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Ideología reversa | Página12

Fuente original: Ideología reversa | Página12

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Cada vez que los líderes del tercer mundo se propusieron nacionalizar los recursos naturales de sus países, se los acusó de “vende patrias” y de pretender “introducir ideas foráneas”, como si existiese alguna idea que no tuviese algo de foráneo.

Las dos acusaciones han sido, por generaciones, dos clásicos de la cultura popular cuyos orígenes no son difíciles de rastrear siguiendo los rastros del interés económico internacional. Cuatro casos archiconocidos fueron cuatro presidentes electos democráticamente y depuestos por similares golpes militares precedidos por similares estrategias de desestabilización y seguidos de similares dictaduras: Jacobo Arbenz, cuando intentó nacionalizar una pequeña fracción de tierras en Guatemala en manos de la United Fruit Company; Mohammad Mossadegh, cuando intentó cumplir su promesa electoral de nacionalizar el petróleo en manos de British Petroleum en Irán; Patrice Lumumba, cuando intentó conservar los recursos minerales de Katanga en el Congo en manos de las empresas belgas; y Salvador Allende, cuando intentó nacionalizar el cobre y la banca en Chile en manos de empresas estadounidenses (algunas de estas terribles políticas, como la redistribución de tierras, ya habían comenzado con el presidente anterior, el conservador moderado y rival de Allende, Eduardo Frei Montalva).

Otros ejemplos abundan, pero casi todos hundidos en el generoso olvido de los pueblos. Todos fueron acusados, por las potencias coloniales de su momento, de querer entregar sus países al poder extranjero y de promover ideas extranjeras. Como solución a sus planes de nacionalización, primero la propaganda y luego las armas lograron devolver los recursos nacionales a manos de empresas privadas extranjeras con la obvia asistencia de gobiernos extranjeros que en todos los casos, y de forma documentada, actuaron como extensión de los negocios privados en nombre del interés general.

Esta operación de subasta de países se llevó a cabo o se consolidó con la imposición de “ideas extranjeras”, para nada espontaneas ni producto de ningún debate democrático, sino como parte de un plan deliberado por parte de las potencias extranjeras.

Por ejemplo, cuando en los años 50s se hizo evidente el sostenido crecimiento de la izquierda en Chile, se comenzó el envío de estudiantes de Economía de la Pontificia Universidad Católica de Chile a/y desde la Universidad de Chicago. No a cualquier departamento sino a estudiar bajo el directo tutelaje de Milton Friedman y Arnold Harberger, los ideólogos de la reacción contra la corriente iniciada por el cuatro veces presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, por la cual la superpotencia volvió, por unas décadas, a políticas sociales (New Deal, Nuevo Acuerdo). En 1958 Jorge Alessandri le había ganado a Allende por una mínima diferencia de votos y en 1964 la CIA financió exitosamente la campaña electoral de Frei contra Allende. En 1970 el dinero no fue tan efectivo y Allende terminó ganándole a Jorge Alessandri, por lo cual la MIMO (Mafia Internacional de Millonarios Organizados) recurrió al mismo Plan B de todos los casos anteriores: golpe de Estado y dictadura militar para “salvar al país” de alguna amenaza de moda contra la libertad.

Gracias a esta dictadura y a otras en América Latina, los Chicago Boys, los economistas entrenados en la ideología de Friedman, tuvieron carta libre para actuar en Chile y en otros países. Este grupo, sus ideólogos y sus apologistas, centraron y centran hoy sus elogios en la idea de que son ellos quienes han promovido el “libre mercado” y las “libertades individuales”.

Ambos, libre mercado y libertades individuales son ideas muy nobles y positivas. Si no fuese por la hipocresía con la que se las ha aplicado sistemáticamente. No hubo y nunca habrá libre mercado bajo el tutelaje neocolonial y neo imperialista sino lo contrario. Mucho menos hubo libertades individuales, ya que estas políticas necesitaron múltiples dictaduras militares primero y más tarde dictaduras bancarias sobre países arruinados y endeudados por las dictaduras anteriores. El libre mercado y las libertades individuales significaron, bajo estas políticas, libertad de algunos mercados para imponer sus condiciones e intereses sobre otros, y libertad de algunos, de unos pocos individuos para decidir sobre otros individuos, sin excepciones una abrumadora mayoría. Este discurso, esta efectiva manipulación ideoléxica, es semejante al mito que celebra la independencia de Texas de México aduciendo que fue para gozar de “mayores libertades políticas” sin aclarar que se trataba de “mayores libertades de unos a esclavizar a otros”, ya que el gobierno mexicano había regalado tierra a los inmigrantes anglosajones sin haber legalizado la esclavitud, verdadera fuente del “milagro económico” del sur estadounidense.

