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Los cercos del algoritmo | Medios y comunicación | Página12

Fuente original: Los cercos del algoritmo | Medios y comunicación | Página12

Como siempre, recomiendo visitar el sitio del artículo original, para obtener mayor información del tema y, en este caso, para conocer el enorme trabajo periodístico de este medio independiente argentino.

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Roberto Samar y Javier Cantarini explican cómo Facebook y Google segmentan las opiniones que se ven en los muros y en las búsquedas de acuerdo con la ideología del titular de las cuentas. Los riesgos de un mundo de guetos.

Hace tiempo que en tu cuenta de Facebook no aparece ninguna publicación de contactos con los que supiste compartir algún tramo de tu vida. Entonces lo buscas por su nombre y te das cuenta que sus publicaciones distan mucho de tus ideas y gustos. Un fuerte impulso por ver que apoya todas las expresiones que de alguna manera crees que son perjudiciales para la sociedad te hace dar gracias a la red social más consumida en Argentina por haberlo ocultado.

Pero si hacemos el ejercicio de ver más allá de nuestras narices y gustos podemos darnos cuenta que nos vamos construyendo un cerco social y comunicacional. O que, en verdad, nos construye el algoritmo que usa Facebook de acuerdo a nuestros clics.

Un cerco que también se fortalece con los servicios de noticias a los que estamos suscriptos que dirigen la información de acuerdos a nuestras preferencias. Si simpatizas con Cambiemos te llegará una catarata de noticias vinculadas al discurso de la mano dura o de estigmatización de la pobreza, pero seguramente no te enteres del aumento de la violencia institucional que denuncia la Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional.

Una situación similar se da en la industria del entretenimiento como Netflix que te satura con un contenido siempre idéntico, dificultando que puedas encontrar títulos alternativos que pueden poner en tensión tu mirada motivando así el ejercicio del pensamiento crítico. O el buscador de internet más utilizado, Google, que desde 2009 arroja distintos resultados a pesar que las personas busquen la misma palabra.

El integrante de MoveOn, Eli Pariser, ejemplifica en su texto el Filtro Burbuja que, con la personalización de Google, “la consulta ‘células madre’ puede producir resultados diametralmente opuestos en el caso de que los usuarios sean científicos que apoyen la investigación o activistas que se opongan. En otras palabras, ya no existe un Google estándar”.

En los consumos culturales y de noticias, siempre existió lo que se denominó una “exposición selectiva”. Es decir, que tendemos a exponernos a contenidos que nos son afines. La particularidad del momento actual, es que los discursos y contenidos que no coinciden con nuestros puntos de vista se nos vuelven invisibles por los filtros que producen las nuevas tecnologías.

Pariser afirma que “la nueva generación de filtros de internet observa las cosas que parecen gustarte”. Y que de esta manera “tu pantalla de ordenador es cada vez más una especie de espejo unidireccional que refleja tus propios intereses, mientras los analistas de los algoritmos observan todo lo que clicas”. En un mundo globalizado y en el que internet y las redes sociales se presentaron como la democratización de la información a gran escala ¿Qué sentido tiene que los mismos contenidos circulen entre las mismas personas?

“La era de una conexión cívica con la que tanto soñaba no ha llegado. La democracia precisa de ciudadanos que vean las cosas desde el punto de vista de otros, pero en vez de eso cada vez estamos más encerrados en nuestras burbujas”, sintetiza Parisir.

Todo hace pensar que estas nuevas estructuras comunicacionales podrían profundizar las grietas ideológicas. Ahora, el desafío que se nos presenta es construir puentes, espacios de diálogo que tal vez incomoden, pero que sí puedan poner en tensión esas burbujas, especialmente a las que sostienen y alimentan discursos anti-políticos, machistas, xenófobos y estigmatizantes que nos retrotraen a los momentos más oscuros y tristes de nuestra historia.

Roberto Samar es especialista en Comunicación y culturas UNCO. Docente de la UNRN

Javier Cantarini es Periodista. Integrante de la RED PAR. Diplomado en Comunicación con Perspectiva de Género y Derechos Humanos.

Desmontando mitos sobre niños criados por padres del mismo género.

Fuente original: https://www.facebook.com/zzzbuffyzzz/posts/1728774213892942

21/11/2018

Ante frases como “Estudios psicológicos comprueban que lo normal en la formación de una persona es la imagen de un PADRE (masculinidad) y una MADRE (femineidad).”, se presentan las siguientes pruebas refutando:

“…la orientación sexual tiene poca o nula importancia predictiva en los problemas de desarrollo de los niños…”
https://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/10888691.2012.667344?fbclid=IwAR1M21NBefG4GnIj7nsmuXHqpjScjnKzWMOfYW0s9zbm-xe6P8XWT2C21P4&#.Ut_o7KGCE8o

“… los niños y adolescentes que crecen con padres gays/lesbianas les va tan bien en el funcionamiento emocional, cognitivo, social y sexual, que los niños cuyos padres son heterosexuales. (…) no hay diferencias en los resultados de desarrollo entre los niños criados por lesbianas u hombres gays y los criados por padres heterosexuales…”
https://www.jstor.org/stable/2657413

“…los niños criados por madres heterosexuales solas o madres lesbianas desde la infancia siguen funcionando bien al entrar en la edad adulta…”
http://humrep.oxfordjournals.org/content/25/1/150.abstract?fbclid=IwAR29TRC7TB1DET7znAn-rZaAtyAlZupAwl0zuP_mw7AT1EIXrW_MI8blEPs

“…no hay evidencia de que la orientación sexual de la madre influye en la interacción padre-hijo o el desarrollo socioemocional del niño…”
https://onlinelibrary.wiley.com/doi/abs/10.1111/j.1469-7610.2004.00324.x?fbclid=IwAR1igGEORYy_khybBJ0vB7f_xqLGD2Yin7N3XT-SQcj-8WS1T3_be0cUpNA

“…los problemas de los hijos de parejas lesbianas que nacieron por inseminación artificial, tienen que ver con las burlas de sus pares, y no directamente por el estilo de crianza de éstas, situación que de hecho no interfiere en su bienestar psicológico…”
https://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/0264683021000033165?fbclid=IwAR3mtZJjTbRNK531t6VCwlTupMDus8_V29OjLpUc19GJ0R94o3Evinw6UVU#.Ut_qUqGCE8o

“…en más de dos décadas de investigación no se han revelado diferencias importantes en el ajuste y desarrollo de los niños o adolescentes criados por parejas del mismo sexo en comparación con aquellos criados por parejas del otro sexo…”
http://cdp.sagepub.com/content/15/5/241.abstract

Siguiendo con la línea anterior: “… las evaluaciones de las relaciones románticas y el comportamiento sexual de los hijos no se asoció con el tipo de familia (familias compuestas por personas del mismo sexo frente a padres de sexos opuestos)…”
https://onlinelibrary.wiley.com/doi/abs/10.1111/j.1467-8624.2004.00823.x?fbclid=IwAR2r0rrTDTup2C8U8NUkUDfz1pvtecGMMpeaYe8MNsaLabAglSSAFVlaYh8&

“… los niños con madres lesbianas o gays no difieren de los niños con padres heterosexuales sobre los resultados del desarrollo psicosocial…”
https://journals.lww.com/jrnldbp/Abstract/2005/06000/Lesbian_Mothers,_Gay_Fathers,_and_Their_Children_.12.aspx?fbclid=IwAR0xXD2Jr60NkkTX9vuC8cxCTxyxyfrJOAuL4nxKoxcxKz71FdkY0No5lQs

23 estudios empíricos publicados entre 1978 y 2000. ¿Conclusiones?:
“…los niños criados por madres lesbianas o padres homosexuales no difieren sistemáticamente de los otros niños en ninguno de los resultados. Los estudios examinados indican que los niños criados por lesbianas no experimentan efectos adversos en comparación con otros niños. Lo mismo vale para los niños criados por hombres homosexuales…”
http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/12361102?dopt=Abstract

“…los niños que crecen con madres lesbianas les va tan bien en el funcionamiento emocional, cognitivo, social y sexual, al igual que los niños cuyos padres son heterosexuales…”
http://pediatrics.aappublications.org/content/109/2/341?fbclid=IwAR3gwYdWyRck0Vv6fwhfF9C3oIK2IVs-XQBWdznDUNEoEoCZoHUaVBJ-1mA

“…los hijos de parejas del mismo sexo son más propensos a progresar con normalidad en la escuela que los hijos de la mayoría de otras estructuras familiares…”
http://link.springer.com/article/10.1353%2Fdem.0.0112

El fin de la neutralidad – POLITICO Magazine

Fuente original (en inglés): The End of Neutrality – POLITICO Magazine

El terreno intermedio compartido de la sociedad se está convirtiendo rápidamente en un campo de batalla. ¿Qué hará eso a la democracia?

No siempre hablamos de la Corte Suprema en términos ridículamente partidistas. La corte tenía liberales y conservadores, y patrones de votación generales, pero el análisis público de la actividad de la corte normalmente se centraba en el razonamiento legal detrás de las decisiones y los desacuerdos. La gente podría estar en desacuerdo con una decisión u otra, pero la autoridad general del tribunal, enraizada en su papel de árbitro de confianza de reclamos en competencia, gozaba de un respeto básico.

