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¿Quién fue responsable del incendio de la ayuda humanitaria para Venezuela? – New York Times

CÚCUTA, Colombia – Era una narrativa que cuajaba bien con las críticas por autoritarismo contra el gobierno venezolano: las fuerzas de seguridad, bajo órdenes del presidente Nicolás Maduro, prendieron fuego a un convoy de ayuda humanitaria mientras millones de personas en su país padecen enfermedades y hambruna.

El vicepresidente estadounidense, Mike Pence, escribió que el “tirano en Caracas bailó” mientras sus secuaces “quemaban comida y medicinas”. El Departamento de Estado estadounidense publicó un video en el que se afirmaba que Maduro ordenó la quema de los camiones. La oposición venezolana se refirió a las imágenes de la ayuda en llamas, reproducidas por medios y televisoras en toda América Latina, como evidencia de la crueldad de Maduro.

Pero hay un problema: parece que fue la misma oposición —y no los hombres de Maduro— quien accidentalmente prendió fuego al camión.

Grabaciones no publicadas y obtenidas por The New York Times, así como filmaciones que sí se difundieron —incluidas tomas compartidas por el gobierno colombiano, que ha culpado a Maduro del incendio—, permitieron hacer una reconstrucción de lo sucedido. Esta sugiere que un cóctel molotov lanzado por un manifestante en contra del gobierno es el causante más probable del incendio.

En algún momento, una bomba casera hecha con una botella fue lanzada a las fuerzas de seguridad que bloqueaban un puente que conecta a Colombia y Venezuela para impedir que los camiones con la ayuda pudieran cruzar.

Pero el trapo usado para que estallara la mezcla del coctel se separó de la botella y, ya encendido, voló hacia el camión.

Unos segundos después la grabación muestra a ese camión en llamas.

El mismo manifestante es visible en otro video, unos veinte minutos antes de lo sucedido, impactando otro camión con un coctel Molotov, sin que ese vehículo se quemara.

El gobierno venezolano fue ampliamente condenado después del incendio de la ayuda en febrero.

Más de tres millones de personas han huido de Venezuela por la crisis humanitaria causada por los malos manejos económicos de Maduro y su gobierno. Los opositores políticos que siguen en el país han sido reprimidos por las fuerzas de seguridad; varios fueron arrestados, torturados o forzados a exiliarse. Muchos manifestantes han sido asesinados durante las protestas y muchos más han resultado heridos.

Varios de los críticos de Maduro lo acusan de haber ordenado la quema de los medicamentos en el enfrentamiento fronterizo a pesar de que muchos venezolanos han muerto en los hospitales por la escasez de equipo y medicinas.

Sin embargo, la afirmación de que los camiones llevaban medicinas tampoco parece tener fundamento, según videos y entrevistas.

La Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), principal proveedor de la ayuda que estaba en el puente para ser cruzada desde Cúcuta, no tenía medicamentos listados entre los objetos que anunció como donación. Un funcionario de alto nivel que estaba en el puente ese día de febrero le dijo a The New York Times que el envío quemado contenía suministros como guantes y tapabocas, pero no medicamentos. Videos revisados por el Times muestran que algunas cajas tienen kits de cuidado e higiene, que, según lo que los estadounidenses identificaron en sus listas, tenían suministros como jabón y pasta dental.

Aun así, persiste la acusación de que Maduro quemó medicinas.

“Maduro ha mentido sobre la crisis humanitaria en Venezuela; contrata a criminales para quemar comida y medicamentos destinados para el pueblo venezolano”, escribió John Bolton, asesor de seguridad nacional de Donald Trump, en un tuit publicado el 2 de marzo.

Después de ser contactados por el Times acerca de estas afirmaciones, funcionarios estadounidenses emitieron un comunicado más cauto sobre cómo habría iniciado el incendio.

“Relatos de testigos presenciales indican que el fuego empezó cuando las fuerzas de Maduro bloquearon con violencia la entrada de la asistencia humanitaria”, dice el comunicado. No especifica si esas fuerzas de Maduro iniciaron las llamas.

Funcionarios estadounidenses también hicieron notar que, sin importar las circunstancias, consideran responsable a Maduro porque bloqueó el paso de la ayuda humanitaria, castigando a los venezolanos necesitados.

“Maduro es responsable, por crear las condiciones de violencia”, indicó Garrett Marquis, portavoz del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos. “Sus matones negaron la entrada de toneladas de alimentos y medicinas mientras miles de voluntarios valientes buscaban resguardar y entregar la ayuda a familias venezolanas”.

El intento de ingresar la ayuda generó una confrontación que no se había visto en la frontera entre Colombia y Venezuela en años.

El 23 de febrero, la oposición venezolana planeaba atravesar un bloqueo militar impuesto por Maduro con la expectativa de que las fuerzas de seguridad del gobierno rompieran con él en vez de ser señaladas por no dejar pasar una ayuda tan necesitada. Los opositores argumentaron que entonces habría una cascada de deserciones militares que dejaría sin apoyo al gobierno.

En vez de eso, las fuerzas de seguridad de Maduro y pandillas vinculadas al gobierno atacaron a los manifestantes, que llegaron armados con piedras y bombas molotov. Uno de los camiones resultó quemado en el enfrentamiento, y eso encendió una amarga confrontación sobre quién había sido responsable.

El gobierno de Maduro también ha hecho afirmaciones sin fundamentos, como la permanente insistencia de que no hay escasez de alimentos en Venezuela.

Además, ha reclamado que el envío de la ayuda en realidad tenía suministros caducos o armas estadounidenses.

Pero una de las afirmaciones que sí sería confirmada por evidencia es la de que fueron los manifestantes quienes empezaron el incendio.

“Trataron de montar el falso positivo de que supuestamente el pueblo” había quemado los vehículos de carga “que traían comida podrida”, dijo Maduro el 27 de febrero. Pero “fueron ellos mismos, los delincuentes que [Iván Duque] pagó”, aseguró ante una multitud, en referencia al presidente colombiano.

El día del incendio el gobierno de Colombia estuvo entre quienes promovieron la teoría de que Maduro era responsable de ordenar el incendio. La vicepresidenta Marta Lucía Ramírez publicó una fotografía de lo que llamó “uno de los camiones incinerados por los colectivos por orden de Maduro”.

Después de la destrucción del vehículo el gobierno colombiano envió capturas de la videovigilancia en el puente fronterizo a funcionarios estadounidenses y periodistas colombianos, de acuerdo con oficiales y reporteros que los recibieron.

