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Pseudociencia alimentaria: con la comida no se juega – La Venganza de Hipatia

La alimentación ha sido siempre un factor clave en la historia de la humanidad. Ha posibilitado el surgimiento de civilizaciones tanto como ha arrasado con ellas, y ha evolucionado, tanto respecto a su producción como su distribución y a su conservación, junto al propio desarrollo tecnológico e ideológico del ser humano. Esto, por supuesto, ha traído consigo grandes avances, como la intensificación de la producción o la llegada de alimentos a zonas en las que antaño las hambrunas eran un evento común, parte incluso del acervo cultural local. Sin embargo, no deberíamos caer en el optimismo ingenuo del que piensa que el ser humano es capaz de gestionar su propio desarrollo de un modo enteramente racional, dado que, pese a todo, seguimos teniendo los mismos sesgos con los que salimos de nuestra África natal, lo cual nos convierte en unos seres más irracionales, tribales y conformistas de lo que nos gustaría admitir.

La pseudociencia aprovecha todos esos sesgos para hacer pasar productos de muy dudosa valía como si gozaran del respaldo de la evidencia científica (Fasce, 2017a). Ello es lo que diferencia este tipo de creencias de otras también carentes de garantía epistémica, como el pensamiento paranormal o las teorías de la conspiración — aunque la pseudociencia incorpora también estos otros tipos de creencias. Como tal, puede ser definida del siguiente modo (Fasce, 2018):

(Pseudociencia) (1) y/o (2) y/o (3) y (4).

  1. Hace referencia a entidades y/o procesos fuera del dominio de la ciencia.
  2. Hace uso de una metodología deficiente.
  3. No está apoyado por la evidencia.
  4. Es presentado como conocimiento científico.

Existen, a su vez, dos tipos de pseudociencia: la promoción de pseudo-teorías y el negacionismo de la ciencia (Hansson, 2017; Fasce y Picó 2018a; 2018b). La promoción de pseudo-teorías es el tipo clásico de pseudociencia, en el que un grupo organizado de personas promueven un contenido doctrinal de una complejidad más o menos variable, desarrollando un amor/odio hacia una ciencia por la que han de hacerse pasar, parasitando sus medios de publicación, de educación y sus instituciones de regulación profesional. Este es el caso de, por ejemplo, la homeopatía, la nueva medicina germánica o la criptozoología. El otro tipo es el negacionismo de la ciencia, que está basado en la animadversión motivada — económica, política o ideológica — hacia una teoría científica en particular. Ejemplos de negacionismo hay muchos, como el movimiento antivacunas, los negacionistas del holocausto o los negacionistas del cambio climático. En este sentido, un tipo de pseudociencia se sitúa al nivel de las teorías científicas, impostándose como tal, y el otro al nivel de las controversias o de las hipótesis, impostando debates inexistentes en el seno de la comunidad científica.

La pseudociencia de la comida

Existe una larga lista de pseudociencias relacionadas directamente con la alimentación (Mulet, 2014): la dieta del grupo sanguíneo, la dieta alcalina, la quimiofobia, el movimiento antitransgénicos, la oligoterapia, la dieta Gerson, la alimentación macrobiótica, la nutrición ortomolecular, el crudismo, la dieta Perricone, dietas detox, la larga lista de superalimentos, o casos concretos que vinculan determinados alimentos con ciertas patologías, por ejemplo, el limón, la soja o la cebolla con la prevención del cáncer, o el gluten con el autismo. La lista, de hecho, es casi infinita, y cada caso merecería un análisis pormenorizado dado que la retórica pseudocientífica en muchos de estos casos puede llegar a ser sofisticada.

La pseudociencia vive un continuo proceso de evolución cultural, modificando sus formas y adaptándolas a las mejores condiciones retóricas que ofrece su entorno, lo cual le permite aumentar su capacidad de convicción y potenciar su distribución epidemiológica (Blancke, Boudry y Pigliucci, 2016). De este modo, encontramos subespecies de pseudociencia que presentan sus propias características bien definidas: por ejemplo, la larga tradición de raigambre psicoanalítica que es la pseudopsicología (Fasce, 2017b), la retórica conspiranoica y pseudocompasiva de la medicina alternativa (Ernst y Fasce, 2017), o la estrecha relación entre la pseudobiología y movimientos conservadores de corte religioso (Pigliucci, 2002). El caso de la pseudociencia en el contexto de la nutrición, por su parte, es muy particular en relación a sus herramientas retóricas específicas.