Pinochet no solo no fue acosado económicamente por Nixon, como lo fuera Allende, sino que además recibió todos los beneficios posibles (morales, ideológicos, militares y económicos) de la superpotencia. Pese a todo, la pobreza y el desempleo no solo continuó creciendo en el llamado “Milagro económico chileno” (mito propagado y diseminado por la poderosa ultraconservadora Heritage Foundation, fundada por Paul Weyrich, Edwin Feulner y Joseph Coors) sino que además, en los 80s, el país se sumergió en una dolorosa crisis económica que ocurrió simultáneamente en otras dictaduras menos exitosas del continente.

Quienes entregaron al país y sus recursos naturales tan codiciados por las exitosas compañías occidentales a fuerza de una dictadura sangrienta, no se los llamó “vende patrias” sino “salvadores de la libertad”. Las ideas indoctrinadas como un dogma incuestionable (cuestionado en todas las universidades de Estados Unidos, menos en el departamento de Friedman) por una simple decisión estratégica de las agencias de Estados Unidos, no se las llamó “ideas extranjeras”.

Fue una operación perfecta, o casi perfecta. Otro típico caso de “ideología reversa”. La mafia neoliberal (a través de sus voceros más pobres, es decir fanáticos) se encargó siempre de acusar a cualquier grupo universitario o de activistas sociales o de intelectuales críticos de practicar las ideas del teórico marxista italiano Antonio Gramsci. Sin embargo, si bien la izquierda tradicional fue gramsciana por su análisis de la realidad y por su natural resistencia crítica al poder (que se expresa y consolida por el sentido común prefabricado), la derecha internacional fue siempre gramsciana en la aplicación del poder a través de las ideas colonizadas.

Se puede ocupar un país, se puede imponerle un gobierno títere por un tiempo limitado, pero si el objetivo es permanecer, la única forma posible es colonizar las ideas de un pueblo hasta inocularlas con un interés parasitario que con el tiempo terminarán adoptando como propias. Tan propias que cualquier cosa que suene diferente, como la recuperación soberana de sus recursos, será aplastada con calificativos como “ideas foráneas” –y sus propulsores “vende patrias”.

Pero a toda esta ingeniería de las ideas que define nuestro mundo hay que sumarle un aliado fundamental: ese miedo que es parte de la condición humana, ese miedo de un mendigo que es capaz de matar y morir por conservar las pocas pero sonantes monedas que le tiró un buen señor a la salida de la iglesia y que le costó todo el día ganar.

El 19 de mayo de 2019, en Morehouse College de Atlanta, el multimillonario invitado a dar el típico discurso moralizador de graduados, Robert F. Smith prometió pagar la deuda de los estudiantes por haber estudiado. La audiencia estalló en llanto. Un gesto noble, sin dudas. Con sus viejas trampas, por lo expuesto desde hace veinte años…

Es hora que Estados Unidos invada a Estados Unidos | Opinion | teleSUR

Fuente original: Es hora que Estados Unidos invada a Estados Unidos | Opinion | teleSUR

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Publicado 3 marzo 2019.

La situación norteamericana es altamente preocupante y clasifica a la nación para ser un apto receptor de ‘ayuda humanitaria’ made in USA.

Bajo el amparo de la ‘ayuda humanitaria’ y la lucha por la ‘democracia’, los Estados Unidos han justificado decenas de intervenciones militares y políticas en el mundo durante el siglo XX y XXI. En su más reciente campaña se han centrado en Venezuela, como parte de una estrategia para menoscabar a gobiernos progresistas de la región.

Con una coordinada manipulación mediática, bloqueo económico y presión diplomática se ha tendido la ofensiva imperialista sobre la nación latinoamericana desde hace más de una década. Han tachado al gobierno venezolano como una ‘dictadura’, presentándolo como un ‘Estado fallido’ sumido en caos social, con altas tasas de pobreza, desnutrición, e inseguridad; argumentando que la causa es elmodelo progresista y no factores exógenos como el bloqueo o desacreditación internacional.

Para Estados Unidos, y gran parte de Occidente, estos son causales suficientes para justificaruna intervención política y diplomática, que incluso debería ser militar. Entonces si estos son detonantes para intervenir es momento que Estados Unidos, en defensa de los derechos humanos y la democracia, tome la iniciativa de invadir a su propio país.

La situación norteamericana es altamente preocupante y clasifica a la nación para ser un apto receptor de ‘ayuda humanitaria’ made in USA. Según un informe de Philip Alston, relator especial de la Organización de Naciones Unidas (ONU) sobre la pobreza extrema y los derechos humanos se reveló que al 2018, 40 millones de personas en Estados Unidos viven en pobreza, 18.5 millones viven en extrema pobreza y más de cinco millones viven en condiciones de pobreza absoluta.

El país tiene la tasa más alta de pobreza juvenil en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD) y la tasa más alta de mortalidad infantil entre Estados comparables de este grupo. No es sorpresa que Alston calificó al país como la sociedad más desigual en el mundo desarrollado.

Como tampoco lo es que a Estados Unidos ya no se le pueda denominar como una nación del “primer mundo”. Según un estudio del Massachussets Institute of Technology (MIT),para la mayoría de sus ciudadanos, aproximadamente 80% de la población, Estados Unidos es una nación comparable al “tercer mundo”.

