Archivo de la categoría: Seudociencia

Quitar los frenos del coche es una opción personal | C&EN en español | Divúlgame

Puede que los científicos digan que los frenos salvan vidas, pero prácticamente en todos los accidentes de coche se pisa el freno por un ataque de pánico — ¿sabías que antiguamente los coches no tenían frenos?

Es cierto: hubo un tiempo en que lo habitual era utilizar el freno motor. Y en aquellos tiempos, he oído que había muchas menos víctimas de accidentes de coche (y ninguno implicaba el uso de frenos, porque ¡no existían!). Pagamos a los mecánicos para que revisen nuestros frenos; y lo que hacen es enfermarlos (los frenos pueden deformar los rotores) y luego nos cobran por repararlos. Todo el mundo sabe que los mecánicos son, en general, unos estafadores — ¿por qué no iban a serlo si siempre se salen con la suya?

El gobierno quiere obligarnos a tener frenos, pero llevar frenos o no llevarlos es una decisión personal. Infórmate bien y toma tus propias decisiones, por ti y por tu familia.

Así que hablé con mi mecánico de quitarme los frenos del coche y me sorprendió desagradablemente lo mal que me trató. Me acusó de ser un ignorante, y eso que averigüé cuál era el momento de torsión rotacional que los frenos pueden llegar a ejercer en los rotores. ¡¡¡Ni siquiera sabía el momento de torsión máximo que un rotor puede soportar antes de deformarse!!! Me dijo que “los rotores han sido diseñados para recibir presión, eso no es un problema” ignorándome completamente.
Y entonces tuvo la CARA de decirme que mi elección personal tenía consecuencias, que afectarían a la gente de mi alrededor. Ya he terminado con él, estoy buscando un nuevo mecánico. El problema es que tantos mecánicos han sido comprados y reciben dinero de la industria automovilística que TODOS ellos insisten en que mi coche debe tener frenos. La mayoría ni siquiera le echaría un vistazo a mi coche por otras razones, alegando que un coche sin frenos podría causar daños a su establecimiento y a otros coches. Qué montón de gilipolleces, simplemente no les gustan aquellos que creen en técnicas de frenado alternativas.

Es evidente que el gobierno está implicado, porque dice que DEBO llevar frenos. Que no es sólo una cuestión mía, y que podría herir a otras personas. ¿Qué ha pasado con la elección personal? ¿Qué ha pasado con la libertad?

Fragmento de I’m an Anti-Braker [Encouraging an Informed Polity]
Artículo original publicado por Cory Doctorow en boingboing

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La vacunación no es opinable: es una obligación y una responsabilidad social – Buena Vibra

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“El negocio de la desgracia ajena”, un reportaje sobre la bioneuroemoción de Kristing Suleng – Revista Plaza

La pseudoterapia creada por el psicólogo catalán Enric Corbera recauda casi tres millones de euros al año con la premisa de que son los pacientes quienes crean su propia enfermedad. Tiene cientos de miles de seguidores, pero sus detractores son cada vez más fuertes. Ahora va a por ellos.

VALÈNCIA.-Todavía no ha cumplido los 40 años. Padece una neuropatía que le impide crear la mielina que necesitan sus nervios y pierde fuerza en sus extremidades. Lleva siete años de tratamiento con especialistas. Sabe que su enfermedad degenerativa no tiene cura. Casada y madre de dos hijos, la desesperación la empuja a buscar soluciones fuera de la consulta médica. Navega por internet y la red está llena de promesas curativas. La que más le atrae tiene un nombre que cuesta pronunciar: bioneuroemoción. Este movimiento tiene un centro que pasa consulta a pocos kilómetros. Allí le dicen que su neuropatía es fruto de una violación de su padre a su madre. Le recalcan que ellos no la curarán, sino que lo conseguirá ella misma. Le sugireren como cuarentena cortar toda relación con sus progenitores. Y así lo hará.

El relato pertenece a un caso real de Barcelona. Lo cuenta el marido de una seguidora de la bioneuroemoción, quien solicita a Plaza que su testimonio se publique bajo el anonimato por encontrarse en un proceso de divorcio y por haber recibido amenazas de muerte tanto de su mujer como del entorno del impulsor de la bioneuroemoción, el psicólogo catalán Enric Corbera.

