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En tres años de mandato, Macri cumplió sólo dos de 20 promesas de campaña – Chequeado

Fuente original: En tres años de mandato, Macri cumplió sólo dos de 20 promesas de campaña – Chequeado

El Gobierno nacional registró retrocesos desde el chequeo de las promesas de 2017: entonces, dos promesas estaban incumplidas, mientras que hoy son seis las que están en esa categoría. Además, no aumentó la cantidad de promesas cumplidas, que se mantiene en dos desde 2016.

El presidente de la Nación, Mauricio Macri, está aplazado en promesas de campaña. Sólo cumplió dos de 20 seleccionadas -18 de ellas dichas durante el debate presidencial pre balotaje y dos elegidas por la gente en las redes sociales como “las más memorables”-, que Chequeado analizó por tercer año consecutivo. De las 20, seis fueron calificadas como “Incumplida”, seis “En Proceso, Demorada”; seis “En Proceso, Adelantada” y dos, “Cumplida”.

El Gobierno registró retrocesos desde el chequeo de las promesas de hace un año: entonces dos promesas estaban incumplidas, mientras que hoy son seis las que permanecen en esa categoría. Además, no aumentó la cantidad de promesas cumplidas, que se mantienen en dos desde el primer año de gestión de Cambiemos, ni tampoco las promesas que se encuentran adelantadas.

Entre las incumplidas están la promesa de que los trabajadores no pagarán más el impuesto a las Ganancias; la construcción de tres mil jardines de infantes; “crear trabajo, cuidando el que tenemos”; alcanzar la “pobreza cero”; bajar la inflación a un dígito e implementar la computadora en primer grado, como había hecho Macri en la Ciudad cuando era jefe de Gobierno.

En los casos en los que las promesas pasaron de estar “en proceso” a “incumplida”, el cambio se debió a que los datos demuestran que la situación avanzó en la dirección contraria (Ganancias, crear trabajo, pobreza e inflación) o el mismo Gobierno admitió que no cumplirá con el anuncio realizado (tres mil jardines y computadora en primer grado).

En el caso de la pobreza, luego de un aumento durante el primer año de la gestión de Cambiemos y una baja durante el segundo, este año el indicador comenzó a subir nuevamente. Las fuentes varían en sus estimaciones pero coinciden en que el dato del segundo semestre estará por arriba de la pobreza que recibió Macri y la que tuvo en 2016. La inflación en 2018 aumentó nuevamente y superó a la que había recibido el actual Gobierno a fines de 2015. Además, cuando finalice el primer mandato de Macri a fines de 2019, la inflación sería del 23% según las proyecciones oficiales y el Presidente había prometido llegar a un dígito.

Entre las promesas que están en proceso, pero se encuentran demoradas están: “Lanzar el Plan Belgrano, con US$16 mil millones de inversión en infraestructura para el Norte del país”; “crear una Agencia Nacional de Lucha contra el Crimen Organizado”; “generar un millón de créditos hipotecarios a treinta años”; “poner en marcha el plan de infraestructura más importante de la historia”; “crear una policía judicial”; e “implementar un sistema electoral más transparente, con boleta electrónica”.

Las únicas promesas electorales cumplidas por Macri, que ya se habían logrado en 2016, son “extender la Asignación Universal por Hijo e incluir a los hijos de monotributistas” e “impulsar la ley del arrepentido”.

En cuanto a la primera, el Gobierno extendió el beneficio a los hijos de los monotributistas en sus primeros seis meses de gestión. La medida permitió incluir a más de 350 mil beneficiarios. En 2016, por otro lado, el Congreso sancionó una norma que unificó toda la legislación que ya existía sobre “arrepentidos” e incorporó además a los delitos de corrupción. La nueva ley tuvo su mayor exposición durante 2018, con el surgimiento de la causa conocida como “Cuadernos de la corrupción”, en la que se investiga el pago de sobornos vinculados con la obra pública. En esta causa, al menos 23 imputados pidieron ante el fiscal federal Carlos Stornelli declarar como arrepentidos.

“Con esta iniciativa buscamos que haya más evidencia sobre cuánto de lo que se prometió en la campaña presidencial se cumplió o no -dijo Laura Zommer, directora de Chequeado-. ‘Promesas chequeadas’ se realiza por tercer año consecutivo para dar cuenta de los avances o retrocesos de la gestión del Gobierno en las áreas que fueron centrales en 2015 y quizás definieron la voluntad de muchos votantes”.

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The End of Neutrality – POLITICO Magazine

Fuente original (en inglés): The End of Neutrality – POLITICO Magazine

El terreno intermedio compartido de la sociedad se está convirtiendo rápidamente en un campo de batalla. ¿Qué hará eso a la democracia?

No siempre hablamos de la Corte Suprema en términos ridículamente partidistas. La corte tenía liberales y conservadores, y patrones de votación generales, pero el análisis público de la actividad de la corte normalmente se centraba en el razonamiento legal detrás de las decisiones y los desacuerdos. La gente podría estar en desacuerdo con una decisión u otra, pero la autoridad general del tribunal, enraizada en su papel de árbitro de confianza de reclamos en competencia, gozaba de un respeto básico.

Hoy, en contraste, es común considerar a la corte como poco más que otro cuerpo político. Cada vez más, los votos del Senado por candidatos judiciales, como Brett Kavanaugh, se dividen a lo largo de las líneas del partido, y la gente tiende a suponer que el resultado de un caso dado dependerá de qué bloque de jueces, liberal o conservador, tenga la mayoría. Los jueces, como todos los demás en nuestro mundo tribal, ahora son vistos como vehículos para expresar una preferencia política.

No es solo la Corte Suprema, tampoco. Algo similar está sucediendo en todas nuestras instituciones: los medios de comunicación, las universidades, los think tanks, los servicios de inteligencia y otras oficinas tecnocráticas del gobierno. Una vez respetados como organismos objetivos y neutrales que podrían arbitrar reclamos que surgen de nuestra heterogénea sociedad, se los ve cada vez más como instrumentos de una agenda liberal o conservadora u otra agenda ideológica, si a veces ocultan su partidismo detrás de una apariencia de desinterés. La idea misma de neutralidad de los valores que cobró importancia después de la Segunda Guerra Mundial, la idea de que los individuos o las instituciones pueden arbitrar bastante entre los valores en competencia en una sociedad pluralista, ha atravesado tiempos difíciles, lo que nos deja inseguros de a dónde acudir para obtener una explicación confiable de el mundo.

Es fácil culpar a Donald Trump por este cambio, con su mendacidad casual y desprecio por las convenciones.. Tiene instituciones caballerosamente destrozadas que no le gustan, desde CNN hasta el Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito a las agencias de inteligencia, como herramientas de la oposición, alentando a sus seguidores a rechazar sus pretensiones de imparcialidad. Pero Trump no es la raíz de este problema tanto como una flor venenosa. El cinismo que explota y profundiza ha hecho metástasis durante décadas. Ahora ha llegado a la etapa 4.

Ya podemos ver las implicaciones: una política disfuncional de Washington, un discurso público estridente lleno de acusaciones de mala fe, teorías de conspiración que brotan como sapos, una hostilidad marcada hacia las universidades. La incapacidad de reunir un consenso nacional incluso sobre hechos básicos, como los esfuerzos rusos para interrumpir nuestras elecciones, nos ha impedido tomar medidas para asegurar nuestra democracia y ha dejado a muchos temerosos de la solidez de nuestro sistema. Si no confiamos en el gobierno y en otros organismos neutrales para proporcionar información confiable y para juzgar de manera justa entre los puntos de vista, corremos el riesgo de perder una de las virtudes más importantes de nuestra democracia: la capacidad de sostener nuestros debates de forma libre y contenciosa, sabiendo que, en última instancia, la mayoría de nosotros aceptará las resoluciones como legítimas Sin tal aceptación, el autogobierno se convierte en un juicio sin un juez, un combate de boxeo sin un árbitro. ¿Que pasó?

***

La importancia que damos a la neutralidad en nuestras instituciones es en realidad algo nueva. Surgió de lo que el historiador intelectual Edward Purcell, en el título de un libro influyente de 1973, llamó la “crisis de la teoría democrática”, que afectó a la cultura intelectual estadounidense en los años veinte y treinta. En esa era, la depresión mundial y una reacción violenta contra el idealismo de la Primera Guerra Mundial socavaron los motivos para creer que la democracia era necesariamente la mejor forma de gobierno. Debido a que los filósofos y los científicos sociales habían llegado a abrazar el empirismo sobre el racionalismo, argumentando que nuestro conocimiento provenía de la experiencia, no de la razón, muchos intelectuales habían perdido su confianza en los principios filosóficos más antiguos que antes parecían absolutos. Una perspectiva relativista se filtró en la cultura estadounidense, incluso afectando la forma en que la gente pensaba sobre la democracia.