Por ejemplo, una herramienta de gran importancia para este caso en concreto es el tráfico del asco. El asco es una respuesta emocional ante determinados estímulos que consideramos podrían ser dañinos para nuestra integridad, en la que está especialmente involucrada la ínsula (Wicker et al., 2003), una parte antigua del cortex cerebral que tienen una estrecha relación con el sistema emocional. En este sentido, se trata de un mecanismo desarrollado a lo largo de nuestro proceso evolutivo para la autoprotección — otros pueden ser, por ejemplo, el dolor, la respuesta de ansiedad (fight or flight), el sistema quimiorreceptor trigeminal o la respuesta de protección de zonas especialmente sensibles que conocemos como «cosquillas». Si bien el asco tiene determinadas tendencias innatas, como diferencias de género (Druschel y Sherman, 1998) o mayor asco hacia fluidos o materia pútrida (Curtis, 2007), lo cierto es que se trata de una respuesta muy fácilmente condicionable a diversos estímulos, muy mediada por nuestras preconcepciones morales (Jones y Fitness, 2008; David y Olatunji, 2011). El asco es una respuesta potente, visceral, que puede llegar a relacionarse estrechamente con trastornos de ansiedad u obsesivos-compulsivos (Cisler et al., 2010).

Es habitual que los adeptos a este tipo de pseudociencias generen asco hacia aquello que el contenido doctrinal señala como una posible fuente de contaminación. El ejemplo paradigmático es la quimiofobia, que se suele centrar en los compuestos químicos empleados por la industria, que son acusados de todo tipo de peligros sin evidencia científica alguna a favor. Es habitual que la retórica de estas pseudociencias fomenten el asco hacia los transgénicos, hacia la carne o hacia determinados tipos de comida en determinados momentos. Recuerdo que yo mismo pude vivir un caso más o menos relacionado con esto: cuando era niño iba a un colegio religioso tremendamente estricto y un viernes santo comí carne sin darme cuenta; el resultado al notar mi pecado fueron las arcadas. Muchas veces este condicionamiento del asco viene acompañado por nociones cuasi-religiosas de purificación, por ejemplo en la dieta detox. ¿De qué demonios pretenden desintoxicarnos con esa dieta? Habitualmente son nociones vagas, que se relacionan más con el pensamiento paranormal de redención y purificación del alma (Horberg et al., 2009) que con cualquier cosa parecida a los fundamentos de una dieta sana.

Por último, otras dos características clásica de este tipo de pseudociencias: la apelación a lo natural y la sencillez de sus postulados. Lo natural es un concepto tan difuso como lo químico o lo maravilloso, que sin un marco conceptual claro no es más que una apelación vacua puramente emocional, muy relacionada con una actitud conservadora de «todo tiempo pasado fue mejor» — o «los tomates antes sabían a tomate» o «antes se comía más sano». Esta falacia es casi omnipresente en las pseudociencias relacionadas con la alimentación (Mulet, 2017) y se relaciona con nociones de biologia folk que resultan muy intuitivas: que comer crudo es más natural, que los transgénicos son una aberración contra la esencia de las especies (Blancke et al., 2015) o que los aditivos y conservantes son añadidos que pervierten la bondad de la naturaleza (Ropeik, 2015) — esta última una creencia típica de urbanitas que nunca han tenido que lidiar con la ciega crueldad del mata o muere que impera en la naturaleza.

La sencillez es también típica. Si bien es cierto que encontramos constructos más complejos, como la oligoterapia o la dieta ortomolecular, lo cierto es que, en comparación con otras pseudociencias como el diseño inteligente, el psicoanálisis o la acupuntura, lo que observamos en este caso son constructos teóricos basados en una o dos ideas peregrinas relacionadas de forma negligente con unos pocos conceptos científicos, pero presentados bajo la forma de un mantra repetible y fácilmente asimilable. Por ejemplo, que la dieta debe depender del grupo sanguíneo o que el PH de la sangre ha de ser regulado por medio de la comida. Esto, por supuesto, deja a esta clase de pseudociencias a merced de las críticas, dado que no tienen los formidables mecanismos de defensa ante las refutaciones de pseudo-teorías mucho mejor protegidas del mal tiempo, pero como se trata de ideas que encuentran muy poca resistencia social, especialmente por parte de gente formada que podría aportar refutaciones sustanciales, pueden darse el lujo de ser el sueño de cualquier experto en marketing.

