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Alérgicos al WiFi y al móvil, sobre todo cuando sale en la prensa – Radiandando

Fuente original (Recomiendo el sitio fuente completo, como una excelente y completa recopilación de información sobre ondas electromagńeticas y salud): Alérgicos al WiFi y al móvil, sobre todo cuando sale en la prensa – Radiandando

Con cierta frecuencia, los medios de comunicación se hacen eco de personas que dicen ser hipersensibles a los campos electromagnéticos de radiofrecuencia (CEM-RF). Así, el pasado 9 de junio, Anxo Martínez de El Faro de Vigo, recogía el calvario que pacede una mujer al estar “en contacto” con las radiaciones de las redes inalámbricas y de los aparatos eléctricos. En el texto se indica que Mercedes, la afectada, tuvo que “huír” de su piso en Santiago a Vilagarcía porque “hasta 18 redes WiFi domésticas” le producían la sensación de que la estaban matando pues sentía “como si estuviese dentro de un microondas” (sic). Además, ha sufrido episodios agudos cuando “instalaron los contadores inteligentes de la luz” o cuando pasa por delante de la Comandancia de Marina pues siente como que la empujasen. En el artículo se dice que “sus síntomas son tan cambiantes” que los médicos no aciertan a enviarla al especialista adecuado. Los síntomas típicos de esta patología se recogen en la siguiente imagen:


Se trata de una sintomatología muy inespecífica. Cualquiera de nosotros habrá padecido dos o tres síntomas, sino más, en las últimas 24 horas. Lo primero que debemos indicar es que estos pacientes sufren esos síntomas, incluso episodios agudos muy llamativos como el que cuenta que le produjeron los contarores de la luz hinchándole la cara de forma alarmente. Y, ciertamente, estos pacientes los sienten y sufren mucho pues están enfermos. Siempre digo que cuando mi hijo se constipa o vomita por la noche en la cama, no le regaño, no le castigo. Se pone enfermo sin más, no se puede culpabilizar al paciente sino todo lo contrario, transmitirle comprensión y cariño. Lo que pasa es que la Ciencia ha demostrado que si hay algún factor ambiental que está provocando esos síntomas, no son los CEM-RF, lo que produce un virulento rechazo y ataques a quienes osen decirlo, pues parece que les estás insultando o cuestionando sus creencias. He aquí un ejemplo de cómo pensaban organizarse los afectados cuando impartí esta clase en el curso “La Ciencia toma la palabra” de la Universidad de Alicante en septiembre de 2017.

Entonces, si la Ciencia demuestra que los CEM-RF no son culpables de su patología, ¿qué está pasando a estos pacientes? Pues que sufren una enfermedad, claro que la sufren, además muy limitante y difícil de curar, pero no la producen ni las WiFis de los vecinos ni, mucho menos, los contarores de la luz, ni la radiación que pueda estar emitiendo la Comandancia de Marina a pie de calle. El caso de los contadores de la luz es el más curioso. Ya hace 5 años publiqué “los contadores del mal” en el que explicaba que la comunicación de los datos de estos contadores con las compañías eléctricas se realizaba mediante PLC (Power Line Communication) por el propio cable de la luz y sin que emitan radiofrecuencia alguna, como reclaman los propios afectados que debería ser toda comunicación telemática. Una contradicción. Una búsqueda rápida nos llevará a movimientos beligerantes contra estos contadores (incluso páginas asesoradas por insignes catedráticos como DSalud), obviando, como decía, que la comunicación se realiza por el cable como recoge cualquiera de las hojas ténicas de los aparatos que pude revisar por aquel entonces. Y a mi, puestos a preocuparse, lo que me preocupa es la información en tiempo real de qué estoy haciendo yo en mi casa que recibe la compañía, pero porque soy bastante pesado con la privacidad y la ley de protección de datos. En el caso de las WiFis, claro que es llamativo el número de WiFis a las que estamos expuestos, pero los estudios y revisiones en Europa indican que las fuentes menos intensas de radiación son estas WiFis, incluso cuando tenemos nuestro propio router en casa, mucho menos las de los vecinos, como tampoco es alarmante la exposición a teléfonos inalámbricos DECT. La exposición máxima la solemos recibir en los medios de transporte y en la calle y, fundamentalmente, de los teléfonos móviles en el primer caso y de las antenas en el segundo, siendo los valores medios, como he dicho ya en numerosas ocasiones, muy muy bajos. Termino con la posible radiación que emite la Comandancia de Marina de Vilagarcía. Reviso las imágenes de Google Street View y no observo antena alguna en las inmediaciones, pues probablemente esté en otro lugar. Pero de estar allí, al tratarse de transporte marítimo, apuntarán hacia el mar y no hacia tierra.

Es imposible estar aislado de los campos electromagnéticos. Están por todas partes. Y Vilagarcía no es una excepción. En este enlace pueden verse las numerosas antenas de telefonía que hay en el núcleo urbano y alrededores y tengo que recordar, aquí, una entrada anterior al blog en la que explicaba por qué cuantas más antenas y más cerca, mejor. Pero no sólo estamos expuestos a CEM-RF artificiales, también naturales, incluso provenientes del espacio. Y los sistemas de protección, de los que también he hablado con anterioridad, no son una solución. Y lo más importante es que no tenemos receptores para detectar esos campos electromagnéticos, no se ha descrito que nadie pueda detectarnos en condiciones de laboratorio y mucho menos a las intensidades habituales de funcionamiento en telecomunicaciones. Sería similar a que alguien me dijera que es capaz de escuchar por encima de 20 kHz, esto es, ultrasonidos. No es posible.

La evidencia científica es concluyente. En la siguiente imagen, tomada de esta revisión de 2010, se compara la capacidad de detectar CEM-RF en condiciones de laboratorio. En los 4 estudios superiores se trataba de personas que decían padecer hipersensibilidad electromagnética (HSE), mientras que los 5 estudios inferiores se realizaron con voluntarios sin dicha patología. Puede observarse en el gráfico, puesto que la línea vertical indica un 50% de probabilidades de acertar (0,5 si eres estadístico), que los afectados no sólo no son capaces de detectar los CEM-RF sino que, adeás, no tuvieron ni suerte, pues la probabilidad de acertar fue aproximadamente la misma entre afectados y no afectados e igual a la del puro azar.

Mi alumno del Máster de Biomedicina Experimental, Angel Zalve, el año pasado, realizó una revisión sistemática de publicaciones entre 2011 y 2017 sobre este asunto. Seleccionó 49 estudios  (publicados en revistas de impacto e indexadas en JCR) que analizaban diferentes patologías y fuentes de radiación. De ellos, seleccionó aquellos en los que se evaluaban síntomas subjetivos, patologías psicológicas y 8 estudios a doble ciego. Llegando a las siguientes conclusiones:

  • Aquellas personas con una patología psicológica y/o psiquiátrica reportan más riesgos y miedos a CEM, que condicionarán la posibilidad de experimentar malestar y sintomatología, pero debido a esta preocupación “hipocondríaca”.
  • Aquellos síntomas que las personas sensibles expresan, ocurren en aquellas con más predisposición e independientemente de la exposición a CEM, sin que se haya demostrado una posible asociación de causalidad.
  • En los estudios a doble ciego los resultados indican que una persona que pudiera padecer esta patología, a la hora de sentir o percibir los CEM, no presenta diferencias con quien no la padece, por lo que pensar en una asociación entre CEM-RF y sintomatología es inadecuada.