Pero en el crisol de la Segunda Guerra Mundial y la lucha contra el totalitarismo, mostró Purcell, surgió una defensa revisada de la democracia. En lugar del cinismo de moda de los años veinte y treinta, surgió la idea de que la democracia era superior como sistema de gobierno precisamente porque no era absoluta. Permitió que múltiples puntos de vista coexistieran y compitieran, y fue capaz de revisión. Aunque este argumento tuvo lugar en un nivel enrarecido, entre eruditos e intelectuales, sus ideas se deslizaron en el pensamiento popular.

La nueva comprensión de la democracia como experimental, como la ciencia, significaba que el gobierno se veía mejor como un administrador neutral de intereses en competencia, no un instrumento para imponer una ideología. Un conjunto de ideas podría prevalecer en una elección dada, pero la victoria era provisional. La democracia, uno podría decir, era un verbo; Su valor consistió en continuar su promulgación. “Los totalitarios consideran la tolerancia del conflicto como nuestra debilidad central”, escribió Arthur Schlesinger Jr. en 1949. “Pero sabemos que es básicamente nuestra fuerza central”.

Las instituciones que promueven y diseminan el conocimiento se apoyan en supuestos similares. A fines del siglo XIX, surgieron las grandes universidades de investigación de Estados Unidos, y las ciencias sociales florecieron al afirmar que pusieron el conocimiento sobre una base más científica y empírica. De manera similar, ya en la década de 1890, el periodismo de los periódicos había llegado a valorar la información objetiva sobre la editorialización; en la década de 1920, la objetividad y el compromiso con los hechos se entendieron como formas útiles para evitar los escollos de lo subjetivo. En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, estas tendencias se asentaron en principios rectores. Estas instituciones promovieron la indagación, la equidad, la apertura y la competencia de ideas.

Las décadas de la posguerra apenas estuvieron libres de disturbios, desde el macartismo hasta las luchas por la igualdad racial. Pero con la extrema derecha y la extrema izquierda en retirada, el presidente John F. Kennedy pudo proclamar, como lo hizo en 1962, que “los asuntos internos centrales de nuestro tiempo … se relacionan no con choques básicos de filosofía o ideología sino con medios y formas de alcanzar objetivos comunes: investigar soluciones sofisticadas para problemas complejos y obstinados ”. La prosperidad ampliamente compartida y un fuerte consenso social que respaldan un estado liberal de bienestar y una política exterior internacionalista ayudaron a los estadounidenses a confiar en su sistema político.

A finales de la década de 1960, sin embargo, el consenso que había prevalecido se estaba desmoronando. Tanto la izquierda como la derecha hicieron la guerra a la autoridad establecida. Desde ambos lados, uno escuchó la misma acusación: que la aparente neutralidad del gobierno y otras instituciones públicas enmascaraba una ideología, una que era agresivamente liberal (según la derecha) o ansiosamente conservadora (según la izquierda).

La experiencia profesional quedó bajo fuego. Como escribió Michael Schudson en el libro Discovering the News : “Los críticos afirmaron que la planificación urbana creó barrios marginales, que las escuelas hicieron a la gente estúpida, que la medicina causó enfermedades, que la psiquiatría inventó las enfermedades mentales y que los tribunales promovieron la injusticia”. no como un ideal inalcanzable, como lo había sido en el pasado, sino como “una mistificación”, en el término apropiado de Schudson. También en la academia, los argumentos en contra de politizar la erudición enfrentaron contrademandas de que toda la erudición estaba inherentemente politizada. La confianza en el gobierno cayó en picado desde mediados de los sesenta.

Desde entonces, intelectuales, periodistas, funcionarios públicos y otros han luchado con cuestiones de neutralidad y parcialidad. La conciencia de que los eruditos o jueces podrían albergar una ideología latente no les impidió, en su mayor parte, que persiguieran la objetividad. Pero en la academia, y en la cultura más amplia, alimentó el crecimiento de lo que se conoció como pensamiento posmoderno. En el periodismo, la insatisfacción con las restricciones de las “noticias directas” fomentó una variedad de innovaciones, incluidas piezas interpretativas y analíticas, informes de investigación y el Nuevo Periodismo, a menudo subjetivo. Sin embargo, estas dudas iniciales sobre la neutralidad declarada de nuestras instituciones formadoras de conocimiento no las socavaron fatalmente. Las críticas posmodernas de los valores académicos fueron más burladas que abrazadas. La objetividad seguía siendo un ideal respetado.

Es difícil decir cuándo el rechazo de la neutralidad pasó de ser una crítica intelectual persistente a una creencia dominante, o incluso si se llegó a ese punto todavía. Pero la batalla a finales de 2000 por el resultado de las elecciones presidenciales fue una cuenca simbólica. Que la Corte Suprema votó 5-4 a lo largo de líneas ideológicas para hacer que el presidente de George W. Bush profundizara la sospecha de que no solo los procesos electorales aparentemente neutrales, sino también la ley misma, sucumbirían a las preferencias políticas de quienes la administran. En su disidencia, el juez John Paul Stevens advirtió que “el perdedor” en ese drama era “la confianza de la nación en el juez como un tutor imparcial del estado de derecho”.

Bajo Bush, la polarización que ya había comenzado a apoderarse de la política de Washington se intensificó, causando golpes de cuerpo a la neutralidad. Desde la presidencia de Richard Nixon, los republicanos construyeron gradualmente un contraestablecimiento conservador: think tanks, fundaciones, sociedades, redes y medios de comunicación para promover sus ideas. Por la presidencia de Bush, fue posible encontrar “expertos” que podrían prestar una pátina de autoridad a posiciones políticas conservadoras que de otra manera no estarían respaldadas por investigaciones sólidas, ya sea sobre la evolución, el control de la natalidad, el calentamiento global o incluso los orígenes del universo. Incluso la empresa más controvertida de Bush, la invasión de Irak, se basó en un conjunto alternativo de analistas de inteligencia, después de que aquellos en la CIA y en otros lugares no devolvieran los hallazgos que Bush había esperado.

Fox News fue crucial para este desarrollo. Fundada en 1996 por el consultor republicano Roger Ailes, ganó influencia en los años de Bush, especialmente después de los ataques terroristas del 11 de septiembre, y atrajo a espectadores que se alejaban de lo que a partir de entonces se llamaron medios de comunicación tradicionales. Pero la afirmación de Fox de ser una alternativa ideológica a las redes fue engañosa. Esas redes aspiraban a la neutralidad; no intentaban promover las causas liberales (incluso si se percibía un sesgo en sus informes). Fox, a pesar de afirmar que era “justo y equilibrado”, reflejaba la agenda ideológica pronunciada del hombre que la dirigía, un populista cultural conservador y concienzudo. Entonces los liberales comenzaron a emular los métodos de la derecha. MSNBC comenzó a convertirse, a medias, en un Fox liberal. Y si Air America intentó (y fracasó) ser el espejo de Rush Limbaugh, muchos podcasts ahora están teniendo éxito en la tarea.

Así también, con los think tanks. Las tiendas conservadoras como la Fundación Heritage podrían haberse imaginado contrapesos de derecha con los “liberales” como la Institución Brookings, pero Brookings, como los programas de noticias de la red, se adhirieron a un ideal académico neutral. Al carecer de un patrimonio propio, los demócratas fundaron en 2003 el Center for American Progress, con una marcada orientación partidista. Ahora, las fuentes clave de información llevan un sello partidista, socavando sus reclamos de autoridad independiente.

***

Bajo Trump, la neutralidad se ha convertido en una posición difícil para cualquier individuo o institución para mantener. Se espera que todos se pongan de lado. Incluso los intentos de articular puntos de consenso seguros y bipartidistas entran en conflicto con las sospechas tribales. Los periodistas que prestan servicios anodinos sobre una prensa libre de repente parecen ser militantes anti-Trumpers, mientras que las súplicas de sentido común de nada menos que Barack Obama de no ignorar las ideas de alguien solo en base a su raza o sexo, son ridiculizadas como malintencionadas o ingenuas. Donde los principios de Internet, con sus blogs y comentarios, habían ejercido presión sobre los medios de comunicación tradicionales, las redes sociales han ampliado esa presión muchas veces, con Twitter incitando a los reporteros oficialmente neutrales a ocupar posiciones, expresadas con sarcasmo, mordacidad o notas de partidismo que serían prohibidas en las páginas de noticias. Una vez que alguien trata de establecer un nuevo tipo de árbitro neutral, como los valiosos sitios de verificación de hechos PolitiFact y FactCheck.org, también se los pone en tela de juicio, ya que estos sitios vienen desde la derecha. El fundador de PolitiFact, Bill Adair, está tratando de crear una herramienta automatizada que los conservadores aceptarán como neutral, aunque las acusaciones de que los algoritmos de Facebook están sesgados políticamente sugieren que ni siquiera un programa de computadora puede alcanzar ese estatus sagrado.

En los campus, los departamentos ahora ofrecen cursos sobre “justicia social”, que generalmente significa la defensa de la política de izquierda, y los presidentes de las universidades se sienten presionados a tomar posiciones políticas liberales. Los republicanos ya no consideran a las universidades fuerzas confiables. En la ley, la oposición se está convirtiendo en conceptos ampliamente respetados como la neutralidad del punto de vista, la idea de que el gobierno no puede castigar el discurso por su contenido. Incluso los estudiosos jurídicos de la izquierda, como escribió Adam Liptak del New York Times , “han cambiado un compromiso absoluto por la libertad de expresión por uno sensible a los daños que puede causar”. La Primera Enmienda, para algunos ojos, no será realmente neutral nunca más.