La resistencia a los troglopijos

En España lleva tiempo de moda el término «troglopijo» para designar a aquellas personas con grandes recursos económicos, privilegiadas, que viven en entornos urbanos sofisticados y que, pese o debido a ello, desprecian aquello que les permite llevar la clase de vida que llevan, sosteniendo una visión idealizada de la naturaleza y de la pobreza, asumiendo todo tipo de discursos regresivos que emanan autoodio, postureo y que, por supuesto, llevan consigo una afirmación del propio estatus social alto. Los troglopijos, que creen que los avances que le debemos a la ciencia y que disfrutamos en occidente son un derecho fácilmente alcanzable, son los que contratan doulas para parir en casa porque parir en hospitales y en manos de profesionales es de chusma, los que deciden comer carne cruda o pagar muchísimo dinero por flores de Bach. Al fin y al cabo, la pseudociencia es un bien de lujo, por eso florece entre los estratos sociales más pudientes (MSPSI 2011).

La comida ha sido y es, no solo en nuestra especie, una fuente de jerarquización social y de afirmación de estatus. Los ricos no comen lo mismo que los pobres; ellos comen mejor tanto porque pueden gastar en ello como porque se pueden dar el lujo de poner en entredicho un sistema del que no dependen (van der Toorn et al. 2015). Sin embargo, en una sociedad en la que la comida ya es segura y está al alcance de todos en las mejores condiciones, la actitud de búsqueda de exclusividad y de mayor estatus conlleva un efecto paradójico: comer peor, más peligroso y, encima, en base a ideas ridículas. Comer pseudociencia no es barato; lo barato es lo contrario. Los productos con salvado de la dieta Dukan no son precisamente baratos, como tampoco lo son los complementos vitamínicos sin sentido, los productos de agricultura ecológica, los productos innecesarios sin gluten, la comida macrobiótica, la biodinámica o las consultas con todos estos gurús, siendo, de este modo, únicamente accesibles por las clases más favorecidas.

Pero, ¿cómo ofrecer resistencia ante los troglopijos? En primer lugar, es necesario que los nutricionistas se comprometan con los estándares de cientificidad de su propio campo. Es sencillo notar que un gran porcentaje de ellos son los primeros en apuntarse a estas supercherías, con toda seguridad porque, teniendo un título con el que poder aparentar seriedad, este salto a la pseudociencia les permite obtener más beneficios que la práctica ética de su profesión. El valor de los nutricionistas no reside únicamente en sus conocimientos, sino, principalmente, en su autoridad: el impacto psicológico de la autoridad es mayor que el de unos conocimientos científicos que pueden ser de muy difícil acceso para el consumidor. En efecto, si bien los conocimientos científicos tienen impacto en este tipo de creencias, la confianza en la ciencia tiene un impacto equivalente (Fasce y Picó, 2018c).

Es especialmente relevante en este sentido que los usuarios y proveedores de pseudociencia tengan, como tales, un feedback negativo respecto a su autoimagen. El principal motivador para no engañar a los demás es el mantenimiento de la propia autoimagen de comportamiento ético (Fasce, 2017a), de modo que si permitimos que la pseudociencia continúe siendo vista como algo progresista, tolerante, alternativo y propio de las élites, protegiendo a sus usuarios y ofreciendo un valor añadido social, tendremos la batalla perdida. Para ello, es necesario atender a las variables de pertenencia social de los pseudocientíficos, consiguiendo que adherirse a dicha pertenencia tenga consecuencias sociales negativas y exponiéndolos a las consecuencias perjudiciales de sus creencias — por ejemplo, a los daños medioambientales que conllevan estas ideas delirantes respecto a la comida, a las consecuencias que tienen en la alimentación de los más pobres o a los problemas de salud que ocasionan. Esto, siendo un tratamiento integral y complejo del problema, es lo único que parece realmente efectivo. Todo empieza en que quienes tienen que ponerse serios se pongan serios, recuperando la confianza perdida, pasa por políticos responsables y acaba en que quienes consumen esta clase de cosas entienda que con la comida no se juega.

Por Angelo Fasce

Artículo publicado originalmente en la revista del CNAA, Uruguay. Edición de enero del 2018.

Referencias

Blancke S, Boudry M, Pigliucci M (2016) Why Do Irrational Beliefs Mimic Science? The Cultural Evolution of Pseudoscience. Theoria 83(1): 78-97.

Blancke S, et al. (2015) Fatal attraction: the intuitive appeal of GMO opposition. Trends in Plant Science 20(7): 414-418.

Cisler J, et al. (2009) Attentional bias differences between fear and disgust: Implications for the role of disgust in disgust-related anxiety disorders. Cognition and Emotion 23(4): 675-687.