El video fue editado para que mostrara a círculos de gente alrededor de las fuerzas de seguridad venezolanas que lanzaban gas lacrimógeno, que estallan al hacer impacto, hacia el convoy. Otras imágenes muestran al camión estallar en llamas con la implicación de que los funcionarios venezolanos fueron responsables.

Pero a esas tomas distribuidas por el gobierno colombiano les falta un periodo de trece minutos antes de que iniciara el incendio. Los oficiales de la oficina de Duque no publicaron el video completo después de varias solicitudes del Times.

Los manifestantes que lanzaron cocteles molotov desde el puente insistieron en que las fuerzas de Maduro y no sus bombas caseras iniciaron el fuego.

Junior José Quevedo, de 23 años, dijo que había llegado a las siete de la mañana de ese sábado y que intentó convencer a los policías de que dejaran pasar la ayuda. “Pero después llegó otro grupo armado, que eran colectivos”, en referencia a las pandillas aliadas al gobierno.

Adalberto Rondón, otro manifestante que lanzó bombas en el puente ese día, dijo que fue la Guardia Nacional Bolivariana la que empezó el incendio.

Su relato fue retomado ese día por funcionarios estadounidenses.

“Cada uno de los camiones incendiados por Maduro llevaba veinte toneladas de comida y medicinas”, escribió en Twitter el senador republicano por Florida Marco Rubio, al repetir una afirmación de una televisora colombiana que estaba en el puente. “Esto es un crimen y si la ley internacional significa algo entonces él debe pagar un alto precio por esto”.

Cuando el Times buscó a su oficina para conseguir declaraciones, un vocero de Rubio no hizo mención de responsabilidades por el incendio del camión e indicó en un comunicado que “Maduro tiene la responsabilidad plena por la destrucción de la ayuda humanitaria”.

Juan Guaidó, el líder de la oposición, mantiene que la ayuda tenía medicinas y que también fue quemada por Maduro.

Un portavoz de Guaidó, tras ser contactado por el Times el 7 de marzo sobre la información posiblemente contradictoria respecto del contenido del camión, dijo que “no tenía información precisa” y refirió las preguntas a la parlamentaria Gaby Arellano, encargada de la distribución de ayuda.

Arellano no pudo ser contactada esta semana, pero cuando fue entrevistada por el Times en el puente poco después del incendio del camión, el 23 de febrero, dijo que no llevaba medicamentos.

“Había tapabocas, jeringas, guantes, eso que usan en los quirófanos”, declaró entonces.

Arellano también dijo que las fuerzas de seguridad de Maduro habían quemado el envío y que sus fuerzas lanzaron latas de gas lacrimógeno que estallaron contra el vehículo.

“La bomba lacrimógena, sabes que hay una bomba cuando cae, echa candela”, indicó la parlamentaria. “Como eran cajas [en el camión] a lo que le cayó la primera, se prendió completo”.

Cuando el Times le preguntó si pensaba que había sido a propósito, comentó: “No tiene otra lógica, ¿no? Está el mundo, los medios estaban ahí en vivo. Hay videos para ver de todo”.

Ray Bradbury: Fahrenheit 451 malinterpretado | L.A. Weekly

Fuente original en inglés: Ray Bradbury: Fahrenheit 451 Misinterpreted | L.A. Weekly

CUANDO LOS PREMIOS PULITZER se entregaron en mayo durante un almuerzo en la Universidad de Columbia, se dieron dos menciones especiales. Uno fue para John Coltrane (quien murió en 1967), y fue la cuarta vez que se honró a un músico de jazz. Y el otro fue para Ray Bradbury, la primera vez que fue honrado un escritor de ciencia ficción y fantasía.

Bradbury, un antiguo residente de Los Ángeles que lleva una vida cívica activa e incluso envía cartas al editor de Los Angeles Times sobre sus puntos de vista de lo que aflige a su ciudad, no asistió, y le dijo a la junta de Pulitzer que su médico no quería que viajara.
Pero la verdadera razón, dijo al LA Weekly, tuvo menos que ver con las enfermedades de la edad (que cumple 87 años en agosto) que con el hecho de que los beneficiarios solo se dan la mano con Lee C. Bollinger, el presidente de la Universidad de Columbia, y sonríen por un momento para la fotografía.

Quería dar un discurso, pero no se permiten comentarios. “Ni siquiera un párrafo”, dice con desdén.
En su casa de color amarillo pastel en Cheviot Hills, donde ha vivido por más de 50 años, Bradbury me saludó en su sala de estar. Llevaba su atuendo ahora estándar: una camisa de vestir azul con un cuello blanco y una corbata tipo jack-o’-lantern (Halloween es su día favorito) y medias blancas. Este conjunto está en consonancia con el desarrollo interrumpido [1] de Bradbury. George Clayton Johnson, quien nos dio Logan’s Run, dice: “Ray siempre ha tenido entre 14 y 15 años”.

Bradbury aún tiene mucho que decir, especialmente sobre cómo las personas no entienden su trabajo más literario, Fahrenheit 451, publicado en 1953. Se enseña ampliamente en las escuelas secundarias y preparatorias, y es para muchos estudiantes la primera vez que aprenden los nombres de Aristóteles, Dickens y Tolstoi.

Ahora, Bradbury ha decidido aclarar sobre la escritura de su obra iconográfica y lo que realmente quiso decir. Fahrenheit 451 no es, dice firmemente, una historia sobre la censura del gobierno. Tampoco fue una respuesta al senador Joseph McCarthy, cuyas investigaciones ya habían infundido miedo y ahogado la creatividad de miles de personas.

Esto, a pesar del hecho de que las revisiones, críticas y ensayos a lo largo de las décadas dicen que es precisamente de eso se trata. Incluso el biógrafo autorizado de Bradbury, Sam Weller, en The Bradbury Chronicles, se refiere a Fahrenheit 451 como un libro sobre la censura.

Bradbury, un hombre que vive en el centro creativo e industrial de los reality shows y dramas de una hora, dice que es, de hecho, una historia sobre cómo la televisión destruye el interés por leer literatura.

“La televisión te da las fechas de Napoleón, pero no quién era”, dice Bradbury, que resume el contenido de la televisión con una sola palabra que dice como un epíteto: “factoides” [2]. Dice esto mientras esta sentado en una habitación dominada por una gigantesca televisión de pantalla plana que transmite el canal Fox News, silenciado, con factoides que se arrastran por la parte inferior de la pantalla.

