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Pseudociencia alimentaria: con la comida no se juega – La Venganza de Hipatia

La alimentación ha sido siempre un factor clave en la historia de la humanidad. Ha posibilitado el surgimiento de civilizaciones tanto como ha arrasado con ellas, y ha evolucionado, tanto respecto a su producción como su distribución y a su conservación, junto al propio desarrollo tecnológico e ideológico del ser humano. Esto, por supuesto, ha traído consigo grandes avances, como la intensificación de la producción o la llegada de alimentos a zonas en las que antaño las hambrunas eran un evento común, parte incluso del acervo cultural local. Sin embargo, no deberíamos caer en el optimismo ingenuo del que piensa que el ser humano es capaz de gestionar su propio desarrollo de un modo enteramente racional, dado que, pese a todo, seguimos teniendo los mismos sesgos con los que salimos de nuestra África natal, lo cual nos convierte en unos seres más irracionales, tribales y conformistas de lo que nos gustaría admitir.

La pseudociencia aprovecha todos esos sesgos para hacer pasar productos de muy dudosa valía como si gozaran del respaldo de la evidencia científica (Fasce, 2017a). Ello es lo que diferencia este tipo de creencias de otras también carentes de garantía epistémica, como el pensamiento paranormal o las teorías de la conspiración — aunque la pseudociencia incorpora también estos otros tipos de creencias. Como tal, puede ser definida del siguiente modo (Fasce, 2018):

(Pseudociencia) (1) y/o (2) y/o (3) y (4).

  1. Hace referencia a entidades y/o procesos fuera del dominio de la ciencia.
  2. Hace uso de una metodología deficiente.
  3. No está apoyado por la evidencia.
  4. Es presentado como conocimiento científico.

Existen, a su vez, dos tipos de pseudociencia: la promoción de pseudo-teorías y el negacionismo de la ciencia (Hansson, 2017; Fasce y Picó 2018a; 2018b). La promoción de pseudo-teorías es el tipo clásico de pseudociencia, en el que un grupo organizado de personas promueven un contenido doctrinal de una complejidad más o menos variable, desarrollando un amor/odio hacia una ciencia por la que han de hacerse pasar, parasitando sus medios de publicación, de educación y sus instituciones de regulación profesional. Este es el caso de, por ejemplo, la homeopatía, la nueva medicina germánica o la criptozoología. El otro tipo es el negacionismo de la ciencia, que está basado en la animadversión motivada — económica, política o ideológica — hacia una teoría científica en particular. Ejemplos de negacionismo hay muchos, como el movimiento antivacunas, los negacionistas del holocausto o los negacionistas del cambio climático. En este sentido, un tipo de pseudociencia se sitúa al nivel de las teorías científicas, impostándose como tal, y el otro al nivel de las controversias o de las hipótesis, impostando debates inexistentes en el seno de la comunidad científica.

La pseudociencia de la comida

Existe una larga lista de pseudociencias relacionadas directamente con la alimentación (Mulet, 2014): la dieta del grupo sanguíneo, la dieta alcalina, la quimiofobia, el movimiento antitransgénicos, la oligoterapia, la dieta Gerson, la alimentación macrobiótica, la nutrición ortomolecular, el crudismo, la dieta Perricone, dietas detox, la larga lista de superalimentos, o casos concretos que vinculan determinados alimentos con ciertas patologías, por ejemplo, el limón, la soja o la cebolla con la prevención del cáncer, o el gluten con el autismo. La lista, de hecho, es casi infinita, y cada caso merecería un análisis pormenorizado dado que la retórica pseudocientífica en muchos de estos casos puede llegar a ser sofisticada.