Curtis V (2007) Dirt, disease, and disgust: A natural history of hygiene. Journal of Epidemiology and Community Health 61(8): 660-664.

David B, Olatunji B (2011) The effect of disgust conditioning and disgust sensitivity on appraisals of moral transgressions. Personality and Individual Differences 50(7): 1142-1146.

Druschel B, Sherman M (1999) Disgust sensitivity as a function of the Big Five and gender. Personality and Individual Differences 26 (4): 739-748.

Ernst E, Fasce A (2018) Desmontando la retórica de la medicina alternativa. Cortinas de humo, errores, conspiraciones y disparates. Mètode Science Studies Journal 94: 79-85.

Fasce A (2017) Los parásitos de la ciencia. Una caracterización psicocognitiva del engaño pseudocientífico. Theoria. An International Journal for Theory, History and Foundations of Science 32(3): 347-365.

Fasce A (2018a) What do we mean when we speak of pseudoscience? The development of a demarcation criterion based on the analysis of twenty one previous attempts. Manuscrito en revisión.

Fasce A (2018b) Divanes y gurús. El origen y los peligros de la pseudopsicología clínica. Mètode Science Studies Journal 94: 95-101.

Fasce A, Picó A (2018a) Conceptual Foundations and Validation of the Pseudoscientific Belief Scale. Manuscrito en revisión.

Fasce A, Picó A (2018b) Two of a Kind. More Similarities than Differences Among Science Deniers and Pseudo-Theory Promoters. Manuscrito en revisión.

Fasce A, Picó A (2018c) Science as a Vaccine. The impact of Scientific Literacy on Unwarranted Beliefs. Manuscrito en revisión.

Hansson SO (2017) Science denial as a form of pseudoscience. Studies in History and Philosophy of Science 63: 39-47.

Horberg E, et al. (2009) Disgust and the moralization of purity. Journal of Personality and Social Psychology 97(6): 972–973.

Jones A, Fitness J (2008) Moral hypervigilance: The influence of disgust sensitivity in the moral domain. Emotion 8(5): 613-27.

MSPSI (2011) Análisis de situación de las terapias naturales. Extraído el 26 de diciembre (2017) de: http://www.mspsi.gob.es/novedades/docs/analisisSituacionTNatu.pdf.

Mulet JM (2014) Comer sin miedo. Madrid: Booket. Mulet JM (2018) La falacia del “argumentum ad naturam”. Homeopatía y agricultura biodinámica en la normativa oficial de la Unión Europea. Mètode Science Studies Journal 94: 103-109.

Pigliucci M (2002) Denying Evolution: Creationism, Scientism, and the Nature of Science. Sunderland: Sinauer.

Ropeik S (2015) On the roots of, and solutions to, the persistent battle between “chemonoia” and rationalist denialism of the subjective nature of human cognition. Human & Experimental Toxicology 34(12): 1272-1278.

van der Toorn J, et al. (2015) A Sense of Powerlessness Fosters System Justification: Implications for the Legitimation of Authority, Hierarchy, and Government. Political Psychology 36(1): 93-110.

Wicker B, et al. (2003) Both of us disgusted in my insula: the common neural basis of seeing and feeling disgust. Neuron 40(3): 655-64.

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Gabriela Morreale, o cómo usar lo que descubres para mejorar la vida de la gente | Vidas científicas | Mujeres con ciencia

Desde hace décadas, a todos los bebés que nacen en España se les hace un pinchazo en el talón de uno de los pies para obtener una muestra de sangre. Gracias a esa prueba se detectan de forma prematura enfermedades metabólicas que podrían causarles graves secuelas más adelante. Un pinchazo a un recién nacido parece un acto duro, pero es necesario. Estas enfermedades pueden no mostrar su cara hasta que sea demasiado tarde, y pilladas a tiempo se pueden tomar medidas que frenen sus fechorías. Que esta prueba se haga de forma generalizada y miles de niños puedan solucionar un grave problema para su salud antes incluso de que este se produzca se lo debemos en parte a Gabriela Morreale, química nacida en Italia pero que desarrolló su labor más importante en nuestro país. Es una de las fundadoras de la endocrinología moderna y dedicó su vida a averiguar la influencia del yodo (y de la ausencia del yodo) en las hormonas tiroideas y en el desarrollo del cerebro. Fallecida a finales de 2017, Morreale merece el homenaje que queremos darle contando aquí su vida y su obra.

