió “casi todos”, mientras que menos del 19% de los del grupo de no consumidores dieron la misma respuesta.11​ Y la repuesta Pocos-Muy pocos-Ninguno se dio más del 24% en el grupo No-consumidores contra un raquítico 3% en el grupo Consumidores (8 veces más)

Resultados similares se han informado con respecto al consumo de tabaco. Una evidencia sólida de este mecanismo de sesgo en el efecto de falso consenso es que se ha probado que las estimaciones del porcentaje de fumadores que hace una determinada persona están positivamente correlacionadas con el número de fumadores que conoce esa persona.9

Igualmente se ha probado que ciertas conductas sexuales, están fuertemente influidas por el efecto de falso consenso, llegándose en algunos casos a que el 84% de un conjunto de individuos jóvenes mostraban en alguna medida un efecto de falso consenso, cuando valoraban el haber tenido relaciones prematrimoniales12

Causas propuestas

La mayor parte de la investigación reciente sobre el efecto de falso consenso se ha esforzado por entender por qué la gente exagera sin darse cuenta del grado en que los demás comparten sus ideas. Esa investigación ha revelado que no existe una causa única,13​ sino un conjunto de causas asociadas a factores motivacionales, de disponibilidad de información y causas relacionadas con la ambigüedad y la atribución errónea de causas.

Causas motivacionales

Hay constancia de que el efecto de falso consenso, en algunos casos, deriva del deseo de mantener una evaluación positiva del propio juicio. Este deseo puede verse reforzado si el individuo considera que sus propias creencias son precisamente las creencias de la mayoría. Esta idea es coherente con observaciones de que las personas están especialmente inclinadas a percibir apoyo social para sus creencias, cuando tienen una inversión emocional en ellas,141516​ y cuando su autoestima ha sido amenazada por una experiencia fallida anterior.17​ Y también está relacionado con otras observaciones según las cuales las personas están inclinadas a exagerar el grado en que individuos particularmente atractivos y respetados coinciden con sus creencias.181920

Causas por sesgo informativo

Otra posible causa del efecto del falso consenso es que los individuos no reciben la misma cantidad de información a favor y en contra de una determinada creencia. De hecho, es un hecho bien probado que las personas están expuestas selectivamente a información que tiene a apoyar sus creencias y costumbres,2122​ en parte por culpa de sus hábitos y la gente con la que se relaciona. Los conservadores leen prensa conservadora que refuerza sus ideas; los fundamentalistas religiosos cristianos tienden a leer literatura «creacionista» y no biología evolutiva, lo que reafirma su convicción de que la evolución es tan sólo una teoría y no un hecho que se considera ampliamente probado.

Debido a que los individuos en su ambiente encuentran tan a menudo argumentos y evidencias que apoyan sus creencias, mientras que les llega muy poca información que las desmienta, las creencias de individuos parecen más sensatas y seguras, y por tanto más comunes y extendidas, de lo que parecerían si recibieran información más equilibrada. Y no sólo los individuos tienen más información sobre argumentos que confirman sus creencias, sino que en general tienen lazos más estrechos con personas que comparten sus creencias y costumbres. En consecuencia cuando tratan de calcular o estimar el número de personas que comparten alguna de sus creencias o hábitos, sobrestiman a partir de una muestra ampliamente sesgada.

Causas asociadas a la atribución

Otra posible causa del falso consenso es la atribución de la conducta individual, la propia y la de otros, a factores externos. La lógica es la siguiente: si alguien cree que ciertos factores externos gobiernan su propia conducta, probablemente pensará que en las mismas circunstancias, otras personas también se verían afectados por esos mismos factores externos; sin embargo, cuando alguien atribuye una conducta o una de sus creencias particulares o a disposiciones o experiencias pasadas, tendrá menos tendencia a pensar que otras personas actuarían de la misma manera en el mismo caso. Como está probado experimentalmente que las personas están más inclinadas a explicar su propia conducta en términos de factores exteriores que de experiencias pasadas, se sigue que la gente pensará que la conducta de otras personas se debe a causas externas, en mayor grado que a experiencias pasadas.23​ Ese mecanismo nos da la creencia de que otras personas reaccionarían en los mismos términos que nosotros mismos.

Aunque no todos los tipos de conducta suscitan en mismo grado la influencia de factores externos. De hecho en experimentos controlados se puede inducir lo contrario. En un experimento varios individuos inducidos a explicar sus preferencias en causas personales mostraron estar menos afectados por el efecto de falso consenso que quienes fueron inducidos a explicarlas por factores externos.24​ Este experimento muestra que el peso de los factores externos puede ser manipulado y varía notablemente según la situación, pero a su vez confirma que si considera los factores externos como una buena explicación, el efecto del falso consenso aparece en mayor medida.