La desaparición de la neutralidad está detrás de los problemas políticos dominantes de nuestra era. Es responsable de toda la charla sobre una “sociedad posterior a la verdad” que hemos escuchado últimamente. La verdad todavía existe, por supuesto, pero el acuerdo sobre la verdad se siente más esquivo que en mucho tiempo. Eso supone un peligro para la democracia, que depende de argumentos constructivos y deliberación. Sin fuentes confiables de información o vehículos respetados para resolver diferencias, solo existe un argumento partidista y el triunfo de los poderosos.

El colapso de las instituciones neutrales también alimenta un círculo vicioso de polarización y extremismo. Cuando las instituciones ya no gozan de credibilidad en todo el espectro político, las personas buscan más fuentes ideológicas para confirmar lo que quieren creer. Los conservadores se desvían hacia el Tea Party y Trump, y los progresistas hacia el radicalismo de izquierda. Algunas instituciones neutrales de larga data, particularmente en el periodismo, parecen sentirse presionadas a abandonar su papel histórico para complacer a su público. Si un reportero, un erudito o un juez no anticipa las críticas de buena fe desde una variedad de puntos de vista, es menos probable que refuerce su pensamiento para hacer sus conclusiones ampliamente aceptables.

Cuando anticipamos el futuro, generalmente proyectamos que las tendencias continuarán, y eso promete una noche larga y oscura de discordia. Pero también es concebible que la presidencia de Trump, con su incesante caos y desorden, provoque un reconocimiento de lo que se está perdiendo y alimente la demanda de un renacimiento de la capacidad del Estado y la objetividad. En los años 30 y 40, no fue solo la amenaza del totalitarismo, sino su atractivo, para aquellos frustrados con las imperfecciones de la democracia, lo que obligó a los estadounidenses a justificar su democracia de manera más duradera. La crisis actual nos obliga a examinar las bases intelectuales y prácticas de nuestro sistema. Con suerte, al ver sus debilidades, tendremos la sabiduría para descubrir cómo apuntalarlo.

Esperemos que esta vez no se necesite una guerra mundial para cambiar nuestras mentes.

David Greenberg es profesor de historia y estudios de medios en Rutgers, y autor de Republic of Spin: An Inside History of the American Presidency.

Desarrollan arroz transgénico con proteínas que neutralizan el virus VIH | | ChileBIO

Fuente original: Desarrollan arroz transgénico con proteínas que neutralizan el virus VIH | | ChileBIO

Investigadores de varias instituciones catalanas han obtenido por primera vez tres proteínas diferentes de una única planta de arroz transgénico, cuyos extractos han demostrado evitar la entrada del VIH en células humanas en experimentos in vitro. Los componentes del arroz producen además un efecto potenciador, lo que ayuda a bloquear la infección.

Cada año se producen 1,8 millones de nuevas infecciones por VIH en el mundo, la mayoría de ellas en África. En ausencia de una vacuna efectiva, la investigación para parar la pandemia no se centra solo en tratamientos contra el virus, sino también en medidas de prevención para reducir su transmisión.

En este sentido, los microbicidas tópicos podrían ser una opción asequible para los países de escasos recursos, que tienen dificultad de acceso a las terapias antirretrovirales y a métodos de barrera, como los preservativos.

Expertos de la Universidad de Lleida-Centro Agrotecnio y el Instituto de Investigación del Sida IrsiCaixa, impulsado conjuntamente por la Obra Social “la Caixa” y la Generalitat de Catalunya, han demostrado que tres proteínas producidas simultáneamente en semillas de arroz transgénico son extremadamente efectivas contra diferentes variantes del VIH-1 in vitro.

Los resultados, publicados ayer en Proceedings of the National Academy of Sciences, podrían traducirse en un nuevo procedimiento para la producción de geles microbicidas a un coste suficientemente bajo para los países empobrecidos.

Así, parte de las infecciones podrían evitarse mediante la aplicación en la vagina o el recto de dichos geles, de manera previa a la relación sexual. Estos fármacos, que todavía no se comercializan, pueden bloquear la infección uniéndose a unas proteínas del virus que desempeñan un papel clave en su entrada en las células.

Producción a bajo coste

Las plataformas tradicionales de producción de proteínas, que normalmente utilizan células de mamíferos o bacterias en cultivo en el laboratorio, son demasiado caras y no tienen la capacidad de producción suficiente para abastecer a los países de recursos escasos, que son los más afectados por la pandemia.

Por este motivo, la estrategia de producción basada en arroz representa una alternativa excelente que, además, proporciona una actividad microbicida más potente.

De hecho, las pruebas preliminares de las tres proteínas producidas en este estudio han mostrado que los componentes del arroz potencian in vitro la unión de las tres moléculas a una proteína del VIH llamada gp120, necesaria para que el virus pueda introducirse en las células.

Los investigadores también han observado que los componentes del arroz incrementan la potencia contra diversas variantes del virus. “La producción a partir de arroz no solo reduciría costes en comparación con las plataformas tradicionales, sino que proporcionaría beneficios en términos de potencia microbicida”, explica Julià Blanco, uno de los autores.

Blanco subraya que “en algunos casos, los microbicidas pueden ser la única opción para las mujeres para prevenir la infección por el VIH, ya que a menudo los hombres son reacios al uso del preservativo”. Según datos de UNAIDS, las mujeres jóvenes tienen el doble de posibilidades de infectarse que los hombres de su edad.

“Esta estrategia innovadora es, siendo realistas, la única manera en que los cócteles microbicidas pueden ser producidos a un coste suficientemente bajo para los países que más necesitan los tratamientos de prevención del VIH”, apunta Paul Christou, investigador ICREA en la Universidad de Lleida y líder del estudio.

“Además, proporciona una prueba de la seguridad y utilidad de las plantas transgénicas para afrontar uno de los problemas de salud global más importantes hoy en día”, añade.

Beneficios como plataforma de producción

Las plantas transgénicas ofrecen múltiples ventajas como plataforma de producción de microbicidas. En primer lugar, tienen la capacidad de producir diversos componentes en una sola planta. Esto es importante porque, al igual que ocurre con la terapia antirretroviral estándar, un microbicida efectivo requiere de tres o más componentes para evitar la aparición de variantes de virus resistentes a los medicamentos.

Además, la expresión simultánea de las tres proteínas en la misma planta reduce el coste del procesamiento hasta el producto final. En segundo lugar, los extractos de las plantas pueden emplearse directamente, evitando los costes asociados a la purificación de moléculas producidas en las plataformas tradicionales.

Finalmente, las semillas de cereales serían la plataforma de producción más adecuada para los países de escasos recursos, ya que las infraestructuras de cultivo ya están disponibles y las semillas pueden almacenarse a largo plazo a temperatura ambiente.

En EEUU la religiosidad predice actitudes negativas hacia la Ciencia y menores niveles de alfabetización científica | La Ciencia y sus Demonios

Fuente original: En EEUU la religiosidad predice actitudes negativas hacia la Ciencia y menores niveles de alfabetización científica | La Ciencia y sus Demonios

30 noviembre, 2018Esta es la contundente conclusión de un recientísimo artículo científico que ha analizado la siempre compleja relación entre Religión y Ciencia. Y como la Ciencia es la principal herramienta para poderse desenvolver en el actual y cada vez más complejo mundo hiperdesarrollado, aquellos que llevan a su espalda la pesada mochila de la Religión es más que probable que se vayan quedando más y más rezagados.

Investigadores de la universidad norteamericana de Rochester han llevado a cabo varios estudios que han implicado la participación de más de 9.000 personas en los cuales se ha analizado la relación entre religiosidad, conocimiento científico y actitudes frente a ese conocimiento científico. Y el resultado, para nada sorprendente, ha sido que las medidas generales de religiosidad están asociadas negativamente con el conocimiento y reputación científicas.

Es más en una parte de este artículo se presenta un estudio longitudinal, en el cual se ha seguido la trayectoria de varios miles de alumnos estadounidenses a lo largo de dos décadas, en el que los investigadores han encontrado que la religiosidad de los padres predice con 20 años de anticipación las actitudes de sus hijos hacia la Ciencia: cuanto más religiosos los padres menores conocimientos científicos y menos confianza en la Ciencia de los hijos en su edad adulta.

Este estudio está en consonancia con otros previos que muestran que una mayor religiosidad se relaciona con puntos de vista menos favorables hacia las innovaciones científicas, que las personas religiosas tienen menos probabilidades de estudiar carreras científicas [1 y 2] o que las creencias religiosas están correlacionadas negativamente con el consenso científico en temas tan importantes como las vacunas o el cambio climático, cuestiones que en principio no entran en conflicto con las enseñanzas religiosas en sí como sería el caso del origen y estructura del Universo o el más que ateo darwinismo, áreas científicas estas últimas que directamente refutan todos y cada uno de los libros sagrados revelados por las innumerables deidades a lo largo de los últimos milenios.