En la siguiente figura se recogen los resultados de otra revisión sistemática de 2012 realizada por Baliatsas en la que se revisaron trabajos de entre 2000 y 2011 incluyendo finalmente 22 estudios que evaluaron síntomas y su posible relación con la exposición a CEM-RF. La conclusión fue que no existe evidencia de una asociación directa entre exposición y síntomas inespecíficos.

Es por todo esto, que no se reconozca esta enfermedad como tal, pues nada tiene que ver con los CEM-RF y sí con un trastorno psicosomático. Lo cual no es malo. Como decía anteriormente, no castigo ni regaño a mi hijo cuando se pone enfermo, ni se pone enfermo por ser tonto ni nada parecido. No sé si me explico. Como enfermedad que no tiene nada que ver con los CEM-RF, nada conseguiremos alejándonos de las fuentes de radiación, lo cual tampoco es posible. Debemos entender a los pacientes y saber que puede ser tan grave que puede acabar en suicidio. Por tanto, claro que estamos ante una patología seria y grave y los profesionales de la salud deberían saber a qué especialista derivar a estos pacientes para poder ofrecerles un tratamiento adecuado. No entiendo por qué se sienten atacados. No estamos diciendo que no estén enfermos, o que sea una tontería de enfermedad, todo lo contrario, es seria y limitante. Estamos alertándoles de que su patología no se debe a lo que ellos creen que se debe o a lo que algunas empresas, pseudofundaciones y pseudoprofesionales les dicen que se debe. Y es aquí a donde quería llegar. Numerosas empresas, como indica el propio artículo de Anxo Martínez, se están enriqueciendo a costa de esta dolencia, vendiendo inútiles sistemas de protección. Los pacientes sufren los síntomas y son capaces de gastarse miles de euros en cortinas, calzoncillos y pijamas, colchones, pegatinas e, incluso, pastillas que no les harán nada más que vaciarles el bolsillo. Incluso hay por ahí algún médico catalán que, por el mismo precio, te diagnosticará una hipersensiblidad química múltiple, te dirá que no tomes leche o que no te vacunes y te recomendará un buen abogado para que reclames una pensión vitalicia.

Llegados a este punto, creo que es el momento de explicar qué dice la Ciencia sobre el efecto de este tipo de publicaciones alarmistas y sin supervisión científica. Y es que la Ciencia ha demostrado que, como si fuera una alergia al polen, la hipersensibilidad electromagnética, en vez de dispararse en primavera, se suele disparar cuando los medios de comunicación, sin acudir a expertos y dando por válida la versión de una única persona, publican esta clase de textos. En 2012, Witthoefl y Rubin, analizaron el impacto que tenían este tipo de noticias sobre el número de consultas a los médicos sobre esta patología los días posteriores a su publicación. Concluyeron que son las personas con mayores niveles previos de ansiedad, mayor tendencia a la somatización y más preocupación sobre la relación exposición-consecuencias, las que, tras recibir por los medios de comunicación este tipo información errónea, alarmista y/o incompleta, asociaban mayores efectos y aquejaban mayor clínica a la exposición. En los dos últimos cursos académicos, he dirigido dos trabajos fin de grado, a Nerea García y a Judit Masiá. En el primero se evaluó cómo la participación en un proyecto de investigación realizando medidas de exposición y el acceso a los resultados y a información científica fiable, reducía la percepción de riesgo y la preocupacíón. En el otro caso, se estudió cómo la educación para la salud mediante una charla de divulgación impartida a personas que decían estar preocupadas por este asunto, también redujo considerablemente la preocupación y la percepción del riesgo.

Termino con la conclusión que Witthoefl y Rubin añadían al final de su trabajo: “es necesiario una mayor relación entre periodistas y científicos para contrarrestar estos efectos negativos”. Así que por aquí estoy para lo que haga falta.

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¿Falta información? (ondas electromagnéticas y salud) – Radiandando

Fuente original (Recomiendo el sitio fuente completo, como una excelente y completa recopilación de información sobre ondas electromagńeticas y salud): ¿Falta información? – Radiandando

Una de las principales demandas sobre la posible relación entre los campos electromagnéticos y la salud es la falta de información. Aquel que está preocupado por este asunto, suele acudir a Internet en busca de esta información. Si bien Internet ofrece innumerables posibilidades, en nuestras asignaturas del Grado en Medicina, solemos decir que “la información que se encuentra en Internet es, por norma general, falsa”. A partir de este punto enseñamos a nuestros alumnos a buscar información válida, información científica. No es objetivo de esta sección proporcionar estos conocimientos y lo que ofrecemos a continuación son enlaces, resúmenes, leyes, informes de organismos oficiales y de reconocido prestigio que esperamos sirvan para entender el estado actual del tema y tranquilizar a la población preocupada.

¿Dónde están las antenas? http://antenasgsm.com/

¿Qué mide el Ministerio? https://geoportal.minetur.gob.es/VCTEL/vcne.do

7 estudios (revisiones sistemáticas y metaanálisis) en 5 aspectos fundamentales: medida de la exposición, efectos de las antenas, efectos de los terminales, cáncer y efecto nocebo:

  • Meta análisis sobre los posibles efectos de las antenas de telefonía móvil sobre el bienestar de adultos. (Mobile phone base stations and well-being — A meta-analysis. Autores: Armin Klaps, Ivo Ponocny, Robert Winker, Michael Kundi, Felicitas Auersperg y Alfred Barth publicado en Science of the Total Environment en 2016). Meta análisis, una de las técnicas más potentes para contrastar estudios, que evalúa 17 estudios sobre posibles efectos de las antenas de telefonía sobre el bienestar en adultos. La conclusión es muy clara y contundente: en condiciones de doble ciego no se reproducen efectos, en cambio en los estudios en los que el doble ciego no está garantizado, sí se producen efectos, sugiriendo que se trata de efecto “nocebo”.
  • Revisión sistemática de los efectos sobre la salud de la exposición a campos electromagnéticos de radiofrecuencia procedentes de estaciones base de telefonía (Systematic review on the health effects of exposure to radiofrequency electromagnetic fields from mobile phone base stations. Autores: M. Röösli, P. Frei, E. Mohlera & K. Huga publicado en 2010 en Bull World Health Organ). Última revisión de 119 estudios epidemiológicos publicados en los últimos 4 años. Las principales conclusiones son que no hay una relación entre síntomas inespecíficos (dolores de cabeza, problemas de sueño, etc), hipersensibilidad, funciones cognitivas, respuestas fisiológicas (pulso cardíaco, conductancia de la piel, flujo sanguíneo), cáncer y la exposición a radiación electromagnética de radiofrecuencia procedente de estaciones base de telefonía.
  • Revisión sistemática del uso de telefonía inalámbrica y cancer de cerebro y otros tumores de cabeza (Systematic Review of Wireless Phone Use and Brain Cancerand Other Head Tumors. Autores Repacholi et al. publicado en 2012 en Bioelectromagnetics). Revisión de estudios que estudian la posible asociación entre uso de teléfono móvil y cáncer. La principal conclusión es que no hay evidencia de una relación causal entre el uso de teléfonos móviles y cáncer de cerebro, tumores o daño en células cerebrales en las áreas del cerebro más expuestas a la radiación.
  • Revisión sistemática sobre síntomas y exposición a campos electromagnétivos (Non-specific physical symptoms and electromagnetic field exposure in the general
    population: Can we get more specific? A systematic review. Autores Baliatsas, C., Van Kamp, I., Bolte, J., Schipper, M., Yzermans, J., Lebret, E. publicado en 2012 en Environment International). Se revisaron trabajos entre 2000 y 2011 incluyendo finalmente 22 estudios que evaluaban síntomas y su posible relación con la exposición a CEM-RF. La conclusión es que no existe evidencia para una asociación directa entre exposición y síntomas inespecíficos. Otra revisión de 2013 de Rubin et al. en Bioelectromagnetics, concluye algo similar.
  • Revisión sistemática de los estudios de evaluación de la exposición personal a CEM-RF (Radiofrequency electromagnetic field exposure in everyday microenvironments in Europe: A systematic literature review. Autores: Sanjay Sagar, Stefan Dongus, Anna Schoeni, Katharina Roser, Marloes Eeftens, Benjamin Struchen, Milena Foerster, Noëmi Meier, Seid Adem and Martin Röösli publicado en Journal of Exposure Science and Environmental Epidemiology en 2017). En esta revisión se analizan 21 trabajos de evaluación de la exposición personal a CEM-RF publicados entre enero de 200 y abril de 2015. Los valores máximos se suelen observar en medios de transporte (debido a uplink-terminales) con valores de entre 0,5 y 1 V/m. La exposición en el exterior (generalmente debida a downlink-antenas) oscila entre 0,3 y 0,7 V/m. En el interior de las casas esta exposición baja a 0,1-0,4 fundamentalmente debida a teléfonos inalámbricos, con escaso aporte de las WiFis.
  • Amplio estudio sobre la exposición personal a CEM-RF en niños en Europa (Spatial and temporal variability of personal environmental exposure to radio frequency electromagnetic fields in children in Europe. Autores: Birks LE, Struchen B, Eeftens M, van Wel L, Huss A, Gajšek P, Kheifets L, Gallastegi M, Dalmau-Bueno A, Estarlich M7, Fernandez MF, Meder IK, Ferrero A, Jiménez-Zabala A, Torrent M, Vrijkotte TGM, Cardis E, Olsen J, Valič B, Vermeulen R, Vrijheid M, Röösli M, Guxens M publicado en Environment International). Los valores medios resultaron sumamente bajos tanto de día como de noche, valores también bajos en las escuelas y en las casas, algo superiores en el transporte y en la calle. Las principales fuentes de exposición fueron las antenas de telefonía. Tanto las WiFis como los teléfonos DECT contribuyeron débilmente.
  • Revisión sistemática sobre los posibles efectos de las WiFi sobre la Salud. (Wi-Fi and health: review of current status of research. Autores Foester, KR y Moulder, JE, publicado en Health Physics). Cabe destacar que el estudio se financió con fondos de la Wi-Fi Alliance y el Mobile Manufactures Forum, pero que ninguna de estas organizaciones participó en la investigación ni tuvieron conocimiento de los contenidos o conclusiones del estudio (se llama declaración de intereses, por lo que uno hace una lectura aún más crítica si cabe). Las conclusiones son claras y son que en condiciones normales no se han demostrado efectos sobre la salud. Los estudios sobre efectos biológicos son variados, con metodologías variadas y recomiendan estudios en condiciones in vivo. Alertan sobre los efectos de un mal uso de dispositivos móviles e inalámbricos por cuestiones de seguridad en la red o al conducir, sobre todo con niños, más que de los efectos potenciales causados por la radiación de los dispositivos.
  • Estudio epidemiológico sobre cáncer de cerebro y terminales móviles (Brain cancer incidence trends in relation to cellular telephone use in the United States. Autores Inskip, Hoover y Devesa publicado en Neuro-Oncology en 2010). Se estudió la epidemiología del cáncer de cerebro entre los años 1992 y 2006 (cuando se produjo el boom de la telefonía móvil). La gráfica comparada con el incremento de líneas móviles es recurrente. La incidencia en 2017 sigue entorno a los 6-8 casos por 100.000 habitantes en EEUU.

Documentación científica:

Legislación:

Y si lo que quieres es saber dónde están las antenas, sus operadores, niveles de exposición u otras cosas: 

El WiFi es una amenaza importante para la Salud humana, ¿o no? – Radiandando

Fuente original (Recomiendo el sitio fuente completo, como una excelente y completa recopilación de información sobre ondas electromagńeticas y salud): El WiFi es una amenaza importante para la Salud humana, ¿o no? – Radiandando

Este es el llamativo, y permíteme poco científico, título de un artículo publicado recientemente en Environmental Research por Martin L. Pall (disponible on-line desde marzo de 2018) y que en cuanto tenga un rato, merecerá un “comment to the editor” de la revista. Atendiendo al título parece claro que la WiFi de casa podrá matarnos en breve ¿o no? La revista es buena, es una Q1 (posición 44 de 216 en la categoría de Environmental Sciences del JCR) y el autor también tiene impacto con numerosas publicaciones. Entonces ¿moriremos todos por la WiFi? Bueno, analicemos el artículo, pues sobre niveles de exposición a WiFi ya hablé en esta otra entrada: “WiFi, WiFi, WiFi, ¿tienen WiFi?

En el artículo se hace una revisión pero tiene sorprendentes errores de bulto para que se lo hayan colado a una revista como Environmental Research. Para empezar, no se indican criterios de inclusión o exclusión, por lo que realmente no es una revisión sistemática con una metodología apropiada, aunque se pretende dar esa idea. Hace una revisión de 7 posibles efectos de la radiación de radiofrecuencia de 2,4 GHz (WiFi), a saber: daño sobre ADN, efectos sobre esperma y fertilidad, efectos neurológicos y neuropsiquiátricos, apoptosis o muerte celular, sobrecarga de los canales de cálcio, efectos endocrinos y estrés oxidativo. Al no tener criterios de inclusión y exclusión, Pall incluye aquellos artículos que son adecuados para su tesis, lo cual no es correcto porque, obviamente, está sesgado y hace un análisis parcial claramente interesado. Son evidentes, desde el título, cuáles son sus intereses. Dos pequeños ejemplos para ilustrar fácilmente que el diseño no es correcto: se incluyen artículos de 1971, por ejemplo, que se comparan con estudios de 2018 (casi todos del propio Pall y alguno que no está publicado todavía) lo cual no es adecuado si se tratara de una revisión seria de los últimos hallazgos y novedosa. Además, para justificar los 7 efectos estudiados se incluyen artículos duplicados, por lo que del total de los 42 artículos utilizados, en realidad son 23. Por último y lo más importante, se mezclan estudios con dos abordajes diferentes que deben tratarse con cuidado: estudios in vitro e in vivo, pero es que, además, se mezclan estudios en células, en animales y, muy pocos, en humanos.

Por ejemplo. En el caso de los efectos sobre esperma y fertilidad, tal y como se indica en el título, se deberían incluir exclusivamente efectos en humanos (o células humanas), pero de los 8 artículos citados en este apartado, sólo 1 fue en un humanos y se trata de una publicación en una revista Q4 de un estudio que se basa en cuestionarios anónimos, no es un estudio adecuado para concluir nada sobre su posible efecto en humanos pues no se controla ninguna otra variable (alimentación, contaminación atmosférica, antecendetes, patologías previas…), además la muestra se obtiene de una clínica de infertilidad y no hay grupo control. El resto son experimentos in vitro, o en animales en otros casos, en condiciones alejadas de la realidad.