La pseudociencia vive un continuo proceso de evolución cultural, modificando sus formas y adaptándolas a las mejores condiciones retóricas que ofrece su entorno, lo cual le permite aumentar su capacidad de convicción y potenciar su distribución epidemiológica (Blancke, Boudry y Pigliucci, 2016). De este modo, encontramos subespecies de pseudociencia que presentan sus propias características bien definidas: por ejemplo, la larga tradición de raigambre psicoanalítica que es la pseudopsicología (Fasce, 2017b), la retórica conspiranoica y pseudocompasiva de la medicina alternativa (Ernst y Fasce, 2017), o la estrecha relación entre la pseudobiología y movimientos conservadores de corte religioso (Pigliucci, 2002). El caso de la pseudociencia en el contexto de la nutrición, por su parte, es muy particular en relación a sus herramientas retóricas específicas.

Por ejemplo, una herramienta de gran importancia para este caso en concreto es el tráfico del asco. El asco es una respuesta emocional ante determinados estímulos que consideramos podrían ser dañinos para nuestra integridad, en la que está especialmente involucrada la ínsula (Wicker et al., 2003), una parte antigua del cortex cerebral que tienen una estrecha relación con el sistema emocional. En este sentido, se trata de un mecanismo desarrollado a lo largo de nuestro proceso evolutivo para la autoprotección — otros pueden ser, por ejemplo, el dolor, la respuesta de ansiedad (fight or flight), el sistema quimiorreceptor trigeminal o la respuesta de protección de zonas especialmente sensibles que conocemos como «cosquillas». Si bien el asco tiene determinadas tendencias innatas, como diferencias de género (Druschel y Sherman, 1998) o mayor asco hacia fluidos o materia pútrida (Curtis, 2007), lo cierto es que se trata de una respuesta muy fácilmente condicionable a diversos estímulos, muy mediada por nuestras preconcepciones morales (Jones y Fitness, 2008; David y Olatunji, 2011). El asco es una respuesta potente, visceral, que puede llegar a relacionarse estrechamente con trastornos de ansiedad u obsesivos-compulsivos (Cisler et al., 2010).

Es habitual que los adeptos a este tipo de pseudociencias generen asco hacia aquello que el contenido doctrinal señala como una posible fuente de contaminación. El ejemplo paradigmático es la quimiofobia, que se suele centrar en los compuestos químicos empleados por la industria, que son acusados de todo tipo de peligros sin evidencia científica alguna a favor. Es habitual que la retórica de estas pseudociencias fomenten el asco hacia los transgénicos, hacia la carne o hacia determinados tipos de comida en determinados momentos. Recuerdo que yo mismo pude vivir un caso más o menos relacionado con esto: cuando era niño iba a un colegio religioso tremendamente estricto y un viernes santo comí carne sin darme cuenta; el resultado al notar mi pecado fueron las arcadas. Muchas veces este condicionamiento del asco viene acompañado por nociones cuasi-religiosas de purificación, por ejemplo en la dieta detox. ¿De qué demonios pretenden desintoxicarnos con esa dieta? Habitualmente son nociones vagas, que se relacionan más con el pensamiento paranormal de redención y purificación del alma (Horberg et al., 2009) que con cualquier cosa parecida a los fundamentos de una dieta sana.

Por último, otras dos características clásica de este tipo de pseudociencias: la apelación a lo natural y la sencillez de sus postulados. Lo natural es un concepto tan difuso como lo químico o lo maravilloso, que sin un marco conceptual claro no es más que una apelación vacua puramente emocional, muy relacionada con una actitud conservadora de «todo tiempo pasado fue mejor» — o «los tomates antes sabían a tomate» o «antes se comía más sano». Esta falacia es casi omnipresente en las pseudociencias relacionadas con la alimentación (Mulet, 2017) y se relaciona con nociones de biologia folk que resultan muy intuitivas: que comer crudo es más natural, que los transgénicos son una aberración contra la esencia de las especies (Blancke et al., 2015) o que los aditivos y conservantes son añadidos que pervierten la bondad de la naturaleza (Ropeik, 2015) — esta última una creencia típica de urbanitas que nunca han tenido que lidiar con la ciega crueldad del mata o muere que impera en la naturaleza.