Su temor en 1953 de que la televisión mataría a los libros, dice, ha sido parcialmente confirmado por el efecto de la televisión sobre la sustancia en las noticias. La primera página de L.A. Times de ese día informó sobre los recibos de la taquilla del fin de semana del tercero en la serie de películas de Spider-Man, que parece demostrar su punto.

“Inútil”, dice Bradbury. “Te llenan de tanta información inútil, te sientes lleno”. Se enfurece cuando otros le cuentan lo que significan sus historias, y una vez salió de una clase en UCLA donde los estudiantes insistieron en que su libro era sobre la censura del gobierno. Ahora está rebatiendo la sabiduría convencional generalizada con un videoclip en su sitio web (http://www.raybradbury.com/at_home_clips.html), titulado “Bradbury sobre censura / televisión”.

Ya en 1951, Bradbury presagiaba sus temores sobre la televisión, en una carta sobre los peligros de la radio, escrita para el escritor de fantasía y ciencia ficción Richard Matheson. Bradbury escribió que “La radio ha contribuido a nuestra ‘creciente falta de atención’. Este tipo de existencia tan difícil hace que sea casi imposible para las personas, incluyéndome a mí, sentarse y meterse de nuevo en una novela. Nos hemos convertido en una gente de lectura de historias cortas, o, peor que eso, en personas de lectura RÁPIDA”.

Él dice que el culpable en Fahrenheit 451 no es el estado, es la gente. A diferencia de Orwell en 1984, en el que el gobierno usa pantallas de televisión para adoctrinar a los ciudadanos, Bradbury imaginó la televisión como un opio. En el libro, Bradbury se refiere a los televisores como “muros” y a sus actores como “familia”, una verdad evidente para cualquiera que haya escuchado un resumen de programas de la red en los que un fanático se refiere a los personajes por su nombre, como si fueran parientes, o amigos.

La historia del libro se centra en Guy Montag, un bombero de California que comienza a cuestionarse por qué quema los libros para ganarse la vida. Eventualmente, Montag rechaza su cultura autoritaria para unirse a una comunidad de personas que memorizan libros enteros para que perduren hasta que la sociedad, una vez más, esté dispuesta a leer.

Bradbury imaginó una sociedad democrática cuya población diversa se vuelve contra los libros: los blancos rechazan la cabina del tío Tom y los negros desaprueban a Little Black Sambo. Imaginó no solo la corrección política, sino una sociedad tan diversa que todos los grupos eran “minorías”. Escribió que al principio condensaron los libros, eliminando cada vez más pasajes ofensivos hasta que, finalmente, todo lo que quedaba eran notas a pie de página, que casi nadie leía. Solo después de que la gente dejara de leer, el estado empleaba bomberos para quemar libros.
La mayoría de los estadounidenses no tenían televisores cuando Bradbury escribió Fahrenheit 451, y aquellos que sí miraban pantallas de 7 pulgadas en blanco y negro. Curiosamente, su libro imaginó un futuro de conjuntos de colores gigantes: paneles planos que colgaban de las paredes como pinturas en movimiento. Y la televisión se usaba para transmitir tonterías sin sentido para desviar la atención, y el pensamiento, lejos de una guerra inminente.

Las últimas revelaciones de Bradbury podrían no encajar bien en la industria televisiva de Los Ángeles, donde Scott Kaufer, un escritor y productor televisivo de larga data, argumenta en shows como This Week y Nightline: “La televisión es buena para los libros y ha logrado que más personas los lean simplemente promocionándolos”.

Kaufer dice que espera que Bradbury “sea lo suficientemente bueno en retrospectiva para ver que, en lugar de acabar con la literatura, [la televisión] le haya dado un gran impulso”. Señala el éxito del autor de fantasía Stephen King en televisión y cine, y señaló que cuando Bradbury escribió Fahrenheit 451, había otro temor infundado de que la televisión destruiría la industria cinematográfica.

Y, de hecho, Bradbury se hizo famoso porque sus historias fueron traducidas para televisión, a partir de 1951 para el programa Out There. Finalmente, tuvo su propio programa, The Ray Bradbury Theatre, en HBO.

BRADBURY GASTA la mayor parte de su tiempo en un espacio pequeño en el segundo piso de su casa que contiene libros y recuerdos. Ahí está su Emmy de The Halloween Tree, un Oscar que perteneció a un amigo que murió, la escultura de un dinosaurio y varias decoraciones de Halloween. Bradbury, antes de que un golpe lo dejara en una silla de ruedas, escribía en el sótano, que está lleno de animales de peluche, juguetes, sombreros de bombero y botellas de vino de diente de león. Se refirió a estos accesorios como “metáforas”, tótems que utilizó para despertar su imaginación y ahuyentar a los demonios de la página en blanco.

Comenzando en Arizona cuando sus padres le compraron una máquina de escribir de juguetes, Bradbury ha escrito un cuento corto por semana desde la década de 1930. Ahora él dicta sus historias por teléfono, cada día de la semana entre las 9 de la mañana y el mediodía, a su hija Alexandria.

Bradbury siempre ha sido un fanático y defensor de la cultura popular a pesar de sus críticas. Sin embargo, tiene una desconfianza en los “intelectuales”. Sin definir el término, dice que otra razón por la que rara vez deja de ir a Nueva York para viajar a Nueva York es por “sus intelectuales”.

Dana Gioia, un poeta que es presidente de la Fundación Nacional para las Artes, y que escribió una carta en apoyo de otorgarle un premio Pulitzer a Bradbury, lo comparó con J.D. Salinger, Jack London y Edgar Allan Poe. Otro partidario escribió que las obras de Bradbury “se han convertido en el tipo de clásicos que los niños leen por diversión y los adultos releen por su sabiduría y arte”.

En junio, Gauntlet Press lanzará Match to Flame, una colección de 20 cuentos de Bradbury que lo llevaron a Fahrenheit 451. Señalando su versión inédita de corrección de pruebas de la próxima colección, Bradbury dice que releer sus historias lo hizo llorar. “Es difícil creer que escribí esas historias cuando era más joven”, dice.