Causas asociadas a la ambigüedad

Representaciones bidimensionales ambiguas de objetos tridimensionales.

Otro conjunto de factores para explicar el efecto del falso consenso, que quizá sea el que tenga consecuencias más serias, tiene que ver con la resolución de ambigüedades inherentes a la mayoría de asuntos, situaciones y elecciones entre varias opciones. Así para decidir qué pensamos de un asunto, primero debemos especificar o clarificar en qué consiste el asunto, su alcance e incluso su propia definición. Por ejemplo, para decidir si preferimos las películas francesas o las películas italianas tenemos que determinar primero a qué nos referimos con «películas francesas» y con «películas italianas». Si consideramos como ejemplos canónicos de cine italiano películas como Ladrón de bicicletas y La strada es probable que prefiramos las películas italianas y además supongamos que un porcentaje mayor de la población general comparta la preferencia por el cine italiano, que si como ejemplos canónicos de cine italiano tomamos los “espagueti western”. Es decir, el modo preciso en cómo se definen o delimitan dos categorías, no sólo influirá en la preferencia, sino que también alterará la estimación sobre hasta qué punto los demás comparten dicha preferencia.

En esta interpretación del efecto del falso consenso intervienen dos suposiciones básicas:

a) personas distintas hacen las mismas elecciones de modo completamente distinto
b) la gente normalmente no reconoce este hecho y, por tanto, calcula mal al no descontarlo y por tanto atribuir erróneamente un grado de consenso mayor

El proceso de razonar basado en conjeturas es tan natural y automático que, frecuentemente, los individuos pasan por alto este hecho. Eso junto con la idea de compartir una única realidad material objetiva hace que frecuentemente se ignore que otras personas responden a supuestos radicalmente diferentes. La investigación empírica muestra que las diferencias de supuestos e interpretaciones de los mismos hechos, tienen un peso significativo en la aparición del efecto del falso consenso.25​ Aunque la mayoría de personas se da cuenta que otras personas tienen diferentes gustos, valores y orientaciones, pasa por alto en mayor grado que un mismo problema se plantea de manera diferente con visiones del mundo diferentes; ya que los supuestos sobre el problema pueden diferir totalmente de una persona a otra. Y de la misma manera que alguien puede preferir el cine francés al italiano en función de qué tome como representativo de cada tipo de cine, tomará elecciones diferentes según sus supuestos o interpretaciones inconscientes del mismo problema. Esto se relaciona con la observación de que a veces las aparentes diferencias de opinión no se fundamentan tanto en un diferente «juicio del objeto», sino en un diferente «objeto de juicio».26​ En la medida en que los sujetos no son conscientes de que diferentes personas plantean las cuestiones en torno a ciertos problemas o situaciones, según supuestos diferentes, pueden llegar a creer que su propia línea de pensamiento es más común de lo que realmente es, sencillamente porque se basa en supuestos muy particulares.27