La sencillez es también típica. Si bien es cierto que encontramos constructos más complejos, como la oligoterapia o la dieta ortomolecular, lo cierto es que, en comparación con otras pseudociencias como el diseño inteligente, el psicoanálisis o la acupuntura, lo que observamos en este caso son constructos teóricos basados en una o dos ideas peregrinas relacionadas de forma negligente con unos pocos conceptos científicos, pero presentados bajo la forma de un mantra repetible y fácilmente asimilable. Por ejemplo, que la dieta debe depender del grupo sanguíneo o que el PH de la sangre ha de ser regulado por medio de la comida. Esto, por supuesto, deja a esta clase de pseudociencias a merced de las críticas, dado que no tienen los formidables mecanismos de defensa ante las refutaciones de pseudo-teorías mucho mejor protegidas del mal tiempo, pero como se trata de ideas que encuentran muy poca resistencia social, especialmente por parte de gente formada que podría aportar refutaciones sustanciales, pueden darse el lujo de ser el sueño de cualquier experto en marketing.

La resistencia a los troglopijos

En España lleva tiempo de moda el término «troglopijo» para designar a aquellas personas con grandes recursos económicos, privilegiadas, que viven en entornos urbanos sofisticados y que, pese o debido a ello, desprecian aquello que les permite llevar la clase de vida que llevan, sosteniendo una visión idealizada de la naturaleza y de la pobreza, asumiendo todo tipo de discursos regresivos que emanan autoodio, postureo y que, por supuesto, llevan consigo una afirmación del propio estatus social alto. Los troglopijos, que creen que los avances que le debemos a la ciencia y que disfrutamos en occidente son un derecho fácilmente alcanzable, son los que contratan doulas para parir en casa porque parir en hospitales y en manos de profesionales es de chusma, los que deciden comer carne cruda o pagar muchísimo dinero por flores de Bach. Al fin y al cabo, la pseudociencia es un bien de lujo, por eso florece entre los estratos sociales más pudientes (MSPSI 2011).

La comida ha sido y es, no solo en nuestra especie, una fuente de jerarquización social y de afirmación de estatus. Los ricos no comen lo mismo que los pobres; ellos comen mejor tanto porque pueden gastar en ello como porque se pueden dar el lujo de poner en entredicho un sistema del que no dependen (van der Toorn et al. 2015). Sin embargo, en una sociedad en la que la comida ya es segura y está al alcance de todos en las mejores condiciones, la actitud de búsqueda de exclusividad y de mayor estatus conlleva un efecto paradójico: comer peor, más peligroso y, encima, en base a ideas ridículas. Comer pseudociencia no es barato; lo barato es lo contrario. Los productos con salvado de la dieta Dukan no son precisamente baratos, como tampoco lo son los complementos vitamínicos sin sentido, los productos de agricultura ecológica, los productos innecesarios sin gluten, la comida macrobiótica, la biodinámica o las consultas con todos estos gurús, siendo, de este modo, únicamente accesibles por las clases más favorecidas.

Pero, ¿cómo ofrecer resistencia ante los troglopijos? En primer lugar, es necesario que los nutricionistas se comprometan con los estándares de cientificidad de su propio campo. Es sencillo notar que un gran porcentaje de ellos son los primeros en apuntarse a estas supercherías, con toda seguridad porque, teniendo un título con el que poder aparentar seriedad, este salto a la pseudociencia les permite obtener más beneficios que la práctica ética de su profesión. El valor de los nutricionistas no reside únicamente en sus conocimientos, sino, principalmente, en su autoridad: el impacto psicológico de la autoridad es mayor que el de unos conocimientos científicos que pueden ser de muy difícil acceso para el consumidor. En efecto, si bien los conocimientos científicos tienen impacto en este tipo de creencias, la confianza en la ciencia tiene un impacto equivalente (Fasce y Picó, 2018c).