Hoy, en contraste, es común considerar a la corte como poco más que otro cuerpo político. Cada vez más, los votos del Senado por candidatos judiciales, como Brett Kavanaugh, se dividen a lo largo de las líneas del partido, y la gente tiende a suponer que el resultado de un caso dado dependerá de qué bloque de jueces, liberal o conservador, tenga la mayoría. Los jueces, como todos los demás en nuestro mundo tribal, ahora son vistos como vehículos para expresar una preferencia política.

No es solo la Corte Suprema, tampoco. Algo similar está sucediendo en todas nuestras instituciones: los medios de comunicación, las universidades, los think tanks, los servicios de inteligencia y otras oficinas tecnocráticas del gobierno. Una vez respetados como organismos objetivos y neutrales que podrían arbitrar reclamos que surgen de nuestra heterogénea sociedad, se los ve cada vez más como instrumentos de una agenda liberal o conservadora u otra agenda ideológica, si a veces ocultan su partidismo detrás de una apariencia de desinterés. La idea misma de neutralidad de los valores que cobró importancia después de la Segunda Guerra Mundial, la idea de que los individuos o las instituciones pueden arbitrar bastante entre los valores en competencia en una sociedad pluralista, ha atravesado tiempos difíciles, lo que nos deja inseguros de a dónde acudir para obtener una explicación confiable de el mundo.

Es fácil culpar a Donald Trump por este cambio, con su mendacidad casual y desprecio por las convenciones.. Tiene instituciones caballerosamente destrozadas que no le gustan, desde CNN hasta el Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito a las agencias de inteligencia, como herramientas de la oposición, alentando a sus seguidores a rechazar sus pretensiones de imparcialidad. Pero Trump no es la raíz de este problema tanto como una flor venenosa. El cinismo que explota y profundiza ha hecho metástasis durante décadas. Ahora ha llegado a la etapa 4.

Ya podemos ver las implicaciones: una política disfuncional de Washington, un discurso público estridente lleno de acusaciones de mala fe, teorías de conspiración que brotan como sapos, una hostilidad marcada hacia las universidades. La incapacidad de reunir un consenso nacional incluso sobre hechos básicos, como los esfuerzos rusos para interrumpir nuestras elecciones, nos ha impedido tomar medidas para asegurar nuestra democracia y ha dejado a muchos temerosos de la solidez de nuestro sistema. Si no confiamos en el gobierno y en otros organismos neutrales para proporcionar información confiable y para juzgar de manera justa entre los puntos de vista, corremos el riesgo de perder una de las virtudes más importantes de nuestra democracia: la capacidad de sostener nuestros debates de forma libre y contenciosa, sabiendo que, en última instancia, la mayoría de nosotros aceptará las resoluciones como legítimas Sin tal aceptación, el autogobierno se convierte en un juicio sin un juez, un combate de boxeo sin un árbitro. ¿Que pasó?

***

La importancia que damos a la neutralidad en nuestras instituciones es en realidad algo nueva. Surgió de lo que el historiador intelectual Edward Purcell, en el título de un libro influyente de 1973, llamó la “crisis de la teoría democrática”, que afectó a la cultura intelectual estadounidense en los años veinte y treinta. En esa era, la depresión mundial y una reacción violenta contra el idealismo de la Primera Guerra Mundial socavaron los motivos para creer que la democracia era necesariamente la mejor forma de gobierno. Debido a que los filósofos y los científicos sociales habían llegado a abrazar el empirismo sobre el racionalismo, argumentando que nuestro conocimiento provenía de la experiencia, no de la razón, muchos intelectuales habían perdido su confianza en los principios filosóficos más antiguos que antes parecían absolutos. Una perspectiva relativista se filtró en la cultura estadounidense, incluso afectando la forma en que la gente pensaba sobre la democracia.

Pero en el crisol de la Segunda Guerra Mundial y la lucha contra el totalitarismo, mostró Purcell, surgió una defensa revisada de la democracia. En lugar del cinismo de moda de los años veinte y treinta, surgió la idea de que la democracia era superior como sistema de gobierno precisamente porque no era absoluta. Permitió que múltiples puntos de vista coexistieran y compitieran, y fue capaz de revisión. Aunque este argumento tuvo lugar en un nivel enrarecido, entre eruditos e intelectuales, sus ideas se deslizaron en el pensamiento popular.

La nueva comprensión de la democracia como experimental, como la ciencia, significaba que el gobierno se veía mejor como un administrador neutral de intereses en competencia, no un instrumento para imponer una ideología. Un conjunto de ideas podría prevalecer en una elección dada, pero la victoria era provisional. La democracia, uno podría decir, era un verbo; Su valor consistió en continuar su promulgación. “Los totalitarios consideran la tolerancia del conflicto como nuestra debilidad central”, escribió Arthur Schlesinger Jr. en 1949. “Pero sabemos que es básicamente nuestra fuerza central”.

Las instituciones que promueven y diseminan el conocimiento se apoyan en supuestos similares. A fines del siglo XIX, surgieron las grandes universidades de investigación de Estados Unidos, y las ciencias sociales florecieron al afirmar que pusieron el conocimiento sobre una base más científica y empírica. De manera similar, ya en la década de 1890, el periodismo de los periódicos había llegado a valorar la información objetiva sobre la editorialización; en la década de 1920, la objetividad y el compromiso con los hechos se entendieron como formas útiles para evitar los escollos de lo subjetivo. En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, estas tendencias se asentaron en principios rectores. Estas instituciones promovieron la indagación, la equidad, la apertura y la competencia de ideas.

Las décadas de la posguerra apenas estuvieron libres de disturbios, desde el macartismo hasta las luchas por la igualdad racial. Pero con la extrema derecha y la extrema izquierda en retirada, el presidente John F. Kennedy pudo proclamar, como lo hizo en 1962, que “los asuntos internos centrales de nuestro tiempo … se relacionan no con choques básicos de filosofía o ideología sino con medios y formas de alcanzar objetivos comunes: investigar soluciones sofisticadas para problemas complejos y obstinados ”. La prosperidad ampliamente compartida y un fuerte consenso social que respaldan un estado liberal de bienestar y una política exterior internacionalista ayudaron a los estadounidenses a confiar en su sistema político.

A finales de la década de 1960, sin embargo, el consenso que había prevalecido se estaba desmoronando. Tanto la izquierda como la derecha hicieron la guerra a la autoridad establecida. Desde ambos lados, uno escuchó la misma acusación: que la aparente neutralidad del gobierno y otras instituciones públicas enmascaraba una ideología, una que era agresivamente liberal (según la derecha) o ansiosamente conservadora (según la izquierda).

La experiencia profesional quedó bajo fuego. Como escribió Michael Schudson en el libro Discovering the News : “Los críticos afirmaron que la planificación urbana creó barrios marginales, que las escuelas hicieron a la gente estúpida, que la medicina causó enfermedades, que la psiquiatría inventó las enfermedades mentales y que los tribunales promovieron la injusticia”. no como un ideal inalcanzable, como lo había sido en el pasado, sino como “una mistificación”, en el término apropiado de Schudson. También en la academia, los argumentos en contra de politizar la erudición enfrentaron contrademandas de que toda la erudición estaba inherentemente politizada. La confianza en el gobierno cayó en picado desde mediados de los sesenta.

Desde entonces, intelectuales, periodistas, funcionarios públicos y otros han luchado con cuestiones de neutralidad y parcialidad. La conciencia de que los eruditos o jueces podrían albergar una ideología latente no les impidió, en su mayor parte, que persiguieran la objetividad. Pero en la academia, y en la cultura más amplia, alimentó el crecimiento de lo que se conoció como pensamiento posmoderno. En el periodismo, la insatisfacción con las restricciones de las “noticias directas” fomentó una variedad de innovaciones, incluidas piezas interpretativas y analíticas, informes de investigación y el Nuevo Periodismo, a menudo subjetivo. Sin embargo, estas dudas iniciales sobre la neutralidad declarada de nuestras instituciones formadoras de conocimiento no las socavaron fatalmente. Las críticas posmodernas de los valores académicos fueron más burladas que abrazadas. La objetividad seguía siendo un ideal respetado.

Es difícil decir cuándo el rechazo de la neutralidad pasó de ser una crítica intelectual persistente a una creencia dominante, o incluso si se llegó a ese punto todavía. Pero la batalla a finales de 2000 por el resultado de las elecciones presidenciales fue una cuenca simbólica. Que la Corte Suprema votó 5-4 a lo largo de líneas ideológicas para hacer que el presidente de George W. Bush profundizara la sospecha de que no solo los procesos electorales aparentemente neutrales, sino también la ley misma, sucumbirían a las preferencias políticas de quienes la administran. En su disidencia, el juez John Paul Stevens advirtió que “el perdedor” en ese drama era “la confianza de la nación en el juez como un tutor imparcial del estado de derecho”.

Bajo Bush, la polarización que ya había comenzado a apoderarse de la política de Washington se intensificó, causando golpes de cuerpo a la neutralidad. Desde la presidencia de Richard Nixon, los republicanos construyeron gradualmente un contraestablecimiento conservador: think tanks, fundaciones, sociedades, redes y medios de comunicación para promover sus ideas. Por la presidencia de Bush, fue posible encontrar “expertos” que podrían prestar una pátina de autoridad a posiciones políticas conservadoras que de otra manera no estarían respaldadas por investigaciones sólidas, ya sea sobre la evolución, el control de la natalidad, el calentamiento global o incluso los orígenes del universo. Incluso la empresa más controvertida de Bush, la invasión de Irak, se basó en un conjunto alternativo de analistas de inteligencia, después de que aquellos en la CIA y en otros lugares no devolvieran los hallazgos que Bush había esperado.