Véase también

Referencias

  1. Fields, James M., and Howard Schuman, (1976-77) “Public Beliefs about the Beliefs of the Public,” Public Opinion Quarterly, 40: 427-448.
  2. D. S. Holmes (1968): “Dimensions of projection”, Psychological Bulletin, 69, pp. 248-268.
  3. Th. Gilovich, 2009, p. 118
  4. Sigmund Freud. Psicología de las masas y análisis del yo (1921), en Obras completas, Volumen XVIII – Más allá del principio de placer, Psicología de la masas y análisis del yo, y otras obras (1920-1922) {ISBN 978-950-518-594-8}.
  5. Manuel Güell y Pep Muñoz. Introducción a la psicología. Bilbao: Ediciones Ega, 1994 {ISBN 978-84-7726-109-4}.
  6. Jean Piaget. El nacimiento de la inteligencia en el niño. Colección Ares y Mares. Barcelona: Editorial Crítica, 2007 {ISBN 978-84-8432-895-7}.
  7. Carl Gustav Jung. Tipos Psicológicos. Reedición y traducción directa del alemán Andrés Sánchez Pascual. Colección: Los Libros de Sísifo. Páginas 415 a 416, § 652. Barcelona: Edhasa, 2008 {ISBN 978-84-350-2720-5}.
  8. L. Ross, D. Greene & P. House (1977): “The false consensus effect: An egocentric bias in social perception and attribution processes”, Journal of Experimental Social Psychology, 13, pp. 279-301.
  9. S. J. Sherman, C. C. Presson, L. Chassin, E. Corty & P. Olshavsky (1983): “The false consensus effect in estimates of smoking prevalence: Underlying mechanisms”, Personality and Social Psychology Bulletin, 9, pp. 197-207.
  10. Datos tomados de la Tabla 3 del trabajo publicado por Yubero et al., Op. Cit.
  11. Yubero,S., E. Larrañaga, R. Navarro, C. Serna, I. Martínez (2008): “La percepción del consumo de alcohol: el análisis de los sesgos atributivos como orientación para la intervención social con jóvenes”, Jornadas de trabajo social y conductas adictivas, pp. 99-104, ISBN 978-84-612-2833-1
  12. S. Ubillos, F. Sánchez, D. Páez, S. Mayordomo (2003): “Sesgos cognitivos y explicaciones asociadas como factores determinantes de las conductas sexuales de riesgo”, Revista de psicología social, 18, pp. 261-279, ISSN 0213-4748
  13. Th. Gilovich, 2009, p. 119
  14. W. D. Crano (1983): “Assumed consensus of attitudes: The effect of vested interest”, Personality and Social Psychology Bulletin, 9, pp. 597-608.
  15. S. J. Sherman, C. C. Presson, L. Chassin, E. Corty & P. Olshavsky (1983): “The false consensus effect in estimates of smoking prevalence: Underlaying mechanisms”, Personality and Social Psychology Bulletin, 9, pp. 197-207
  16. W. Wagner & H. B. Gerard (1983): “Similarity of comparison group, opinions about facts and values and social projection”, Archives of Psychology, 135, pp. 313-324.
  17. S. J. Sherman, C. C. Presson, L. Chassin (1984): “Mechanisms underlaying the false consensus effect: The special role of threats to the self”, Personality and Social Psychology Bulletin, 10, pp. 127-138
  18. K. Granberg & M. King (1980): “Crossed-lagged panel analysis of the relation between attraction and perceived similarity”, Journal of Experimental Social Psychology, 16, pp. 573-581.
  19. D. R. Kinder (1978): “Political person perception: The asymmetrical influence of sentiment and choice on perceptions of presidential candidates”, Journal of Experimental Social Psychology, 36, pp. 859-871.
  20. G. Marks & N. Miller (1982): “Target attractiveness as a mediator of assumed attitude similarity”, Personality and Social Psychology Bulletin, 8, pp. 728-735.
  21. D. Frey (1986): “Recent research on selective exposure”, en L. Berkowitz (ed.), Advances in experimetnal social psychology (vol. 19; pp. 41-80), Orlando Academic Press.
  22. D. O. Sears & J. L. Freedman (1967): “Selective exposure to information: A critical review”, Public Opinion Quarterly, 31, pp.194-214.
  23. E. E. Jones & R. E. Nisbett (1972): “The actor and the observer: Divergent perceptions of hte causes of behaviour”, en E. E. Jones, D. Kanouse,H. H. Kelley, R. E. Nisbett, S. Valins & B. Weiner (eds.), Attribution: Perceiving the causes of behaviour, Morristown, NJ, General Learning Press, pp. 79-94.
  24. Th. Gilovich, S. Jennings, & D. L. Jennings (1983): “Causal focus and estimates of consensus: An examination of the false consensus effect”, Journal of Personality and Social Psychology, 45, pp. 550-559.
  25. T. Gilovich (1990): “Differential construal and the false consensus effect”, Journal of Personality and Social Psychology, 45, pp. 550-559.
  26. S. E. Asch (1948): “The doctrine of suggestion, prestige and imitation in social psychology”, Psychological Review, 55, pp. 250-276.
  27. Th. Gilovich, 1991.

Bibliografía

  • Gilovich, Thomas (1991): We know what isn’t so. The falibility of human reason in everyday life, The Free Press [traducción española: Gilovich, Thomas (2009): Convencidos, pero equivocados, ed. milrazones, ISBN 978-84-936412-2-1].
  • Ross L., Greene D. & House, P. (1977). The false consensus effect: an egocentric bias in social perception and attribution processes. Journal of Experimental Social Psychology 13, 279-301.

Enlaces externos

“Los europeos tenemos mucho que aprender de los latinoamericanos” | Página12

Fuente original: “Los europeos tenemos mucho que aprender de los lat… | Página12

Entrevista a la antropóloga francesa Michèle Petit.
En su último libro, Leer el mundo, la investigadora recoge testimonios y experiencias de lectura transformadoras, muchas de ellas, de la Argentina. Petit aborda el tema de la transmisión cultural a los niños.