Su mujer le solicitó el divorcio en julio por negarse a costear los 4.500 euros que cuesta un curso para convertirse en ‘acompañante’ o pseudoterapeuta en el instituto de Corbera en Rubí (Barcelona). Fue con ella por primera vez hace cuatro años. «No me dejaron entrar porque era una terapia para ella sola. La consulta no tenía factura. Cada visita cuesta 100 euros. La única constancia es la firma de un contrato para comprometerse a que iba de forma voluntaria», recuerda el marido.

Los cambios en la vida familiar se hacen palpables en poco tiempo. A la vez que la mujer deja de relacionarse con sus padres, a quienes da ya por muertos, hermana, sobrinos y amigos; los libros y los vídeos de Youtube de Corbera se convierten en su guía espiritual. Sigue en Facebook solo a pseudoterapeutas. Se encierra en su cuarto todos los días para leer el libro Un curso de milagros, el manual de este movimiento que trata de inculcar a su hijo menor de diez años. Solo se reúne en familia para comer y cenar.

* Lea el artículo completo en el número de enero de la revista Plaza.

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Muere la youtuber que afirmaba haberse curado del cáncer con una dieta vegana | La mentira esta ahi fuera

Mari López, una youtuber estadounidense de origen latino, afirmaba en un canal de youtube que compartía con su sobrina Liz, que se había curado de un cáncer en 90 días por medio de una dieta vegana y oraciones. Finalmente el cáncer pudo con ella.

La mayor de las protagonistas del canal Liz & Mari, había recibido un diagnóstico de cáncer en estado IV, es decir, la enfermedad estaba extendida por todo el cuerpo. En vez de someterse a un tratamiento tradicional, Mari decidió curarlo por medio de una dieta vegana, basada en zumo de limón y jengibre, junto con su fe cristiana.

Llegó a afirmar en su canal que se había conseguido curar de la enfermedad, aunque hace unos meses se la volvieron a diagnosticar y finalmente falleció en diciembre.

Esta triste historia se torna en desquiciante, tras comprobar en un vídeo publicado ayer, que Liz aparentemente culpa de la muerte de su tía, a que en el segundo diagnóstico, Mari optó por abandonar la dieta vegana y aplicarse quimioterapia.

Cita del texto que acompaña a su vídeo:

– My aunt passed away in December because her cancer came back.

My aunt was inconsistent in her diet and spiritual life.

– My aunt did not continue juicing/raw vegan diet when she got diagnosed again, she chose to do radiation and chemo.

– I never pushed my aunt to do anything or stay away from doctors. She chose to do what she did and experienced healing, leading her to share her testimony to help others.

– I have never been against doctors or medical advice.

O incluso se torna en vomitivo al comprobar que ella misma dice (min 10:40), que ha empaquetado todos los vídeos de su tía, los ha subido a vimeo, y pide 70$ para que la gente (desesperada) pueda visualizarlos.

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Pseudociencia alimentaria: con la comida no se juega – La Venganza de Hipatia

La alimentación ha sido siempre un factor clave en la historia de la humanidad. Ha posibilitado el surgimiento de civilizaciones tanto como ha arrasado con ellas, y ha evolucionado, tanto respecto a su producción como su distribución y a su conservación, junto al propio desarrollo tecnológico e ideológico del ser humano. Esto, por supuesto, ha traído consigo grandes avances, como la intensificación de la producción o la llegada de alimentos a zonas en las que antaño las hambrunas eran un evento común, parte incluso del acervo cultural local. Sin embargo, no deberíamos caer en el optimismo ingenuo del que piensa que el ser humano es capaz de gestionar su propio desarrollo de un modo enteramente racional, dado que, pese a todo, seguimos teniendo los mismos sesgos con los que salimos de nuestra África natal, lo cual nos convierte en unos seres más irracionales, tribales y conformistas de lo que nos gustaría admitir.

La pseudociencia aprovecha todos esos sesgos para hacer pasar productos de muy dudosa valía como si gozaran del respaldo de la evidencia científica (Fasce, 2017a). Ello es lo que diferencia este tipo de creencias de otras también carentes de garantía epistémica, como el pensamiento paranormal o las teorías de la conspiración — aunque la pseudociencia incorpora también estos otros tipos de creencias. Como tal, puede ser definida del siguiente modo (Fasce, 2018):

(Pseudociencia) (1) y/o (2) y/o (3) y (4).

  1. Hace referencia a entidades y/o procesos fuera del dominio de la ciencia.
  2. Hace uso de una metodología deficiente.
  3. No está apoyado por la evidencia.
  4. Es presentado como conocimiento científico.