Es especialmente relevante en este sentido que los usuarios y proveedores de pseudociencia tengan, como tales, un feedback negativo respecto a su autoimagen. El principal motivador para no engañar a los demás es el mantenimiento de la propia autoimagen de comportamiento ético (Fasce, 2017a), de modo que si permitimos que la pseudociencia continúe siendo vista como algo progresista, tolerante, alternativo y propio de las élites, protegiendo a sus usuarios y ofreciendo un valor añadido social, tendremos la batalla perdida. Para ello, es necesario atender a las variables de pertenencia social de los pseudocientíficos, consiguiendo que adherirse a dicha pertenencia tenga consecuencias sociales negativas y exponiéndolos a las consecuencias perjudiciales de sus creencias — por ejemplo, a los daños medioambientales que conllevan estas ideas delirantes respecto a la comida, a las consecuencias que tienen en la alimentación de los más pobres o a los problemas de salud que ocasionan. Esto, siendo un tratamiento integral y complejo del problema, es lo único que parece realmente efectivo. Todo empieza en que quienes tienen que ponerse serios se pongan serios, recuperando la confianza perdida, pasa por políticos responsables y acaba en que quienes consumen esta clase de cosas entienda que con la comida no se juega.

Por Angelo Fasce

Artículo publicado originalmente en la revista del CNAA, Uruguay. Edición de enero del 2018.

Referencias

Blancke S, Boudry M, Pigliucci M (2016) Why Do Irrational Beliefs Mimic Science? The Cultural Evolution of Pseudoscience. Theoria 83(1): 78-97.

Blancke S, et al. (2015) Fatal attraction: the intuitive appeal of GMO opposition. Trends in Plant Science 20(7): 414-418.

Cisler J, et al. (2009) Attentional bias differences between fear and disgust: Implications for the role of disgust in disgust-related anxiety disorders. Cognition and Emotion 23(4): 675-687.

Curtis V (2007) Dirt, disease, and disgust: A natural history of hygiene. Journal of Epidemiology and Community Health 61(8): 660-664.

David B, Olatunji B (2011) The effect of disgust conditioning and disgust sensitivity on appraisals of moral transgressions. Personality and Individual Differences 50(7): 1142-1146.

Druschel B, Sherman M (1999) Disgust sensitivity as a function of the Big Five and gender. Personality and Individual Differences 26 (4): 739-748.

Ernst E, Fasce A (2018) Desmontando la retórica de la medicina alternativa. Cortinas de humo, errores, conspiraciones y disparates. Mètode Science Studies Journal 94: 79-85.

Fasce A (2017) Los parásitos de la ciencia. Una caracterización psicocognitiva del engaño pseudocientífico. Theoria. An International Journal for Theory, History and Foundations of Science 32(3): 347-365.

Fasce A (2018a) What do we mean when we speak of pseudoscience? The development of a demarcation criterion based on the analysis of twenty one previous attempts. Manuscrito en revisión.

Fasce A (2018b) Divanes y gurús. El origen y los peligros de la pseudopsicología clínica. Mètode Science Studies Journal 94: 95-101.

Fasce A, Picó A (2018a) Conceptual Foundations and Validation of the Pseudoscientific Belief Scale. Manuscrito en revisión.

Fasce A, Picó A (2018b) Two of a Kind. More Similarities than Differences Among Science Deniers and Pseudo-Theory Promoters. Manuscrito en revisión.

Fasce A, Picó A (2018c) Science as a Vaccine. The impact of Scientific Literacy on Unwarranted Beliefs. Manuscrito en revisión.

Hansson SO (2017) Science denial as a form of pseudoscience. Studies in History and Philosophy of Science 63: 39-47.

Horberg E, et al. (2009) Disgust and the moralization of purity. Journal of Personality and Social Psychology 97(6): 972–973.

Jones A, Fitness J (2008) Moral hypervigilance: The influence of disgust sensitivity in the moral domain. Emotion 8(5): 613-27.

MSPSI (2011) Análisis de situación de las terapias naturales. Extraído el 26 de diciembre (2017) de: http://www.mspsi.gob.es/novedades/docs/analisisSituacionTNatu.pdf.

Mulet JM (2014) Comer sin miedo. Madrid: Booket. Mulet JM (2018) La falacia del “argumentum ad naturam”. Homeopatía y agricultura biodinámica en la normativa oficial de la Unión Europea. Mètode Science Studies Journal 94: 103-109.