Lo mismo, o peor, pasa en cuanto a los efectos de estrés oxidativo. Los 11 artículos citados son en ratas o in vitro, ninguno en humanos.

Seguimos con los efectos neurológicos. Se incluyen 5 estudios, 4 en ratas y 1 en humanos, en una revista Q4 y en la que se dispuso de una muestra de 30 personas, 15 hombres y 15 mujeres, en el que querían mostrar diferencias entre sexos ante la capacidad de atención en presencia de WiFi. No se controlan otras variables como el cansancio… y los experimentos se hicieron en una jaula de Faraday en vez de una cámara anecoica. la diferencia es que la primera puede actuar como resonador al reflejar la señal en las paredes y la segunda no. Tampoco se controló la señal de emisión de la WiFi y se dejó de forma aleatoria… en fin ¿sigo? Esta es la evidencia más potente que aporta Pall sobre efectos en humanos.

En cuanto apoptosis, se incluyen 4 estudios, 3 en ratas y 1 in vitro, con células humanas en el que encuentran diferencias si la exposición es a 10 cm de las células.

Sobre efectos sobre DNA sólo se incluyen 3 estudios, ninguna en humanos y todos ellos incluidos ya en secciones anteriores. Lo mismo ocurre con la sobrecarga de los canales de potasio, se incluyen 3 estudios ya citados anteriormente. Y, por último, en cuanto a los efectos endocrinos de los 3 artículos citados sólo 1 en nuevo con respecto a los incluidos en los apartados anteriores y es en conejos.

Se incluyen otros efectos en los que o bien se vuelven a citar artículos citados anteriormente, o bien son en animales, niguno, nuevamente, en humanos.

El artículo alerta, por tanto, de los peligros de las WiFi en HUMANOS, y en seguida será citado en todas las páginas de hipersensibles y movimientos antiantenas y antiwifi, cuando debería hablar de radiación de radiofrecuencia de 2,5 GHz. ¿Por qué digo esto? ¿Acaso no es lo mismo? Pues sí, pero no. Porque la intensidad a la que se hacen esos estudios y en las condiciones a las que se hacen, distan mucho de lo que podría ser una WiFi de tu casa o de un colegio. He ahí la trampa y la maldad e interés del título y de, por tanto, el artículo. Piensa en la luz de una bombilla de 60W de tu casa que no te dejará ciego si la miras unos segundos. Pero si hago experimentos con focos de 5000W y se los pongo a ratas 24 horas al día durante 1 mes causándoles, probablemente no sólo ceguera, sino la muerte. ¿Podría concluir que “la luz visible, como la que emiten las bombillas de tu casa, dejará ciega a la población del planeta”? No. Debo contar en qué condiciones se ha hecho el experimento y pensar si son trasladables esos resultados a humanos y en qué condiciones.

Así, Pall y otros autores similares como Hardell, Carpenter o Sage (todos relacionados a través del informe Bioinitiative o EMF-scientist, sí otra vez), hace estas pseudorevisiones que están regular por no decir que mal, pues hablan simplemente de “WiFi” o se atreven a decir “WiFi en humanos” en vez de “campos electromagnéticos a 2,5 GHz en condiciones de laboratorio y en animales” con lo que la confusión en obvia. No dejan claro que se trata de experimentos de laboratorio, con ratas o células a niveles de exposición elevadísimos. Al hablar de WiFi, como decía, parece que es la de casa pero los niveles de los experimentos incluidos están muy por encima de lo que tenemos en casa y que nuestras células, no están en un cultivo a 5 o 10 centímetros de la antena… porque tenemos la piel que reflejará, además, casi toda la señal…

Las conclusiones no son menos alarmistas: “In conclusion, there are seven repeatedly found Wi-Fi effects which have also been shown to be caused by other similar EMF exposures. Each of the seven should be considered, therefore, as established effects of Wi-Fi”.

¿Cuál es el objetivo del artículo? Pues realmente, lo que hace el autor es intentar rebatir el artículo de Foster and Moulder (2013) en el que realizaron, ahora sí una revisión sistemática seria y con una metodología clara y objetiva de inclusión y exclusión. Cabe destacar que el estudio se financió con fondos de la Wi-Fi Alliance y el Mobile Manufactures Forum, pero que ninguna de estas organizaciones participó en la investigación ni tuvieron conocimiento de los contenidos o conclusiones del estudio (se llama declaración de intereses, por lo que uno hace una lectura aún más crítica si cabe. . Las conclusiones son claras y son que en condiciones normales no se han demostrado efectos sobre la salud. Los estudios sobre efectos biológicos son variados, con metodologías variadas y recomiendan estudios en condiciones in vivo. Alertan sobre los efectos de un mal uso de dispositivos móviles e inalámbricos por cuestiones de seguridad en la red o al conducir, sobre todo con niños, más que de los efectos potenciales causados por la radiación de los dispositivos.

Por tanto, el título del trabajo de Pall induce a error y no es, para nada, adecuado. Tan sólo 2 estudios de los 23 estudios incluidos fueron en humanos y son de muy baja calidad, ¿es adecuado, por tanto, decir en el título que la WiFi es una amenaza importante para la salud humana? No, rotundamente no, pero ¿cuánto tardaremos en encontrar este artículo en webs de hipersensibles y pseudoexpertos? 3, 2, 1…

La verdadera composición última del universo (I, II, III y IV) – Cuaderno de Cultura Científica

Fuentes originales: La verdadera composición última del universo (I): Más allá del modelo estándar – Cuaderno de Cultura Científica

La verdadera composición última del universo (II): Verdad verdadera

La verdadera composición última del universo (III): La desmaterialización del universo

La verdadera composición última del universo (y IV): Platónicos, digitales y pansiquistas

Más allá del modelo estándar

Los primeros filósofos crearon cosmogonías, explicaciones del origen del universo tal y como lo conocemos, a partir de elementos preexistentes. Incluso el libro del Génesis presenta a Dios como un demiurgo que ordena el caos, en ningún momento dice que crease de la nada. La composición última del universo en todos estos relatos corresponde a cuatro o cinco elementos básicos, en algún caso reducible a solo uno.

Como sabemos, el desarrollo de las ciencias químicas a partir del siglo XVII culmina con el concepto de elemento químico y la creación de la tabla periódica en el siglo XIX. Pero a finales de ese siglo ya está demostrada la existencia de una partícula subatómica, el electrón y en la década de los setenta del siglo XX el modelo estándar de la física de partículas se presenta como una construcción sólida para comprender la estructura subatómica de la materia, modelo que culmina en 2012 con el hallazgo del bosón de Higgs.

Según el modelo estándar el universo debería estar compuesto en última instancia de 6 leptones y sus antipartículas, 6 quarks y sus antipartículas y cinco bosones, uno de ellos el de Higgs. Sin embargo, no podemos saber que esto sea así con absoluta certeza hasta que no descubramos qué composición tiene el 24% de la materia del universo que denominamos materia oscura; la materia bariónica, la ordinaria, representa tan solo el 4,6% de la masa-energía total del universo, siendo el resto, 71%, energía oscura.

Parece como si ya conociésemos mucho de la composición del universo. Puede que sea así, pero no por lo que imaginamos. Puede que la verdadera composición del universo haya estado desde hace décadas, si no siglos, delante de nuestros ojos pero que no nos hayamos parado a verla. Y esta composición sería sorprendente, además de lógicamente consistente. Pero completamente anti-intuitiva y hasta repulsiva para el sentido común de más de uno.