Fox News fue crucial para este desarrollo. Fundada en 1996 por el consultor republicano Roger Ailes, ganó influencia en los años de Bush, especialmente después de los ataques terroristas del 11 de septiembre, y atrajo a espectadores que se alejaban de lo que a partir de entonces se llamaron medios de comunicación tradicionales. Pero la afirmación de Fox de ser una alternativa ideológica a las redes fue engañosa. Esas redes aspiraban a la neutralidad; no intentaban promover las causas liberales (incluso si se percibía un sesgo en sus informes). Fox, a pesar de afirmar que era “justo y equilibrado”, reflejaba la agenda ideológica pronunciada del hombre que la dirigía, un populista cultural conservador y concienzudo. Entonces los liberales comenzaron a emular los métodos de la derecha. MSNBC comenzó a convertirse, a medias, en un Fox liberal. Y si Air America intentó (y fracasó) ser el espejo de Rush Limbaugh, muchos podcasts ahora están teniendo éxito en la tarea.

Así también, con los think tanks. Las tiendas conservadoras como la Fundación Heritage podrían haberse imaginado contrapesos de derecha con los “liberales” como la Institución Brookings, pero Brookings, como los programas de noticias de la red, se adhirieron a un ideal académico neutral. Al carecer de un patrimonio propio, los demócratas fundaron en 2003 el Center for American Progress, con una marcada orientación partidista. Ahora, las fuentes clave de información llevan un sello partidista, socavando sus reclamos de autoridad independiente.

***

Bajo Trump, la neutralidad se ha convertido en una posición difícil para cualquier individuo o institución para mantener. Se espera que todos se pongan de lado. Incluso los intentos de articular puntos de consenso seguros y bipartidistas entran en conflicto con las sospechas tribales. Los periodistas que prestan servicios anodinos sobre una prensa libre de repente parecen ser militantes anti-Trumpers, mientras que las súplicas de sentido común de nada menos que Barack Obama de no ignorar las ideas de alguien solo en base a su raza o sexo, son ridiculizadas como malintencionadas o ingenuas. Donde los principios de Internet, con sus blogs y comentarios, habían ejercido presión sobre los medios de comunicación tradicionales, las redes sociales han ampliado esa presión muchas veces, con Twitter incitando a los reporteros oficialmente neutrales a ocupar posiciones, expresadas con sarcasmo, mordacidad o notas de partidismo que serían prohibidas en las páginas de noticias. Una vez que alguien trata de establecer un nuevo tipo de árbitro neutral, como los valiosos sitios de verificación de hechos PolitiFact y FactCheck.org, también se los pone en tela de juicio, ya que estos sitios vienen desde la derecha. El fundador de PolitiFact, Bill Adair, está tratando de crear una herramienta automatizada que los conservadores aceptarán como neutral, aunque las acusaciones de que los algoritmos de Facebook están sesgados políticamente sugieren que ni siquiera un programa de computadora puede alcanzar ese estatus sagrado.

En los campus, los departamentos ahora ofrecen cursos sobre “justicia social”, que generalmente significa la defensa de la política de izquierda, y los presidentes de las universidades se sienten presionados a tomar posiciones políticas liberales. Los republicanos ya no consideran a las universidades fuerzas confiables. En la ley, la oposición se está convirtiendo en conceptos ampliamente respetados como la neutralidad del punto de vista, la idea de que el gobierno no puede castigar el discurso por su contenido. Incluso los estudiosos jurídicos de la izquierda, como escribió Adam Liptak del New York Times , “han cambiado un compromiso absoluto por la libertad de expresión por uno sensible a los daños que puede causar”. La Primera Enmienda, para algunos ojos, no será realmente neutral nunca más.

La desaparición de la neutralidad está detrás de los problemas políticos dominantes de nuestra era. Es responsable de toda la charla sobre una “sociedad posterior a la verdad” que hemos escuchado últimamente. La verdad todavía existe, por supuesto, pero el acuerdo sobre la verdad se siente más esquivo que en mucho tiempo. Eso supone un peligro para la democracia, que depende de argumentos constructivos y deliberación. Sin fuentes confiables de información o vehículos respetados para resolver diferencias, solo existe un argumento partidista y el triunfo de los poderosos.

El colapso de las instituciones neutrales también alimenta un círculo vicioso de polarización y extremismo. Cuando las instituciones ya no gozan de credibilidad en todo el espectro político, las personas buscan más fuentes ideológicas para confirmar lo que quieren creer. Los conservadores se desvían hacia el Tea Party y Trump, y los progresistas hacia el radicalismo de izquierda. Algunas instituciones neutrales de larga data, particularmente en el periodismo, parecen sentirse presionadas a abandonar su papel histórico para complacer a su público. Si un reportero, un erudito o un juez no anticipa las críticas de buena fe desde una variedad de puntos de vista, es menos probable que refuerce su pensamiento para hacer sus conclusiones ampliamente aceptables.

Cuando anticipamos el futuro, generalmente proyectamos que las tendencias continuarán, y eso promete una noche larga y oscura de discordia. Pero también es concebible que la presidencia de Trump, con su incesante caos y desorden, provoque un reconocimiento de lo que se está perdiendo y alimente la demanda de un renacimiento de la capacidad del Estado y la objetividad. En los años 30 y 40, no fue solo la amenaza del totalitarismo, sino su atractivo, para aquellos frustrados con las imperfecciones de la democracia, lo que obligó a los estadounidenses a justificar su democracia de manera más duradera. La crisis actual nos obliga a examinar las bases intelectuales y prácticas de nuestro sistema. Con suerte, al ver sus debilidades, tendremos la sabiduría para descubrir cómo apuntalarlo.

Esperemos que esta vez no se necesite una guerra mundial para cambiar nuestras mentes.

David Greenberg es profesor de historia y estudios de medios en Rutgers, y autor de Republic of Spin: An Inside History of the American Presidency.

La lengua degenerada | El Gato y La Caja

Fuente original: La lengua degenerada | El Gato y La Caja

¿Tiene sentido hablar con lenguaje inclusivo? ¿Afecta nuestra percepción de la realidad?

Van dos peces jóvenes nadando juntos y sucede que se encuentran con un pez más viejo que viene en sentido contrario. El pez viejo los saluda con la cabeza y dice: “Buenos días, chicos, ¿cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes nadan un poco más y entonces uno mira al otro y dice: “¿Qué demonios es el agua?”

David Foster Wallace – This is Water

Cuando el escritor David Foster Wallace dio un discurso frente a los egresados de la Kenyon College comenzó contando esta historia de los peces. Su intención era simplemente recordarle al auditorio que todos vivimos en una realidad que, a fuerza de rodearnos, a la larga termina volviéndose invisible. Y que sólo la percibimos cuando se convierte en algo disruptivo, en un estorbo en nuestro camino: el conductor que nos cruza el auto en la esquina, el empleado que exige otro trámite para completar una solicitud, la palabra mal escrita: sapatilla, uevo, todxs. Mientras tanto, las cosas de las que más seguros solemos estar terminan demostrando ser aquellas sobre las que más nos equivocamos. Por ejemplo, el castellano:

Todos los que nacimos y fuimos criados en el mundo hispanohablante tenemos, rápido y pronto, certezas sobre cómo funciona el castellano porque es la lengua que aprendimos intensamente durante nuestros primeros años de vida. Y en algún punto no nos equivocamos. Incluso si nos preguntasen qué es el castellano podríamos responder en un parpadeo: “es nuestra lengua materna”. Pero esa respuesta no estaría dando cuenta de la verdadera naturaleza del asunto, porque en definitiva: ¿Qué demonios es la lengua?

Eso, ¿qué demonios es la lengua?

Tal como el agua de los peces, la lengua es un poco todo. Mejor dicho, en todo está la lengua, dado que, una vez que la adquirimos, nunca más dejamos de usarla para pensar el mundo que nos rodea. Sin embargo, si tenemos que elegir una entre muchas definiciones, diremos que la lengua es un fenómeno social. Ocurre siempre con relación a un ‘otro’, a una comunidad con la que establecemos convenciones respecto a qué significan las palabras y cómo significan esas palabras. En este sentido, vale decir que nos pertenece a todos los que la hablamos. Y, en el caso de la lengua castellana, a la Real Academia Española (RAE).

¡Momento! ¿Por qué a la Real Academia Española? No parece muy lógico que la segunda lengua más hablada del globo (después del chino y antes del inglés) sea tan celosamente protegida por unos pocos señores enfurruñados. Pero menos sentido tiene cuando uno piensa que estos señores a veces se paran como caballeros templarios protegiendo algo que nadie, absolutamente nadie, está atacando.

Ah, ¿cómo? ¿Nuestros jóvenes no son como los peces descuidados y rebeldes? ¿No van por la vida con una promiscuidad lingüística escandalosa, escribiendo ke, komo, xq o todes? Sí, muchos sí. Los lectores se preguntarán cómo puede ser que permitamos semejante atropello.