Existen, a su vez, dos tipos de pseudociencia: la promoción de pseudo-teorías y el negacionismo de la ciencia (Hansson, 2017; Fasce y Picó 2018a; 2018b). La promoción de pseudo-teorías es el tipo clásico de pseudociencia, en el que un grupo organizado de personas promueven un contenido doctrinal de una complejidad más o menos variable, desarrollando un amor/odio hacia una ciencia por la que han de hacerse pasar, parasitando sus medios de publicación, de educación y sus instituciones de regulación profesional. Este es el caso de, por ejemplo, la homeopatía, la nueva medicina germánica o la criptozoología. El otro tipo es el negacionismo de la ciencia, que está basado en la animadversión motivada — económica, política o ideológica — hacia una teoría científica en particular. Ejemplos de negacionismo hay muchos, como el movimiento antivacunas, los negacionistas del holocausto o los negacionistas del cambio climático. En este sentido, un tipo de pseudociencia se sitúa al nivel de las teorías científicas, impostándose como tal, y el otro al nivel de las controversias o de las hipótesis, impostando debates inexistentes en el seno de la comunidad científica.

La pseudociencia de la comida

Existe una larga lista de pseudociencias relacionadas directamente con la alimentación (Mulet, 2014): la dieta del grupo sanguíneo, la dieta alcalina, la quimiofobia, el movimiento antitransgénicos, la oligoterapia, la dieta Gerson, la alimentación macrobiótica, la nutrición ortomolecular, el crudismo, la dieta Perricone, dietas detox, la larga lista de superalimentos, o casos concretos que vinculan determinados alimentos con ciertas patologías, por ejemplo, el limón, la soja o la cebolla con la prevención del cáncer, o el gluten con el autismo. La lista, de hecho, es casi infinita, y cada caso merecería un análisis pormenorizado dado que la retórica pseudocientífica en muchos de estos casos puede llegar a ser sofisticada.

La pseudociencia vive un continuo proceso de evolución cultural, modificando sus formas y adaptándolas a las mejores condiciones retóricas que ofrece su entorno, lo cual le permite aumentar su capacidad de convicción y potenciar su distribución epidemiológica (Blancke, Boudry y Pigliucci, 2016). De este modo, encontramos subespecies de pseudociencia que presentan sus propias características bien definidas: por ejemplo, la larga tradición de raigambre psicoanalítica que es la pseudopsicología (Fasce, 2017b), la retórica conspiranoica y pseudocompasiva de la medicina alternativa (Ernst y Fasce, 2017), o la estrecha relación entre la pseudobiología y movimientos conservadores de corte religioso (Pigliucci, 2002). El caso de la pseudociencia en el contexto de la nutrición, por su parte, es muy particular en relación a sus herramientas retóricas específicas.

Por ejemplo, una herramienta de gran importancia para este caso en concreto es el tráfico del asco. El asco es una respuesta emocional ante determinados estímulos que consideramos podrían ser dañinos para nuestra integridad, en la que está especialmente involucrada la ínsula (Wicker et al., 2003), una parte antigua del cortex cerebral que tienen una estrecha relación con el sistema emocional. En este sentido, se trata de un mecanismo desarrollado a lo largo de nuestro proceso evolutivo para la autoprotección — otros pueden ser, por ejemplo, el dolor, la respuesta de ansiedad (fight or flight), el sistema quimiorreceptor trigeminal o la respuesta de protección de zonas especialmente sensibles que conocemos como «cosquillas». Si bien el asco tiene determinadas tendencias innatas, como diferencias de género (Druschel y Sherman, 1998) o mayor asco hacia fluidos o materia pútrida (Curtis, 2007), lo cierto es que se trata de una respuesta muy fácilmente condicionable a diversos estímulos, muy mediada por nuestras preconcepciones morales (Jones y Fitness, 2008; David y Olatunji, 2011). El asco es una respuesta potente, visceral, que puede llegar a relacionarse estrechamente con trastornos de ansiedad u obsesivos-compulsivos (Cisler et al., 2010).