Para llegar a esta conclusión los economistas aplicaron el modelo de Arthur Lewis, ganador de premio Nobel de economía (1979), diseñado para comprender qué factores y cómo clasificar a un país en vías de desarrollo.

Según Peter Temin, coautor del estudio, Estados Unidos cumple con este modelo: es una economía dual (brecha incomparable entre una pequeña parte de la población y la gran mayoría) en la que el sector de bajos salarios tiene poca influencia sobre la política pública; un sector de altos ingresos mantiene los salarios bajos en el otro sector para proporcionar mano de obra barata; un control social que se usa para evitar que el sector de bajos salarios impugne las políticas que favorecen al sector de altos ingresos; altas tasas de encarcelamiento; políticas públicas de los sectores más ricos con el objetivo de reducir los impuestos para dicho grupo; y una sociedad donde la movilidad social y económica es baja.

Especialmente cuando uno de los argumentos principales para justificar las agresiones son el supuesto ‘bienestar’ y derechos humanos de los ciudadanos. Nuevamente los norteamericanos deberían ver primero la ‘viga en su propio ojo’.

Según un análisis trianual del Commonwealth Fund (2017), los Estados Unidos, por sexta ocasión consecutiva, se posesionan como el peor sistema de salud entre 11 naciones desarrolladas. Cuentan con el sistema de atención médica más caro del planeta, con un gasto anual de tres billones dólares, que ha resultado en uno de los países con mayor disparidad en accesos a saludo, basada en ingresos.

Mientras que la expectativa de vida en Estados Unidos disminuyó por tercer año consecutivo, situándose en 78.1 años. Un decrecimiento porcentual comparable al periodo de 1915 y 1918, en el que dicho país enfrentó una Guerra Mundial y la pandemia de influenza global. En comparación, Cuba, que forma parte de la ‘Troika de la Tiranía, según John Bolton (Consejero de Seguridad Nacional) tiene un expectativa de vida de 79,74 años al 2018.

Y en educación ni que hablar. Desde 1990 al 2016, Estados Unidos cayó del sexto lugar al vigésimo séptimo, situándose como uno de los peores sistemas educativos del mundo ‘desarrollado’. Con un gasto público que se redujo, entre 2010 y 2014 en 3%, mientras que economías desarrolladas la inversión crecía por sobre el 25%.

Un bienestar de vida deteriorado, un sistema de salud caro e inequitativo y una educación que no se compara con otras naciones desarrolladas. Si esto no es suficiente para que el gobierno norteamericano y el resto del Occidente decidan intervenir, entonces las constantes violaciones a los derechos humanos deben ser un causal para movilizar tropas a la frontera e iniciar bloqueos económicos.

Los Estados Unidos sistemáticamente han dirigido o influenciado intervenciones en América Latina y el resto de sur global. Las operaciones cubiertas, las guerras étnicas y las invasiones militares más recientes son una prueba dela ‘licencia para matar’ que se ha auto-concedido a este país.

Cárceles en donde se violan derechos humanos como Guantánamo y Abu Ghraib son solo ejemplos de esta realidad. Y figuras como Gina Haspel, quien estuvo directamente involucrada en el programa de tortura del gobierno estadounidense, ha subido a posiciones de poder mundial como directora de la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

Pero su transgresión más clara es la separación del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, órgano internacional encargado en velar que dichas violaciones no sucedan. Una decisión que vino días después de que el Alto Comisionado para los Derechos Humanos denunciara la práctica de la administración actual de separar forzosamente a niños migrantes de sus padres y encarcelarlos, en lo que solo pueden llamarse campos de concentración modernos.

A nivel interno se ha reducido la responsabilidad de la policía sobre el uso de fuerza excesiva, especialmente en comunidades negras y latinas. La matanza sistemática de hombres negros en Estados Unidos por esta fuerza del orden, según un estudio de la Universidad de Boston, refleja un racismo estructural subyacente en la sociedad norteamericana; que también se ve reflejado en un sistema de justicia parcializado en contra de las comunidades negras.

“Si la policía patrullara las áreas blancas como lo hacen en los barrios negros pobres, habría una revolución”, comenta Paul Butler, autor de ‘Chokehold: Policing Black men’, que relata lo que significa ser un hombre negro en Estados Unidos.

Estas violaciones de derechos humanos son la realidad diaria para minorías étnicas y grupos históricamente discriminados. Lo cual está acompañado del fortalecimiento de agrupaciones con tendencia fascista, que cuentan con el apoyo directo e indirecto del gobierno central y local en varios estados. Un preocupante escenario para millones de ciudadanos negros, latinos y de otras etnias.

Sin embargo, la falsa ‘preocupación’ por Venezuela, Libia, Siria, Iraq, Yemen, Afganistán, y Ucrania, solo en estas últimas dos décadas, ha guiado invasiones y agresiones en nombre del bienestar y los derechos humanos. Acciones que a su vez llevan escondido intereses ulteriores basados en un indicador en los que Estados Unidos, sí es número uno: el gasto militar.