Resulta que la lengua no es una foto, es una película en movimiento. Y la Real Academia Española no dirige la película, sólo la filma. A eso llamamos ‘gramática descriptiva’, que es el trabajo de delimitar un objeto de estudio (en este caso lingüístico) y dar cuenta de cómo ocurre más allá de las normas. Por eso, cuando un uso se aleja de lo que indican los manuales de la escuela, si es llevado a cabo por suficiente cantidad de personas y se hace lugar en determinados espacios, la RAE acaba incorporándolo al diccionario. Ese es su trabajo descriptivo. Luego informa al público y ahí todos horrorizados ponemos el grito en el cielo porque cómo van a admitir ‘la calor’ si es obvio, requete obvio, que el calor es masculino. Es EL calor.

¿Esto significa que podamos hacer lo que se nos antoja con la lengua? No. Hay cambios que el sistema simplemente no tolera. Uno puede comprarse todas las témperas del mundo y mezclarlas a su placer, pero no puede imaginar un nuevo color. Algunas partes de la lengua funcionan de la misma manera: por ejemplo, no es posible pensar el castellano sin categoría de sujeto (ese que en la escuela había que marcar separado del predicado y cuando no estaba se le ponía ‘tácito’ al costado de la oración). ¿Es culpa de la Real Academia que no nos deja? No, esta vez la pobre no hizo nada, es el sistema mismo del castellano el que no nos deja. Es simplemente imposible.

Pero entonces, si podemos usar la lengua como queramos e igual no se va a romper, ¿por qué hace falta tomarse el trabajo de formular normas y leyes? La gramática que no es descriptiva, la que se encarga de definir qué está bien y qué está mal, se llama gramática normativa y existe por una razón: las normas son necesarias para poder analizar una lengua, sistematizarla y enseñarla mejor a las siguientes generaciones.

Lo importante en este punto es comprender que el castellano no puede ser atacado, o que en todo caso sabe defenderse solo (se dobla y se adapta como el junco, pequeño saltamontes) porque está en permanente movimiento. Cada generación cree que la lengua de sus padres es pura y prístina mientras que la de sus hijos es una versión degenerada de aquella. Pero antes de hablar castellano rioplatense hablábamos otra variante del castellano moderno. Y antes de eso, hablábamos el castellano de Cervantes, y antes de eso las lenguas romances que fermentaron con la disolución del Imperio Romano, y antes de eso latín vulgar y antes del latín vulgar pululaban las lenguas indoeuropeas y antes de eso vaya uno a saber qué. Lo único que podemos saber a ciencia cierta es que la versión más pura, prístina y primigenia de cualquier lengua son unos gruñidos apenas articulados en el fondo de una caverna.

Las Glosas Emilianenses son uno de los registros más antiguos que tenemos del castellano. Se trata de anotaciones al margen en un códice escrito en latín, hechas por monjes del Siglo X u XI, para clarificar algún pasaje. Como se ve al costado, gracias a la glosa ahora el pasaje quedó clarito clarito.

Sirva como ejemplo la siguiente curiosidad: los españoles que llegaron a América durante la Conquista todavía utilizaban el voseo en sus dos vertientes: como forma reverencial y de confianza. Decían “Vuestra Majestad” o decían, por ejemplo, “¿Desto vos mesmo quiero que seáis el testigo, pues mi pura verdad os hace a vos ser falso y mentiroso?” (porque aguante citar el Quijote). Ese ‘vos’ arraigó en América, en parte a través de la literatura y en parte porque los españoles lo usaban reverencialmente entre ellos como modo de diferenciarse de los nativos. El tiempo pasó y hoy millones de personas lo usamos sin ningún tipo de reverencia ni distinción de clase, sin embargo, el voseo comenzó a desprestigiarse en el siglo XVI en la mismísma España, donde el castellano se decantó por el ‘tú’ sin que a nadie se espantara por eso. Lo cual demuestra que la lengua está en permanente cambio, pero ocurre tan lentamente que nos genera la sensación de permanecer detenida. Indignarse por ello sería como si los pececitos de la historia de Foster Wallace se indignasen porque el agua, que hasta recién ni sabían que existía, los está mojando.

Ahora bien, si llegado este punto los lectores de esta nota han aceptado las nociones básicas sobre el funcionamiento de la mismísima lengua que están leyendo, es momento de confesar que ha sido todo parte de una estratagema introductoria. Es hora de cruzar al otro lado del espejo y hablar de un tema un poco más controversial: el lenguaje inclusivo.

Bienvenides a la verdadera nota, estimades lecteres.

Las formas del agua

Una de las capacidades más poderosas de cualquier lengua es la capacidad de nombrar. Poner nombres, categorizar, implica ordenar y dividir. Y desde que nacemos (incluso antes), las personas somos divididas en varones y mujeres. Nos nombran en femenino o masculino, se refieren a nosotres utilizando todos los adjetivos en un determinado género. Muchísimo antes de que nuestro cuerpo tenga cualquier tipo de posibilidad de asumir un rol reproductivo, aprendemos que es diferente ser varón o mujer, y nos identificamos con los unos o las otras. Los nenes no lloran, las nenas no juegan a lo bestia ensuciándose todas. Para cuando podemos responder ‘qué queremos ser cuando seamos grandes’, nuestras preferencias, auto proyecciones y deseos ya tienen una enorme carga de los esquemas simbólicos que nos rodean.

A esa inmensa construcción social, que se erige sobre la manera en que la sociedad da importancia a ciertos rasgos biológicos (en este caso relacionados con los órganos sexuales y reproductivos), es a lo que refiere el concepto de ‘género’. Lo que los estudios sobre el tema han teorizado y documentado es que la división de géneros no es una división neutral, sin jerarquías: por el contrario, las diferentes características y los diferentes mandatos que se atribuyen a una persona según su género devienen, a su vez, en desigualdades que giran, spoiler alert, en torno a una predominancia de los individuos masculinos.

Haber identificado que esas desigualdades tienen su correlato en el modo en el que hablamos es lo que motivó, unas cuantas décadas atrás, que se plantee desde el feminismo y desde algunos ámbitos académicos y oficiales la importancia de revisar el uso del lenguaje sexista. ¿Qué es el lenguaje sexista? Es nombrar ciertos roles y trabajos sólo en masculino; referirse a la persona genérica como ‘el hombre’ o identificar lo ‘masculino’ con la humanidad; usar las formas masculinas para referirse a ellos pero también para referirse a todes, dejando las formas femeninas sólo para ellas; nombrar a las mujeres (cuando se las nombra) siempre en segundo lugar.

Las indeseables consecuencias de esta desigualdad lingüística se traducen en lo que el sociólogo Pierre Bourdieu define como ‘violencia simbólica’, y esto nos sirve para comprender uno de los mecanismos que perpetúan la relación de dominación masculina.

La violencia simbólica tiene que ver con que nos pensemos a nosotres mismes, al mundo y nuestra relación con él, con categorías de pensamiento que, de algún modo, nos son impuestas, y que coinciden con las categorías desde las que le dominader define y enuncia la realidad. Se produce a través de los caminos simbólicos de la comunicación y del conocimiento, y consigue que la dominación sea naturalizada. Su poder reside precisamente en que es ‘invisible’. De nuevo, como el agua, se vuelve parte de la realidad y ni nos damos cuenta que está ahí.

Pero la violencia simbólica de la que habla Bourdieu no constituye, como a veces se malinterpreta, una dimensión opuesta a la violencia física, ‘real’ y efectiva. Es, en realidad, un componente fundamental para la reproducción de un sistema de dominio donde les dominades no disponen de otro instrumento de conocimiento que aquel que comparten con les dominaderes, tanto para percibir la dominación como para imaginarse a sí mismes. O, mejor dicho, para imaginar la relación que tienen con les dominaderes.

Revertir esto requiere algo así como una ‘subversión simbólica’, que invierta las categorías de percepción y de apreciación de modo tal que les dominades, en lugar de seguir empleando las categorías de les dominaderes, propongan nuevas categorías de percepción y de apreciación para nombrar y clasificar la realidad. Es decir, proponer una nueva representación de la realidad en la cual existir.

Existir a través del lenguaje

Pero la sociología no está sola en esto: desde el palo de la lingüística, en los años ‘50 vio la luz una teoría que proponía que la lengua ‘determinaba’ nuestra manera de entender y construir el mundo o, por lo menor, modelaba nuestros pensamientos y acciones. Era la famosa teoría Sapir-Whorf.

Durante mucho tiempo, la idea de que la lengua que hablamos podía moldear el pensamiento fue considerada en el mejor de los casos incomprobable y, con más frecuencia, sencillamente incorrecta. Pero lo cierto es que la discusión se mantenía principalmente en el plano de la reflexión abstracta y teórica. Con la llegada de nuestro siglo resurgieron las investigaciones acerca de la relatividad lingüística y, de la mano, comenzamos a disponer de evidencias acerca de los efectos de la lengua en el pensamiento. Diferentes investigaciones recolectaron datos alrededor del mundo y encontraron que las personas que hablan diferentes lenguas también piensan de diferente manera, y que incluso las cuestiones gramaticales pueden afectar profundamente cómo vemos el mundo.

Todo muy lindo ¿Y la evidencia?