Su libro sigue siendo un clásico. Pero uno de los residentes más conocidos de L.A. quiere que se entienda que cuando lo escribió estaba mucho más preocupado por los efectos aburridos de la televisión en las personas, que por el efecto silenciador de un gobierno de mano dura. Si bien la televisión, de hecho, ha reemplazado la lectura para algunos, al menos podemos estar agradecidos de que los bomberos todavía apagan los incendios en lugar de encenderlos.

[1] Inmadurez o adolescencia permanente.

[2] Según la Wikipedia, “significaba originalmente un «hecho» completamente falso, e inventado para crear o prolongar la exposición pública o para manipular la opinión pública”

Accidentally Wes Anderson

Fuente original: Accidentally Wes Anderson

El cineasta estadounidense Wes Anderson es conocido, entre otras características, por su obsesión por los detalles en cada unas de sus películas. Esa obsesión lo lleva a usar muchos encuadres simétricos.

Esta página (que enlaza a otra en Instagram) muestra una gran cantidad de fotografías tomadas en distintas partes del mundo, homenajeando el trabajo de Anderson.

Ah, y si quieren saber un poco más de las características del trabajo de este eineasta, el siguiente artículo podrá ayudar: Wes Anderson, mucho más que simetría y frontalidad: analizamos todas las claves de un cineasta extraordinario.

También podemos ver una muestra de cómo usa la simetría en muchas de sus tomas:

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Cuando la distopía tecnológica es una realidad. ¿Cuentos chinos?

Fuente original: Cuando la distopía tecnológica es una realidad. ¿Cuentos chinos?

El estado chino ha instalado 170 millones de cámaras de videovigilancia capaces de rotar 270 grados, operar de noche e identificar a 120 personas por segundo. Y esto solo es el principio ya que para el 2020 se prevé la instalación de 600 millones de cámaras que contribuirán a través de algoritmos gestionados por inteligencias artificiales a crear una base de datos de todos los ciudadanos en la que figurarán entre otros ADN, escaneo corporal y de iris. A través de esta pondrán en marcha un sistema de “crédito social” por puntos.

De aplicaciones de crédito a aplicaciones de “crédito social”: cuando se mezcla lo publico y lo privado

Zhima Credit es una aplicación que funciona actualmente con Alipay y te permite pagar con tu móvil. Dependiendo de tus hábitos y capacidad de compra te ofrece beneficios financieros. Lo rocambolesco (y por lo que se le compara con Black Mirror) es que la app te valora dependiendo de las interacciones que tengas con tus amigos en las redes sociales. Esta app no solo se usa en China sino que Airbnb también la está promocionando entre sus consumidores.

Tu puntuación social acaba repercutiendo en tu día a día dándote ciertos beneficios o inconvenientes. Cosas como no tener que dejar deposito al alquilar un hotel o vehículo, tener prioridad en aeropuertos si tu puntuación es alta o que no puedas acceder a determinados servicios, así como que se denieguen visados para Singapur o Luxemburgo si tu puntuación es baja.

Alibaba (una entidad de Big Data con más de 500 millones de usuarios en sus plataformas online) fue elegida por el Banco Central de China en 2015, para llevar a cabo el “Sistema de Crédito Zhima”. Según  su comercial Chris Tung es debido a la calidad de sus datos que van desde el tipo de cine que ve, la música que escucha o el coche que conduce. Lo cual permite reconstruir el estilo de vida del consumidor y sus afinidades. Si bien Zhima funciona como programa, es Alibaba quien decide la cantidad de puntos que otorga a cada cliente en base a su capacidad adquisitiva, su comportamiento y “su fiabilidad” gestionada por la capacidad de cumplir el contrato económico con Alipay o su reputación en la red.

Todo este procedimiento no sería posible sin la ayuda de la empresa privada Face ++, que es la que se ocupa del reconocimiento fácil y uso de las cámaras. Face ++ tiene acceso a las bases de datos del gobierno donde figuran todas las fotos de las personas buscadas y cuando el rostro de una de sus cámaras coincide con estos datos se activa una alarma.

Las empresas privadas son contratadas por el sector público y obtienen subvenciones estatales. Así mismo, las fuerzas de seguridad pueden usar las tecnologías de dichas empresas. Las autoridades y las empresas recaban y centralizan cada vez más información y debido a la potencia de los servidores es posible guardar cada vez más datos y relacionarlos (incluidos historiales médicos, transacciones y afiliaciones a diferentes organizaciones) .

Variaciones en el concepto de privacidad y reconocimiento facial

El reconocimiento facial ya era habitual en China, donde una Inteligencia Artificial te sugiere que tomar en base a tus facciones o tu edad en un restaurante. También puedes sacar dinero exhibiendo tu rostro en algunos cajeros o probarte ropa o cosméticos de forma virtual.

Estos avances tecnológicos también tienen usos de control social como el de mostrar en paneles los rostros de los ciudadanos incívicos que se han saltado un semáforo o han ido en dirección contraria. La única forma de que tu cara desaparezca del panel es pagar una multa en comisaría.

Aunque el concepto de reconocimiento facial nos suena un poco raro en Europa recordemos que algunos móviles ya se desbloquean con tus facciones y que la red social Facebook se ofrece a reconocer a tus amigos en las fotos para que los etiquetes y nadie pregunta a donde van a parar esos datos.

Sin duda, con el desarrollo de la web semántica, las redes sociales y de plataformas de compra online nuestro concepto de `privacidad´ ha variado muchísimo y es un argumento constantemente utilizado por los creadores de Alibaba: que están haciendo lo mismo que Facebook o Google y nadie pone el grito en el cielo por ellos.

Nuevos cambios legislativos, antes impensables

La verdadera incógnita del caso chino es qué nuevo paradigma social creará este cohabitar con el control constante. Un discurso muy manido y de común consenso es que la tecnología no es buena o mala en si misma sino una herramienta que según su uso puede derivar en unas situaciones u otras.

¿Qué parámetros usará el estado chino para manejar esta distopia tecnológica? Según ellos solo accederán a la red cuando sea necesario y utilizan el mismo argumento que el resto de los estados: “Si no haces nada malo, no hay nada que temer”.

Aseguran que esta red de videovigilancia preverá y acabará con los delitos. Sin embargo, el mercado internacional tiene claro que investigará las posiciones políticas de sus ciudadanos y reforzará el poder del estado y del Partido. Una opinión que sostiene Human Right Watch que cree que buscan identificar, a través de información privada, a las personas que se desvían del pensamiento normal para tenerlas vigiladas a través de lo que llaman `policía en la nube´.