La palabra clave es “verdadera”. Además, como de los sobreentendidos sobre esta expresión surgen algunas interpretaciones prejuiciosas sobre lo que es y lo que no es, puede que merezca la pena pararnos un momento para explorar un problema tan antiguo como la filosofía: cuál es la naturaleza de la verdad, qué es lo verdadero en definitiva. Afortunadamente no será necesario dar una respuesta global y definitiva al problema, nos bastará bosquejar en qué consiste y ver cómo nos afecta significativamente a la hora de responder a nuestra pregunta sobre la verdadera composición última del universo.

Todos tenemos un vasta colección de creencias y estamos convencidos de que son verdaderas, porque, si no lo fuesen, ¿por qué otra razón creeríamos en ellas? Estas colecciones de creencias tienen consecuencias directas, tangibles, en las decisiones, en los comentarios y en las acciones que tomamos día a día. Tanto la historia como los acontecimientos de hoy día están llenos de incidentes (decisiones políticas, guerras, asesinatos, persecuciones religiosas, por nombrar algunos) motivados en buena medida por la convicción de un individuo o de un grupo de individuos de que un conjunto de creencias es verdadero y otro es falso. La verdad, lo verdadero, es algo que damos por supuesto cada minuto del día y muchas veces con consecuencias que distan mucho de ser triviales.

La cuestión principal, a saber, ¿qué hace que una afirmación sea verdadera?, no debe confundirse con el problema epistemológico sobre la verdad. Éste se formula con una pregunta parecida pero completamente diferente en el fondo: ¿cómo llegamos a saber qué afirmaciones y creencias son verdaderas? Una pregunta muy importante pero no la que nos interesa ahora para averiguar la verdadera composición última del universo.

Nuestra pregunta sobre la verdad se refiere a la existencia de algo que las afirmaciones (o las creencias) verdaderas tienen en común que hace que sean verdaderas. Esa es la pregunta, pues, ¿qué tienen en común las afirmaciones (o las creencias) verdaderas que las hace verdaderas?

Verdad verdadera

A lo largo de, literalmente, miles de años se han acumulado teorías que han intentado dar una respuesta a la pregunta “¿qué hace que una afirmación sea verdadera?”. Desde ya podemos decir que no existe una respuesta definitiva, después de tanta discusión no se ha llegado a un consenso. Pero eso no nos preocupa ahora. Para nuestros fines es suficiente saber que existen dos grandes conjuntos de teorías de la verdad, que llamaremos correspondiente y coherente. Aunque existen más teorías de la verdad que no encajarían completamente en estos dos grupos, entre los dos cubren la mayor parte de las ideas sobre el tema.

Según las teorías correspondientes lo que hace a una afirmación (o creencia) verdadera es que se corresponde con una realidad independiente y objetiva, completamente independiente de nosotros y que no depende de lo que creamos o dejemos de creer. Lo que hace a una afirmación falsa es que no se corresponde con esa realidad independiente y objetiva. Para muchos científicos esta es la posición que asumen por defecto: casi todos, por no decir todos, creen en la existencia de una realidad “real” y cognoscible. Pero, ¿es esto así?

Por otra parte, las teorías coherentes dicen que lo que hace una afirmación (o creencia) verdadera es que es coherente con una colección amplia de creencias, y lo que hace a una afirmación falsa es que no es coherente con esta amplia colección de creencias. La mayor parte de lo que un científico sabe, o cree que sabe, curiosamente, son afirmaciones coherentes con un conjunto de creencias y no otra cosa. Es esta idea la que justifica a Kuhn para hablar de paradigmas y cambios de paradigma, por ejemplo.

Las teorías coherentes necesitan especificar de quién son las creencias que se tienen en cuenta a la hora de contrastar la veracidad de una afirmación. Si las creencias son las de una sola persona estamos ante una teoría coherente individualista: una creencia será verdad para una persona si encaja con su sistema particular de creencias. Análogamente existen teorías coherentes grupales, en las que las creencias son las de un grupo: aquí encontramos las verdades religiosas, las verdades pseudocientíficas, las verdades de sentido común de una sociedad concreta, etc. Una clase especial de teoría coherente grupal es la que constituyen las teorías coherentes basadas en la ciencia, cuyo sistema de creencias se fundamenta en las actitudes científicas, entre ellas la construcción del consenso científico.

Los problemas de las teorías de la verdad

A primera vista parece que una teoría correspondiente verdad-realidad es lo correcto. Después de todo, ¿qué hay más natural que dejarse llevar por el sentido común? Pero no es tan fácil; hay problemas graves en estas teorías de la verdad. Y el mayor de ellos es, precisamente, la referencia a la realidad.

También según nuestro sentido común todos sabemos como funciona la percepción, tanto que lo damos por sentado. Nuestros sentidos nos proporcionan representaciones elaboradas por nuestro encéfalo (en el caso de la visión, las representaciones son imágenes, algunas veces en movimiento) de cosas del mundo exterior. Pero esto implica que todos nosotros, en este sentido, estamos aislados del mundo. En concreto, no hay forma para nosotros de saber si estas representaciones suministradas por nuestros sentidos y elaboradas por nuestro encéfalo son fieles a la realidad. Podríamos perfectamente estar en Matrix y no tendríamos forma de saberlo. En resumen, no tenemos forma de saber cómo es la realidad realmente.

Para salir de ese atolladero solipsista la única solución es recurrir al consenso científico, pero entonces nuestra teoría de la verdad ya no sería correspondiente, sino una teoría coherente basada en la ciencia.

Las teorías coherentes de la verdad también tienen sus problemas. Pero ninguno de ellos relevante para lo que sigue. Quedémonos pues con que la verdadera composición última del universo se establece por coherencia.

Nuestra incapacidad de acceder directamente al conocimiento de la realidad tiene como consecuencia inmediata que debamos poner en cuestión la misma existencia de la materia (y, por tanto, de la energía). Esto, completamente contrario al sentido común, es sin embargo lo que viene haciendo la ciencia desde hace siglos.

La desmaterialización del universo

La visión aristotélica del universo permea el pensamiento cristiano y, a través de él, el occidental. Sin ir más lejos, si afirmamos que lo que existe es una combinación de materia y forma, visión muy común en el día a día y en muchos aspectos de la ciencia popular, no estaremos más que remitiéndonos a la vieja teoría del hilemorfismo. Según Aristóteles la materia sin forma o, en términos más modernos, sin estructura, es el caos, lo que para los griegos o el autor del Génesis es en la práctica equivalente a la nada.

A lo largo de los últimos siglos la ciencia ha ido socavando esta forma de comprender la realidad. Cuanto más aspectos de la realidad es capaz de explicar nuestro conocimiento científico más sale la materia del cuadro. Algo fundamental en nuestra búsqueda de la verdadera composición última del universo.

La desmaterialización de la naturaleza comenzó formalmente con Isaac Newton, cuya teoría de la gravedad hacía uso de una idea aparentemente más ligada al ocultismo que a la ciencia: lo que Einstein llamaría la espeluznante acción a distancia. El Sol ejerce su influencia gravitatoria sobre los planetas sin que haya materia que los una. Newton, consciente de que aunque funcionase parecía magia más que otra cosa, se encogió de hombros, dijo “no hago hipótesis”, y se dedicó a otra cosa.