Para empezar, Daniel Cassasanto y su equipo encontraron evidencia, como resultado de 3 experimentos, de que las metáforas espaciales (las del tipo ‘la espera se hizo muy larga’) en nuestra lengua nativa pueden influenciar profundamente el modo en que representamos mentalmente el tiempo. Y que la lengua puede moldear incluso procesos mentales ‘primitivos’ como la estimación de duraciones breves.

Y no fueron les úniques, otros equipos, como este, este, este, este y este, encontraron que la lengua con la que hablamos tiene mucho que ver con la forma en que pensamos en el espacio, el tiempo y el movimiento. Por otro lado, un estudio de Jonathan Winawer y su equipo aporta que las diferencias lingüísticas también provocan diferencias al momento de distinguir colores: es más fácil para une hablante distinguir un color (de otro) cuando existe una palabra en su idioma para nombrar ese color que cuando no existe esa palabra. Quien quiera celeste, que lo pronuncie.

Arriba se ven los 20 tonos de azul utilizados en el estudio sobre la capacidad de distinguir colores según la lengua hablada por los participantes. Abajo de la paleta completa vemos un ejemplo de la imagen del ejercicio: los sujetos debían distinguir cuál de los dos cuadrados de abajo era idéntico al de arriba. A partir de Winawer.

Pero ¿no estábamos hablando de género? Sí, sí, a eso vamos:

Se supone que el género de una palabra (masculino/femenino) no siempre diferencia sexo. Lo hace en algunos sustantivos como señor y señora, perro y perra, carpintero y carpintera, que remiten siempre a seres animados y sexuados. Pero, en general, el género en la mayoría de las palabras no es algo que se agrega al significado, es inherente a la palabra misma y sirve para diferenciar otras cosas: diferencia tamaño en cuchillo y cuchilla, diferencia la planta del fruto en manzano y manzana, diferencia al individual del plural en leño y leña. En ese caso, se las considera palabras diferentes y no variaciones de una misma palabra. Otras veces, ni siquiera sirve para diferenciar nada porque muchas palabras tienen su forma en femenino y no existen en masculino, y viceversa. En esos casos, el género sólo sirve para saber cómo usar las otras palabras que rodean y complementan a esa palabra. Por ejemplo ‘teléfono’ existe sólo en masculino. No es posible decir ‘teléfona’, y sin embargo necesitamos ese masculino para saber decir que el teléfono es ‘rojo’ y no ‘roja’.

O sea que el género funciona de muchas formas en castellano y no solamente como un binomio para decidir si las cosas son de nene o de nena. Pero lo que vuelve verdaderamente interesante el asunto, por muy gramátiques que queramos ponernos en el análisis, es que el género del castellano tiene siempre una carga sexuada, aunque remita a simples objetos. ¡No puede ser! ¿Puede ser?

Sí, puede ser

Webb Phillips y Lera Boroditsky se preguntaban si la existencia de género gramatical para los objetos, presente en idiomas como el nuestro pero no en el inglés, tenía algún efecto en la percepción de esos objetos, como si realmente tuviesen un género sexuado. Para resolverlo, diseñaron algunos experimentos con hablantes de castellano y alemán, dos lenguas que atribuyen género gramatical a los objetos, pero no siempre el mismo (o sea que el nombre de algunos objetos que son femeninos en un idioma, son masculinos en el otro). Los resultados de 5 experimentos distintos mostraron que las diferencias gramaticales pueden producir diferencias en el pensamiento.

En uno de esos experimentos buscaron poner a prueba en qué medida el hecho de que el nombre de un objeto tuviese género femenino o masculino llevaba a les hablantes a pensar en el objeto mismo como más ‘femenino’ o ‘masculino’. Para ello les pidieron a les participantes que calificaran la similitud de ciertos objetos y animales con humanes varones y mujeres. Se eligieron siempre objetos y animales que tuvieran géneros opuestos en ambos idiomas y las pruebas fueron realizadas en inglés (un idioma con género neutro para designar objetos y animales) a fin de no sesgar el resultado. Les participantes encontraron más similitudes entre personas y objetos/animales del mismo género que entre personas y objetos/animales de género distinto en su idioma nativo.

En otro estudio de Lera Boroditsky se hizo una lista de 24 sustantivos con género inverso en castellano y alemán, que en cada idioma eran la mitad femeninos y la mitad masculinos. Se les mostraron los sustantivos, escritos en inglés, a hablantes natives de castellano y alemán, y se les preguntó sobre los primeros tres adjetivos que se les venían a la mente. Las descripciones resultaron estar bastante vinculadas con ideas asociadas al género. Por ejemplo, la palabra llave es masculina en alemán. Les hablantes de ese idioma describieron en promedio las llaves como duras, pesadas, metalizadas, útiles. En cambio, les hablantes de castellano las describieron como doradas, pequeñas, adorables, brillantes y diminutas. A la inversa, la palabra puente es femenina en alemán y les hablantes de ese idioma describieron los puentes como hermosos, elegantes, frágiles, bonitos, tranquilos, esbeltos. Les hablantes de castellano dijeron que eran grandes, peligrosos, fuertes, resistentes, imponentes y largos.

También los resultados de María Sera y su equipo encontraron que el género gramatical de los objetos inanimados afecta las propiedades que les hablantes asocian con esos objetos. Experimentaron con hablantes de castellano y francés, dos lenguas que, aunque usualmente coinciden en el género asignado a los sustantivos, en algunos casos no lo hacen. Por ejemplo, en las palabras tenedor, auto, cama, nube o mariposa. Se les mostró a les participantes imágenes de estos objetos y se les pidió que escogieran la voz apropiada para que cobrara vida en una película, dándoles a elegir voces masculinas y femeninas para cada uno. Los experimentos mostraban que la voz elegida coincidía con el género gramatical de la palabra con la que se designa a ese objeto en el idioma hablado por le participante.

Como si todo esto fuera poco, Edward Segel y Lera Boroditsky también señalan que puede verificarse la influencia del género gramatical en la representación de ideas abstractas analizando ejemplos de personificación en el arte, en la que se da forma humana a entidades abstractas como la Muerte, la Victoria, el Pecado o el Tiempo. Analizando cientos de obras de arte de Italia, Francia, Alemania y España, encontraron que en casi el 80% de esas personificaciones, la elección de una figura masculina o femenina puede predecirse por el género gramatical de la palabra en la lengua nativa de le artista.

Cuando la idea abstracta personificada tenía género gramatical femenino en la lengua de le artista, fue personificado como mujer en 454 casos de un total de 528. Es decir, se produjo congruencia del género gramatical con el de la personificación en el 85% de las obras. Cuando tenía género gramatical masculino, fue personificado como varón en 143 casos de 237 (60%).

Blancanieves y los siete mineros estereotípicamente masculinos

Hasta acá todo bien: hay una relación entre pensamiento y lengua, hay una vinculación entre género y sexo en la mente de les hablantes y hay evidencia al respecto. Pero puntualmente, ¿puede la lengua tener un efecto sobre la reproducción de estereotipos sexistas y relaciones de género androcéntricas (es decir, centradas en lo masculino)?

Bueno, sí. Por ejemplo, Danielle Gaucher y Justin Friesen se preguntaron si la lengua cumple algún rol en la perpetuación de estereotipos que reproducen la división sexual del trabajo. Para responderse, analizaron el efecto del vocabulario ‘generizado’ empleado en materiales de reclutamiento laboral. Encontraron que los avisos utilizaban una fraseología masculina (incluyendo palabras asociadas con estereotipos masculinos, tales como líder, competitivo y dominante) en mayor medida cuando referían a ocupaciones tradicionalmente dominadas por hombres antes que en áreas dominadas por mujeres. A la vez, el vocabulario asociado al estereotipo de lo ‘femenino’ (como apoyo y comprensión) surgía en medidas similares de la redacción tanto de anuncios para ocupaciones dominadas por mujeres como para las dominadas por varones.

Los anuncios laborales para ocupaciones dominadas por varones contenían más palabras estereotipadamente masculinas que los anuncios para ocupaciones dominadas por mujeres. En cambio, no había diferencia en la presencia de palabras estereotipadamente femeninas en ambos tipos de ocupaciones.

Por otro lado encontraron que, cuando los anuncios incluían más términos masculinos que femeninos, les participantes tendían a percibir más hombres dentro de esas ocupaciones que si se usaba un vocabulario menos sesgado, independientemente del género de le participante o de si esa ocupación era tradicionalmente dominada por varones o por mujeres. Además, cuando esto ocurría, las mujeres encontraban esos trabajos menos atractivos y se interesaban menos en postularse para ellos.

El equipo de Dies Verveken realizó tres experimentos con 809 estudiantes de escuela primaria (de entre 6 y 12 años) en entornos de habla de alemán y holandés. Indagaban si las percepciones de les niñes, sobre trabajos estereotípicamente masculinos, pueden verse influidas por la forma lingüística utilizada para nombrar la ocupación. En algunas aulas presentaban las profesiones en forma de pareja (es decir, con nombre femenino y masculino: ingenieros/ingenieras, biólogos/biólogas, abogados/abogadas, etc.), en otras en forma genérica masculina (ingenieros, biólogos, abogados, etc.). Las ocupaciones presentadas eran en algunos casos estereotipadamente ‘masculinas’ o ‘femeninas’ y en otros casos neutrales. Los resultados sugirieron que las ocupaciones presentadas en forma de pareja (es decir, con título femenino y masculino) incrementaban el acceso mental a la imagen de mujeres trabajadoras en esas profesiones y fortalecían el interés de las niñas en ocupaciones estereotipadamente masculinas.