Yo siempre creí que 1984 y  Minority Report eran advertencias, no manuales de uso.

Inquebrantables | El Cohete a la Luna

Fuente original y artículo completo: Inquebrantables | El Cohete a la Luna

Como siempre, recomiendo visitar el sitio de origen, para obtener mayor información del tema y, en este caso, para conocer el enorme trabajo periodístico de este sitio independiente argentino. El Cohete a la Luna es un sitio de investigación y análisis creado por el periodista y escritor Horacio Verbitsky, conocido por su trabajo de investigaciones de décadas. Personalmente, pienso que es un periodista de los que ya no hay muchos. A Verbitsky lo acompaña un equipo de primera (como por ejemplo, Marcelo Figueras), varios de los cuales colaboran o han colaborado (como el propio Verbitsky) en el pasado con el diario argentino Página 12.

(No tengo ninguna relación comercial, laboral o personal con El Cohete a la Luna ni con ninguno de sus miembros o colaboradores, salvo de ser ávido lector del sitio).

La dignidad es una virtud discreta como el aire: sólo se repara en ella cuando se la pierde.

¿Se acuerdan de la dignidad? Me refiero a una virtud a la cual, hasta no hace tanto, se le concedía importancia. Tanta que, en el lamentable caso de su ausencia, había que preocuparse por fingir que se la poseía. “Quítenle el delantal al obispo, el sombrero y su lazo al alguacil; ¿qué serían ellos, de este modo? Hombres. Simples hombres. La dignidad, y hasta la santidad, a menudo dependen más de la chaqueta y la pechera de lo que alguna gente imagina”, escribió Charles Dickens en Oliver Twist.

En tiempos de Dickens se presumía que la dignidad era patrimonio de ciertos estamentos y posiciones en el firmamento social. Pero a partir de entonces —Dickens y Marx vivieron en la misma ciudad durante los mismos años, y deben haber sido testigos de similares abusos—, comenzó a reivindicarse el derecho de otros actores a reclamar la dignidad que les correspondía también, por el mero hecho de formar parte de la especie humana. Booker T. Washington (1856-1915), que había nacido esclavo y llegó a consejero del Presidente de los Estados Unidos, lo puso de este modo: “Ninguna raza puede prosperar hasta que aprenda que hay tanta dignidad en arar un campo como en escribir un poema”.

El XX fue el siglo del experimento democrático: un movimiento fenomenal, a escala del orbe, tendiente a dotar a cada individuo de los mismos derechos esenciales, independientemente de su origen y condición. En cambio el siglo XXI arrancó con ínfulas de restauración: un intento desembozado de retornar a tiempos con otras jerarquías, donde no existía mérito más grande que el privilegio. En este contexto no extraña que la dignidad se haya convertido en una virtud elusiva, difícil de definir. Resulta más sencillo describirla como lo que no es que por la afirmativa. “No hay dignidad alguna en aquel que es malvado, ya sea que vista púrpura o harapos”, escribió Herman Melville. “El infierno es una democracia de demonios, ya que allí son todos iguales”. Esta intuición de Melville me deleita: la idea de que, en el infierno, a los malvados se los condena a vivir eternamente en aquello que más detestan — una democracia.

“Sin dignidad, la identidad resulta borrada”, escribió Laura Hillenbrand en Unbroken, la historia real de un prisionero durante la Segunda Guerra. “En su ausencia, los hombres dejan de definirse a sí mismos para ser definidos por sus captores y las circunstancias en que se los fuerza a vivir”. Sin embargo, Hillenbrand escribió ese libro para demostrar que es posible conservar la dignidad en las peores situaciones, como hizo su protagonista, el inquebrantable Louis Zamperini, que durante dos años y medio fue torturado y humillado en un campo de concentración japonés. Aunque todavía no estemos en condiciones de definirla, contamos ya con un aspecto de la noción que nos resulta asequible: dignidad es aquello que conserva Milagro Sala aunque esté prisionera —eso que se percibe cada vez que habla, cada vez que vemos la expresión de su rostro— y que Gerardo Morales no consigue, aun cuando el mundo se incline a su paso.

Porque —he aquí una de sus características claves— la dignidad es una virtud democrática, a la que todos podemos aspirar y que nadie puede conceder ni regalar ni legar como herencia. No depende de nuestra clase social ni de la cuenta bancaria porque no hay modo de comprarla, por más verdes que pongas sobre la mesa. Es algo que se obtiene, o no, a consecuencia del comportamiento que se desarrolla en esta vida. Se desprende de lo que hacemos y decimos y hasta de lo que callamos —pregúntenle al bíblico Job—, particularmente en los momentos más difíciles. Aun cuando se arribe a una posición a la que se le reconoce dignidad de origen (ser electo por pares, por ejemplo), esa valía tiene que ser refrendada y sostenida en los hechos y a diario, porque el dignidómetro no perdona: es meritocrático de modo implacable, lo cual explica por qué nuestros gobernantes están en caída libre. “La dignidad no consiste en poseer honores, sino en merecerlos”, decía Aristóteles. La administración Macri puede conservar el honor formal que se desprende del espaldarazo en las urnas, pero ya está claro que no merece otros.

Días atrás trabajaba sobre un tema distinto al que pensaba consagrarle este artículo, cuando Macri hizo uso de la cadena nacional y anunció que volvíamos al Fondo. (“He decidido”, dijo, apelando a una verbalización compuesta que demostró cuán desesperadamente aspiraba a la dignidad. Que se le escapó de todos modos a través de los dientes apretados, más veloz que un dólar al volar de Argentina.) Y entonces recordé tres historias, vinculadas entre sí por ciertos nombres y alguna circunstancia, que a pesar de haber ocurrido allá lejos y hace tiempo todavía producen ecos que reverberan en la Argentina de hoy.

¿Eran 70.000?

Es poco lo que se sabe del Espartaco histórico. Plutarco dice que era tracio, o sea de la península balcánica, al norte del Egeo. El historiador Apiano de Alejandría sostiene que “había servido a los romanos como soldado, pero después se convirtió en prisionero y fue vendido como gladiador”. Lucio Anneo Floro especifica que la razón de su caída tuvo que ver con la deserción del ejército; y que su venta como gladiador se debió a “la consideración que despertaba su poderío físico”. Plutarco agrega que estaba casado con una profetisa de la tribu de los medos, que habría sido esclavizada al igual que él.