En resumen, como corolario se podría concluir que inculcar religión a los niños es obligarles a llevar durante toda su vida una más que pesada mochila intelectual, que les limitará (cuando no impedirá) el poder acceder a quizás la única fuente de conocimiento fiable que ha desarrollado la Humanidad y sin la cual ningún ciudadano moderno puede tomar decisiones racionales, quedando por tanto expuestos a cometer los más variados errores y ser manipulados por todo tipo de timadores (incluidos los políticos) que ofertan el oro y el moro sin pudor, vergüenza ni sustento científico alguno.

Causas de muertes en Argentina.

Un querido amigo escribió esto en Facebook y creo que es un texto que merece una divulgación más importante que esa simple y privativa red social.

Las muertes por causas externas en la Argentina suman el 6 por ciento del total. La inseguridad vial produce el doble de muertes que el conjunto de los homicidios, incluyendo en esto los intrafamiliares o ajenos a la “inseguridad”.

La mortalidad vial en proporción al parque automotor es una de las más altas del mundo. Las muertes en áreas metropolitanas de peatones atropellados superaron en algunos momentos guarismos de la India.

La mitad de los muertos en incidentes viales tienen entre 15 y 35 años, midiendo una década.

Pero lo crucial aquí es que los homicidios son menos del 15 por ciento del total de las muertes por agentes externos. Podríamos decir que todas son producto de alguna forma de inseguridad – negligencia, vulnerabilidad, imprevisión – pero no de la Insecuritas criminal que el punitivismo quiere vender.

Sugerimos llevar esta información copiada en el bolsillo para responderle a la gente que dice imbecilidades.

Compartirlo en feisbu no sirve para un carajo, pero si quiere, cópielo y llévese la foto.

#NONecesitaAutoría, es información de dominio público.

Ah, por las dudas, tengan en cuenta que las calles de Buenos Aires se han llenado de muchachas y muchachos contratados de modo precario por grandes sistemas de delivery sobre dos ruedas. Precario no solamente respecto de la relación laboral. Ni casco, ni luces, ni flúo, ni nada.

Los “delincuentes” que probablemente empiecen a “matar” a estas chicas y chicos tienen oficinas en Puerto Madero.

Buenas tardes.

Porcentajes de causas de muerte en Argentina en 2015.

La lengua degenerada | El Gato y La Caja

Fuente original: La lengua degenerada | El Gato y La Caja

¿Tiene sentido hablar con lenguaje inclusivo? ¿Afecta nuestra percepción de la realidad?

Van dos peces jóvenes nadando juntos y sucede que se encuentran con un pez más viejo que viene en sentido contrario. El pez viejo los saluda con la cabeza y dice: “Buenos días, chicos, ¿cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes nadan un poco más y entonces uno mira al otro y dice: “¿Qué demonios es el agua?”

David Foster Wallace – This is Water

Cuando el escritor David Foster Wallace dio un discurso frente a los egresados de la Kenyon College comenzó contando esta historia de los peces. Su intención era simplemente recordarle al auditorio que todos vivimos en una realidad que, a fuerza de rodearnos, a la larga termina volviéndose invisible. Y que sólo la percibimos cuando se convierte en algo disruptivo, en un estorbo en nuestro camino: el conductor que nos cruza el auto en la esquina, el empleado que exige otro trámite para completar una solicitud, la palabra mal escrita: sapatilla, uevo, todxs. Mientras tanto, las cosas de las que más seguros solemos estar terminan demostrando ser aquellas sobre las que más nos equivocamos. Por ejemplo, el castellano:

Todos los que nacimos y fuimos criados en el mundo hispanohablante tenemos, rápido y pronto, certezas sobre cómo funciona el castellano porque es la lengua que aprendimos intensamente durante nuestros primeros años de vida. Y en algún punto no nos equivocamos. Incluso si nos preguntasen qué es el castellano podríamos responder en un parpadeo: “es nuestra lengua materna”. Pero esa respuesta no estaría dando cuenta de la verdadera naturaleza del asunto, porque en definitiva: ¿Qué demonios es la lengua?

Eso, ¿qué demonios es la lengua?

Tal como el agua de los peces, la lengua es un poco todo. Mejor dicho, en todo está la lengua, dado que, una vez que la adquirimos, nunca más dejamos de usarla para pensar el mundo que nos rodea. Sin embargo, si tenemos que elegir una entre muchas definiciones, diremos que la lengua es un fenómeno social. Ocurre siempre con relación a un ‘otro’, a una comunidad con la que establecemos convenciones respecto a qué significan las palabras y cómo significan esas palabras. En este sentido, vale decir que nos pertenece a todos los que la hablamos. Y, en el caso de la lengua castellana, a la Real Academia Española (RAE).

¡Momento! ¿Por qué a la Real Academia Española? No parece muy lógico que la segunda lengua más hablada del globo (después del chino y antes del inglés) sea tan celosamente protegida por unos pocos señores enfurruñados. Pero menos sentido tiene cuando uno piensa que estos señores a veces se paran como caballeros templarios protegiendo algo que nadie, absolutamente nadie, está atacando.

Ah, ¿cómo? ¿Nuestros jóvenes no son como los peces descuidados y rebeldes? ¿No van por la vida con una promiscuidad lingüística escandalosa, escribiendo ke, komo, xq o todes? Sí, muchos sí. Los lectores se preguntarán cómo puede ser que permitamos semejante atropello.

Resulta que la lengua no es una foto, es una película en movimiento. Y la Real Academia Española no dirige la película, sólo la filma. A eso llamamos ‘gramática descriptiva’, que es el trabajo de delimitar un objeto de estudio (en este caso lingüístico) y dar cuenta de cómo ocurre más allá de las normas. Por eso, cuando un uso se aleja de lo que indican los manuales de la escuela, si es llevado a cabo por suficiente cantidad de personas y se hace lugar en determinados espacios, la RAE acaba incorporándolo al diccionario. Ese es su trabajo descriptivo. Luego informa al público y ahí todos horrorizados ponemos el grito en el cielo porque cómo van a admitir ‘la calor’ si es obvio, requete obvio, que el calor es masculino. Es EL calor.

¿Esto significa que podamos hacer lo que se nos antoja con la lengua? No. Hay cambios que el sistema simplemente no tolera. Uno puede comprarse todas las témperas del mundo y mezclarlas a su placer, pero no puede imaginar un nuevo color. Algunas partes de la lengua funcionan de la misma manera: por ejemplo, no es posible pensar el castellano sin categoría de sujeto (ese que en la escuela había que marcar separado del predicado y cuando no estaba se le ponía ‘tácito’ al costado de la oración). ¿Es culpa de la Real Academia que no nos deja? No, esta vez la pobre no hizo nada, es el sistema mismo del castellano el que no nos deja. Es simplemente imposible.

Pero entonces, si podemos usar la lengua como queramos e igual no se va a romper, ¿por qué hace falta tomarse el trabajo de formular normas y leyes? La gramática que no es descriptiva, la que se encarga de definir qué está bien y qué está mal, se llama gramática normativa y existe por una razón: las normas son necesarias para poder analizar una lengua, sistematizarla y enseñarla mejor a las siguientes generaciones.

Lo importante en este punto es comprender que el castellano no puede ser atacado, o que en todo caso sabe defenderse solo (se dobla y se adapta como el junco, pequeño saltamontes) porque está en permanente movimiento. Cada generación cree que la lengua de sus padres es pura y prístina mientras que la de sus hijos es una versión degenerada de aquella. Pero antes de hablar castellano rioplatense hablábamos otra variante del castellano moderno. Y antes de eso, hablábamos el castellano de Cervantes, y antes de eso las lenguas romances que fermentaron con la disolución del Imperio Romano, y antes de eso latín vulgar y antes del latín vulgar pululaban las lenguas indoeuropeas y antes de eso vaya uno a saber qué. Lo único que podemos saber a ciencia cierta es que la versión más pura, prístina y primigenia de cualquier lengua son unos gruñidos apenas articulados en el fondo de una caverna.

Las Glosas Emilianenses son uno de los registros más antiguos que tenemos del castellano. Se trata de anotaciones al margen en un códice escrito en latín, hechas por monjes del Siglo X u XI, para clarificar algún pasaje. Como se ve al costado, gracias a la glosa ahora el pasaje quedó clarito clarito.

Sirva como ejemplo la siguiente curiosidad: los españoles que llegaron a América durante la Conquista todavía utilizaban el voseo en sus dos vertientes: como forma reverencial y de confianza. Decían “Vuestra Majestad” o decían, por ejemplo, “¿Desto vos mesmo quiero que seáis el testigo, pues mi pura verdad os hace a vos ser falso y mentiroso?” (porque aguante citar el Quijote). Ese ‘vos’ arraigó en América, en parte a través de la literatura y en parte porque los españoles lo usaban reverencialmente entre ellos como modo de diferenciarse de los nativos. El tiempo pasó y hoy millones de personas lo usamos sin ningún tipo de reverencia ni distinción de clase, sin embargo, el voseo comenzó a desprestigiarse en el siglo XVI en la mismísma España, donde el castellano se decantó por el ‘tú’ sin que a nadie se espantara por eso. Lo cual demuestra que la lengua está en permanente cambio, pero ocurre tan lentamente que nos genera la sensación de permanecer detenida. Indignarse por ello sería como si los pececitos de la historia de Foster Wallace se indignasen porque el agua, que hasta recién ni sabían que existía, los está mojando.