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Blog Sin Dioses: Calendario laicista, ateo y racionalista

A continuación Sindioses presenta una compilación de las principales conmemoraciones que se han venido gestando en los últimos años, con el fin de promover la ciencia y el razonamiento crítico. Esta propuesta reúne 14 fechas propicias para promover la razón, la ciencia y la laicidad.

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Mi científica favorita | Hitos | Mujeres con ciencia

Mi científica favorita es un catálogo que reúne las biografías de veintiocho científicas de diferentes momentos históricos, disciplinas y lugares geográficos. Es un pequeño registro de algunas mujeres que han realizado y realizan importantes aportaciones a la actividad científica, con textos que hablan de su trabajo y su carrera, y que van acompañados de ilustraciones realizadas por más de cincuenta estudiantes de los últimos cursos de enseñanza primaria. Además, Mi científica favorita puede descargarse, de manera gratuita, en formato pdf.

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Desmantelamiento de la formación docente | Página12

La cartera a cargo de Alejandro Finocchiaro busca poner fin al Programa Nacional de Formación Permanente Nuestra Escuela. Despidió a los más de 900 tutores y solo les renovaría el contrato a 300 para mantener algunos cursos hasta agosto. Cerraron los postítulos de Derechos Humanos, Ciencias Sociales y Nuevas Tecnologías.
Imagen: Twitter

El propósito del nuevo año del ministro de Educación Alejandro Finocchiaro parece ser completar la tarea que comenzó su antecesor, el hoy senador Esteban Bullrich: poner fin al Programa Nacional de Formación Permanente Nuestra Escuela que permite que docentes de todo el país accedan a un posgrado gratuito de uno o dos años, con modalidad presencial y virtual. La cartera educativa concretó el cierre de tres especializaciones y despidió a más de 900 personas, de las cuales a solo 300 les renovaría el contrato hasta agosto, cuando finalizarán los otros diez postítulos.

A fines de 2016, en medio de los miles de despidos en Educación, Bullrich firmó una resolución para restringir el régimen de cursada del postítulo y dispuso el cierre definitivo para fines de 2017 de las especializaciones en Educación y Derechos Humanos, Problemática en Ciencias y Educación y Tecnologías de la información y Comunicación.

Un recurso de amparo presentado en ese momento impidió la reforma que implicaba que un alumno que hubiera reprobado o abandonado una materia no pudiera recursarla. Ahora se dispuso que solo puedan seguir cursando hasta agosto quienes se inscribieron en 2016. Los que hayan empezado en 2014 o 2015 ya no tendrían la chance de finalizar su posgrado.

“Para recibirte tenés que tener diez materias aprobadas. Hay gente que tiene nueve. Se pidió que se pueda abrir uno o dos cursos para que se puedan recibir y les dijeron que no”, detalló a Página/12 Gabriel Apella, integrante del cuerpo docente del postítulo en Derechos Humanos, que fue eliminado. Dijo que evaluarán presentar un nuevo recurso de amparo para que al menos las personas que estaban cerca de finalizar esos postítulos puedan finalizarlos.

Consideró que la decisión del Ministerio de poner fin a un programa nacional de formación que permitía a los docentes cursar un posgrado es para pasar a la “mal llamada federalización” en la que las provincias deban ofrecer sus propios posgrados. “Ahora va a la suerte que la provincia donde residas oferte un curso o no”, explicó

Apella contó que desde la asunción del gobierno de Mauricio Macri, el posgrado en DDHH ya había sufrido modificaciones en las materias “Estado” y “Memoria” para acercarlas a la visión de Cambiemos. “Cuestiona los juicios, te pone como ejemplo el caso sudafricano y se pregunta cuál es el precio que puede pagar la sociedad por conocer la verdad”, explicó sobre la currícula renovada que tuvo la materia “Memoria. Ahora la decisión fue finalmente cerrar la especialización en Derechos Humanos, junto a la de Ciencias Sociales y la de Nuevas Tecnologías. En agosto llegaría el final para los otros diez cursos abiertos en 2014.

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La deuda estudiantil de EEUU ya es igual de grande que todo el PIB de España o México: $1,2 billones

 La deuda estudiantil de EEUU ya es igual de grande que todo el PIB de España o México: $1,2 billones

¿Cuánto dinero deben los estudiantes universitarios de Estados Unidos? 1,2 billones de dólares. La cifra puede parecer no demasiado espectacular, pero gana en atributos si la comparamos con el tamaño de las economías nacionales del mundo. Todo ese dinero, por ejemplo, es el que produce la economía española, rusa o australiana en un año. O un poquito más del que produce la totalidad de México. Y tan sólo un poquito menos del dinero que genera la economía surcoreana.