Se lo trasladó entonces a la escuela de gladiadores (ludus) de Capua, regida por Lentulus Batiatus. Todo indica que pertenecía a la categoría que en aquella época equivalía a un peso pesado, aquellos llamados myrmillo.

Los registros indican que en el año 73 AC lideró a un grupo de 70 gladiadores que escaparon de su cautiverio. Reclutando a otros esclavos con el mismo anhelo de libertad, derrotaron a las legiones que enviaron a reducirlos y se retiraron a las faldas del volcán Vesubio. Preferían el riesgo de la erupción y la lava a someterse nuevamente a la justicia de la República.

La respuesta de Roma sugiere que Espartaco y los suyos fueron considerados un problema policial —de inseguridad, diríamos hoy— antes que político. Y había motivos para considerarlo así. Los esclavos fugados robaron víveres y se guardaron, lejos del mundanal ruido. Aun después de derrotar a los legionarios / canas enviados a escarmentarlos, su actuación sugiere que no tenían intención de encabezar una revuelta. No asumieron la ofensiva, no dieron a conocer manifiesto alguno, no avanzaron sobre Roma para arrasar con sus instituciones. Lejos de ello, se trasladaron al sur de climas más benignos. Cada vez más esclavos se fugaban de sus puestos para unírseles; también se les pegaban “los pastores de la región”. Pronto pasaron de ser 70 a 70.000.

Y así, el problema devino político. El sistema republicano —porque Roma no era imperio, todavía— no funcionaba sin esclavos y el sur devenía territorio liberado. Ironías de la historia: el Senado puso al mando de sus ejércitos a Marco Licinio Craso, que además de haberse ofrecido como voluntario para la misión era, oh casualidad, el ciudadano más rico de Roma. (¿Se imaginan a Marcelo Mindlin liderando en persona la represión contra un alzamiento de pobres?)

Y el escarmiento tronó. Un rejunte de gladiadores, esclavos y pastores no iba a convertirse nunca en adversario capaz de resistir al mejor y más grande ejército del mundo. Plutarco, Apiano y Floro dicen que Espartaco murió durante la batalla final; Apiano agrega que su cuerpo no apareció nunca. Seis mil sobrevivientes del alzamiento fueron crucificados a lo largo de la Vía Apia, entre Capua y Roma, en un antecedente del marketing y la publicidad política que practican los Durán Barba de hoy.

En el resto de los detalles los historiadores divergen. Apiano sostiene que la intención de Espartaco era arrasar con Roma, aunque ninguno de sus movimientos confirma la especie; Plutarco, en cambio, dice que sólo se acercó a Roma en su intención de fugar al norte y cruzar los Alpes; tal vez soñaba con un lugar del mundo donde no llegasen las garras de la República.

A juzgar por los hechos, suena a que estiró el final inevitable —la llamada Tercera Guerra Servil duró unos dos años—, para que los 70.000 pudiesen disfrutar lo más posible de la dignidad que siempre les habían negado.

Howard cogió su fusil

Veinte siglos y una yapa después, Howard Melvin Fast (noviembre 11, 1914 / marzo 12, 2003) se convirtió en preso político y fue a dar a la cárcel, acusado de desacato al Congreso de los Estados Unidos. Hijo de inmigrantes —su padre era un judío ucraniano, de apellido Fastovsky—, había conocido la necesidad desde pequeño: su madre murió cuando tenía nueve años, su padre perdió el trabajo por culpa de la crisis y Fast debió salir a la calle a vender diarios. Un conchabo part-time en la biblioteca pública de New York hizo posible el único placer a su disposición: leer libros gratis. A los 18 años ya había publicado su primera novela, Dos valles, que evidenciaba lo que habría de convertirse en una constante de su obra: el interés por la historia de su tiempo.

Pasó la Segunda Guerra trabajando para la Oficina de Información y escribiendo para la Voz de las Américas. En pleno conflicto —1943— se afilió al Partido Comunista de los Estados Unidos. Pero la posguerra supuso el inicio de las hostilidades contra aquellas figuras públicas que expresaban ideas de izquierda. En 1947 Hollywood se convirtió en un blanco, con la excusa de que era un nido de subversivos que difundía propaganda socialista. Los primeros en figurar en una lista negra fueron aquellos llamados Los Diez de Hollywood, entre los que figuraban escritores como Ring Lardner Jr. y Dalton Trumbo, el autor de Johnny cogió su fusil; de allí en más, el Senado presionó a la industria para que boicotease y dejase sin trabajo a gente tan notable como Charles Chaplin, Orson Welles y Paul Robeson.

En 1950 Fast fue convocado ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Le pidieron que difundiese la lista de quienes habían contribuido a una causa vinculada a la Guerra Civil Española. Fast se negó a difundir los nombres de los que habían puesto plata. (Entre los que figuraba, por cierto, el de Eleanor Roosevelt.) Las imágenes de su testimonio son estremecedoras. Allí se ve a un hombre solo —calvo, de aspecto oficinesco: la antítesis de un gladiador—, en pleno circo romano, enfrentándose al poder del Estado y de los medios sin más armas que su dignidad.

Fue en Mill Point, la prisión federal a que lo trasladaron, que recordó la historia del esclavo que había procurado su propia libertad y plantado bandera ante Roma. Comenzó a cranear allí una novela —de hecho, aprovechó el encarcelamiento para estudiar latín— que terminó una vez que lo liberaron. Pero entonces se topó con una nueva dificultad: nadie quería —nadie tenía huevos para— publicar Espartaco en los Estados Unidos.

Lo que reproduzco aquí es un texto que Fast incluyó en una edición tardía del libro, de donde lo extraje.

‘Espartaco’ y la Lista Negra

Cuando me senté a comenzar la larga y difícil tarea de escribir la primera versión de Espartaco —hace más de cuarenta años—, yo acababa de ser liberado de la prisión. Había trabajado mentalmente en el tema cuando todavía estaba allí, un ambiente excelente para la tarea. Mi crimen fue el de negarme a entregarle al Comité de Actividades Antiamericanas la lista de contribuyentes al Comité Antifascista de Refugiados.