“Te presento el mundo. Te presento a aquellos que te han precedido y el mundo del que vienes, pero te presento también otros universos para que tengas libertad, para que no estés demasiado sometida a tus ancestros”. Eso es lo que dice Michèle Petit que se le está diciendo a un niño o a una niña cada vez que se le cuenta un cuento, se le repone  un relato familiar, se le leemos en voz alta o se le canta una nana. Esa transmisión cultural primera, asegura, es la que vuelve el mundo habitable, comprensible, posible de asir para el recién llegado. Y su dimensión, necesariamente, es poética. De certezas como estas, necesariamente políticas, está hecho su libro Leer el mundo. Experiencias actuales de transmisión cultural. Y por allí discurrió también la reciente visita de la antropóloga francesa a Misiones, invitada a dar la conferencia magistral del congreso “Territorios para pensar las infancias”, que se realizó en el Parque del Conocimiento de Posadas.

En su libro, Petit recoge numerosos testimonios y experiencias de lectura transformadoras, muchas de ellas, de la Argentina. Cuenta que lo escribió “como un acto de rebeldía contra el hecho de estar cada vez más obligado, si se defienden las artes y las letras (o también, las ciencias), a proveer pruebas de rentabilidad inmediata, como si esa fuera su única razón de ser”. Pero también  a partir del “hastío de los discursos de la queja que se han multiplicado en todos los ámbitos y que se oyen bastante a propósito de la lectura, las bibliotecas o la transmisión cultural”. Esta visita a la Argentina no es una más. “Con mucha gente en América latina, pero aun más en la Argentina, tengo una historia de amor. Porque yo viví en América latina en mi adolescencia, y regresar siempre es un gusto. La gente tiene una hospitalidad increíble, eso hace bien”, agradece en diálogo con PáginaI12.

“Trabajo sobre los temas de lectura, literatura, educación artística y transmisión cultural desde hace unos veinticinco años. Al principio trabajaba en Francia en contextos desfavorecidos: ambientes rurales, barrios populares, para ver la relación que la gente tenía en particular con la lectura y la literatura. En algún momento viajé aquí, me invitaron, y muy rápidamente mis estudios tuvieron gran difusión. Porque era gratificante para los mediadores, por fin algo se decía de lo que hacían”, recuerda la investigadora. “Empezaron a llamarme para que contara sobre mis estudios europeos, de Argentina, Colombia, México, etc. Se publicaron libros míos que circularon mucho. Y cada vez que daba una conferencia, la gente venía y me contaba lo que ellos hacían. Así descubrí maravillosas experiencias literarias y artísticas compartidas, armadas por gente en contextos difíciles, críticos. Empecé a interesarme mucho por eso y pensé: hay que estudiar esto, en serio. Cada vez que viajaba aprovechaba para quedarme más y hacer entrevistas con la gente que había realizado experiencias interesantes, visitaba sus talleres, seguía sus trabajos. Después escribí un libro para contar esas experiencias”, repasa el trayecto que la llevó a establecer un vínculo que se ve reflejado en sus libros.

–En sus libros aparecen relatadas muchas de esas experiencias, con nombres y lugares. ¿Es una intención explícita suya dar a conocer esas experiencias?

–Sí, me gusta hacer circular las experiencias. Porque me parece que es lo que falta. Me acuerdo que al principio me enteraba de una experiencia en tal lugar, y al día siguiente encontraba una persona que por casualidad hacía algo similar, tal vez a diez kilómetros, y muy a menudo no se conocían entre sí. Y mucho menos, se conocía eso tan valioso que pasaba en lugares más alejados, pero del mismo país. Y en Europa, para nada. Nosotros, los europeos, tenemos mucho que aprender de los latinoamericanos, de todas estas experiencias de lectura, tan diversas, que llevan adelante.

–¿Recuerda alguna en particular que considere destacable, en Argentina?