Ahora bien, si llegado este punto los lectores de esta nota han aceptado las nociones básicas sobre el funcionamiento de la mismísima lengua que están leyendo, es momento de confesar que ha sido todo parte de una estratagema introductoria. Es hora de cruzar al otro lado del espejo y hablar de un tema un poco más controversial: el lenguaje inclusivo.

Bienvenides a la verdadera nota, estimades lecteres.

Las formas del agua

Una de las capacidades más poderosas de cualquier lengua es la capacidad de nombrar. Poner nombres, categorizar, implica ordenar y dividir. Y desde que nacemos (incluso antes), las personas somos divididas en varones y mujeres. Nos nombran en femenino o masculino, se refieren a nosotres utilizando todos los adjetivos en un determinado género. Muchísimo antes de que nuestro cuerpo tenga cualquier tipo de posibilidad de asumir un rol reproductivo, aprendemos que es diferente ser varón o mujer, y nos identificamos con los unos o las otras. Los nenes no lloran, las nenas no juegan a lo bestia ensuciándose todas. Para cuando podemos responder ‘qué queremos ser cuando seamos grandes’, nuestras preferencias, auto proyecciones y deseos ya tienen una enorme carga de los esquemas simbólicos que nos rodean.

A esa inmensa construcción social, que se erige sobre la manera en que la sociedad da importancia a ciertos rasgos biológicos (en este caso relacionados con los órganos sexuales y reproductivos), es a lo que refiere el concepto de ‘género’. Lo que los estudios sobre el tema han teorizado y documentado es que la división de géneros no es una división neutral, sin jerarquías: por el contrario, las diferentes características y los diferentes mandatos que se atribuyen a una persona según su género devienen, a su vez, en desigualdades que giran, spoiler alert, en torno a una predominancia de los individuos masculinos.

Haber identificado que esas desigualdades tienen su correlato en el modo en el que hablamos es lo que motivó, unas cuantas décadas atrás, que se plantee desde el feminismo y desde algunos ámbitos académicos y oficiales la importancia de revisar el uso del lenguaje sexista. ¿Qué es el lenguaje sexista? Es nombrar ciertos roles y trabajos sólo en masculino; referirse a la persona genérica como ‘el hombre’ o identificar lo ‘masculino’ con la humanidad; usar las formas masculinas para referirse a ellos pero también para referirse a todes, dejando las formas femeninas sólo para ellas; nombrar a las mujeres (cuando se las nombra) siempre en segundo lugar.

Las indeseables consecuencias de esta desigualdad lingüística se traducen en lo que el sociólogo Pierre Bourdieu define como ‘violencia simbólica’, y esto nos sirve para comprender uno de los mecanismos que perpetúan la relación de dominación masculina.

La violencia simbólica tiene que ver con que nos pensemos a nosotres mismes, al mundo y nuestra relación con él, con categorías de pensamiento que, de algún modo, nos son impuestas, y que coinciden con las categorías desde las que le dominader define y enuncia la realidad. Se produce a través de los caminos simbólicos de la comunicación y del conocimiento, y consigue que la dominación sea naturalizada. Su poder reside precisamente en que es ‘invisible’. De nuevo, como el agua, se vuelve parte de la realidad y ni nos damos cuenta que está ahí.

Pero la violencia simbólica de la que habla Bourdieu no constituye, como a veces se malinterpreta, una dimensión opuesta a la violencia física, ‘real’ y efectiva. Es, en realidad, un componente fundamental para la reproducción de un sistema de dominio donde les dominades no disponen de otro instrumento de conocimiento que aquel que comparten con les dominaderes, tanto para percibir la dominación como para imaginarse a sí mismes. O, mejor dicho, para imaginar la relación que tienen con les dominaderes.

Revertir esto requiere algo así como una ‘subversión simbólica’, que invierta las categorías de percepción y de apreciación de modo tal que les dominades, en lugar de seguir empleando las categorías de les dominaderes, propongan nuevas categorías de percepción y de apreciación para nombrar y clasificar la realidad. Es decir, proponer una nueva representación de la realidad en la cual existir.

Existir a través del lenguaje

Pero la sociología no está sola en esto: desde el palo de la lingüística, en los años ‘50 vio la luz una teoría que proponía que la lengua ‘determinaba’ nuestra manera de entender y construir el mundo o, por lo menor, modelaba nuestros pensamientos y acciones. Era la famosa teoría Sapir-Whorf.

Durante mucho tiempo, la idea de que la lengua que hablamos podía moldear el pensamiento fue considerada en el mejor de los casos incomprobable y, con más frecuencia, sencillamente incorrecta. Pero lo cierto es que la discusión se mantenía principalmente en el plano de la reflexión abstracta y teórica. Con la llegada de nuestro siglo resurgieron las investigaciones acerca de la relatividad lingüística y, de la mano, comenzamos a disponer de evidencias acerca de los efectos de la lengua en el pensamiento. Diferentes investigaciones recolectaron datos alrededor del mundo y encontraron que las personas que hablan diferentes lenguas también piensan de diferente manera, y que incluso las cuestiones gramaticales pueden afectar profundamente cómo vemos el mundo.

Todo muy lindo ¿Y la evidencia?

Para empezar, Daniel Cassasanto y su equipo encontraron evidencia, como resultado de 3 experimentos, de que las metáforas espaciales (las del tipo ‘la espera se hizo muy larga’) en nuestra lengua nativa pueden influenciar profundamente el modo en que representamos mentalmente el tiempo. Y que la lengua puede moldear incluso procesos mentales ‘primitivos’ como la estimación de duraciones breves.

Y no fueron les úniques, otros equipos, como este, este, este, este y este, encontraron que la lengua con la que hablamos tiene mucho que ver con la forma en que pensamos en el espacio, el tiempo y el movimiento. Por otro lado, un estudio de Jonathan Winawer y su equipo aporta que las diferencias lingüísticas también provocan diferencias al momento de distinguir colores: es más fácil para une hablante distinguir un color (de otro) cuando existe una palabra en su idioma para nombrar ese color que cuando no existe esa palabra. Quien quiera celeste, que lo pronuncie.

Arriba se ven los 20 tonos de azul utilizados en el estudio sobre la capacidad de distinguir colores según la lengua hablada por los participantes. Abajo de la paleta completa vemos un ejemplo de la imagen del ejercicio: los sujetos debían distinguir cuál de los dos cuadrados de abajo era idéntico al de arriba. A partir de Winawer.

Pero ¿no estábamos hablando de género? Sí, sí, a eso vamos:

Se supone que el género de una palabra (masculino/femenino) no siempre diferencia sexo. Lo hace en algunos sustantivos como señor y señora, perro y perra, carpintero y carpintera, que remiten siempre a seres animados y sexuados. Pero, en general, el género en la mayoría de las palabras no es algo que se agrega al significado, es inherente a la palabra misma y sirve para diferenciar otras cosas: diferencia tamaño en cuchillo y cuchilla, diferencia la planta del fruto en manzano y manzana, diferencia al individual del plural en leño y leña. En ese caso, se las considera palabras diferentes y no variaciones de una misma palabra. Otras veces, ni siquiera sirve para diferenciar nada porque muchas palabras tienen su forma en femenino y no existen en masculino, y viceversa. En esos casos, el género sólo sirve para saber cómo usar las otras palabras que rodean y complementan a esa palabra. Por ejemplo ‘teléfono’ existe sólo en masculino. No es posible decir ‘teléfona’, y sin embargo necesitamos ese masculino para saber decir que el teléfono es ‘rojo’ y no ‘roja’.

O sea que el género funciona de muchas formas en castellano y no solamente como un binomio para decidir si las cosas son de nene o de nena. Pero lo que vuelve verdaderamente interesante el asunto, por muy gramátiques que queramos ponernos en el análisis, es que el género del castellano tiene siempre una carga sexuada, aunque remita a simples objetos. ¡No puede ser! ¿Puede ser?

Sí, puede ser

Webb Phillips y Lera Boroditsky se preguntaban si la existencia de género gramatical para los objetos, presente en idiomas como el nuestro pero no en el inglés, tenía algún efecto en la percepción de esos objetos, como si realmente tuviesen un género sexuado. Para resolverlo, diseñaron algunos experimentos con hablantes de castellano y alemán, dos lenguas que atribuyen género gramatical a los objetos, pero no siempre el mismo (o sea que el nombre de algunos objetos que son femeninos en un idioma, son masculinos en el otro). Los resultados de 5 experimentos distintos mostraron que las diferencias gramaticales pueden producir diferencias en el pensamiento.