Todo eso, en deuda estudiantil.

Naturalmente, la escala del problema y la naturaleza del mismo es distinta a los avatares económicos de los grandes estados del mundo. Pero la comparación es significativa: los países nombrados con anterioridad se cuentan entre las economías más grandes del planeta (de la undécima a la decimoquinta).

Una comparación quizá más estremecedora: en 2004, el total de la deuda estudiantil sobre la deuda privada (excluyendo la inmobiiaria) de los ciudadanos estadounidenses era minúsculo, el más pequeño de todos frente a las deudas crediticias y automovilísticas. Hoy, las deudas estudiantiles representan el mayor peso sobre la deuda privada americana: un crecimiento descomunal en apenas una década cuando las demás se han reducido o mantenido.

¿Por qué?

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Del periódico El País considerado como una de las bellas artes – Edición General

Cada día, el periódico más leído en español se supera a sí mismo. Una cohorte de héroes ha navegado en lo más profundo del subconsciente para hacer de El País una obra de arte.

 Confieso que yo era uno de tantos que cada mañana, día sí y día también, tras leer alguna de las columnas de El País, iniciaba una cansina repetición de diatribas acerca de su periodismo de cloaca. Esto formaba parte de mi improductivo ritual mañanero hasta el inolvidable día 20 de noviembre, en que leí el artículo titulado: “Podemos, caballo de Troya para las posiciones del Kremlin”. Ahí se recogía el informe publicado por Atlantic Council, un think tank al servicio de la OTAN, patrocinado entre otros por la FOX, los Emiratos Árabes, Crescent Petroleum, el fondo buitre inmobiliario Blackstone, la Abu Dhabi National Oil Company, la propia OTAN, y una larga lista de empresas de energía atómica, seguros o aeronáuticas, todas ellas de probado carácter altruista.

El informe defendía una estrafalaria teoría acerca de la influencia de Rusia en Syriza, el Movimiento 5 Estrellas italiano, diversos grupúsculos de extrema derecha y Podemos. Con respecto a este último, se reconocía que este partido no presta apenas atención a la política internacional y que sus dirigentes jamás emiten opiniones positivas acerca de Rusia o Putin, con los que, por otra parte, mal pueden estar de acuerdo –se afirmaba–, dado el posicionamiento de Podemos “contra las oligarquías y a favor de los derechos sociales”. Incluso se concedía que “algunos dirigentes” (en una nota al pie ese “algunos” era Pablo Iglesias) habían criticado en ocasiones la política rusa. Sin embargo, estos hechos no contradecían su afirmación de que Podemos es en realidad un caballo de Troya al servicio de la inteligencia rusa para desestabilizar occidente. ¿Con qué razones? Una entrevista que Pablo Bustinduy realizó en el digital Jot Down en la que venía a decir que la Unión Europea y Rusia eran igualmente culpables de las situación de crisis en Ucrania, que las sanciones no eran la solución y que debían dejarse abiertos los puentes al diálogo. Y aquí terminaba el material probatorio del informe.

Por supuesto, a la hora de redactar la noticia El País silenció las afirmaciones más mesuradas en las que se reconocían los hechos que distanciaban a Podemos de Rusia para centrarse simplemente en la teoría del caballo de Troya, convirtiendo lo que ya era una sucesión de pintorescas afirmaciones en un puro delirio.

Y cuando al terminar su lectura yo ya estaba barruntando la acostumbrada letanía sobre esa “mierda de periodismo”, tuve una súbita iluminación que llegó a mí como una epifanía. Sí, sin duda era el de El País una “mierda de periodismo”. Pero no cabía darle a esta afirmación un tono despectivo sino artístico: era una mierda en el mismo sentido en que en 1961 el artista conceptual Piero Manzoni había enlatado sus excrementos para crear la obra “Mierda de artista”. El País había dejado el periodismo para hacer arte de vanguardia.

Todo entonces se mostró bañado de límpida luz. Las puertas de la percepción se despejaron y vi El País tal cual era, infinito. Ante los ojos de esta revelación, cada página cobró otro sentido. Comprendí que ya no podían juzgarse sus textos con los prosaicos mandamientos del código deontológico periodístico: verdad, equidad, responsabilidad, independencia, imparcialidad. Todo esto eran pamplinas terrenas. El País habitaba otra dimensión.