Es habitual que los adeptos a este tipo de pseudociencias generen asco hacia aquello que el contenido doctrinal señala como una posible fuente de contaminación. El ejemplo paradigmático es la quimiofobia, que se suele centrar en los compuestos químicos empleados por la industria, que son acusados de todo tipo de peligros sin evidencia científica alguna a favor. Es habitual que la retórica de estas pseudociencias fomenten el asco hacia los transgénicos, hacia la carne o hacia determinados tipos de comida en determinados momentos. Recuerdo que yo mismo pude vivir un caso más o menos relacionado con esto: cuando era niño iba a un colegio religioso tremendamente estricto y un viernes santo comí carne sin darme cuenta; el resultado al notar mi pecado fueron las arcadas. Muchas veces este condicionamiento del asco viene acompañado por nociones cuasi-religiosas de purificación, por ejemplo en la dieta detox. ¿De qué demonios pretenden desintoxicarnos con esa dieta? Habitualmente son nociones vagas, que se relacionan más con el pensamiento paranormal de redención y purificación del alma (Horberg et al., 2009) que con cualquier cosa parecida a los fundamentos de una dieta sana.

Por último, otras dos características clásica de este tipo de pseudociencias: la apelación a lo natural y la sencillez de sus postulados. Lo natural es un concepto tan difuso como lo químico o lo maravilloso, que sin un marco conceptual claro no es más que una apelación vacua puramente emocional, muy relacionada con una actitud conservadora de «todo tiempo pasado fue mejor» — o «los tomates antes sabían a tomate» o «antes se comía más sano». Esta falacia es casi omnipresente en las pseudociencias relacionadas con la alimentación (Mulet, 2017) y se relaciona con nociones de biologia folk que resultan muy intuitivas: que comer crudo es más natural, que los transgénicos son una aberración contra la esencia de las especies (Blancke et al., 2015) o que los aditivos y conservantes son añadidos que pervierten la bondad de la naturaleza (Ropeik, 2015) — esta última una creencia típica de urbanitas que nunca han tenido que lidiar con la ciega crueldad del mata o muere que impera en la naturaleza.

La sencillez es también típica. Si bien es cierto que encontramos constructos más complejos, como la oligoterapia o la dieta ortomolecular, lo cierto es que, en comparación con otras pseudociencias como el diseño inteligente, el psicoanálisis o la acupuntura, lo que observamos en este caso son constructos teóricos basados en una o dos ideas peregrinas relacionadas de forma negligente con unos pocos conceptos científicos, pero presentados bajo la forma de un mantra repetible y fácilmente asimilable. Por ejemplo, que la dieta debe depender del grupo sanguíneo o que el PH de la sangre ha de ser regulado por medio de la comida. Esto, por supuesto, deja a esta clase de pseudociencias a merced de las críticas, dado que no tienen los formidables mecanismos de defensa ante las refutaciones de pseudo-teorías mucho mejor protegidas del mal tiempo, pero como se trata de ideas que encuentran muy poca resistencia social, especialmente por parte de gente formada que podría aportar refutaciones sustanciales, pueden darse el lujo de ser el sueño de cualquier experto en marketing.

La resistencia a los troglopijos

En España lleva tiempo de moda el término «troglopijo» para designar a aquellas personas con grandes recursos económicos, privilegiadas, que viven en entornos urbanos sofisticados y que, pese o debido a ello, desprecian aquello que les permite llevar la clase de vida que llevan, sosteniendo una visión idealizada de la naturaleza y de la pobreza, asumiendo todo tipo de discursos regresivos que emanan autoodio, postureo y que, por supuesto, llevan consigo una afirmación del propio estatus social alto. Los troglopijos, que creen que los avances que le debemos a la ciencia y que disfrutamos en occidente son un derecho fácilmente alcanzable, son los que contratan doulas para parir en casa porque parir en hospitales y en manos de profesionales es de chusma, los que deciden comer carne cruda o pagar muchísimo dinero por flores de Bach. Al fin y al cabo, la pseudociencia es un bien de lujo, por eso florece entre los estratos sociales más pudientes (MSPSI 2011).

La comida ha sido y es, no solo en nuestra especie, una fuente de jerarquización social y de afirmación de estatus. Los ricos no comen lo mismo que los pobres; ellos comen mejor tanto porque pueden gastar en ello como porque se pueden dar el lujo de poner en entredicho un sistema del que no dependen (van der Toorn et al. 2015). Sin embargo, en una sociedad en la que la comida ya es segura y está al alcance de todos en las mejores condiciones, la actitud de búsqueda de exclusividad y de mayor estatus conlleva un efecto paradójico: comer peor, más peligroso y, encima, en base a ideas ridículas. Comer pseudociencia no es barato; lo barato es lo contrario. Los productos con salvado de la dieta Dukan no son precisamente baratos, como tampoco lo son los complementos vitamínicos sin sentido, los productos de agricultura ecológica, los productos innecesarios sin gluten, la comida macrobiótica, la biodinámica o las consultas con todos estos gurús, siendo, de este modo, únicamente accesibles por las clases más favorecidas.