La versión más actual de la acción a distancia y que llevó a Einstein a calificarla como espeluznante, realmente no es una acción, sino algo más refinado: el entrelazamiento cuántico no es una acción que se transmite, sino una modificación de la descripción matemática del universo que se produce al medir el estado de una partícula que afecta a la partícula entrelazada con ella simultáneamente, sin importar que las separan millones de años luz; no se transmite información y, por tanto, no hay acción a distancia.

También hoy sabemos que la materia deforma el espacio, y que el espacio deformado le dice a la materia cómo debe moverse, sustituyendo la necesidad de la materia para llevar a cabo acciones a distancia por una deformación geométrica de algo que hemos dado en llamar el espaciotiempo.

Ya en 1844, Michael Faraday, observando que la materia podía reconocerse solo por las fuerzas que actúan sobre ella, preguntó “¿Qué razón hay para suponer que existe en absoluto?” La realidad física no consistiría realmente de materia sino de campos, es decir, de estructuras puramente matemáticas definidas por puntos y números.

Pero, ¿y los átomos? Existen, ¿no? Parece que estamos todos de acuerdo en afirmar que sí, pero lo que realmente estamos diciendo es que acordamos interpretar determinados valores matemáticos (todo lo que creemos experimentar es reducible a valores matemáticos, a la posición de una aguja en una escala) como que existen unas cosas que llamamos átomos. Pero en última instancia solo existen esos valores matemáticos. Pero vayamos por partes.

A comienzos del siglo XX se descubrió que los átomos, hasta ese momento representación última de la solidez eran realmente espacio vacío. Y la teoría cuántica estableció a partir de mediados de la década de los veinte que las partículas que los constituían no eran cognoscibles como tales, sino que tan solo se podía describir su comportamiento: como si a un ciego que nunca ha tenido una pieza de ajedrez en la mano le describimos como se mueve cada una y eso es todo lo que conoce del juego físico. Ese comportamiento de las partículas además se corresponde con un conjunto de extrañas propiedades abstractas, profundamente matemáticas, más que con el de una pequeñas e intuitivas bolitas de billar.

Conforme avanzaba el siglo, cada nuevo nivel de explicación daba lugar a la desaparición de la materia y su sustitución por estructura. La culminación de la desmaterialización del universo es la teoría de cuerdas, que construye lo que entendemos por materia a partir de pura geometría.

Platónicos, digitales y pansiquistas

Nuestras creencias basadas en el sentido común y en la existencia de eso que llamamos materia no tienen una base real. Cosas para nosotros tan asentadas como la impenetrabilidad de los cuerpos, el hecho de que dos cuerpos no puedan ocupar la misma porción de espacio a la vez, o, incluso, nuestra familiaridad con el concepto de átomo, son en realidad ilusiones matemáticas.

El que los cuerpos sean impenetrables no tiene nada que ver con nuestra intuición que visualiza bolas de billar chocando, ni siquiera con esa teoría desmaterializada pero hasta cierto punto asumida de la electricidad y el magnetismo. No, la impenetrabilidad de los cuerpos solo podemos entenderla como números. Conseguir que dos átomos se interpenetrasen equivaldría a hacer que los electrones de esos átomos pasasen a tener números cuánticos iguales. Algo que lo prohíbe una regla matemática, el llamado principio de exclusión de Pauli. Este principio que aplica a los fermiones, como los electrones y los quarks, pero no a los bosones, es el que justifica en última instancia también la existencia de los distintos elementos químicos, su ordenamiento en la tabla periódica y su química. Y es un teorema (matemático, por tanto) que tiene su origen en la teoría cuántica de campos relativista.

No solo eso, la existencia misma de un átomo simple, como el de hidrógeno, se basa en otro principio matemático, el principio de incertidumbre de Heisenberg. ¿Qué hace que el electrón no se precipite hacia el núcleo? Bohr se vio obligado a postular la existencia de estados estacionarios, unas órbitas en las que el electrón no emitía energía y eran por tanto estables, como un artificio para poder construir un modelo que explicase las líneas espectrales. Pero Bohr no podía justificarlo más allá del hecho de que ese “invento” funcionaba. Sin embargo, hoy sabemos que el electrón no se estrella contra el núcleo porque eso nos haría saber con precisión y a la vez su velocidad (cero si tomamos el núcleo como origen de coordenadas) y su posición (en la parte exterior del núcleo) y eso es precisamente lo que prohíbe el principio de incertidumbre.

Por tanto, según la ciencia todo lo que vemos que nos rodea debe su existencia en la forma en la que lo vemos a relaciones matemáticas. Si tenemos en cuenta ahora que nuestra teoría de la verdad es coherente basada en la ciencia, ¿qué podemos afirmar de la verdadera composición última del universo?

Hemos visto que la ciencia, en sus aspectos más fundamentales, describe los componentes del mundo físico en función de relaciones entre ellos, sin importar de qué pudiesen estar hechos, tal y como le pasa al lenguaje en la lingüística de Saussure. Nos describe al electrón con una ecuación matemática y le asigna números característicos, masa y carga, pero éstos solo indican cómo se comportará cuando interactúe con campos o partículas. Nos dice que masa y energía son equivalentes, pero describe la energía como un número sin explicar lo que realmente es más allá de por el resultado de su desaparición en una parte de un sistema (trabajo) y por el hecho de que es una cantidad que se conserva.

La mente analítica de Bertrand Russell ya era consciente de esta situación y de su corolario en 1927, cuando escribió en The Analysis of Matter que “en lo que respecta a la naturaleza intrínseca de las entidades que conforman el mundo la ciencia permanece callada. Lo que nos presenta es una gran red relacional: todo estructura, nada de materia o energía”.

La verdadera composición última del universo, por tanto, es ninguna, hay solo estructura. Y esto abre vías muy interesantes a la hora de interpretar la realidad. Algunas afirman que la estructura es matemática pura, con lo que las defienden entran en la categoría de platónicos (sin duda el principal ejemplo de esta posición es Roger Penrose, quien la expone abiertamente en la introducción a The road to reality); para otros esta estructura es pura información, lo que John Archibald Wheeler llamó en 1990 it from bit y se conoce en general como física digital; y, por no extendernos más, para otros finalmente es consciencia, lo que deriva en un pansiquismo, como el que defiende, por ejemplo, David Chalmers.

Estas interpretaciones dan una respuesta a alguna de las grandes cuestiones científico-filosóficas, como a la de por qué las matemáticas son tan eficaces a la hora de describir el universo (un platónico respondería “trivial, el universo es matemáticas”), o aventuran algunas realmente rocambolescas a otras como a por qué existe algo en vez de nada (por ejemplo, no somos más que una simulación en un ordenador de una civilización hiperavanzada). Incluso alguna encuentra derivaciones hacia cuestiones éticas. Pero todo esto ya lo exploraremos en otra ocasión.

Sobre el autor: César Tomé López es divulgador científico y editor de Mapping Ignorance

Dime a quién votas y te diré qué ‘fake news’ te crees / Reportajes / SINC

Fuente original: Dime a quién votas y te diré qué ‘fake news’ te crees / Reportajes / SINC

(Las negritas son mías)

Pensamos que tomamos las decisiones de manera racional, pero no es así. La tendencia política de cada ciudadano influye en su actitud frente a las falsas informaciones. Ante datos que ponen en tela de juicio al partido en el que confiamos, somos más críticos que si perjudican a la oposición. Incluso en cuestiones científicas priorizamos nuestro referente gubernativo a las verdades contrastadas.