–Tantas, y no solamente de lectura, también de educación artística. El nombre que primero se me aparece es el de Mirta Colángelo, alguien que ya no está físicamente entre nosotros, desgraciadamente. Fue fascinante conocerla, me enseñó mucho. Me abrió los ojos, la mente y el corazón sobre el hecho de que la lectura y la literatura están bien, pero es lo uno y lo otro: siempre van de la mano de la observación poética del mundo. Todo lo que ella hacía, lo hacía con poesía, y con amor. Me marcó tanto que cada vez que llego a este país pienso en ella, la siento aquí. Destaco también el trabajo de Laura Devetach –que en este viaje me mandó un regalito–, y a Ani Siro, alguien que está muy cerca de ella y da talleres maravillosos, con Martín Broide, siempre combinando arte con literatura. Podría citar también el trabajo de Silvia Seoane, con Gustavo Bombini, y tantos… En todos los países de América latina a los que he viajado, hay cosas interesantes y casi siempre insuficientemente conocidas. Pero tal vez hay dos lugares que me sorprenden aun más: Colombia y Argentina. Cada vez que vengo aquí, me fascina la relación del país con la literatura, la poesía, el arte. Es subjetivo, seguramente, pero me sorprende, y no tengo la explicación. ¿Usted me la puede dar?

–No. Menos teniendo en cuenta que atravesamos una etapa de restricción en todas las áreas… 

–Y la gente sigue activa a pesar de no tener presupuestos… En el congreso de Posadas hubo más de 2300 personas inscriptas, noté mucho entusiasmo. O sea que la gente lucha para una vida más bella, más digna. Se resiste a verse ajustada a las variables de las exigencias del FMI y del neoliberalismo.

–En esto que usted ha observado hay grandes aliados en la Argentina, y son los docentes…

–Yo no estudié particularmente la escuela en la Argentina, pero me sorprende la apertura que tienen muchos docentes para tratar de hacer dialogar la emoción estética y los aprendizajes, experimentar, no quedarse en el utilitarismo a corto plazo: hay que aprender esto para esta semana, porque la currícula lo dice. No, muchos tienen una ambición, un deseo de ir por más. Sé que es un momento difícil, que sus institutos de formación están atacados, me entero por las redes sociales, por mis amigos. Sin embargo eso no los detiene, ¡al contrario!

–¿Así pensados, el arte y la literatura son formas de resistencia?

–Claro que son formas de resistencia. Esto me lleva a las palabras de su compatriota, la psicoanalista Silvia Bleichmar. Ella decía que había que luchar para no verse reducidos a puros seres biológicos. Es siempre esa cuestión: no verse reducido a variables económicas, como decíamos recién. Desde hace un par de años me paso el tiempo repitiendo que somos también seres poéticos, seres narrativos, que desde hace más de treinta mil años, mucho antes de inventar la moneda, e incluso la agricultura, hemos trazado unos dibujos, hemos pintado, hemos muy probablemente cantado. Estuvo esa dimensión. Entonces, hoy no podemos ser únicamente reducidos a un utilitarismo estrecho. No puede ser. Bleichmar también decía que no se puede decir a los niños que tienen que ir a la escuela para ganarse la vida después, eso es un discurso horrible. Para ella la escuela debe ser el lugar de recuperación de los sueños. El lugar al que se va para poder soñar un país diferente. Por eso es absolutamente fundamental que las artes y entre ellas la literatura tengan un lugar importante en esa escuela.

–Usted dice que la literatura es necesaria para presentar el mundo. ¿En qué sentido?

–Cantarle una canción a un niño, decirle un cuento, entonarle una nana, o incluso contarle unos recuerdos de una manera diferente, con palabras distintas a las del habla cotidiana, es una forma de decirle: mira, te presento el cielo, te presento el mar. En esa transmisión cultural, nosotros nombramos y presentamos el mundo a los que nos siguen. Y hacerlo con palabras poéticas, no solamente con palabras de designación inmediata de las cosas, recurrir a los relatos familiares, o a los mitos, es abrir la mirada. Si no te dieron opción a esa lengua poética narrativa, el mundo que te rodea no te dice nada. Necesitamos que el espacio nos cuente historias. Si no, no lo habitamos.

–¿Ese espacio está en riesgo hoy?

–Está en riesgo cuando muchos jóvenes se sienten excluidos. Desde luego se trata primero de una exclusión económica y social, pero a lo mejor se trate también del hecho de que no tuvieron esa transmisión. Es decir que la lengua, por la dureza de las condiciones de vida de los padres, o a lo mejor porque tuvieron que emigrar y dejar atrás lo que conocían de antes, por múltiples motivos, no estuvo ahí para presentarles el mundo. Además de la exclusión económica social, lo que les rodea no les cuenta nada, no les inspira nada, no encentran su lugar en eso. Aparece además el tema de las tecnologías, todo otro gran tema. Yo no hay que tirar a la basura las tecnologías, para nada. Pero para los niños, y de modo particular en la primera infancia, son absolutamente fundamentales esos juegos, esos cantos, esas risas compartidas, eso que pasa de un rostro al otro, de una sonrisa a la otra. Ese intercambio, que es incluso carnal, y simbólico a la vez, es insistuible.