Pero, ¿cómo ofrecer resistencia ante los troglopijos? En primer lugar, es necesario que los nutricionistas se comprometan con los estándares de cientificidad de su propio campo. Es sencillo notar que un gran porcentaje de ellos son los primeros en apuntarse a estas supercherías, con toda seguridad porque, teniendo un título con el que poder aparentar seriedad, este salto a la pseudociencia les permite obtener más beneficios que la práctica ética de su profesión. El valor de los nutricionistas no reside únicamente en sus conocimientos, sino, principalmente, en su autoridad: el impacto psicológico de la autoridad es mayor que el de unos conocimientos científicos que pueden ser de muy difícil acceso para el consumidor. En efecto, si bien los conocimientos científicos tienen impacto en este tipo de creencias, la confianza en la ciencia tiene un impacto equivalente (Fasce y Picó, 2018c).

Es especialmente relevante en este sentido que los usuarios y proveedores de pseudociencia tengan, como tales, un feedback negativo respecto a su autoimagen. El principal motivador para no engañar a los demás es el mantenimiento de la propia autoimagen de comportamiento ético (Fasce, 2017a), de modo que si permitimos que la pseudociencia continúe siendo vista como algo progresista, tolerante, alternativo y propio de las élites, protegiendo a sus usuarios y ofreciendo un valor añadido social, tendremos la batalla perdida. Para ello, es necesario atender a las variables de pertenencia social de los pseudocientíficos, consiguiendo que adherirse a dicha pertenencia tenga consecuencias sociales negativas y exponiéndolos a las consecuencias perjudiciales de sus creencias — por ejemplo, a los daños medioambientales que conllevan estas ideas delirantes respecto a la comida, a las consecuencias que tienen en la alimentación de los más pobres o a los problemas de salud que ocasionan. Esto, siendo un tratamiento integral y complejo del problema, es lo único que parece realmente efectivo. Todo empieza en que quienes tienen que ponerse serios se pongan serios, recuperando la confianza perdida, pasa por políticos responsables y acaba en que quienes consumen esta clase de cosas entienda que con la comida no se juega.

Por Angelo Fasce

Artículo publicado originalmente en la revista del CNAA, Uruguay. Edición de enero del 2018.

Referencias

Blancke S, Boudry M, Pigliucci M (2016) Why Do Irrational Beliefs Mimic Science? The Cultural Evolution of Pseudoscience. Theoria 83(1): 78-97.

Blancke S, et al. (2015) Fatal attraction: the intuitive appeal of GMO opposition. Trends in Plant Science 20(7): 414-418.

Cisler J, et al. (2009) Attentional bias differences between fear and disgust: Implications for the role of disgust in disgust-related anxiety disorders. Cognition and Emotion 23(4): 675-687.

Curtis V (2007) Dirt, disease, and disgust: A natural history of hygiene. Journal of Epidemiology and Community Health 61(8): 660-664.

David B, Olatunji B (2011) The effect of disgust conditioning and disgust sensitivity on appraisals of moral transgressions. Personality and Individual Differences 50(7): 1142-1146.

Druschel B, Sherman M (1999) Disgust sensitivity as a function of the Big Five and gender. Personality and Individual Differences 26 (4): 739-748.

Ernst E, Fasce A (2018) Desmontando la retórica de la medicina alternativa. Cortinas de humo, errores, conspiraciones y disparates. Mètode Science Studies Journal 94: 79-85.

Fasce A (2017) Los parásitos de la ciencia. Una caracterización psicocognitiva del engaño pseudocientífico. Theoria. An International Journal for Theory, History and Foundations of Science 32(3): 347-365.

Fasce A (2018a) What do we mean when we speak of pseudoscience? The development of a demarcation criterion based on the analysis of twenty one previous attempts. Manuscrito en revisión.

Fasce A (2018b) Divanes y gurús. El origen y los peligros de la pseudopsicología clínica. Mètode Science Studies Journal 94: 95-101.

Fasce A, Picó A (2018a) Conceptual Foundations and Validation of the Pseudoscientific Belief Scale. Manuscrito en revisión.

Fasce A, Picó A (2018b) Two of a Kind. More Similarities than Differences Among Science Deniers and Pseudo-Theory Promoters. Manuscrito en revisión.

Fasce A, Picó A (2018c) Science as a Vaccine. The impact of Scientific Literacy on Unwarranted Beliefs. Manuscrito en revisión.