Estos son sólo algunos de los muchos estudios realizados. Si algune se quedara con ganas de más, otros estudios (como este, este, este o este) añaden evidencia sobre cómo les niñes interpretan como excluyentes los títulos de oficios o profesiones marcados por género y cómo, en general, el uso de un pronombre masculino para referirse a todes favorece la evocación de imágenes mentales desproporcionadamente masculinas. O incluso, cómo esos genéricos no tan genéricos pueden tener efectos sobre el interés y las preferencias por ciertas profesiones y puestos de trabajo entre las personas del grupo que ‘no es nombrado’, llevando a que puedan autoexcluirse de entornos profesionales importantes.

¿Y entonces qué hacemos?

Es en esta línea que puede comprenderse mejor la relevancia de los esfuerzos del feminismo por introducir usos más inclusivos de la lengua. Muchos se han ensayado, empezando por la barrita para hablar de los/as afectados/as, los/as profesores/as, los/as lectores/as. Pero esta solución tiene algunos problemas. Primero, la lectura se tropieza con esas barritas que saltan a los ojos como alfileres. Por otro lado, supone que la multiplicidad de géneros del ser humano puede reducirse a un sistema binario: o sos varón, o sos mujer.

Otras soluciones fueron incluir la x (todxs) o la arroba (tod@s) en lugar de la vocal que demarca género, pero la arroba era demasiado disruptiva ya que no pertenece al abecedario y además rompe el renglón de una manera distinta al resto de los signos. La x, por otro lado, sigue utilizándose, pero al igual que la arroba, plantea un problema fonético importante ya que nadie sabe muy bien cómo debe pronunciarla. Hay quienes (por ejemplo, la escritora Gabriela Cabezón Cámara) ven en ello una ventaja: lo disruptivo, lo que incomoda, es justamente lo que atrae las miradas sobre el problema de género que ese uso de la lengua busca denunciar, es la huella de una pelea, la marca de una puesta en cuestión.

Hasta ahora, la propuesta que parece tener mejor proyección a futuro para ser incorporada sin pelearse demasiado con el sistema lingüístico es el uso de la e como vocal para señalar género neutro. Como el objetivo es dejar de referirnos a todes con palabras que sólo nombran a algunes, no necesitamos usarla para referirnos a absolutamente todo, es decir: no vamos a empezar a sentarnos en silles ni a tomarnos le colective cada mañane. Pero si estamos hablando de personas (u otres seres animades a les que les percibimos una identidad de género), nos habilita una posibilidad para hablar de manera verdaderamente inclusiva. De todos modos, esta tampoco es una solución libre de problemas: implica entre otras cosas la creación de un pronombre neutro (‘elle’) y de un determinante (‘une’). Pero excepciones más raras se han hecho y aquí estamos todavía, comiendo almóndigas entre los murciégalos.

Algunas voces que patalean indignadas contra estas iniciativas señalan que esas propuestas ‘destruyen el lenguaje’. Y no falta la apelación a la autoridad: es incorrecto porque lo dice la Real Academia Española. Pero, como le lecter ya sabe, lo que diga la Real Academia Española sobre este tema nos tiene sin cuidado. Con todo respeto. Muy lindo el diccionario.

Otra de las fuertísimas resistencias a este tipo de propuestas es la de quienes sencillamente niegan que exista algún tipo de relación entre la lengua y los mayores o menores niveles de equidad de género. Aunque recién comentamos evidencias empíricas que sugieren que esa relación sí existe, se suele hacer referencia a la cuestión, también empírica, de que en aquellas regiones en las que se hablan lenguas menos sexuadas, por ejemplo con un genérico verdaderamente neutral, a menudo se verifica mayor inequidad de género que en otros países.

Un aporte interesante en esa línea es el trabajo de Mo’ámmer Al-Muhayir, que compara el árabe clásico, islandés y japonés, y muestra que el sexismo de la lengua no parece correlacionar con la inequidad de género. El árabe clásico utiliza el género femenino para los sustantivos en plural, sin importar el género de ese mismo sustantivo en singular. Y sin embargo, se trata de una de las lenguas más conservadoras del planeta, y en más de una de las sociedades en las que se habla (como Arabia Saudí o Marruecos), difícilmente podamos decir que hay igualdad de derechos entre hombres y mujeres. El islandés, por otra parte, es uno de los idiomas que menos cambios han sufrido a lo largo de los siglos, manteniéndose casi intacto debido a políticas de lenguaje sumamente conservadoras (no adquieren términos extranjeros sin antes traducirlos de alguna manera con raíces de palabras islandesas), y corresponde a una de las sociedades más avanzadas en cuanto al lugar que ocupa la mujer. Y el japonés directamente no tiene género gramatical, pero esta maravilla de la gramática inclusiva tiene lugar en el seno de una de las sociedades más estereotípicamente machistas que conocemos.

A partir de imagen de The economist, the glass ceiling index (o sea, el índice de techo de cristal, que mide equidad de género en el mercado de trabajo).

Sin embargo, la investigación empírica aporta indicios de que los sustantivos ‘neutrales’ y los pronombres de lenguas sin división gramatical genérica pueden tener de todas formas un sesgo masculino encubierto. Así, aunque eviten el problema de una terminología masculina genérica, incluso los términos neutrales pueden transmitir un sesgo masculino. Esto supone, además, la desventaja de que ese sesgo no podría ser contrarrestado añadiendo deliberadamente pronombres femeninos o terminaciones femeninas, porque en esas lenguas esa forma simplemente no existe. Se dificultan entonces las iniciativas de ‘subversión simbólica’ de las que habla Bourdieu. Eso concluye, por ejemplo, el trabajo de Mila Engelberg a partir del análisis del finlandés, una lengua que incluye términos aparentemente neutros en cuanto al género pero que, en los hechos, connotan un sesgo masculino. Y al no poseer género gramatical, no existe la posibilidad de emplear pronombres o sustantivos femeninos para enfatizar la presencia de mujeres. La autora señala que esto podría implicar que el androcentrismo en lenguas sin género puede incluso aumentar la invisibilidad léxica, semántica y conceptual de las mujeres. Algo muy similar encuentra Friederike Braun en su estudio con la lengua turca, cuya falta de género gramatical no evita que les hablantes de turco comuniquen mensajes con sesgos de género.

Un hit argentino

Por muchas guías que se hayan publicado para el uso no sexista del lenguaje, al menos cuando se trata de la lengua castellana, la cuestión no está en absoluto resuelta. Desde lingüistas hasta ciudadanes de a pie, las resistencias son diversas. Que si duele en los ojos, si entorpece el habla, si es ‘correcto’, si conduce a abandonar la lectura del texto y el infaltable ‘es irrelevante’. Que la verdadera lucha debería centrarse en transformar ‘el mundo real’. Que la lengua sólo refleja relaciones que son ‘extralingüísticas’. Que modificar la lengua ‘por la fuerza’ sólo es una cuestión de ‘corrección política’ que desvía la atención del problema central y hasta lo enmascara. Pero les lecteres que hayan llegado a este punto habrán atravesado media nota escrita de forma tradicional y media nota escrita con lenguaje inclusivo, de modo que además de toda la evidencia expuesta sobre la relación entre lengua y pensamiento, podrán evaluar también cuán traumática ha sido (o no) la experiencia, y preguntarse dónde ancla verdaderamente el origen de esa resistencia, de esa desesperación por preservar intacta la lengua.

Mientras tanto, la disputa por el lenguaje continúa. Y de todas las formas que puede tomar este problema, acaso la más emblemática sea el uso de falsos genéricos, es decir, términos exclusivamente masculinos o femeninos, utilizados genéricamente para representar tanto a hombres como a mujeres, como cuando decimos ‘los científicos’: técnicamente podríamos estar refiriéndonos a científiques (varones, mujeres, etc.), aunque también diríamos ‘los científicos’ si quisiéramos referirnos sólo a los que son varones. En cambio, sólo usaríamos ‘las científicas’ para hablar de las que son mujeres.

Marlis Hellinger y Hadumod Bußmann explican que la mayoría de los falsos genéricos son masculinos y que los únicos idiomas conocidos en los que el genérico es femenino están en algunas lenguas iroquesas (Seneca y Oneida), así como algunas lenguas aborígenes australianas. En castellano, incluso los sustantivos comunes en cuanto al género, como ‘artista’ o ‘turista’, que se mantienen invariables sin importar si se refieren a un varón o una mujer, acaban señalando el género de lo que nombran a partir de las otras palabras que los complementan (adjetivos, artículos, etc.). Entonces, de nuevo, para referirnos a grupos mixtos, recurrimos al género que los nombra sólo a ellos. Tal vez los únicos genéricos genuinos que tenemos sean los llamados sustantivos epicenos como, por ejemplo, ‘persona’ o ‘individuo’, que no sólo van a mantenerse invariables (no hay ni persono ni individua) sino que ni siquiera tienen la posibilidad de marcar el género en el adjetivo (porque aunque una persona sea varón, nunca será ‘persona cuidadoso’, ni la mujer será ‘individuo cuidadosa’).