Laura García Merino | 22 mayo 2018

El Gobierno vasco temía en 2014 los supuestos peligros que provocaban las antenas de telefonía. En 2010, cuando era ministra de Sanidad, Leire Pajín lucía en su muñeca un trozo de silicona y plástico al que se le atribuían cualidades milagrosas, la Power Balance. En la misma cartera, Ana Mato propuso sustituir medicamentos para afecciones leves por ‘alguna cosa natural’ y en 2015, Pablo Iglesias pidió a la Unión Europea que reconociese la hipersensibilidad electromagnética como enfermedad, ignorando que realmente no existe.

Ninguna de estas actuaciones tiene base científica.

Las pseudoterapias en España

La población española, según demuestra el informe de Percepción Social de la Ciencia publicado en 2016 por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), no tiene clara la diferencia entre la medicina y las pseudoterapias, aquellos tratamientos que no están validados por el método científico. Su uso ha aumentado en los últimos años en las sociedades postindustriales.

De los 6.300 encuestados por la FECYT, a la hora de tratar una enfermedad grave un 26% aseguró que se informaría por su cuenta; un 37%, que la opinión de un profesional médico no sería determinante y un 33% tendría en cuenta la recomendación de amigos y familiares.

Un informe posterior muestra que la política está más relacionada de lo que creemos con las fake news sobre salud y ciencia. El último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) preguntaba a los encuestados si utilizaban alguno de los 20 remedios que registraba el cuestionario, entre los que se encontraban la acupuntura, la homeopatía, la sanación espiritual o las plantas medicinales.

Según demuestran los datos, entre los consumidores de estas pseudoterapias hay más mujeres que hombres, más personas con estudios universitarios o de formación profesional y más votantes de izquierdas que de derechas.

Identificarse con un grupo político es una decisión voluntaria y personal. Según nuestros criterios, seremos afines a aquel partido que defienda una visión del mundo similar a la nuestra. Y, como se aprecia en los datos anteriores, la adhesión ideológica también determina nuestra postura respecto a cuestiones en las que el grupo político se declara a favor o en contra.

Así lo confirman Andrea Pereira, investigadora del Social and Organizational Psychology Institute de la Universidad de Leiden (Países Bajos), y Jan J. Ban Bavel, del Perception an Evaluation Laboratory en Nueva York: dependiendo de a quién votemos nos tragaremos o no distintas fake news.

¿De qué lado está la ciencia?

La ideología influye en la opinión sobre temas relacionados con la ciencia. En la política estadounidense, que enfrenta a republicanos y liberales, el ejemplo más claro es el debate sobre el cambio climático, pero también la evolución, las células madre, las vacunas o la energía nuclear.“Mientras que los liberales son más igualitarios, los conservadores dan más importancia a la libertad”, explica a Sinc Elizabeth Suhay, politóloga en la American University de Washington (EE UU) y especialista en opinión pública y conocimiento científico. “Las personas que sienten un fuerte compromiso con uno u otro valor se enfrentan a la información científica de forma sesgada”.

La investigadora explica que, por ejemplo, el debate sobre el cambio climático depende en gran medida de la preferencia política. “Los conservadores suelen negar este problema medioambiental, ya que contrarrestarlo supone unos costes extra a las empresas. Por eso la regulación económica de esta tendencia política en el área es crítica”, comenta Suhay. Un estudio recién publicado en Nature Climate Change confirma el fuerte vínculo entre el conservadurismo en EEUU y el negacionismo del cambio climático.

“Pero también se dan ejemplos de información sesgada en el sector liberal”, continúa la experta. “La tendencia de las personas que se identifican con este grupo político es creer que la orientación sexual tiene origen genético”. Según la experta, algunos utilizan esta creencia para exigir un trato igualitario a las personas del colectivo LGTB. Sin embargo, hay muchas otras razones para reivindicar esta igualdad sin necesidad de recurrir a un argumento científicamente dudoso.

“Al final, la política se relaciona con la ciencia porque es poderosa. Este poder hace que todos quieran tenerla de su lado, interpretando la información de la forma que más conviene a su colectivo”, concluye Suhay.

Cuestionando la libertad de elección

Al razonar y tomar decisiones, las personas cometemos errores de manera sistemática y en la misma dirección. Estos deslices del inconsciente, los sesgos cognitivos, son difíciles de detectar, sobre todo en uno mismo.

“En el laboratorio usamos experimentos diseñados específicamente para localizarlos”, explica a Sinc Helena Matute, catedrática de Psicología Experimental en la Universidad de Deusto y directora del Laboratorio de Psicología Experimental. “En ellos proponemos actividades y observamos que todo el mundo comete los mismos errores al hacerlas”, cuenta la experta.

Uno de los contextos más comunes donde estos sesgos ponen la zancadilla es la política. Hay veces que el sentimiento de pertenencia a un grupo es tan fuerte que consigue que nuestra cabeza funcione diferente ante un mismo dato. “Eso es mentira”, contestarían los votantes adscritos al partido perjudicado. “Evidentemente, es cierto”, suele ser la respuesta de los afines a la oposición.

Así lo explica Matute: “Si una noticia falsa muestra a nuestro partido en apuros, la identificamos como tal y recordamos sin problema lo que ocurrió realmente. En el caso de una noticia amañada que perjudique al partido de la competencia, no ponemos nada en duda. A veces hasta creemos recordar que los hechos fueron tal y como nos los están contando”.

Los míos siempre llevan la razón”

Para comprobar hasta qué punto actúan estos errores del inconsciente, Drew Westen, director de Psicología Clínica en Emory, lideró en 2006 un estudio con motivo de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2004.

En el experimento, los votantes demócratas se enfrentaron a afirmaciones contradictorias de John Kerry y los republicanos, de George W. Bush. A la par, se les hizo una resonancia magnética funcional (fMRI, por sus siglas en inglés).

Los investigadores observaron que las partes del cerebro que se activaron en los votantes partidistas fueron las asociadas a la regulación de las emociones, no al razonamiento. No se trataba de una respuesta cerebral racional, sino emocional.

Según Van Bavel y Pereira, la necesidad de pertenecer a un grupo, en este caso político, podría explicar esta reacción y por qué las fuentes de información veraz no son motivo suficiente cuando los datos, o bien los proporciona el propio partido, o bien tratan aspectos negativos de este.

Sentimiento de pertenencia

“Por un lado, todos perseguimos metas sociales. Los partidos políticos permiten cubrir este tipo de objetivos y otras necesidades psicológicas”, declara a Sinc Pereira. “Por otro lado, perseguimos la precisión, el conocimiento exacto sobre el mundo”.

Según la investigadora, la importancia que una persona da a una u otra meta (pertenencia social y conocimiento fiable) cambia según las diferencias individuales y el contexto que rodee la situación comunicativa.

Las investigaciones por neuroimágenes analizadas en el artículo de Van Bavel y Pereira revelan que al proporcionar sentimiento de pertenencia y ayudar a la definición de uno mismo, la unión a una corriente política refuerza nuestra identidad.

Los expertos explican que en estos casos, interpretar información falsa como verdadera es el resultado de dar prioridad a la identidad e ideología frente a la precisión y fiabilidad. O dicho de otro modo, hay quienes prefieren las ideas que defiende un partido político por encima de la calidad de las fuentes de información.