En uno de esos experimentos buscaron poner a prueba en qué medida el hecho de que el nombre de un objeto tuviese género femenino o masculino llevaba a les hablantes a pensar en el objeto mismo como más ‘femenino’ o ‘masculino’. Para ello les pidieron a les participantes que calificaran la similitud de ciertos objetos y animales con humanes varones y mujeres. Se eligieron siempre objetos y animales que tuvieran géneros opuestos en ambos idiomas y las pruebas fueron realizadas en inglés (un idioma con género neutro para designar objetos y animales) a fin de no sesgar el resultado. Les participantes encontraron más similitudes entre personas y objetos/animales del mismo género que entre personas y objetos/animales de género distinto en su idioma nativo.

En otro estudio de Lera Boroditsky se hizo una lista de 24 sustantivos con género inverso en castellano y alemán, que en cada idioma eran la mitad femeninos y la mitad masculinos. Se les mostraron los sustantivos, escritos en inglés, a hablantes natives de castellano y alemán, y se les preguntó sobre los primeros tres adjetivos que se les venían a la mente. Las descripciones resultaron estar bastante vinculadas con ideas asociadas al género. Por ejemplo, la palabra llave es masculina en alemán. Les hablantes de ese idioma describieron en promedio las llaves como duras, pesadas, metalizadas, útiles. En cambio, les hablantes de castellano las describieron como doradas, pequeñas, adorables, brillantes y diminutas. A la inversa, la palabra puente es femenina en alemán y les hablantes de ese idioma describieron los puentes como hermosos, elegantes, frágiles, bonitos, tranquilos, esbeltos. Les hablantes de castellano dijeron que eran grandes, peligrosos, fuertes, resistentes, imponentes y largos.

También los resultados de María Sera y su equipo encontraron que el género gramatical de los objetos inanimados afecta las propiedades que les hablantes asocian con esos objetos. Experimentaron con hablantes de castellano y francés, dos lenguas que, aunque usualmente coinciden en el género asignado a los sustantivos, en algunos casos no lo hacen. Por ejemplo, en las palabras tenedor, auto, cama, nube o mariposa. Se les mostró a les participantes imágenes de estos objetos y se les pidió que escogieran la voz apropiada para que cobrara vida en una película, dándoles a elegir voces masculinas y femeninas para cada uno. Los experimentos mostraban que la voz elegida coincidía con el género gramatical de la palabra con la que se designa a ese objeto en el idioma hablado por le participante.

Como si todo esto fuera poco, Edward Segel y Lera Boroditsky también señalan que puede verificarse la influencia del género gramatical en la representación de ideas abstractas analizando ejemplos de personificación en el arte, en la que se da forma humana a entidades abstractas como la Muerte, la Victoria, el Pecado o el Tiempo. Analizando cientos de obras de arte de Italia, Francia, Alemania y España, encontraron que en casi el 80% de esas personificaciones, la elección de una figura masculina o femenina puede predecirse por el género gramatical de la palabra en la lengua nativa de le artista.

Cuando la idea abstracta personificada tenía género gramatical femenino en la lengua de le artista, fue personificado como mujer en 454 casos de un total de 528. Es decir, se produjo congruencia del género gramatical con el de la personificación en el 85% de las obras. Cuando tenía género gramatical masculino, fue personificado como varón en 143 casos de 237 (60%).

Blancanieves y los siete mineros estereotípicamente masculinos

Hasta acá todo bien: hay una relación entre pensamiento y lengua, hay una vinculación entre género y sexo en la mente de les hablantes y hay evidencia al respecto. Pero puntualmente, ¿puede la lengua tener un efecto sobre la reproducción de estereotipos sexistas y relaciones de género androcéntricas (es decir, centradas en lo masculino)?

Bueno, sí. Por ejemplo, Danielle Gaucher y Justin Friesen se preguntaron si la lengua cumple algún rol en la perpetuación de estereotipos que reproducen la división sexual del trabajo. Para responderse, analizaron el efecto del vocabulario ‘generizado’ empleado en materiales de reclutamiento laboral. Encontraron que los avisos utilizaban una fraseología masculina (incluyendo palabras asociadas con estereotipos masculinos, tales como líder, competitivo y dominante) en mayor medida cuando referían a ocupaciones tradicionalmente dominadas por hombres antes que en áreas dominadas por mujeres. A la vez, el vocabulario asociado al estereotipo de lo ‘femenino’ (como apoyo y comprensión) surgía en medidas similares de la redacción tanto de anuncios para ocupaciones dominadas por mujeres como para las dominadas por varones.

Los anuncios laborales para ocupaciones dominadas por varones contenían más palabras estereotipadamente masculinas que los anuncios para ocupaciones dominadas por mujeres. En cambio, no había diferencia en la presencia de palabras estereotipadamente femeninas en ambos tipos de ocupaciones.

Por otro lado encontraron que, cuando los anuncios incluían más términos masculinos que femeninos, les participantes tendían a percibir más hombres dentro de esas ocupaciones que si se usaba un vocabulario menos sesgado, independientemente del género de le participante o de si esa ocupación era tradicionalmente dominada por varones o por mujeres. Además, cuando esto ocurría, las mujeres encontraban esos trabajos menos atractivos y se interesaban menos en postularse para ellos.

El equipo de Dies Verveken realizó tres experimentos con 809 estudiantes de escuela primaria (de entre 6 y 12 años) en entornos de habla de alemán y holandés. Indagaban si las percepciones de les niñes, sobre trabajos estereotípicamente masculinos, pueden verse influidas por la forma lingüística utilizada para nombrar la ocupación. En algunas aulas presentaban las profesiones en forma de pareja (es decir, con nombre femenino y masculino: ingenieros/ingenieras, biólogos/biólogas, abogados/abogadas, etc.), en otras en forma genérica masculina (ingenieros, biólogos, abogados, etc.). Las ocupaciones presentadas eran en algunos casos estereotipadamente ‘masculinas’ o ‘femeninas’ y en otros casos neutrales. Los resultados sugirieron que las ocupaciones presentadas en forma de pareja (es decir, con título femenino y masculino) incrementaban el acceso mental a la imagen de mujeres trabajadoras en esas profesiones y fortalecían el interés de las niñas en ocupaciones estereotipadamente masculinas.

Estos son sólo algunos de los muchos estudios realizados. Si algune se quedara con ganas de más, otros estudios (como este, este, este o este) añaden evidencia sobre cómo les niñes interpretan como excluyentes los títulos de oficios o profesiones marcados por género y cómo, en general, el uso de un pronombre masculino para referirse a todes favorece la evocación de imágenes mentales desproporcionadamente masculinas. O incluso, cómo esos genéricos no tan genéricos pueden tener efectos sobre el interés y las preferencias por ciertas profesiones y puestos de trabajo entre las personas del grupo que ‘no es nombrado’, llevando a que puedan autoexcluirse de entornos profesionales importantes.

¿Y entonces qué hacemos?

Es en esta línea que puede comprenderse mejor la relevancia de los esfuerzos del feminismo por introducir usos más inclusivos de la lengua. Muchos se han ensayado, empezando por la barrita para hablar de los/as afectados/as, los/as profesores/as, los/as lectores/as. Pero esta solución tiene algunos problemas. Primero, la lectura se tropieza con esas barritas que saltan a los ojos como alfileres. Por otro lado, supone que la multiplicidad de géneros del ser humano puede reducirse a un sistema binario: o sos varón, o sos mujer.

Otras soluciones fueron incluir la x (todxs) o la arroba (tod@s) en lugar de la vocal que demarca género, pero la arroba era demasiado disruptiva ya que no pertenece al abecedario y además rompe el renglón de una manera distinta al resto de los signos. La x, por otro lado, sigue utilizándose, pero al igual que la arroba, plantea un problema fonético importante ya que nadie sabe muy bien cómo debe pronunciarla. Hay quienes (por ejemplo, la escritora Gabriela Cabezón Cámara) ven en ello una ventaja: lo disruptivo, lo que incomoda, es justamente lo que atrae las miradas sobre el problema de género que ese uso de la lengua busca denunciar, es la huella de una pelea, la marca de una puesta en cuestión.

Hasta ahora, la propuesta que parece tener mejor proyección a futuro para ser incorporada sin pelearse demasiado con el sistema lingüístico es el uso de la e como vocal para señalar género neutro. Como el objetivo es dejar de referirnos a todes con palabras que sólo nombran a algunes, no necesitamos usarla para referirnos a absolutamente todo, es decir: no vamos a empezar a sentarnos en silles ni a tomarnos le colective cada mañane. Pero si estamos hablando de personas (u otres seres animades a les que les percibimos una identidad de género), nos habilita una posibilidad para hablar de manera verdaderamente inclusiva. De todos modos, esta tampoco es una solución libre de problemas: implica entre otras cosas la creación de un pronombre neutro (‘elle’) y de un determinante (‘une’). Pero excepciones más raras se han hecho y aquí estamos todavía, comiendo almóndigas entre los murciégalos.

Algunas voces que patalean indignadas contra estas iniciativas señalan que esas propuestas ‘destruyen el lenguaje’. Y no falta la apelación a la autoridad: es incorrecto porque lo dice la Real Academia Española. Pero, como le lecter ya sabe, lo que diga la Real Academia Española sobre este tema nos tiene sin cuidado. Con todo respeto. Muy lindo el diccionario.