Pigliucci M (2002) Denying Evolution: Creationism, Scientism, and the Nature of Science. Sunderland: Sinauer.

Ropeik S (2015) On the roots of, and solutions to, the persistent battle between “chemonoia” and rationalist denialism of the subjective nature of human cognition. Human & Experimental Toxicology 34(12): 1272-1278.

van der Toorn J, et al. (2015) A Sense of Powerlessness Fosters System Justification: Implications for the Legitimation of Authority, Hierarchy, and Government. Political Psychology 36(1): 93-110.

Wicker B, et al. (2003) Both of us disgusted in my insula: the common neural basis of seeing and feeling disgust. Neuron 40(3): 655-64.

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Blog Sin Dioses: Calendario laicista, ateo y racionalista

A continuación Sindioses presenta una compilación de las principales conmemoraciones que se han venido gestando en los últimos años, con el fin de promover la ciencia y el razonamiento crítico. Esta propuesta reúne 14 fechas propicias para promover la razón, la ciencia y la laicidad.

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Mi científica favorita | Hitos | Mujeres con ciencia

Mi científica favorita es un catálogo que reúne las biografías de veintiocho científicas de diferentes momentos históricos, disciplinas y lugares geográficos. Es un pequeño registro de algunas mujeres que han realizado y realizan importantes aportaciones a la actividad científica, con textos que hablan de su trabajo y su carrera, y que van acompañados de ilustraciones realizadas por más de cincuenta estudiantes de los últimos cursos de enseñanza primaria. Además, Mi científica favorita puede descargarse, de manera gratuita, en formato pdf.

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Japón emplea el azul en ver del verde en los semáforos

¿Por qué en la gran mayoría de los semáforos de Japón se puede distinguir un claro tono azulado? ¿Por qué no son verdes como en la inmensa mayoría de los países del mundo? Todo tiene relación con la percepción de los colores de la población.

A lo largo del siglo pasado, conforme fueron popularizándose los parques automovilísticos, tuvieron que realizarse una serie de convenciones a nivel internacional para trazar unas líneas generales sobre la reglamentación del tráfico. Esto era una prioridad ya que debería haber una estandarización en relación a las señales del mismo.

Como resultado de este tipo de reuniones, es lógico ver cómo por ejemplo, en Europa, una señal de STOP o Ceda del Paso tiene la misma representación gráfica en todos sus países miembros. Sin embargo, aún ha habido países que no se han mostrado de acuerdo con los tratados alcanzados.

Los semáforos con tonalidad azulada son un clásico en Japón

Uno de ello fue Japón. Hasta la década de los setenta, decidió basar su reglamentación conforme a sus costumbres. A día de hoy, podríamos llegar a conducir sin problemas por las diversas regiones que componen el país, pero sí que seguiríamos sin acostumbrarnos a lo que ocurre en los semáforos.

¿Por qué? El país asiático dispone de 3 tonalidades; rojo, naranja y azul. Sí, al contrario de lo que ocurre en la gran mayoría del mundo, Japón no dispone de una tonalidad verdosa. ¿A qué se debe esta política?

Tal es el arraigo a esta forma de entender la señalización que es ahora, con la estandarización de los que incorporan tecnología LED, cuando están introduciéndose aquellos con una tonalidad verdosa. ¿Por qué el color predominante en la naturaleza ha sido repudiado durante tantos años? Veámoslo.

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¿Qué es un Fotón? – EspacioCiencia.com

El comportamiento y composición de la luz es algo que ha intrigado a miles de pensadores a lo largo de la historia y que ha sido objeto de una enorme cantidad de experimentos. Poco a poco se ha ido conociendo más acerca de la luz y de los fenómenos electromagnéticos, y esto ha sido gracias al descubrimiento de elementos como los fotones. En el siguiente artículo vemos qué es un fotón y cuáles son sus propiedades.

¿Qué es un fotón?