Ni las evidencias son motivo suficiente

Así lo demostraron Brian Schaffner, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Massachusetts (EE UU), y Samantha Luks, directora general de Investigación Científica en la firma internacional YouGov. En un experimento mostraron a 1.388 personas dos fotografías: la multitud que acudió al discurso inaugural de Obama y la que lo hizo a la de Donald Trump.

Aunque era evidente que en la primera se veía más gente, el 15% de encuestados adeptos del actual presidente de EE UU respondió que era la segunda.

Los resultados de estas encuestas, publicadas en The Washington Post, muestran que aquí no vale ni el “si no lo veo, no lo creo”. La fidelidad al partido llega a ser más importante que la evidencia e incluso que la afinidad ideológica real que tenemos con este.

“Si no hubiera disputas políticas, cualquier persona que hubiese observado la fotografía hubiera visto más multitud en la tomada durante el discurso de Obama. Sin embargo, algunos seguidores de Trump utilizaron la situación para expresar su apoyo por el presidente estadounidense antes que contestar a la encuesta objetivamente”, explicaban en el diario americano Schaffner y Luks.

Tal y como afirman en su artículo Van Bavel y Andrea Pereira, en los sistemas políticos dominados por dos grupos enfrentados, como el de EE UU, la intensidad de su influencia aumenta al crearse un sentimiento generalizado de un ‘nosotros’ contra ‘ellos’.

“Tener fuentes de información de calidad no nos resulta suficiente si pensamos que las personas que las producen pertenecen a un grupo distinto al nuestro”, explican los autores. “Puede que la oposición disponga de mejores escritores, periodistas y estándares editoriales, pero da igual. Dejamos de valorar estas garantías informativas y nos concentramos en lo que dice nuestro partido”.

Los votantes pueden experimentar disonancia cognitiva cuando se enfrentan a un fallo de su partido, explica Pereira. A veces, en lugar de cuestionar a nuestros líderes, acabamos reforzando nuestro apoyo para no poner en peligro el esquema de valores que nos sirve de apoyo en la vida.

La única solución, según la experta, es proporcionar información que no cree incertidumbre. “Enriquecer y contrastar la información, así como proporcionar una explicación más amplia de las noticias, sería una forma efectiva de corregir la tendencia a creer lo que me dicen que crea”.

La humildad como virtud científica – Cuaderno de Cultura Científica

Fuente original: La humildad como virtud científica – Cuaderno de Cultura Científica

(Las negritas son mías)

Gente que practica ciencia desde la arrogancia hay, ya lo creo; incluso en según qué disciplinas o instituciones abundan. Personas de teoría única que acertaron una vez en algo importante y desde entonces mantienen su hipótesis favorita como única aceptable; científicos que sólo se relacionan con discípulos de su secta, que rechazan a quien tiene ideas diferentes, que son incapaces de imaginar que sus ideas puedan ser insuficientes o mucho menos erróneas. Abundan los jefes de laboratorio, directores de centro, catedráticos eminentes, editores de revistas u organizadores de congresos que en cualquier disciplina, de cualquier sexo (aunque más a menudo, ay, varones), con variado acierto y casi siempre con temibles consecuencias practicas la ciencia desde la más absoluta arrogancia intelectual y a menudo social. Todos los que practica ciencia los conocen o los sufren, tratando siempre de sobrevivirlos.

Porque un científico arrogante, especialmente cuando esa arrogancia se manifiesta en su producción intelectual, es un mal científico. No porque su trato sea muy desagradable, que lo es; no porque suponga un obstáculo al avance del conocimiento al dificultar la adopción de nuevas ideas, que lo hace; sino porque su ciencia es mala por definición.

La buena ciencia sólo puede ser humilde, porque errar es humano y porque al universo le importan poco nuestros sentimientos y aunque no hace trampas para engañarnos tampoco nos pone las cosa fáciles: comprender como funciona es complicado y está lleno de trampas. Malinterpretar, crear hipótesis bellas (pero erradas), teorizar en ausencia de datos o con datos equivocados o desconocer factores relevantes son certezas con las que tenemos que lidiar a la hora de establecer nuestras hipótesis y explicaciones. Y cuando esas hipótesis bellas pero erróneas se enfrentan a la comparación con el cosmos real éste es inmisericorde, y las tumba sin remedio.

Cuando esto ocurre podemos refugiarnos en la ceguera desde la arrogancia: ese factor no es relevante porque YO no lo considero así, porque MI experimento no lo tiene en cuenta, porque NUESTRA hipótesis no lo incluye. Al hacer esto estamos intentando imponer nuestras formas de pensar y nuestros límites al universo, forzando sobre el funcionamiento de cosmos nuestra interpretación limitada. Si tenemos bastante poder terrenal conseguiremos que esto funcione, durante un tiempo; si controlamos las carreras de los científicos que vienen después mediante tribunales o consejos editoriales de revistas, si somos determinantes al escribir los libros de texto, si empujamos y apartamos a las voces discrepantes e impedimos que se les escuche. Con arrogancia y poder es posible mentir a todo el mundo, durante algún tiempo.

Pero no hay arrogancia capaz de forzar la mano del universo, así que a la larga todos nuestros esfuerzos serán en vano. Quizá tengamos una larga y poderosa carrera, quizá incluso muramos pensando que lo hemos logrado, pero tarde o temprano (y será temprano) la realidad se impondrá y nuestras teorías e hipótesis pasarán al basurero de la historia. No será siquiera recicladas como parte de teorías mejores, como ocurre con los avances correctos pero siempre (ay) insuficientes, sino que serán descartadas y quedarán como notas a pie de página en la historia de la ciencia, asociando para siempre nuestro nombre con el fracaso.

Los mejores científicos son humildes, no por vocación propia, sino por experiencia duramente ganada. Por errores cometidos, hipótesis rechazadas, experimentos fallidos, dificultades no superadas; por meteduras de pata risibles, confusiones involuntarias, complejidades experimentales o de campo no tenidas en cuenta. Es cierto que la naturaleza no nos miente de modo malicioso, pero a veces puede ser puñeteramente sutil y esconder fuentes de error en los rincones más inverosímiles; uno puede estar al borde del Nobel y descubrir de repente que sus datos están contaminados y no dicen lo que uno pensaba que decían, perdiendo cualquier posibilidad de alcanzar la gloria.

Y eso duele, pero sólo se convierte en una catástrofe si se le suma una buena dosis de arrogancia. En presencia de humildad el error se desarrolla y se acaba convirtiendo en el germen de nuevas ideas, nuevas hipótesis, nuevos avances. Por eso los buenos practicantes de ciencia comparten como rasgo común la humildad intelectual; no porque eso les haga mejores personas o les convierta en practicantes de la filosofía Zen, sino porque eso les hace mejores científicos. Ante el maravilloso, complejo y sutil universo que hay ahí fuera pensar que una mente humana pueda contener toda la verdad no sólo es arrogante: es estúpido. La humildad, pues, es una virtud científica, porque nos ayuda a entender mejor.

Sobre el autor: José Cervera (@Retiario) es periodista especializado en ciencia y tecnología y da clases de periodismo digital.

Leer la Biblia te hace ateo – Tu.tv

Fotograma del video.

Fotograma del video.

Fuente original: Leer la Biblia te hace ateo – Tu.tv

El célebre mago Penn Jillete cuenta su experiencia personal de cómo se convirtió en ateo: leyendo y sobre todo entendiendo lo que dice la Biblia. Y fue tal su éxito que fue expulsado de la escuela dominical por hacer pensar a sus compañeros y por tanto, llevarles por el nefando camino del ateísmo.