Así, pronto entendí que el artículo de Podemos y el Kremlin no respondía a criterios periodísticos, sino que estaba redactado siguiendo el “Método Paranoico-Crítico” de Dalí, es decir, el “método espontáneo de conocimiento irracional basado en la objetividad crítica y sistemática de las asociaciones e interpretaciones de fenómenos delirantes”. Esto explicaba no solo la trama de injerencia rusa con la que El País emponzoña estos días el conflicto catalán sino un sinfín de informaciones, singularmente las referidas a la financiación de Podemos con Venezuela o Irán. Supe entonces que todas estas informaciones aparentemente disparatadas formaban un todo, un lienzo en el que las fobias y obsesiones subconscientes de los directores y periodistas de El País se desaguaban en una composición artística caótica y delirante; o, en palabras de André Breton: “una dicción irracional, que alterna sin motivo apreciable lo declamatorio y lo salmódico”.

Se esclarecía también por qué en los últimos años El País había sido tan amplísimamente sobrepasado en lo que respecta a su periodismo de investigación, no solo por su mayor competidor en el mismo espectro ideológico, El Mundo, sino también por la mayoría de los periódicos digitales que cuentan con muchos menos medios. Suponíamos ingenuamente que esa labor de no indagación era una muestra más de su complicidad pasiva con el establishment pero la verdad es más compleja. A El País no le interesa “la realidad” tal como nosotros la entendemos, sino “lo real” en su sentido más lacaniano: a El País le interesa lo inefable, lo que está más allá de toda significación. Imaginé entonces su consejo de redacción tal como Breton relata una velada de hipnotismo en la casa de Mme. De la Hire: “Una decena de personas, hombres y mujeres se durmieron al mismo tiempo. Como iban y venían, vaticinaban y gesticulaban a cual más, el espectáculo no difería mucho del que podrían ofrecer los convulsionarios de San Medardo”.

¿Cómo llegan a estos estados alterados de conciencia? ¿Mediante técnicas orientales de concentración o con el uso de sustancias alucinógenas? En “Las enseñanzas de D. Juan” el indio yaqui explica a Castaneda un método para indagar en lugares lejanos. Coge dos lagartijas y a una le cose los ojos y a la otra la boca. Envía a la muda a investigar –las lagartijas son mucho de pararse a charlotear, por eso hay que coserles la boca– y cuando regresa, le cuenta lo que ha visto a su compañera ciega para que esta se lo transmita al chamán en el lenguaje de las lagartijas, quien lo comprende gracias a los efectos de una pasta alucinógena que previamente se ha untado en la sien. ¿Es este el método de investigación de El País? En sus textos, desde luego, se aprecia la huella del saber lagartijo, tan a ras del suelo.

A la luz de mi descubrimiento muchas cuestiones quedaron por fin resueltas. Por ejemplo, el curioso hecho de que los periodistas de El País no acudan como tertulianos en los programas de debate televisivos. La explicación oficial no parecía satisfactoria. Esta afirmaba que se trataba de una orden dada por ese Ubú Rey que es Cebrián en represalia por la divulgación televisiva de sus intereses en Panamá. Sin embargo, ahora sospechamos que quizá los televidentes españoles no estén preparados para tal espectáculo de realidad extrasensorial. Podemos imaginar a los comentaristas de El País llegando a los estudios en su autobús psicodélico, tal como unos nuevos Merry Pranksters, para mostrar al mundo la buena nueva alucinógena.

En 1947 Antonin Artaud acudió a la Radio Nacional Francesa para grabar su “Para acabar de una vez con el juicio de Dios”, un monólogo indescriptible, plagado de horribles aullidos, gritos, onomatopeyas y expresiones visionarias y escatológicas. El escándalo desatado entonces impidió que se emitiese hasta treinta años después. ¿Estaríamos hoy preparados para asistir a los extravagantes delirios de los comentaristas de El País, quizá acompañados de sus lagartijas, en los programas de debate de Atresmedia? Probablemente no.

Considerados como arte de vanguardia incluso los artículos más desquiciados adquieren sentido. Por ejemplo el titulado “El supremacismo catalán hasta en los apellidos” en el que Teodoro León se entretiene buscando Garcías y Gonzáleces en la lista de JuntsxCat parece menos demente y tosco si uno lo imagina escrito en estado de trance, en un proceso de escritura automática fluyendo directamente desde el subconsciente, sin el influjo castrante de convencionalismos estéticos y literarios. Así es otra cosa.