Al 2019, este país cuenta con un presupuesto militar sobre los 680.000 millones de dólares, es decir más que los presupuestos sumados de las siete naciones que le siguen en la lista: China, Rusia, Arabia Saudita, India, Francia, Reino Unido y Japón.

Ni siquiera en libertad económica (12 en el mundo) son líderes o crecimiento del PIB (147 de 224 países); lo cual refleja una realidad. Estados Unidos es un imperio militar, su economía se basa en la guerra y ninguna acción realizada en nombre de la ‘ayuda humanitaria’ tiene coherencia cuando el interés de su gobierno es promover el caos para su beneficio.

Ante esta situación lo que el mundo está viviendo es la ‘patada de ahogado’ de una superpotencia en declive. Es por ello que con tanto esmero trata de aferrarse del último bastión de influencia que sigue siendo América Latina, ergo su fijación con Venezuela y otras naciones de la región. Ya que si de ayuda real se tratara, es hora que Estados Unidos seriamente analice intervenir,con la misma intensidad, en su propio país.

Inquebrantables | El Cohete a la Luna

Fuente original y artículo completo: Inquebrantables | El Cohete a la Luna

Como siempre, recomiendo visitar el sitio de origen, para obtener mayor información del tema y, en este caso, para conocer el enorme trabajo periodístico de este sitio independiente argentino. El Cohete a la Luna es un sitio de investigación y análisis creado por el periodista y escritor Horacio Verbitsky, conocido por su trabajo de investigaciones de décadas. Personalmente, pienso que es un periodista de los que ya no hay muchos. A Verbitsky lo acompaña un equipo de primera (como por ejemplo, Marcelo Figueras), varios de los cuales colaboran o han colaborado (como el propio Verbitsky) en el pasado con el diario argentino Página 12.

(No tengo ninguna relación comercial, laboral o personal con El Cohete a la Luna ni con ninguno de sus miembros o colaboradores, salvo de ser ávido lector del sitio).

La dignidad es una virtud discreta como el aire: sólo se repara en ella cuando se la pierde.

¿Se acuerdan de la dignidad? Me refiero a una virtud a la cual, hasta no hace tanto, se le concedía importancia. Tanta que, en el lamentable caso de su ausencia, había que preocuparse por fingir que se la poseía. “Quítenle el delantal al obispo, el sombrero y su lazo al alguacil; ¿qué serían ellos, de este modo? Hombres. Simples hombres. La dignidad, y hasta la santidad, a menudo dependen más de la chaqueta y la pechera de lo que alguna gente imagina”, escribió Charles Dickens en Oliver Twist.

En tiempos de Dickens se presumía que la dignidad era patrimonio de ciertos estamentos y posiciones en el firmamento social. Pero a partir de entonces —Dickens y Marx vivieron en la misma ciudad durante los mismos años, y deben haber sido testigos de similares abusos—, comenzó a reivindicarse el derecho de otros actores a reclamar la dignidad que les correspondía también, por el mero hecho de formar parte de la especie humana. Booker T. Washington (1856-1915), que había nacido esclavo y llegó a consejero del Presidente de los Estados Unidos, lo puso de este modo: “Ninguna raza puede prosperar hasta que aprenda que hay tanta dignidad en arar un campo como en escribir un poema”.

El XX fue el siglo del experimento democrático: un movimiento fenomenal, a escala del orbe, tendiente a dotar a cada individuo de los mismos derechos esenciales, independientemente de su origen y condición. En cambio el siglo XXI arrancó con ínfulas de restauración: un intento desembozado de retornar a tiempos con otras jerarquías, donde no existía mérito más grande que el privilegio. En este contexto no extraña que la dignidad se haya convertido en una virtud elusiva, difícil de definir. Resulta más sencillo describirla como lo que no es que por la afirmativa. “No hay dignidad alguna en aquel que es malvado, ya sea que vista púrpura o harapos”, escribió Herman Melville. “El infierno es una democracia de demonios, ya que allí son todos iguales”. Esta intuición de Melville me deleita: la idea de que, en el infierno, a los malvados se los condena a vivir eternamente en aquello que más detestan — una democracia.

“Sin dignidad, la identidad resulta borrada”, escribió Laura Hillenbrand en Unbroken, la historia real de un prisionero durante la Segunda Guerra. “En su ausencia, los hombres dejan de definirse a sí mismos para ser definidos por sus captores y las circunstancias en que se los fuerza a vivir”. Sin embargo, Hillenbrand escribió ese libro para demostrar que es posible conservar la dignidad en las peores situaciones, como hizo su protagonista, el inquebrantable Louis Zamperini, que durante dos años y medio fue torturado y humillado en un campo de concentración japonés. Aunque todavía no estemos en condiciones de definirla, contamos ya con un aspecto de la noción que nos resulta asequible: dignidad es aquello que conserva Milagro Sala aunque esté prisionera —eso que se percibe cada vez que habla, cada vez que vemos la expresión de su rostro— y que Gerardo Morales no consigue, aun cuando el mundo se incline a su paso.