–En su conferencia habló de la belleza. ¿Por qué?

–Me vino la curiosa idea de hablar de la belleza. Y después pensé: ¡pero qué locura, yo nunca estudié la belleza, es un tema inmenso! (risas). Traté de hacerlo, para abordar, justamente, algo de esas dimensiones fundamentales de los humanos. Con la que sin embargo tenemos una relación muy a menudo de ambivalencia: ¿y eso para qué sirve? Mi abuela decía: “La belleza no se come en ensalada” (risas). Es como si fuera algo de lujo, o un adorno. Si es un adorno, es un adorno fundamental. Por algo, más allá de nuestros recursos económicos, desde hace decenas de miles de años nos pintamos el rostro, nos arreglamos los vestidos, decoramos nuestras casas…

–¿Cómo ve el presente de su país?

–El presente de mi país nos da a todos preocupaciones, algunas veces nos da vergüenza. Por ejemplo cuando veo lo que pasó con el barco con los migrantes, el modo en que Macron y muchos miraron para otro lado, y el modo en que muchos otros los aplaudieron. Me alegro de que en muchas ciudades de Italia haya manifestaciones en contra. Pero en Francia no ha habido gran respuesta, la gente no se muestra dispuesta a enfrentar esa situación. Yo voté por Macron, era él o la extrema derecha, pero lo que pasa actualmente, es un escándalo.

De nuevo: aún en este infierno, hay gente que trata de hacer algo para construir un mundo más amigable y habitable. Conozco gente que ofrece talleres de dibujo o de fotografía con niños migrantes, gente que sigue intentando relacionase de otra manera. Mientras los gobiernos solo tienen como respuesta a la policía, esta gente se relaciona de manera humana.

Nuestros paisanos los rusos | Página12

Fuente original: Nuestros paisanos los rusos | Fotografía. Ancestros… | Página12

Tierra de leyenda más que de promisión, lejano este (Far East) lleno de equívocos, Siberia evoca un imaginario que las fotografías de la exposición que puede verse en La Abadía Centro de Arte y Estudios Latinoamericanos, en parte confirman y también desmienten. Ancestros remotos de nuestros pueblos originarios, los siberianos de principios del siglo XX aparecen aquí en fotos y retratos de excepcional calidad.

La primera reacción es preguntarse si el título está mal, si lo de “Far East” es un chiste desviado. Es por el rostro araucano, o chiricaua, o lakota, de pelo largo y de largos ojos negros que mira a cámara junto a un totem cargado de magias. ¿Qué tiene de lejano y de oriental este cacique, este rostro para nosotros famiiliar? Pero no es error, porque lo que se está viendo es un ancestro de nuestros ancestros, nuestros paisanos los indios. El Far East es Siberia, el chamán melancólico se llamaba Fiodor Poligus y la foto fue tomada en 1907 en Yensenki por Konstantin Alexandrovich Maslenikov. El retrato es una prueba final de que nuestros originarios llegaron de las tierras heladas del zar hace unos cuantos miles de años.

El cuento es por la notable exposición que acaba de inaugurarse en La Abadia (Gorostiaga 1908, y Luis María Campos) hasta el 11 de noviembre, y es una verdadera producción internacional del Museo Ruso de Etnografía de San Petersburgo, la Diputació de València y el Museo de Arte Precolombino e Indígena de Montevideo. Las tres partes hicieron una selección de un tesoro, las 200.000 fotos tomadas en sucesivas expediciones entre mediados del siglo 19 –prácticamente la invención de la fotografía– y la primera guerra mundial. Esta selección tiene ahora un hogar valenciano y otro uruguayo, estupendas copias de los negativos originales, y visita Buenos Aires con curaduría de Joan Berenguer y Facundo de Almeida.

La expansión del Imperio Ruso hasta Alaska es uno de los grandes fenómenos de la historia, y de los menos conocidos, arrancando con Iván el Terrible y terminando a fines del 1800. Era tanto territorio, que los zares le terminaron vendiendo Alaska a Estados Unidos, después de ceder casi toda la costa oeste del Canadá y alguito de lo que hoy es el estado de Washington. Todavía uno se encuentra nombres rusos en pueblos y bahías, y cuentan los viejos que hasta la segunda guerra mundial había por ahí pueblos medio aislados donde se hablaba ruso y se traducía al inglés.