Se podría definir al fotón como la unidad básica, la partícula elemental que contiene en sí misma todas las formas de radiación electromagnética. En efecto, cuando hablamos de propiedades de la luz, estamos hablando de propiedades de los fotones, ya que son ellos quienes portan la luz ultravioleta, los rayos gamma, los rayos X, la luz ultravioleta, la luz infrarroja, la luz visible por el ser humano y, en definitiva, todos los tipos de radiación electromagnética.

Se considera un quantum o partícula cuántica ya que solo se puede explicar mediante fenómenos cuánticos. Es un elementos que no tiene masa en reposo, pero que sí tiene cuerpo, por o que se puede observar a través de fenómenos macroscópicos o microscópicos.

 Por otro lado, en el artículo al hablar del fotón hemos estado refiriéndonos a él como una partícula. Sin embargo, en realidad el fotón es una partícula, pero también es una onda. Como veremo más adelante, en un principio existían teorías que no se ponían de acuerdo a este respecto. Son embargo, ha quedado demostrado que los fotones se pueden comportar tanto en forma de onda como de partícula.

Por ejemplo, un fotón se comporta en forma de onda cuando sufre una refractación. En cambio, funciona como una partícula cuando interactúa con otra superficie a la que le traspasa su energía (principalmente en forma de calor, aunque está demostrado en experimentos que la luz también es capaz de ejercer fuerza sobre los objetos).

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¿Por qué el Uranio es un elemento tan importante para la tierra? – EspacioCiencia.com

El uranio es uno de los metales más comunes en el mundo, y también si lo pensamos es uno de los elementos más importantes debido a su relación con la energía nuclear de modo que vamos a intentar dar ahora respuesta a la pregunta del ¿Por qué el Uranio es un elemento tan importante para la tierra?.

El uranio en la Tierra

Porque el uranio es un elemento tan importante para la tierra

El uranio es un metal gris plateado aproximadamente dos veces y medio más denso que el hierro. Este elemento químico tiene el número atómico 92 y es el más pesado que ocurre naturalmente en la Tierra. Hay muchos isótopos de uranio, pero el uranio natural que se encuentra en la corteza de la Tierra consiste en solo tres isótopos: el uranio 238, el átomo natural más pesado y el más abundante (99.28%), el uranio 235 (0.71%) así como trazas de uranio 234 (0.006%).

El uranio es un elemento natural bastante común: es más abundante que la plata o el oro y se encuentra en todas partes en la corteza terrestre, especialmente en suelos graníticos o sedimentarios con leyes promedio de alrededor de 3 gramos por tonelada. Por lo tanto, el sótano de un jardín de 400 metros cuadros puede contener, a una profundidad de unos 10 metros, 24 kg de uranio. El uranio se encuentra en cantidades significativas en las profundidades de la Tierra, donde es, junto con el torio y el potasio, un elemento determinante de la energía geotérmica de nuestro planeta, por lo tanto, de su vulcanismo y su sismicidad. Finalmente, el agua de mar contiene aproximadamente 3 mg de uranio por m3 , lo que representa alrededor de 4.500 millones de toneladas de uranio.

 

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Quién es y por qué es famoso Werner Karl Heisenberg – EspacioCiencia.com

Uno de los nombres más celebres dentro del mundo de la ciencia es el de Werner Karl Heisenberg, físico alemán padre de una de las teorías que tiene relación con la física cuántica y que cambiaría el curso de esta. Ganador del Premio Nobel y un personaje que todos deberíamos conocer en profundidad. Veamos a continuación, quién es y por qué es famoso Werner Karl Heisenberg.

Quién es y por qué es famoso Werner Karl Heisenberg

Werner Heisenberg , conocido también por su nombre completo Werner Karl Heisenberg , (nacido el 5 de diciembre de 1901, Würzburg , Alemania, y fallecido el 1 de febrero de 1976, Munich, Alemania Occidental), fue un físico y filósofo alemán que descubrió (1925) el modo de formular la mecánica cuántica en términos de matrices. Por ese descubrimiento, fue galardonado con el Premio Nobel de Física en 1932. En 1927 publicó su principio de incertidumbre, sobre el cual construyó su filosofía y por la cual es más conocido.

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