Del mismo modo, los ataques permanentes de Juan Cruz o Antonio Elorza contra Podemos y Pablo Iglesias recuerdan a los poemas de Leopoldo María Panero, regresando una y otra vez a los mismos temas en su obsesivo compulsivo monólogo interior. Leídas así sus crónicas, no podemos más que sentir empatía hacia esas evidencias clínicas de tormento interno, deseándoles pronto alivio y que algún día se hagan verdad las palabras de Blake : “si el loco persevera en su locura, termina siendo sabio”.

Hasta los textos más perversamente reflexivos se ven de otro modo cuando comprendemos su dimensión artística. Rubén Amón, quien desarrolló casi toda su carrera profesional en El Mundo y ahora es el articulista estrella de El País, es propenso a las argumentaciones maliciosas. Pienso: “¿Amon? ¿No es este un apellido muy sospechoso?” Entonces caigo en la cuenta: Amon es en realidad un alias que encubre la verdadera influencia literaria de esos artículos: El Conde de Lautréamont. ¡Pero si era algo obvio! Descompongo el nombre y me sale “L’ autre Amont” ¡El otro Amón! ¿Anticipaba ya el gran Isidore Ducasse en el S. XIX a su futuro Mini-Yo? Abro entonces Los Cantos de Maldoror y en el primer párrafo de su Primer Canto encuentro estas palabras que tan bien describen los textos de Rubén Amón: “Quiera el cielo que el lector, animoso y momentáneamente tan feroz como lo que lee, encuentre sin desorientarse su camino abrupto y salvaje a través de las ciénagas desoladas de estas páginas sombrías y rebosantes de veneno; pues, a no ser que aplique a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual equivalente por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas de este libro impregnarán su alma”.

Todo se ve ahora diáfano: Rubén Amón, que en El Mundo era un mediocre opinalotodo que regañaba a Karlos Arguiñano por “dar mítines populistas” en su programa de cocina, se transmutó en El País en un ARTISTA TOTAL, un nuevo Maldoror del periodismo.

Y así podríamos seguir con los deformes monólogos de Javier Marías, tan de Ricardo III en el invierno de su descontento, o con esas hiperbólicas encuestas de Metroscopia que tienen la virtud de hacer parecer más serias las de la competencia y que elevan una y otra vez a Ciudadanos a imaginarias cotas de popularidad electoral. ¿No pueden considerarse como poemas-objeto? ¿No pueden entenderse como visiones, profecías de realidades futuras, quizá en otras dimensiones espacio-tiempo?

Sea como sea, estamos ante un nuevo paradigma y El País navega hacia mares ignotos. En terminología de “Stranger Things”, El País explora el “del revés” del periodismo con un estilo mitad performance, mitad videncia. Y esto es algo que sin duda tendrá su reflejo en las facultades de Ciencias de la Información en donde, visto lo visto, se empezarán a considerar completamente inútiles las capacidades literarias para premiar, por ejemplo, los conocimientos en la Psicomagia de Jodorowsky.

Pero, sobre todo, lo que radicalmente cambia es nuestra crítica simplista a sus páginas. Ahora sabemos que adentrarse en su lectura con talante abierto es cruzar un umbral tenebroso donde la locura, el delirio, la incoherencia, la irracionalidad sistemática y una aparente falta de sentido modelan un discurso único en su anormalidad inabarcable. Quizá por ello, en lugar de injustamente vilipendiar a sus redactores, deberíamos agradecerles su valor por adentrarse en tales abismos.

La historia está llena de ejemplos dolorosos de aquellos que trataron de explorar “el otro lado” y de sus sufrimientos y fracasos. Los padecimientos son enormes, decía Rimbaud. Y casi siempre es un viaje peligroso del que nunca se vuelve. Antonin Artaud creía estar en posesión del báculo de San Patricio y consideraba su deber devolvérselo a los irlandeses. Puesto que todo conocimiento tiene sus mártires no descartemos que sea Ignacio Torreblanca, despreciador de todos los nacionalismos salvo el suyo, quien mañana salga a las calles vociferante, creyendo empuñar la espada flamígera de Santiago Matamoros para abrir con las Siete Llaves el sepulcro del Cid y devolverle a su España sus símbolos más apreciados.

Decía Thomas de Quincey en “El asesinato considerado como una de las bellas artes”: “Uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le dará importancia al robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente.”. En El País, la mentira cotidiana ha conseguido el prodigio de abrir un portal mágico que sugiere la existencia de una realidad paralela. Honor y gloria a los héroes llamados a explorarla.

A través de Del periódico El País considerado como una de las bellas artes – Edición General

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