Porque —he aquí una de sus características claves— la dignidad es una virtud democrática, a la que todos podemos aspirar y que nadie puede conceder ni regalar ni legar como herencia. No depende de nuestra clase social ni de la cuenta bancaria porque no hay modo de comprarla, por más verdes que pongas sobre la mesa. Es algo que se obtiene, o no, a consecuencia del comportamiento que se desarrolla en esta vida. Se desprende de lo que hacemos y decimos y hasta de lo que callamos —pregúntenle al bíblico Job—, particularmente en los momentos más difíciles. Aun cuando se arribe a una posición a la que se le reconoce dignidad de origen (ser electo por pares, por ejemplo), esa valía tiene que ser refrendada y sostenida en los hechos y a diario, porque el dignidómetro no perdona: es meritocrático de modo implacable, lo cual explica por qué nuestros gobernantes están en caída libre. “La dignidad no consiste en poseer honores, sino en merecerlos”, decía Aristóteles. La administración Macri puede conservar el honor formal que se desprende del espaldarazo en las urnas, pero ya está claro que no merece otros.

Días atrás trabajaba sobre un tema distinto al que pensaba consagrarle este artículo, cuando Macri hizo uso de la cadena nacional y anunció que volvíamos al Fondo. (“He decidido”, dijo, apelando a una verbalización compuesta que demostró cuán desesperadamente aspiraba a la dignidad. Que se le escapó de todos modos a través de los dientes apretados, más veloz que un dólar al volar de Argentina.) Y entonces recordé tres historias, vinculadas entre sí por ciertos nombres y alguna circunstancia, que a pesar de haber ocurrido allá lejos y hace tiempo todavía producen ecos que reverberan en la Argentina de hoy.

¿Eran 70.000?

Es poco lo que se sabe del Espartaco histórico. Plutarco dice que era tracio, o sea de la península balcánica, al norte del Egeo. El historiador Apiano de Alejandría sostiene que “había servido a los romanos como soldado, pero después se convirtió en prisionero y fue vendido como gladiador”. Lucio Anneo Floro especifica que la razón de su caída tuvo que ver con la deserción del ejército; y que su venta como gladiador se debió a “la consideración que despertaba su poderío físico”. Plutarco agrega que estaba casado con una profetisa de la tribu de los medos, que habría sido esclavizada al igual que él.

Se lo trasladó entonces a la escuela de gladiadores (ludus) de Capua, regida por Lentulus Batiatus. Todo indica que pertenecía a la categoría que en aquella época equivalía a un peso pesado, aquellos llamados myrmillo.

Los registros indican que en el año 73 AC lideró a un grupo de 70 gladiadores que escaparon de su cautiverio. Reclutando a otros esclavos con el mismo anhelo de libertad, derrotaron a las legiones que enviaron a reducirlos y se retiraron a las faldas del volcán Vesubio. Preferían el riesgo de la erupción y la lava a someterse nuevamente a la justicia de la República.

La respuesta de Roma sugiere que Espartaco y los suyos fueron considerados un problema policial —de inseguridad, diríamos hoy— antes que político. Y había motivos para considerarlo así. Los esclavos fugados robaron víveres y se guardaron, lejos del mundanal ruido. Aun después de derrotar a los legionarios / canas enviados a escarmentarlos, su actuación sugiere que no tenían intención de encabezar una revuelta. No asumieron la ofensiva, no dieron a conocer manifiesto alguno, no avanzaron sobre Roma para arrasar con sus instituciones. Lejos de ello, se trasladaron al sur de climas más benignos. Cada vez más esclavos se fugaban de sus puestos para unírseles; también se les pegaban “los pastores de la región”. Pronto pasaron de ser 70 a 70.000.

Y así, el problema devino político. El sistema republicano —porque Roma no era imperio, todavía— no funcionaba sin esclavos y el sur devenía territorio liberado. Ironías de la historia: el Senado puso al mando de sus ejércitos a Marco Licinio Craso, que además de haberse ofrecido como voluntario para la misión era, oh casualidad, el ciudadano más rico de Roma. (¿Se imaginan a Marcelo Mindlin liderando en persona la represión contra un alzamiento de pobres?)

Y el escarmiento tronó. Un rejunte de gladiadores, esclavos y pastores no iba a convertirse nunca en adversario capaz de resistir al mejor y más grande ejército del mundo. Plutarco, Apiano y Floro dicen que Espartaco murió durante la batalla final; Apiano agrega que su cuerpo no apareció nunca. Seis mil sobrevivientes del alzamiento fueron crucificados a lo largo de la Vía Apia, entre Capua y Roma, en un antecedente del marketing y la publicidad política que practican los Durán Barba de hoy.