Pero un poco como lo que comentábamos arriba, un genérico con sesgo machista puede suponer un problema incluso más difícil de visibilizar y ‘subvertir’. Un hit argentino en este sentido es el debate por la palabra presidente:

Una nota de Patricia Kolesnikov recupera un breve diálogo en una mesa, en la cual un señor explicaba por qué está mal decir presidenta. Las razones gramaticales del señor eran inapelables: Presidente es como cantante. Aunque parece un sustantivo es otro tipo de palabra, un participio presente, o lo que quedó de los participios presentes del latín. Una palabra que señala a quien hace la acción: quien preside, quien canta. Justamente, no tiene género. ¿Vas a decir la cantanta?” Kolesnikov cuenta que hubo un momento de duda en la mesa, hasta que la escritora Claudia Piñeiro, con sabiduría de pez que conoce el agua, respondió: “¿Y sirvienta tampoco decís? ¿O presidenta no pero sirvienta sí?”

Anécdotas como esta nos recuerdan que la lengua es maleable y que apoyar o rechazar un uso disruptivo, que tiene por objeto reclamar derechos larga e injustamente negados, es una decisión política, no lingüística. Que si se busca un mundo más igualitario, la lengua no es una clave mágica para conseguirlo, pero tampoco se lo puede negar como espacio de disputa. Y que mientras las estadísticas de femicidios crecen y el sueldo promedio de las trabajadoras permanece por debajo del de ellos, conviene no indignarse si alguien mancilla un poquitito las blancas paredes del lenguaje.

El rico no paga | El discurso capitalista, la figura emblemática que lo encarna y los lazos sociales | Página12

Fuente original: El rico no paga | El discurso capitalista, la figur… | Página12

“La grasa militante”, “no se puede gastar lo que no se tiene”, “las tarifas no son caras, por eso van a seguir aumentando”, son frases que hemos escuchado o escuchamos en algunos casos hasta el cansancio los últimos tiempos, donde como es previsible nunca son dichas en primera persona. La grasa que sobra es siempre la de otro, siempre es el otro quien gasta lo que no tiene, nunca quien dice la frase, eludiendo que el problema es en realidad cómo se decide gastar lo que se tiene, o bien, que las tarifas no son caras es obvio que es así, pero solo para quien no tiene ningún impedimento económico. Quienes emiten estas frases no están expuestos a ninguna privación que vayan a producir las consecuencias de las políticas que implica sostener dichas afirmaciones.

Más allá del enojo que provoca escuchar su reiteración cual verdades reveladas, también ponen de manifiesto y encarnan un modo particular de lazo con el otro, que tiene dos variables, por un lado la consolidación del discurso capitalista y por otro el personaje del rico como quien encarna desembozadamente dicho discurso. En estas líneas intento articular ambas variables.

Lo que en psicoanálisis llamamos discurso es lo que permite tanto establecer un lazo social, como volver inteligibles los diferentes modos de relación que se producen entre los sujetos, es decir darle una lógica discursiva a la forma en que los hombres se relacionan.

Desde esta perspectiva, el discurso no necesita ni refiere a las palabras, sino que su función es regular la relación entre diferentes actores de lo social, por ejemplo entre el amo y el esclavo en la antigüedad, entre el capitalista y el proletariado en la modernidad, entre el médico y el paciente, el analista y el analizante, o bien entre el saber y el estudiante, con su variante respecto de la búsqueda de saber que es inherente al discurso de la histeria.

En la actualidad y desde hace ya al menos dos siglos, podemos afirmar que prevalece el discurso capitalista. ¿Qué significa o bien cuál es el alcance de plantear el predominio de este discurso?

El discurso capitalista es una variante del discurso del amo antiguo que se produce a partir de factores históricos y culturales. En relación al primero, a los factores históricos, fundamentalmente el triunfo del protestantismo y del liberalismo económico, donde la riqueza pasa a ser una forma de bendición y de pre-destinación respecto de la salvación divina. Esto implica que están por un lado los “elegidos”, que son los que se enriquecen, deciden y ordenan y por otro los “no elegidos”, a los que les resta trabajar como proletarios.

Entre los factores culturales nos encontramos con una modificación respecto del estatuto del saber, que pasa a funcionar como una mercancía más de la que se apropia el capitalista. Dicha modificación no es ajena a la época donde prevalece la técnica, cuyo fundamento no refiere a nada técnico sino que remite a un modo de intentar apropiarse de lo real que consiste en pensarlo como un recurso del cual extraer el máximo beneficio. Lo real puede referir acá tanto a la naturaleza como a los sujetos, basta para ello situar que cuando se habla de “recursos humanos” o bien de “capital humano”, se pone en juego esa lógica que reduce al sujeto a un recurso al que sustraerle el mayor beneficio. Es por esto que el saber pasa a ser entonces una propiedad, un recurso más, y un instrumento que tiene valor de uso y de cambio.

En el seminario “El reverso del psicoanálisis”, Lacan va a señalar que el proletariado ha sido efectivamente desposeído, pero no solo, agrego yo, de los medios de producción, sino fundamentalmente de la posesión de un saber, lo que lo transforma en un objeto consumible como los otros. Quien posee ahora ese saber es el amo moderno, o bien el capitalista.

La conjugación de estos factores, el protestantismo por un lado (si bien luego se extiende mucho más allá y no queda reducido a la ética protestante) y el lugar del saber por otro, provocan esa modificación que señalaba del discurso del amo transformándolo en el discurso capitalista.

¿Qué caracteriza a dicho discurso? Se distingue por su rechazo y expulsión de lo simbólico. Se trata del rechazo de lo que produce diferencia, por eso a cada necesidad se le ofrece un objeto. Pero como lo que sostiene esta necesidad es una demanda de otro orden, siempre resulta insuficiente.

Como consecuencia se producen objetos “siempre nuevos y necesarios”, mercancías, que intentan fallidamente el encuentro con una satisfacción absoluta, y ante el fracaso inevitable relanzan la carrera infinita de uno a otro. Claro que lo que también oculta esta carrera y esta oferta interminable es la extracción de la ganancia o bien de la plusvalía.

Otro rasgo fundamental de este discurso es que al intentar excluir lo simbólico atenta también contra el lazo social, ya que dicho lazo no es con el otro sino con los objetos. Si el discurso, como señalaba al principio, es lo que hace inteligible y a la vez produce un lazo entre diferentes actores de lo social, el discurso capitalista ya no lo genera entre los sujetos, sino que es de un sujeto, que tiende a estar cada vez más aislado, con un objeto, ya que aun si se trata de un semejante, desde esta lógica, el otro es un “recurso humano” a utilizar o desechar.

Entonces: rechazo de lo simbólico, producción de objetos, de plusvalía, y lazo con objetos o bien con sujetos reducidos a ser “recursos”, lo cual ataca el lazo social, serían los rasgos distintivos de este discurso que impera.

Dicho predominio hace subir a escena a un nuevo personaje: el rico, que detenta dicha condición en tanto poseedor de riqueza, y que es quien no solo se apropia de lo que otros producen, sino que se dedica a sumar plusvalía, suma riqueza a la riqueza, por supuesto siempre la suya. Por eso no puede medir cuánto tiene, es incalculable, definición posible del rico como aquel que perdió la cuenta de sus posesiones.

Y este personaje tiene también un rasgo fundamental no ajeno a esto último, y es que no paga. El rico no paga ya que solo se apropia de lo que producen otros sin arriesgar nada, a diferencia del amo antiguo que estaba dispuesto y de hecho arriesgaba todo.

No paga en un doble sentido, en principio en un sentido económico, ya que desde esta perspectiva en tanto no hay medida de lo que se tiene, difícil es medir cuanto sale, o bien medir un costo.

Pero fundamentalmente tampoco tiene un costo subjetivo, ya que el poseedor de la riqueza, el rico, en tanto “elegido”, se sostiene desde la posesión de los bienes, y es desde allí que todo es comprable e intercambiable, los objetos y los sujetos. Y es esa pretensión de intercambio lo que elimina la dimensión del costo, es decir la dimensión de pérdida inherente al lazo con el otro. No se pone en juego un costo subjetivo.

Por eso los puntos de contacto entre el rico y el cínico, ya que ambos se sitúan desde una posición de tener, de no estar en falta, pretendiendo encarnar al Otro que sabe y tiene la verdad.

También esto hace, y con razón, que se le atribuya insensibilidad, y no me refiero a que no tenga ningún sentimiento, no se angustie o incluso que pueda tener fallidos, sino que tal atribución es efecto de que el lazo del rico nunca es con un semejante, sino con un objeto, y si ese objeto es un gasto que no debe hacerse solo hay que eliminarlo. Es claro que el costo corre a cuenta de ese objeto eliminado, nunca a cuenta de quien lo elimina, más allá de que ese que es desechado tenga una historia, anhelos, deseos y futuro. De allí entonces la atribución de esos rasgos de insensibilidad.

El personaje del rico es la encarnación en su máxima expresión del discurso capitalista, ya que en tanto no paga, el costo siempre es a cuenta del otro y se diferencia del amo antiguo en tanto el rico es solo un hombre de negocios que no arriesga nada. Lleva también a su máxima expresión dicho discurso en tanto muestra descarnadamente la objetalización de todo lo que lo rodea, por eso sus contactos con los “no ricos” siempre tienen algo de artificial y forzado.