Otra de las fuertísimas resistencias a este tipo de propuestas es la de quienes sencillamente niegan que exista algún tipo de relación entre la lengua y los mayores o menores niveles de equidad de género. Aunque recién comentamos evidencias empíricas que sugieren que esa relación sí existe, se suele hacer referencia a la cuestión, también empírica, de que en aquellas regiones en las que se hablan lenguas menos sexuadas, por ejemplo con un genérico verdaderamente neutral, a menudo se verifica mayor inequidad de género que en otros países.

Un aporte interesante en esa línea es el trabajo de Mo’ámmer Al-Muhayir, que compara el árabe clásico, islandés y japonés, y muestra que el sexismo de la lengua no parece correlacionar con la inequidad de género. El árabe clásico utiliza el género femenino para los sustantivos en plural, sin importar el género de ese mismo sustantivo en singular. Y sin embargo, se trata de una de las lenguas más conservadoras del planeta, y en más de una de las sociedades en las que se habla (como Arabia Saudí o Marruecos), difícilmente podamos decir que hay igualdad de derechos entre hombres y mujeres. El islandés, por otra parte, es uno de los idiomas que menos cambios han sufrido a lo largo de los siglos, manteniéndose casi intacto debido a políticas de lenguaje sumamente conservadoras (no adquieren términos extranjeros sin antes traducirlos de alguna manera con raíces de palabras islandesas), y corresponde a una de las sociedades más avanzadas en cuanto al lugar que ocupa la mujer. Y el japonés directamente no tiene género gramatical, pero esta maravilla de la gramática inclusiva tiene lugar en el seno de una de las sociedades más estereotípicamente machistas que conocemos.

A partir de imagen de The economist, the glass ceiling index (o sea, el índice de techo de cristal, que mide equidad de género en el mercado de trabajo).

Sin embargo, la investigación empírica aporta indicios de que los sustantivos ‘neutrales’ y los pronombres de lenguas sin división gramatical genérica pueden tener de todas formas un sesgo masculino encubierto. Así, aunque eviten el problema de una terminología masculina genérica, incluso los términos neutrales pueden transmitir un sesgo masculino. Esto supone, además, la desventaja de que ese sesgo no podría ser contrarrestado añadiendo deliberadamente pronombres femeninos o terminaciones femeninas, porque en esas lenguas esa forma simplemente no existe. Se dificultan entonces las iniciativas de ‘subversión simbólica’ de las que habla Bourdieu. Eso concluye, por ejemplo, el trabajo de Mila Engelberg a partir del análisis del finlandés, una lengua que incluye términos aparentemente neutros en cuanto al género pero que, en los hechos, connotan un sesgo masculino. Y al no poseer género gramatical, no existe la posibilidad de emplear pronombres o sustantivos femeninos para enfatizar la presencia de mujeres. La autora señala que esto podría implicar que el androcentrismo en lenguas sin género puede incluso aumentar la invisibilidad léxica, semántica y conceptual de las mujeres. Algo muy similar encuentra Friederike Braun en su estudio con la lengua turca, cuya falta de género gramatical no evita que les hablantes de turco comuniquen mensajes con sesgos de género.

Un hit argentino

Por muchas guías que se hayan publicado para el uso no sexista del lenguaje, al menos cuando se trata de la lengua castellana, la cuestión no está en absoluto resuelta. Desde lingüistas hasta ciudadanes de a pie, las resistencias son diversas. Que si duele en los ojos, si entorpece el habla, si es ‘correcto’, si conduce a abandonar la lectura del texto y el infaltable ‘es irrelevante’. Que la verdadera lucha debería centrarse en transformar ‘el mundo real’. Que la lengua sólo refleja relaciones que son ‘extralingüísticas’. Que modificar la lengua ‘por la fuerza’ sólo es una cuestión de ‘corrección política’ que desvía la atención del problema central y hasta lo enmascara. Pero les lecteres que hayan llegado a este punto habrán atravesado media nota escrita de forma tradicional y media nota escrita con lenguaje inclusivo, de modo que además de toda la evidencia expuesta sobre la relación entre lengua y pensamiento, podrán evaluar también cuán traumática ha sido (o no) la experiencia, y preguntarse dónde ancla verdaderamente el origen de esa resistencia, de esa desesperación por preservar intacta la lengua.

Mientras tanto, la disputa por el lenguaje continúa. Y de todas las formas que puede tomar este problema, acaso la más emblemática sea el uso de falsos genéricos, es decir, términos exclusivamente masculinos o femeninos, utilizados genéricamente para representar tanto a hombres como a mujeres, como cuando decimos ‘los científicos’: técnicamente podríamos estar refiriéndonos a científiques (varones, mujeres, etc.), aunque también diríamos ‘los científicos’ si quisiéramos referirnos sólo a los que son varones. En cambio, sólo usaríamos ‘las científicas’ para hablar de las que son mujeres.

Marlis Hellinger y Hadumod Bußmann explican que la mayoría de los falsos genéricos son masculinos y que los únicos idiomas conocidos en los que el genérico es femenino están en algunas lenguas iroquesas (Seneca y Oneida), así como algunas lenguas aborígenes australianas. En castellano, incluso los sustantivos comunes en cuanto al género, como ‘artista’ o ‘turista’, que se mantienen invariables sin importar si se refieren a un varón o una mujer, acaban señalando el género de lo que nombran a partir de las otras palabras que los complementan (adjetivos, artículos, etc.). Entonces, de nuevo, para referirnos a grupos mixtos, recurrimos al género que los nombra sólo a ellos. Tal vez los únicos genéricos genuinos que tenemos sean los llamados sustantivos epicenos como, por ejemplo, ‘persona’ o ‘individuo’, que no sólo van a mantenerse invariables (no hay ni persono ni individua) sino que ni siquiera tienen la posibilidad de marcar el género en el adjetivo (porque aunque una persona sea varón, nunca será ‘persona cuidadoso’, ni la mujer será ‘individuo cuidadosa’).

Pero un poco como lo que comentábamos arriba, un genérico con sesgo machista puede suponer un problema incluso más difícil de visibilizar y ‘subvertir’. Un hit argentino en este sentido es el debate por la palabra presidente:

Una nota de Patricia Kolesnikov recupera un breve diálogo en una mesa, en la cual un señor explicaba por qué está mal decir presidenta. Las razones gramaticales del señor eran inapelables: Presidente es como cantante. Aunque parece un sustantivo es otro tipo de palabra, un participio presente, o lo que quedó de los participios presentes del latín. Una palabra que señala a quien hace la acción: quien preside, quien canta. Justamente, no tiene género. ¿Vas a decir la cantanta?” Kolesnikov cuenta que hubo un momento de duda en la mesa, hasta que la escritora Claudia Piñeiro, con sabiduría de pez que conoce el agua, respondió: “¿Y sirvienta tampoco decís? ¿O presidenta no pero sirvienta sí?”

Anécdotas como esta nos recuerdan que la lengua es maleable y que apoyar o rechazar un uso disruptivo, que tiene por objeto reclamar derechos larga e injustamente negados, es una decisión política, no lingüística. Que si se busca un mundo más igualitario, la lengua no es una clave mágica para conseguirlo, pero tampoco se lo puede negar como espacio de disputa. Y que mientras las estadísticas de femicidios crecen y el sueldo promedio de las trabajadoras permanece por debajo del de ellos, conviene no indignarse si alguien mancilla un poquitito las blancas paredes del lenguaje.

Alonso Maturana, el filósofo que revolucionó la web del Museo del Prado

Fuente original: Alonso Maturana, el filósofo que revolucionó la web del Museo del Prado

26/11/2018

Carlos Barrio

Empresario y filósofo, Ricardo Alonso Maturana es el promotor y director de Gnoss, una empresa que pretende integrar inteligencia humana y tecnológica en un nuevo programa de inteligencia artificial. Entre sus clientes figura el bicentenario Museo del Prado.
Desde Logroño, donde tienen la sede, han creado una plataforma de desarrollo para construir y explotar grafos de conocimiento –nodos de millones de datos entrelazados-. Y también servicios asociados de procesamiento y comprensión del lenguaje natural que sirven de apoyo a decenas de empresas.
Baste el ejemplo de cómo han desarrollado el motor tecnológico que hay detrás de la web del Prado, un proyecto del Área de Desarrollo Digital del Museo, para entender el potencial de futuro que tienen los grafos de conocimiento, que en su presentación para las personas adoptan la forma de web semántica o web de datos enlazados.

Los grafos de conocimiento son la “mente” de nuestros sistemas.