Hansson SO (2017) Science denial as a form of pseudoscience. Studies in History and Philosophy of Science 63: 39-47.

Horberg E, et al. (2009) Disgust and the moralization of purity. Journal of Personality and Social Psychology 97(6): 972–973.

Jones A, Fitness J (2008) Moral hypervigilance: The influence of disgust sensitivity in the moral domain. Emotion 8(5): 613-27.

MSPSI (2011) Análisis de situación de las terapias naturales. Extraído el 26 de diciembre (2017) de: http://www.mspsi.gob.es/novedades/docs/analisisSituacionTNatu.pdf.

Mulet JM (2014) Comer sin miedo. Madrid: Booket. Mulet JM (2018) La falacia del “argumentum ad naturam”. Homeopatía y agricultura biodinámica en la normativa oficial de la Unión Europea. Mètode Science Studies Journal 94: 103-109.

Pigliucci M (2002) Denying Evolution: Creationism, Scientism, and the Nature of Science. Sunderland: Sinauer.

Ropeik S (2015) On the roots of, and solutions to, the persistent battle between “chemonoia” and rationalist denialism of the subjective nature of human cognition. Human & Experimental Toxicology 34(12): 1272-1278.

van der Toorn J, et al. (2015) A Sense of Powerlessness Fosters System Justification: Implications for the Legitimation of Authority, Hierarchy, and Government. Political Psychology 36(1): 93-110.

Wicker B, et al. (2003) Both of us disgusted in my insula: the common neural basis of seeing and feeling disgust. Neuron 40(3): 655-64.

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Blog Sin Dioses: Calendario laicista, ateo y racionalista

A continuación Sindioses presenta una compilación de las principales conmemoraciones que se han venido gestando en los últimos años, con el fin de promover la ciencia y el razonamiento crítico. Esta propuesta reúne 14 fechas propicias para promover la razón, la ciencia y la laicidad.

A través de Blog Sin Dioses: Calendario laicista, ateo y racionalista

“Las mentiras tienen las patas cortas pero los charlatanes las piernas muy largas” | Materia

La antropóloga argentina Irina Podgorny acaba de publicar el libro ‘Charlatanes’ en el que muestra el nacimiento y la evolución de los curanderos y vendedores de remedios que recorrieron Europa y América confundiéndose con científicos, descubriendo nuevos modos de engañar a la gente y escapando una y otra vez de la persecución

Hubo un tiempo en que la frontera entre la medicina y la charlatanería era muy difusa, hasta el punto en que médicos y charlatanes trabajaban juntos. Un tiempo de curanderos que se hacían pasar por científicos y de científicos que se asombraban por los conocimientos de los charlatanes. En aquellos siglos, entre el XVII y el XIX, se consolidó esta tradición de hombres que iban de pueblo en pueblo engañando a sus habitantes con remedios inútiles y que todavía sigue vigente aunque sea con medios más sofisticados.

Irina Podgorny

Investigadora del CONICET en el Archivo Histórico del Museo de La Plata (Universidad Nacional de La Plata), nacida en Quilmes en 1963, estudiosa de la paleontología y la anatomía comparada en el siglo XIX, ha estudiado el comercio de colecciones de historia natural y la creación de museos. Coordina la elaboración del Diccionario de la Historia de la Ciencia de Argentina.

La antropóloga argentina Irina Podgorny (Quilmes, 1963) ha estudiado cómo eran aquellos charlatanes, una radiografía muy útil para entender cómo son los de ahora. Investigadora del CONICET, llegó el mes pasado a Europa para recoger en Berlín el premio Georg Forster de la Fundación Alexander von Humboldt, otorgado por su trabajo como historiadora de la ciencia, por ejemplo, siguiendo el rastro de los primeros huesos de dinosaurio con los que se traficó tras la ruptura del orden colonial. En la actualidad, está trabajando en el Diccionario de Historia de la Ciencia en Argentina, cuyo primer volumen saldrá el año que viene, y en la biografía paleontólogo argentino Florentino Ameghino. Un “sabio nacional”, un padre de la patria, a través de quien aterrizó en la vida de un tipo excepcional: el charlatán Guido Bennati, un italiano que paseó por toda América del Sur un museo de historia natural que usaba como atractivo para vender sus remedios curalotodo. De su estudio surgió el libro que motiva esta entrevista: Charlatanes. Crónicas de remedios incurables (Eterna Cadencia).

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