Para los rusos europeos, los que salen en las novelas de Tolstoy, las tierras más allá de los Urales eran tan exóticas como Africa, sólo que propias. Siberia alimentó el fuerte romanticismo ruso, creó una imaginería mental y pictórica, hizo fortunas, originó sufrimientos indecibles, sirvió de cárcel y fue el gran motor de la etnografía, la antropología el coleccionismo. Arrancando con la llegada de las primeras cámaras a la corte imperial, el Este fue llenándose de fotógrafos documentando los 158 grupos étnicos de la región. Un romance que tiene ecos modernos como la película Dersu Uzala, con Akira Kurosawa filmando en ruso y mostrando afiladamente la incompatibilidad de la vida europea y la nativa.

Una de las sorpresas para nuestra idea de tecnología digital, es la extraordinaria calidad de las fotografías. Hay que imaginar la escena en términos prácticos: las cámaras como cajones de madera lustrada, con lentes de bronce y cristal, enormes trípodes para sostener el artefacto; los laboratorios móviles montados en carretas, con bachas de bronce y peltre, frascos de vidrio duro; los negativos primero de vidrio y luego de acetatos inestables, todos urgentes porque si no se revelaban en horas se arruinaban. Es la misma situación que hace que cada foto de la guerra civil norteamericana, de la guerra del Paraguay, de la guerra de Crimea parezca un milagro, denote de alguna manera su lado de milagro, de cosa frágil que salió bien por pericia y por suerte.

Otra sorpresa es la notable falta de exotismo, orientalismo, pintoresquismo de la producción. Este Far East es registrado con vocación científica y con ganas de probar una disciplina nueva, lo cual es una de las pocas excepciones de la fotografía etnológica de la época. Lo que hacían los fotógrafos europeos en Africa, por ejemplo, era mostrar a cada “nativo” como un guerrero, de plumas y lanza. Edward Curtis hace fortuna en Estados Unidos creando un Far West romántico, escenográfico, donde cada cacique tiene un tocado espectacular y cada caballo es un pinto. En esta muestra la gente será nativa, pero tiene nombre y apellido, ropa de día, objetos de uso común, viviendas tradicionales con ollas y gallinas, ropa arrugada y bastante sobada.

Con lo que queda sumergirse en la riqueza y la textura de un mundo perdido, uno en que todavía había trajes tradicionales, locales, elaborados, hechos a mano, específicos de un lugar. Los etnógrafos, parece, no se perdían un día de fiesta, un onomástico ni una boda, con lo que abundan las imágenes de jóvenes novias sonrientes, padrinos solemnes, viejos entre boleados y asombrados por la experiencia de ser fotografiados. La selección parece ir de Occidente a Oriente, de rusos de gorra, barba blanca, camisola y botas –la imagen estereotípica es cierta, nomás– a nativos de túnica y pelo largo. Hay polleras bordadas, tocados elaborados, trenzas enroscadas, izbas de maderas talladas, chicos rubios que a los dos años ya parecen curtidos en sal, arados de madera, caballitos diminutos. Las tomas mezclan situaciones, paisaje, retratos de absoluta individualidad, escenas con chicos durmiendo, cosacos que se mandan la parte, pibas que se hacen las lindas.

Cada vez más hacia el este, aparecen túnicas y las miradas se hacen serias, más desconfiadas y solemnes. Los rostros son más oscuros y no se puede evitar pensar que hay una cosa de gringo que toma fotos y paisano que peludea. La cosa avanza por la ruta de la seda, comienza a abundar en palabras raras –kalmuks, Samarkanda, Askhabad– y corta el relato esperable con la aparición de un perfecto paisaje de Montana, con montes, bosques y un claro con tipees que Toro Sentado reconocería sin problemas. De hecho, un sioux podría quedar encantado con una imagen tribal en el Alto Yenisei, casi China, donde alrededor de una tienda cueros y palitos se reúnen muchos chicos, un par de mujeres y cuatro hombres a escuchar a un chamán que canta y encanta con un gran tambor redondo, corona emplumada y túnica hasta los pies. Si no fuera por el sombrero mongol de un personaje a la derecha, y la coleta manchú de su vecino… Y, claro, está el chaman Poligus con su cara de araucano melancólico, su saco de solapas anchas y su totem con magias y muñecas sagradas. Todo es entre descolocante y fascinante, un viaje en el tiempo y entre las certezas que se puede agradecer.