En el resto de los detalles los historiadores divergen. Apiano sostiene que la intención de Espartaco era arrasar con Roma, aunque ninguno de sus movimientos confirma la especie; Plutarco, en cambio, dice que sólo se acercó a Roma en su intención de fugar al norte y cruzar los Alpes; tal vez soñaba con un lugar del mundo donde no llegasen las garras de la República.

A juzgar por los hechos, suena a que estiró el final inevitable —la llamada Tercera Guerra Servil duró unos dos años—, para que los 70.000 pudiesen disfrutar lo más posible de la dignidad que siempre les habían negado.

Howard cogió su fusil

Veinte siglos y una yapa después, Howard Melvin Fast (noviembre 11, 1914 / marzo 12, 2003) se convirtió en preso político y fue a dar a la cárcel, acusado de desacato al Congreso de los Estados Unidos. Hijo de inmigrantes —su padre era un judío ucraniano, de apellido Fastovsky—, había conocido la necesidad desde pequeño: su madre murió cuando tenía nueve años, su padre perdió el trabajo por culpa de la crisis y Fast debió salir a la calle a vender diarios. Un conchabo part-time en la biblioteca pública de New York hizo posible el único placer a su disposición: leer libros gratis. A los 18 años ya había publicado su primera novela, Dos valles, que evidenciaba lo que habría de convertirse en una constante de su obra: el interés por la historia de su tiempo.

Pasó la Segunda Guerra trabajando para la Oficina de Información y escribiendo para la Voz de las Américas. En pleno conflicto —1943— se afilió al Partido Comunista de los Estados Unidos. Pero la posguerra supuso el inicio de las hostilidades contra aquellas figuras públicas que expresaban ideas de izquierda. En 1947 Hollywood se convirtió en un blanco, con la excusa de que era un nido de subversivos que difundía propaganda socialista. Los primeros en figurar en una lista negra fueron aquellos llamados Los Diez de Hollywood, entre los que figuraban escritores como Ring Lardner Jr. y Dalton Trumbo, el autor de Johnny cogió su fusil; de allí en más, el Senado presionó a la industria para que boicotease y dejase sin trabajo a gente tan notable como Charles Chaplin, Orson Welles y Paul Robeson.

En 1950 Fast fue convocado ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Le pidieron que difundiese la lista de quienes habían contribuido a una causa vinculada a la Guerra Civil Española. Fast se negó a difundir los nombres de los que habían puesto plata. (Entre los que figuraba, por cierto, el de Eleanor Roosevelt.) Las imágenes de su testimonio son estremecedoras. Allí se ve a un hombre solo —calvo, de aspecto oficinesco: la antítesis de un gladiador—, en pleno circo romano, enfrentándose al poder del Estado y de los medios sin más armas que su dignidad.

Fue en Mill Point, la prisión federal a que lo trasladaron, que recordó la historia del esclavo que había procurado su propia libertad y plantado bandera ante Roma. Comenzó a cranear allí una novela —de hecho, aprovechó el encarcelamiento para estudiar latín— que terminó una vez que lo liberaron. Pero entonces se topó con una nueva dificultad: nadie quería —nadie tenía huevos para— publicar Espartaco en los Estados Unidos.

Lo que reproduzco aquí es un texto que Fast incluyó en una edición tardía del libro, de donde lo extraje.

‘Espartaco’ y la Lista Negra

Cuando me senté a comenzar la larga y difícil tarea de escribir la primera versión de Espartaco —hace más de cuarenta años—, yo acababa de ser liberado de la prisión. Había trabajado mentalmente en el tema cuando todavía estaba allí, un ambiente excelente para la tarea. Mi crimen fue el de negarme a entregarle al Comité de Actividades Antiamericanas la lista de contribuyentes al Comité Antifascista de Refugiados.

Con la victoria de Francisco Franco sobre la legalmente constituida República Española, miles de soldados republicanos, sus seguidores y sus familias habían cruzado los Pireneos rumbo a Francia, y muchos se habían establecido en Toulouse, de los cuales gran cantidad estaban enfermos o heridos. Su condición era desesperante. Un grupo de antifascistas encontró el dinero para conprar un viejo convento y convertirlo en hospital. En ese momento había gran apoyo a la causa de la España Republicana entre gente de buena voluntad, muchos de ellos muy prominentes. Fue la lista de esa gente la que me negué a entregar, y en consecuencia los miembros del grupo fuimos condenados en desacato y enviados a prisión.

Fue una mala época, la peor que mi buena esposa y yo hubiésemos vivido. El país estaba más cerca de lo que nunca había estado de convertirse en un Estado policial bajo la égida de J. Edgar Hoover, el jefe del FBI, que se comportaba como un tiranuelo. El miedo a Hoover y los archivos que usaba en contra de miles de liberales permeaba el país. Nadie se animó a votar y a hablar en contra de nuestra prisión. Tal como lo dije, no era el peor de los momentos para escribir un libro como Espartaco.