Quedan de lado tanto en este discurso como en este personaje las cosas del amor, ya que el amor tanto desde la posición del amante como la del amado pone en juego una falta, una carencia que siempre va a tener un carácter enigmático que no refiere a ningún objeto concreto. Si el amor es “dar lo que no se tiene…”, esta es una noción que no está presente en el rico.

Las frases que mencionaba al principio muestran entonces el carácter de una época donde predomina el lazo que produce el discurso capitalista, y donde el rico es su expresión más acabada.

Si bien desde esta lectura el rico no paga, esto no lo des-responsabiliza de sus actos, ni ante la ley ni ante quienes creyeron en ellos. Pero su responsabilidad no implica asentimiento subjetivo en tanto no pone en juego, no podría hacerlo, efecto de su posición subjetiva, ninguna pregunta acerca de su hacer como consecuencia de esa similitud con la posición cínica. Pregunta por la responsabilidad en el hacer de la que tampoco están exentos quienes creyeron.

Esto lleva a la contracara del rico, que suele ser quien se deja comprar por dicho personaje. Lacan se plantea en el seminario mencionado, ¿por qué hay quienes se dejan comprar por el rico? La respuesta es que eso crea la ilusión de que se va a participar de su riqueza, ilusión que cae estrepitosamente cuando quien se ofrece a ese lugar, se topa con que ha sido y es para el rico solo eso, un objeto consumible.

Es algo similar al chiste de la rana y el escorpión (podemos imaginar a quién representa cada uno de los animales), con la dolorosa diferencia de que en este caso el escorpión sabe nadar y por lo tanto quien se ahoga siempre es solo la rana.

* Psicoanalista.

Los disfraces en la comunicación | Página12

Fuente original: Los disfraces en la comunicación | La ventana / med… | Página12

Entre las recomendaciones que C.S. Lewis incluye en sus Cartas a un diablo novato destaca aquella en la que lo exhorta a que procure demostrar que no existe. La certeza que la gente tenga de su no existencia le permitirá moverse sin dificultades y realizar aquellas cosas que desee sin encontrar impedimentos o resistencias. El mundo actual de las comunicaciones es un mundo de muchos intereses que han aprendido bien esta regla básica y la aplican utilizando todos los recursos que tienen a su alcance. Así, las comunicaciones modernas se presentan como aportes bondadosos para la sociedad y no como un problema.

Como toda auténtica tentación, las comunicaciones masivas se presentan como un bien necesario al que se tiene derecho. No se imponen, apelan a las necesidades humanas. Resulta por demás simple compartir sus posturas. ¿Será éste uno de los motivos por los cuales, en muchos sectores, se manifiesta una actitud pasiva a lo que comunican?

Sabemos que los creadores de ilusión no están interesados en responder a reclamos. Los utilizan como una pantalla para ocultar sus verdaderos propósitos. Por ello inducen a creer que las acciones del gobierno solo buscan beneficiar al pueblo. Pero, no se trata de que están procurando transformar el mundo, como decía Bertolt Brecht, sino de hacerles olvidar por un momento la miseria.

Habría que preguntar si los diversos problemas que aquejan a nuestro mundo tienen algún núcleo conductor y aglutinante, ya sean tanto los derechos humanos, deuda externa, racismo, ecología como el lugar de la mujer, entre otros. Lo cierto es que corresponden a una manera de entender la vida y la sociedad que abarca la justicia, la paz y el bienestar de los pueblos. Por eso se considera que cualquier afectación al sistema actual de la sociedad no proviene de sí mismo, sino de elementos extraños que vienen a erosionar su propia integridad. Una ancestral ideología con resabios de cultura cristiana, puja por absolutizarse abortando todo intento de crítica.

Tal sistema, lo sabemos, está basado en el poder y en su concentración. Promueve el incentivo del lucro. Estimula el consumo. Procura la seguridad de los poderosos y la sumisión de los muchos. Se maneja a partir de la internacionalización  de su sistema económico, desarrollando una penetración colonial. Se sustenta en los intereses de las elites locales dominantes y ejerce su gobierno por medio del control y la represión social. Desarrolla una técnica precisa de corrupción a distintos niveles, mientras se auxilia con cierta justicia para dominar a los espíritus rebeldes. Sabe cómo desvalorizar las culturas autóctonas y descalificar a los movimientos populares. Conoce la fragilidad de la naturaleza humana y utiliza varios cebos para atraer y minar los esfuerzos y la voluntad de cambio.

Este sistema para poder funcionar necesita, entre otras cosas, un elemento de conexión que verifique y convalide su razón de ser y su permanencia. El mundo moderno ya hace tiempo ha encontrado una respuesta: las comunicaciones. Por eso, la concentración acentuada en el poder de la información se convierte en un arma sumamente poderosa para anular toda expresión del derecho humano a comunicarse. La información se pone al servicio de una estrategia de dominación y se acentúan los valores que predominan en los centros de poder. Se busca, así, neutralizar toda posibilidad de que el pueblo se exprese libremente.

Lo que para algunos es un peligro y una amenaza un tanto lejana, en varios otros países del mundo es una catástrofe que están sufriendo los pueblos desde hace mucho. Las probabilidades de vida se han ido limitando para millones, por falta de trabajo, desnutrición y enfermedades. Son víctimas de la rapiña, económica y política, y muchas veces también religiosa, cuyos efectos hoy se expanden a las sociedades que las han generado. Ya no es suficiente referirse a  esos problemas en términos generales. Hacerlo sería ocultar su verdadero origen y evitar denunciar responsabilidades. Pero la realidad universal de muchos problemas no debería hacer olvidar que no se puede acceder a un camino de solución sin partir del hecho que justicia, paz, y bienestar del pueblo son elementos inseparables. No hay camino de restauración si no se comienza desde la perspectiva de los sectores más desprotegidos, muchos de los cuales están desconcertados por el silencio al que han sido condenados, y con quienes hay que empezar a construir la comunidad.

Carlos A. Valle: Comunicador social. Ex presidente de la Asociación Mundial para las Comunicaciones Cristianas (WACC).

El 10% de la población mundial es incapaz de manifestar sus emociones — Noticias de la Ciencia y la Tecnología (Amazings® / NCYT®)

Fuente original: El 10% de la población mundial es incapaz de manifestar sus emociones — Noticias de la Ciencia y la Tecnología (Amazings® / NCYT®)

Viernes, 18 mayo 2018

Sentir tristeza, enojo, alegría o miedo, y expresarlos, puede resultar normal para cualquier persona; sin embargo, alrededor del 10 por ciento de la población mundial tiene dificultades para identificar y manifestar sus emociones.

Este trastorno se conoce como alexitimia, y quien lo padece tiene problemas para describir sus sentimientos y distinguir las sensaciones corporales o estados físicos que conllevan, explicó Jazmín Ramírez, académica de la Facultad de Psicología (FP) de la UNAM (México).

Alexitimia significa ‘sin palabras para los sentimientos’; este término fue propuesto alrededor de 1970 para referir a pacientes con dificultades psicosomáticas.

Aunque no se sabe cuál es su origen, se considera que esta conducta se debe a un constructor psicológico de los estados de ánimo. Algunos especialistas piensan que es de tipo biológico, que las estructuras cerebrales relacionadas con el procesamiento emocional no se desarrollaron de manera adecuada, o bien, que es consecuencia de otro trastorno psicológico-psiquiátrico.

Puede ser adquirida, es decir, que si una persona sufre un daño cerebral en las áreas relacionadas con las emociones es susceptible de tener dificultades para reconocer sus propios sentimientos y, en algunos casos, los de los demás.

Se ha tratado de determinar si la alexitimia podría tener dos dimensiones: una cognitiva y otra afectiva. El primer caso se caracteriza porque los pacientes tienen problemas para identificar, verbalizar y analizar los sentimientos; mientras que en la segunda se les complica comprender la expresión e imaginación de las emociones, indicó.

“Se presenta en mayor medida en pacientes vulnerables a trastornos de la alimentación; de pánico; obsesivo compulsivo; de tipo psicosomático y psicológico como fibromialgia, y con abuso de sustancias y ansiedad”, refirió.

Esta afección también ocasiona procesos imaginativos restringidos y escasez de fantasía, así como un bajo nivel de empatía debido a que las personas no pueden identificar las emociones de los demás, reiteró.

En consecuencia, los pacientes tienen aplanamiento emocional: son impredecibles, desorganizados en cuanto a sus emociones e inadaptados; reaccionan de manera exagerada ante ciertas situaciones y no lo pueden controlar.

La aparición de la alexitimia se ha vinculado más a la adolescencia y la adultez joven. “En estas etapas se empieza a identificar que las personas no son capaces de procesar información de tipo emocional y no pueden reconocer los estados fisiológicos asociados a las emociones”, remarcó.

Es necesario que un profesional haga un diagnóstico diferencial y una evaluación psicológica y neuropsicológica, pues cuando los pacientes llegan a consulta es, principalmente, porque tienen dificultades de interacción social o presentan un aislamiento social que parece un estado depresivo.

Con un diagnóstico positivo, el afectado debe recibir un entrenamiento que le ayude a reconocer los estados físicos que se asocian a las emociones. “Con un tratamiento adecuado se aprende a regular las emociones, siempre y cuando este trastorno no sea de tipo adquirido”, concluyó. (Fuente: UNAM/DICYT)

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