Con la victoria de Francisco Franco sobre la legalmente constituida República Española, miles de soldados republicanos, sus seguidores y sus familias habían cruzado los Pireneos rumbo a Francia, y muchos se habían establecido en Toulouse, de los cuales gran cantidad estaban enfermos o heridos. Su condición era desesperante. Un grupo de antifascistas encontró el dinero para conprar un viejo convento y convertirlo en hospital. En ese momento había gran apoyo a la causa de la España Republicana entre gente de buena voluntad, muchos de ellos muy prominentes. Fue la lista de esa gente la que me negué a entregar, y en consecuencia los miembros del grupo fuimos condenados en desacato y enviados a prisión.

Fue una mala época, la peor que mi buena esposa y yo hubiésemos vivido. El país estaba más cerca de lo que nunca había estado de convertirse en un Estado policial bajo la égida de J. Edgar Hoover, el jefe del FBI, que se comportaba como un tiranuelo. El miedo a Hoover y los archivos que usaba en contra de miles de liberales permeaba el país. Nadie se animó a votar y a hablar en contra de nuestra prisión. Tal como lo dije, no era el peor de los momentos para escribir un libro como Espartaco.

Cuando terminé el manuscrito, se lo entregué a Angus Cameron, mi editor en Little, Brown and Company. Amó el libro, y dijo que lo publicaría con amor y placer. Entonces J. Edgar Hoover le hizo saber a Little, Brown que no debían publicar el libro. Angus Cameron renunció en protesta y yo envié el manuscrito a otras siete editoriales. Todas se negaron a publicarlo. La última fue Doubleday. Después de una reunión del comité editorial, George Hecht, director de la cadena de librerías de Doubleday, abandonó el lugar en muestra de enojo y de disgusto. Me telefoneó entonces, diciendo que nunca había visto un despliegue de cobardía semejante y me dijo que si yo mismo publicaba el libro me compraría 600 ejemplares. Yo nunca había publicado un libro por las mías, pero hubo apoyo de la comunidad liberal y por eso fui adelante, invirtiendo el poco dinero de que disponía. De algún modo logré hacerlo.

Para mi sorpresa, vendió 40.000 ejemplares de tapa dura, y varios millones años más tarde, cuando el terror ya había terminado. Se lo tradujo a 56 lenguajes y finalmente, diez años después de haberlo escrito, Kirk Douglas persuadió a Universal Studios de convertirlo en un film.

Supongo que en alguna medida se debe al tiempo que pasé en prisión. La guerra y la cárcel son difíciles de abordar para un escritor, a no ser que haya tenido alguna experiencia al respecto. Yo no sabía latín, y aprendí bastante entonces, la mayoría de lo cual olvidé ya, como parte del proceso hacia la escritura. Nunca me arrepiento del pasado, y si mi propio sufrimiento ayudó a escribir Espartaco, supongo que valió la pena.

HF,

Old Greenwich, Connecticut, marzo de 1996.

Trumbo recupera su nombre

Cuenta la leyenda que Kirk Douglas —nacido Issur Danielovitch y crecido en la miseria, como lo adelanta el título de su autobiografía: El hijo del trapero— se mosqueó con William Wyler, que ya lo había dirigido en Detective Story (1951), porque prefirió a Charlton Heston para el protagónico de Ben-Hur. Poco después su socio Edward Lewis, vicepresidente de Bryna Productions —la empresa productora de Douglas, bautizada con el nombre de su madre—, le alcanzó un ejemplar de Espartaco. El actor compró los derechos y sumó a tres de los actores más prestigiosos del momento: Laurence Olivier, Charles Laughton y Peter Ustinov, para convencer a los estudios Universal de que podía armar una producción de lujo, o sea respetable.

La idea era que el mismo Fast adaptase su novela. Pero el formato del guión cinematográfico se le resistió y Douglas tuvo una idea tan brillante como riesgosa: contratar a Dalton Trumbo, uno de Los Diez de Hollywood, que llevaba años en las listas negras.

Dalton Trumbo, el excepcional escritor y guionista.

Trumbo trabajaba en la industria del cine desde 1937 pero también escribía prosa. Su novela anti-bélica Johnny cogió su fusil ganó el Premio Nacional como Libro Más Original de 1939.

A mediados de 1946, William R. Wilkerson, uno de los fundadores de The Hollywood Reporter, publicó una columna titulada Un voto para José Stalin, donde denunciaba a Trumbo y a otros como comunistas. En octubre del ’47, esos diez fueron convocados a testificar ante el Comité Antiamericano. Como se negaron a convertirse en informantes, se los condenó a prisión en desacato. Aunque apelaron, la Corte Suprema los largó duros. Trumbo pasó once meses preso en una cárcel de Ashland, Kentucky.

Cuando lo soltaron, descubrió que se había convertido en un paria. La Motion Pictures Association of America (MPAA) lo había prohibido, a no ser que renunciase públicamente al “comunismo”. Trumbo vendió su casa y se fue a vivir a México, para bajar gastos. Desde allí escribió treinta guiones con seudónimo para estudios clase B como King Brothers Productions, ganando una ínfima parte de lo que había cobrado hasta su proscripción; algunos de ellos tan memorables como el de Gun Crazy (1950). Como el miedo seguía permeando conductas, Hollywood optó por la hipocresía: Trumbo ganó dos premios Oscar, uno por La princesa que quería vivir (Roman Holiday, 1953) y otro por The Brave One (1956), que no pudo recoger porque formalmente habían sido escritos por “Ian McLellan Hunter” y “Robert Rich”.

Este era el tipo al que Douglas contrató, con la vaga idea de que firmase el guión de Espartaco como “Sam Jackson”. Pero la labor de Trumbo fue —nuevamente— excepcional. El guión no se perdía ni una sola oportunidad de usar la vieja historia como espejo del presente. En alusión a la tiranía practicada por Hoover al frente del FBI, arrancaba con una voz en off que decía: La era del dictador estaba por empezar, esperando en las sombras que un evento le permitiese pasar al frente. Comentaba además la cuestión de la esclavitud: obligado a enfrentarse a Espartaco —otro esclavo como él—, el gladiador negro Draba (Woody Strode) prefería sacrificarse y atacar, en cambio, al rico Craso. (Con ese acto póstumo, demostraba que había entendido quién era su enemigo: no el pobre como él, a quien lo forzaban a atacar, sino el poderoso al comando del sistema.) Y el final, donde Trumbo se aparta de la novela de Fast —que seguía a los historiadores clásicos y pintaba a Espartaco muriendo en batalla—, dramatizaba el intento de Hoover y McCarthy por convertir a ciudadanos en delatores. A pesar de haber sido derrotados, los esclavos se niegan a decirle a Craso cuál de ellos es Espartaco. Todos y cada uno se ponen de pie y gritan, sabiendo que al hacerlo se condenan a muerte: “Espartaco soy yo”.