Cuando terminé el manuscrito, se lo entregué a Angus Cameron, mi editor en Little, Brown and Company. Amó el libro, y dijo que lo publicaría con amor y placer. Entonces J. Edgar Hoover le hizo saber a Little, Brown que no debían publicar el libro. Angus Cameron renunció en protesta y yo envié el manuscrito a otras siete editoriales. Todas se negaron a publicarlo. La última fue Doubleday. Después de una reunión del comité editorial, George Hecht, director de la cadena de librerías de Doubleday, abandonó el lugar en muestra de enojo y de disgusto. Me telefoneó entonces, diciendo que nunca había visto un despliegue de cobardía semejante y me dijo que si yo mismo publicaba el libro me compraría 600 ejemplares. Yo nunca había publicado un libro por las mías, pero hubo apoyo de la comunidad liberal y por eso fui adelante, invirtiendo el poco dinero de que disponía. De algún modo logré hacerlo.

Para mi sorpresa, vendió 40.000 ejemplares de tapa dura, y varios millones años más tarde, cuando el terror ya había terminado. Se lo tradujo a 56 lenguajes y finalmente, diez años después de haberlo escrito, Kirk Douglas persuadió a Universal Studios de convertirlo en un film.

Supongo que en alguna medida se debe al tiempo que pasé en prisión. La guerra y la cárcel son difíciles de abordar para un escritor, a no ser que haya tenido alguna experiencia al respecto. Yo no sabía latín, y aprendí bastante entonces, la mayoría de lo cual olvidé ya, como parte del proceso hacia la escritura. Nunca me arrepiento del pasado, y si mi propio sufrimiento ayudó a escribir Espartaco, supongo que valió la pena.

HF,

Old Greenwich, Connecticut, marzo de 1996.

Trumbo recupera su nombre

Cuenta la leyenda que Kirk Douglas —nacido Issur Danielovitch y crecido en la miseria, como lo adelanta el título de su autobiografía: El hijo del trapero— se mosqueó con William Wyler, que ya lo había dirigido en Detective Story (1951), porque prefirió a Charlton Heston para el protagónico de Ben-Hur. Poco después su socio Edward Lewis, vicepresidente de Bryna Productions —la empresa productora de Douglas, bautizada con el nombre de su madre—, le alcanzó un ejemplar de Espartaco. El actor compró los derechos y sumó a tres de los actores más prestigiosos del momento: Laurence Olivier, Charles Laughton y Peter Ustinov, para convencer a los estudios Universal de que podía armar una producción de lujo, o sea respetable.

La idea era que el mismo Fast adaptase su novela. Pero el formato del guión cinematográfico se le resistió y Douglas tuvo una idea tan brillante como riesgosa: contratar a Dalton Trumbo, uno de Los Diez de Hollywood, que llevaba años en las listas negras.

Dalton Trumbo, el excepcional escritor y guionista.

Trumbo trabajaba en la industria del cine desde 1937 pero también escribía prosa. Su novela anti-bélica Johnny cogió su fusil ganó el Premio Nacional como Libro Más Original de 1939.

A mediados de 1946, William R. Wilkerson, uno de los fundadores de The Hollywood Reporter, publicó una columna titulada Un voto para José Stalin, donde denunciaba a Trumbo y a otros como comunistas. En octubre del ’47, esos diez fueron convocados a testificar ante el Comité Antiamericano. Como se negaron a convertirse en informantes, se los condenó a prisión en desacato. Aunque apelaron, la Corte Suprema los largó duros. Trumbo pasó once meses preso en una cárcel de Ashland, Kentucky.

Cuando lo soltaron, descubrió que se había convertido en un paria. La Motion Pictures Association of America (MPAA) lo había prohibido, a no ser que renunciase públicamente al “comunismo”. Trumbo vendió su casa y se fue a vivir a México, para bajar gastos. Desde allí escribió treinta guiones con seudónimo para estudios clase B como King Brothers Productions, ganando una ínfima parte de lo que había cobrado hasta su proscripción; algunos de ellos tan memorables como el de Gun Crazy (1950). Como el miedo seguía permeando conductas, Hollywood optó por la hipocresía: Trumbo ganó dos premios Oscar, uno por La princesa que quería vivir (Roman Holiday, 1953) y otro por The Brave One (1956), que no pudo recoger porque formalmente habían sido escritos por “Ian McLellan Hunter” y “Robert Rich”.