Tim Berners-Lee, el padre de internet, ya acuñó el término web semántica en 2001. Gnoss es el mayor promotor de este tipo de red en España. ¿Cómo ha cambiado el concepto en estos años?
Tim Berners-Lee la definió como una extensión de la web que proporcionaba una solución a limitaciones relativas al formato, integración y recuperación de la información. Las tecnologías semánticas son en la actualidad un componente clave del programa de inteligencia artificial. Hoy en día, la web semántica, que es la que ofrece Google, es una reformulación de la “www” en forma de grafo de conocimiento, que es la condición para desarrollar explotaciones inteligentes de la misma. La idea esencial es que las tecnologías semánticas y de representación del conocimiento son ya, pero lo serán aún más, el intérprete de la inteligencia artificial.
– ¿Algo así como el nexo necesario entre el hombre y la máquina?
Para nosotros es evidente que una persona es Juan o Luisa. A partir de ahí atribuimos a cada cual lo que le corresponda. Por ejemplo, que Juan trabaja en el Ministerio de Educación o que Luisa es más alta que Juan. La condición para construir inteligencia artificial es que nuestros sistemas sean capaces de reconocer esas mismas entidades y relacionarlas. Con la clase de cálculo adecuada, en este caso la llamada lógica de predicados de primer orden, los ordenadores son capaces de enlazar cualquier entidad con una enorme cantidad de entidades y de descubrir relaciones que para nosotros hubieran sido imposibles de descubrir. Un grafo de conocimiento se puede definir como ese artefacto que condensa entidades y relaciones. Metafóricamente hablando, podríamos considerarlo como la “mente” de nuestros sistemas.

“Queremos que cada cual construya su propio Prado”

– ¿Cómo ha aplicado estos avances en la nueva web del Museo del Prado?
En el proyecto del Prado construimos un grafo de conocimiento capaz de enlazar el conjunto de informaciones que produce el museo: autores, obras, entradas de la enciclopedia, exposiciones… El objetivo era hacer que la web del museo funcionara como un espacio de conversación y no de simple publicación. Queríamos que cada cual pudiera construir su propio Prado, ya sea este el de las ninfas, las rosas antiguas, los instrumentos musicales, la caza o el retrato real ecuestre. El Prado puede responder a quien pregunte por “cuadros de la escuela española del siglo XVII que contienen dragones”, y a cualquier otra por el estilo que quepa imaginar.
– ¿Se puede entender como una web que se retroalimenta?
El proyecto ha integrado en un grafo interrogable al conjunto de los activos de conocimiento de la institución. Ahora, cualquier contenido que genera el Prado se incorpora al grafo, ampliándolo y enriqueciéndolo. Cuando el proyecto fue lanzado en diciembre de 2015, se pusieron a disposición del público 10.000 obras. Hoy pueden visitarse más de 16.000. El objetivo es que estén en la web las más de 27.000 que componen la colección, enlazadas entre sí, pero en el futuro también con información proveniente de terceras fuentes.

“Un nuevo modelo de museografía digital”

– ¿Vamos hacia una nueva manera de entender los museos?
En el Prado, ahora podemos buscar por autores, temas, técnicas, épocas, elementos que forman parte de las obras… y también por cualquier combinación de cualquiera de esas cosas a la vez. La idea era hacer accesible todo el contenido del museo a todo el mundo de un modo sencillo y adecuado a los intereses del usuario. Creemos que el proyecto ha supuesto un nuevo modelo de museografía digital, consiguiendo trasladar y extender a la web el conocimiento acumulado por el museo en sus 200 años de vida. Aparte de la gran aceptación del público, la web del Prado obtuvo dos premios Webby, algo así como los Óscar de internet, en 2016. Un gran logro que a nosotros, como parte del proyecto, nos llena de satisfacción.
– ¿Qué otros museos en el mundo están en la vanguardia en lo que a innovación tecnológica se refiere?
Hay algunos museos que están representando semánticamente sus datos, pero no los están utilizando, como el Prado, para construir la experiencia del museo en la red. Esto marca una gran diferencia. El British Museum o el Smithsonian están trabajando en la representación semántica de sus contenidos. Para nosotros, el proyecto del Rijks Museum supuso una enorme inspiración y también el trabajo de instituciones como la Getty Foundation.

“El Prado digital es pura actualidad”

– ¿Sale muy cara la transición tecnológica-digital en el campo de la cultura?
La cultura busca, por defecto, trascender, especialmente en el tiempo. Así que los proyectos tecnológicos a largo plazo deberían ser algo inherente a la divulgación cultural. Cuando presentamos el proyecto del Prado, dijimos que su ejecución tenía que ver con la actualidad del museo, si entendemos como actual lo que permanece. Todas las instituciones de la memoria luchan por permanecer y, en este sentido, El Prado en la Web, ese Prado digital ubicuo y abierto las 24 horas, representa uno de los modos de la actualidad del Prado. Visto así, el coste es relativo, tirando a bajo, ya que utilizando la tecnología de un modo adecuado los beneficios a medio y largo plazo para todos superan siempre con creces cualquier tipo de inversión.

“No creo que el rencoroso HAL llegue a existir”

– ¿Qué peligros puede acarrear dotar de tanta capacidad a la inteligencia artificial?
Puede que sintamos que estamos abriendo la caja de Pandora, pero lo fundamental es que seamos capaces de pensar bien colectivamente y de utilizar la inteligencia artificial de un modo adecuado. No olvidemos que son las personas las que dotan de intención al uso de la tecnología. No existe HAL, el rencoroso ordenador de “2001, una odisea en el espacio”, ni probablemente vaya a existir con ese grado de autonomía e intencionalidad. Pero si disponemos de información de calidad y de las intenciones adecuadas, podremos tomar mejores decisiones y, en consecuencia, podremos dedicarnos a lo realmente relevante para las personas, que son las relaciones con otras personas, de un modo más útil y efectivo.

“Hay una fiebre del dato como hubo la fiebre del oro”

– ¿Se acerca la web semántica a ciertos postulados ya intuidos por Borges?
Borges tiene un cuento que lo expresa muy bien: “Del rigor en la Ciencia”. Cuenta la historia de la evolución de la cartografía en un cierto imperio, donde el empeño de los cartógrafos era hacer mapas cada vez más minuciosos y precisos. Con el tiempo, los mapas ocupaban cada vez más espacio hasta el punto de que, finalmente, los cartógrafos “levantaron un Mapa del Imperio que tenía el tamaño del Imperio”. Es un cuento tan corto, 10 líneas, que da miedo. Pero es una excelente metáfora del apetito desmesurado por acumular e interpretar datos. Podríamos decir que hay una fiebre del dato, como la hubo del oro en otras épocas.
– ¿Tantos datos acumulados no terminarán conformando la borgiana Biblioteca de Babel?
Me inclino más por “Funes el memorioso”. Funes dispone de una memoria tan precisa que recordar una hora le lleva una hora. La historia es la misma y supongo que nos dice algo sobre el hecho esencial de que ninguna representación, por muy minuciosa y precisa que sea, puede suplantar a la realidad. Nuestro programa de inteligencia artificial tiene una especie de límite gödeliano, un límite que podemos intuir, pero no demostrar: y es que la espontaneidad y vastedad de la realidad no podrá ser reducida a datos, por mucha capacidad de la que dispongamos. El “factor humano” seguirá siendo la clave a pesar de todo.

“Se están dando movimientos profundos en la tecnología”

– Pero ese “factor humano” no puede ya con la ingente cantidad de datos que se manejan. ¿La idea es que gracias a los datos entrelazados, el expurgo inteligente de la información lo realicen las máquinas?
Esa es la idea. Primero hay que entender cómo hemos ido generando información y datos, en cantidades que se incrementan exponencialmente. La mayor parte de esa información está distribuida en sistemas heterogéneos, pero contienen las mismas entidades, se refieren a las mismas personas, lugares, organizaciones, etc. Es importante darse cuenta de que existe algo así como una tectónica de la tecnología, un conjunto de movimientos muy profundos que, por decirlo de algún modo, van hacia alguna parte.
– ¿Y hacia dónde tienden estos movimientos profundos?
Ahora mismo, a integrar información distribuida y heterogénea y hacerla fácilmente interrogable. Vamos hacia un nuevo ecosistema digital donde los datos entrelazados son capaces de responder a preguntas cada vez más complejas y sofisticadas. Se trata de un esfuerzo enorme, tanto en términos de representación del conocimiento como de cálculo. A ese movimiento tectónico de la tecnología es a lo que nos referimos ahora cuando hablamos de inteligencia artificial.

“Los datos, además de masivos, han de ser inteligentes”

– ¿Puede la web semántica transformar la inteligencia artificial en inteligencia cognitiva?
La cognición humana es mucho más que representación, patrones y cálculo. Sin embargo, es cierto que el corazón de cualquier proyecto inteligente ha de disponer de un núcleo semántico que permita una comunicación e interacción sencilla, “humana”, entre las máquinas y las personas.
– Es decir, ¿una inteligencia no tan artificial?
Hemos descrito Gnoss como una plataforma cognitiva porque emula una serie de funciones cognitivas, como la memoria, el lenguaje o el razonamiento, que son las que están haciendo posible el renovado programa de inteligencia artificial. A eso es a lo que nos dedicamos en Gnoss. Se habla mucho de que los datos son la gasolina de la nueva economía, por eso consideramos que es tan importante hacerlos inteligentes. A la idea de datos masivos -big data-, nosotros añadimos la condición de que sean “inteligentes”, de que cada dato sepa qué es y representa, de que incorpore una interpretación básica de sí mismo: smart data.