Encontraron la evidencia humana más antigua de Argentina — Noticias de la Ciencia y la Tecnología (Amazings® / NCYT®)

Fuente original: Encontraron la evidencia humana más antigua de Argentina — Noticias de la Ciencia y la Tecnología (Amazings® / NCYT®)

Lunes, 21 mayo 2018

Hace 40.000 años un grupo de hombres -posiblemente de exploradores- vivió entre el Noroeste de Catamarca y parte de Salta, en la zona que integra la Puna salada. Se desconoce cuánto tiempo permaneció en el Noroeste Argentino, pero sus rastros quedaron muy bien preservados en estas tierras desérticas, a más de 3500 msnm. Un equipo de arqueólogos tucumanos encontró en Antofagasta de la Sierra (Catamarca) la evidencia humana más antigua que se conozca en el país y posiblemente las más arcaicas de América Latina, ya que los registros más viejos encontrados en Brasil son muy discutidos por la comunidad científica.

Antofagasta de la Sierra está a casi 600 kilómetros por ruta de la capital de Catamarca. Su clima es riguroso, frío y seco, con temperaturas mínimas por debajo de 0° C. Tal vez esas características posibilitaron que los restos permanezcan tan bien conservados, como congelados a través del tiempo. Los investigadores excavaron cuatro kilómetros arriba del Río Punilla, en una pequeña quebrada conocida como “Cacao”. Más precisamente en una cueva en cuyo interior se aloja una enorme variedad de arte rupestre y diversas estructuras de piedra. En ese sitio encontraron dos mechones de pelo humano, que habían sido cortados. Hallaron, además, herramientas de piedra tallada utilizadas para corte y raspado, unos pendientes de cobre y excremento y fragmentos óseos (costillas completas y restos de dientes) de la megafauna extinta.

El investigador del Instituto Superior de Estudios Sociales (ISES) de doble dependencia Conicet- Universidad Nacional de Tucumán (UNT), Carlos Aschero, encabeza este estudio. Aun con casi 50 años de experiencia en la arqueología celebra cada nuevo descubrimiento con la misma emoción con la cual lo hacía en sus comienzos. Las dos especialidades de este investigador -nacido en Buenos Aires y radicado en Tucumán desde hace más de dos décadas- son los artefactos de piedra tallada y el arte rupestre. “Cuando uno excava nunca sabe qué va a servir; pasás el pincel y encontrás cosas maravillosas”, cuenta Aschero, para quien el campamento -el trabajo de campo- sigue siendo, por lejos, la mejor parte de su profesión.

La quebrada de Cacao se caracteriza por contener una enorme variedad de rastros de ocupaciones humanas, a tal punto, que es conocida por los antropólogos como una capital de la prehistoria del NOA. Pero hasta este nuevo hallazgo, los datos que se tenían de presencia humana en esa zona eran de 10.000 años atrás. Con el descubrimiento se dio un salto enorme porque los objetos encontrados tienen una antigüedad de 40.000 años. Los análisis, mediante los cuales se determinó la cantidad de años, fueron realizados en dos laboratorios especializados de EEUU (Arizona y CAIS-UGA) por medio del método de carbono 14.

Jorge Martínez, doctor en arqueología de la UNT e investigador del ISES, sostuvo que en Argentina los rastros de presencia humana más antiguos que se conocían están localizados en la provincia de Buenos Aires (región pampeana) y son de hace 14.000 años. En tanto que, en América Latina los más viejos están ubicados en Piedra Furada (Brasil), datados entre 27.000 y 30.000 años. Sin embargo, Martínez aclaró que los datos del país vecino son muy controvertidos, entre otras cosas, debido al método mediante el cual se determinó su antigüedad. Se utilizó la datación radiométrica, que se emplea para fechar rocas y minerales.

Según Martínez, un dato trascendental que esperan conocer en breve, mediante el análisis de ADN del mechón de pelo, es el linaje genético al que pertenecían esos hombres que habitaron el desierto puneño. “Impera la teoría de que los habitantes de América llegaron desde Asia por el estrecho de Bering y de que pertenecen a cuatro grandes linajes. Nosotros queremos corroborar o refutar ese origen, acaso obtengamos como resultado que pertenecen a una ascendencia distinta”, aventuró.

Aschero explicó que, a partir de estos descubrimientos, la antigüedad en el Norte Argentino puede compararse con el Paleolítico Medio europeo. “Significa que los procesos de poblamiento fueron muy extensos y diversos en el NOA. Y esos registros corresponden a la Puna, donde hay mucha altura y un clima complicado. ¡Qué podemos imaginar de la ocupación que podría haber existido en zonas mucho más bajas, donde la vida es más fácil!”, conjeturó. (Fuente: Argentina Investiga)

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