Este era el tipo al que Douglas contrató, con la vaga idea de que firmase el guión de Espartaco como “Sam Jackson”. Pero la labor de Trumbo fue —nuevamente— excepcional. El guión no se perdía ni una sola oportunidad de usar la vieja historia como espejo del presente. En alusión a la tiranía practicada por Hoover al frente del FBI, arrancaba con una voz en off que decía: La era del dictador estaba por empezar, esperando en las sombras que un evento le permitiese pasar al frente. Comentaba además la cuestión de la esclavitud: obligado a enfrentarse a Espartaco —otro esclavo como él—, el gladiador negro Draba (Woody Strode) prefería sacrificarse y atacar, en cambio, al rico Craso. (Con ese acto póstumo, demostraba que había entendido quién era su enemigo: no el pobre como él, a quien lo forzaban a atacar, sino el poderoso al comando del sistema.) Y el final, donde Trumbo se aparta de la novela de Fast —que seguía a los historiadores clásicos y pintaba a Espartaco muriendo en batalla—, dramatizaba el intento de Hoover y McCarthy por convertir a ciudadanos en delatores. A pesar de haber sido derrotados, los esclavos se niegan a decirle a Craso cuál de ellos es Espartaco. Todos y cada uno se ponen de pie y gritan, sabiendo que al hacerlo se condenan a muerte: “Espartaco soy yo”.

Douglas quiso entonces que Trumbo firmase el guión con su nombre real. En su autobiografía cuenta que la decisión fue consecuencia de una reunión con su socio Eddie Lewis y el director Stanley Kubrick, para decidir a quién le atribuirían el guión. Se lanzó la idea de que lo firmase Lewis, pero este la rechazó. Kubrick sugirió su propio nombre, con tanta ansiedad por quedarse con el crédito que terminó disgustando tanto a Lewis como a Douglas. (Se puede ser muy talentoso pero carecer por completo de dignidad.) Al día siguiente, Douglas llamó a la oficina de entrada a los estudios Universal y dijo: “Quiero dejar un pase para Dalton Trumbo”.

“Fue la primera vez en diez años —escribió Douglas— que (Trumbo) puso pie en un estudio. Me dijo: Gracias, Kirk, por devolverme mi nombre”.

Los inconvenientes no acabaron ahí. La popular chimentera Hedda Hopper —la Mirtha Legrand de su tiempo— pidió con todas las letras que el público no fuese a ver la película escrita por “dos commies” — o sea, Fast y Trumbo. Organizaciones anticomunistas como la National Legion of Decency armaron piquetes, para impedir que la gente llegase a los cines.

Pero el boicot fracasó cuando el presidente electo en persona —un tal John Fitzgerald Kennedy— cruzó uno de esas barreras humanas para ver Espartaco.

El sueño de Espartaco

¿Qué sería, entonces, la dignidad? Hay quienes ponen el acento en la elegancia que concede a aquellos que encajan los peores golpes. “El hombre ideal —se ve que a Aristóteles le preocupaba el tema— soporta los accidentes de la vida con dignidad y con gracia, sacando el mejor partido posible de las circunstancias”. Más cerca nuestro, Matthew Quick, autor de The Silver Linings Playbook (2008, llevada al cine como El lado luminoso de la vida), escribió: “La vida no es una de esas pelis aptas para todo público que te hacen sentir bien. A menudo, la vida real termina mal. La literatura trata de documentar esta realidad, mientras muestra que es posible tolerar noblemente”.

Pero la dignidad es más que la entereza con que Job enfrenta la mierda que Dios le echa encima para ganarle una apuesta a Satán (qué Dios más indigno, dicho sea de paso); no es sólo una virtud pasiva. Es la aceptación tranquila de que, puestos en una circunstancia difícil, haremos lo que hay que hacer aunque no nos convenga y nos exponga a la violencia y el infortunio. En este sentido no es una virtud necesariamente heroica, sino de seres comunes que aceptan —con cierta resignación, tal vez— estar a la altura de la mejor versión de sí mismos: como Espartaco, como Fast, como Trumbo. Esa dignidad define la forma en que se sobrellevan las desgracias pero, ante todo, la forma activa en que se las resiste. Porque se trata de la única riqueza de la que se niega a desprenderse aquel que ha perdido, o está perdiendo, todo lo demás.

Victor Hugo —otro coetáneo de Dickens y de Marx, que en consecuencia había visto de cerca el rostro monstruoso del capitalismo naciente— creía que un prestamista era peor que un esclavista, “porque el amo es dueño de tu cuerpo, pero el prestamista es dueño de tu dignidad”. ¿Qué decir entonces de aquellos que ponen a un ser humano en la necesidad de endeudarse para salvar a su familia? ¿Quién sería peor que un prestamista?

He aquí la dedicatoria que Fast puso al comienzo de su edición artesanal de Espartaco:

Este libro es para mi hija Rachel y para mi hijo Jonathan. Es la historia de bravos hombres y mujeres que vivieron hace mucho tiempo, y cuyos nombres han sido olvidados. Los héroes de esta historia veneraban la libertad y la dignidad humana, y vivieron noblemente. La escribí para que aquellos que la leyesen —mis hijos y los demás— encontrasen en ella fortaleza para enfrentar nuestro propio, atribulado futuro, y para que luchasen contra la opresión y el mal — de modo que el sueño de Espartaco se realizase en nuestro tiempo.

Nadie es Espartaco porque quiere. Pero cuando nos ponen entre la espada y la pared —Trumbo lo cazó al vuelo—, Espartaco somos todos.

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