Douglas quiso entonces que Trumbo firmase el guión con su nombre real. En su autobiografía cuenta que la decisión fue consecuencia de una reunión con su socio Eddie Lewis y el director Stanley Kubrick, para decidir a quién le atribuirían el guión. Se lanzó la idea de que lo firmase Lewis, pero este la rechazó. Kubrick sugirió su propio nombre, con tanta ansiedad por quedarse con el crédito que terminó disgustando tanto a Lewis como a Douglas. (Se puede ser muy talentoso pero carecer por completo de dignidad.) Al día siguiente, Douglas llamó a la oficina de entrada a los estudios Universal y dijo: “Quiero dejar un pase para Dalton Trumbo”.

“Fue la primera vez en diez años —escribió Douglas— que (Trumbo) puso pie en un estudio. Me dijo: Gracias, Kirk, por devolverme mi nombre”.

Los inconvenientes no acabaron ahí. La popular chimentera Hedda Hopper —la Mirtha Legrand de su tiempo— pidió con todas las letras que el público no fuese a ver la película escrita por “dos commies” — o sea, Fast y Trumbo. Organizaciones anticomunistas como la National Legion of Decency armaron piquetes, para impedir que la gente llegase a los cines.

Pero el boicot fracasó cuando el presidente electo en persona —un tal John Fitzgerald Kennedy— cruzó uno de esas barreras humanas para ver Espartaco.

El sueño de Espartaco

¿Qué sería, entonces, la dignidad? Hay quienes ponen el acento en la elegancia que concede a aquellos que encajan los peores golpes. “El hombre ideal —se ve que a Aristóteles le preocupaba el tema— soporta los accidentes de la vida con dignidad y con gracia, sacando el mejor partido posible de las circunstancias”. Más cerca nuestro, Matthew Quick, autor de The Silver Linings Playbook (2008, llevada al cine como El lado luminoso de la vida), escribió: “La vida no es una de esas pelis aptas para todo público que te hacen sentir bien. A menudo, la vida real termina mal. La literatura trata de documentar esta realidad, mientras muestra que es posible tolerar noblemente”.

Pero la dignidad es más que la entereza con que Job enfrenta la mierda que Dios le echa encima para ganarle una apuesta a Satán (qué Dios más indigno, dicho sea de paso); no es sólo una virtud pasiva. Es la aceptación tranquila de que, puestos en una circunstancia difícil, haremos lo que hay que hacer aunque no nos convenga y nos exponga a la violencia y el infortunio. En este sentido no es una virtud necesariamente heroica, sino de seres comunes que aceptan —con cierta resignación, tal vez— estar a la altura de la mejor versión de sí mismos: como Espartaco, como Fast, como Trumbo. Esa dignidad define la forma en que se sobrellevan las desgracias pero, ante todo, la forma activa en que se las resiste. Porque se trata de la única riqueza de la que se niega a desprenderse aquel que ha perdido, o está perdiendo, todo lo demás.

Victor Hugo —otro coetáneo de Dickens y de Marx, que en consecuencia había visto de cerca el rostro monstruoso del capitalismo naciente— creía que un prestamista era peor que un esclavista, “porque el amo es dueño de tu cuerpo, pero el prestamista es dueño de tu dignidad”. ¿Qué decir entonces de aquellos que ponen a un ser humano en la necesidad de endeudarse para salvar a su familia? ¿Quién sería peor que un prestamista?

He aquí la dedicatoria que Fast puso al comienzo de su edición artesanal de Espartaco:

Este libro es para mi hija Rachel y para mi hijo Jonathan. Es la historia de bravos hombres y mujeres que vivieron hace mucho tiempo, y cuyos nombres han sido olvidados. Los héroes de esta historia veneraban la libertad y la dignidad humana, y vivieron noblemente. La escribí para que aquellos que la leyesen —mis hijos y los demás— encontrasen en ella fortaleza para enfrentar nuestro propio, atribulado futuro, y para que luchasen contra la opresión y el mal — de modo que el sueño de Espartaco se realizase en nuestro tiempo.

Nadie es Espartaco porque quiere. Pero cuando nos ponen entre la espada y la pared —Trumbo lo cazó al vuelo—, Espartaco somos todos.

El hilo que recuerda el “Caso Nariyah” o cómo la manipulación puede promover una guerra – Público

Fuente original: http://www.publico.es/tremending/2018/04/18/el-hilo-que-recuerda-el-caso-nariyah-o-como-la-manipulacion-puede-promover-una-guerra/

Como siempre, recomiendo visitar el sitio del artículo original, para obtener mayor información del tema. En este caso, recomiendo el trabajo que viene realizando el períódico español Público, y  a través de él, sus blogs, intentando mantenerse independiente en un ambiente de grandes grupos económicos.

El pasado sábado EEUU, Reino Unido y Francia bombardearon Siria en una ofensiva conjunta lanzada contra posiciones de Bashar al Asad como represalia por un supuesto ataque químico. El embajador de Rusia en Washington, Anatoli Antónov, advirtió que el ataque tendrá consecuencias.

A cuenta de esta noticia, el tuitero Larra ha recuperado la historia de Nariyah, una niña de Kuwait cuyo testimonio en las televisiones estadounidenses en 1990 contribuyó a convencer a la población de la necesidad de la intervención en Irak. La ‘Guerra del Golfo’ tuvo lugar y posteriormente una investigación periodística demostró que el testimonio era inventado y que la joven era hija del embajador kuwaití en Washington. Un recuerdo de cómo la manipulación puede promover una guerra.

“El fin de la Operación Cóndor era imponer un modelo neoliberal de acumulación capitalista” – RT

Fuente original: https://youtu.be/VSLtXrKOk9o

“A pesar de que el asesinato de Orlando Letelier fue obra de Pinochet, fue en colusión con norteamericanos”, desvela Fabiola Letelier, abogada, hermana de Orlando Letelier, el canciller de Chile durante el gobierno de Salvador Allende asesinado en Washington en 1976. Los años de la dictadura militar cambiaron la historia de Chile. ¿Qué le espera al país hoy en día? Lo cuenta en Entrevista, de RT, una mujer que sufrió en sus propias carnes aquellos 17 años de terror e injusticia